Por qué Game of Thrones convirtió a los geeks en señoras que ven telenovelas Hemos cambiado mucho como consumidores de contenido. Están lejanos los días en los que todo el país se paralizaba por el final de Cuna de Lobos o que las calles de Estados Unidos quedaban desiertas porque todos querían saber quién mató a JR. Momentos así no se volverán a ver en la televisión. La oferta de la misma TV se volvió más diversa: desde el surgimiento de más programas en canales abiertos, las opciones en cable y el consumo en casa de VHS y DVDs. La llegada de Youtube y sobre todo de Netflix para brindarnos un catálogo de contenidos digitales cambiaron para siempre las reglas del juego: adiós a tener qué esperar un día de la semana a una hora determinada para ver nuestro show. Nos volvimos menos tolerantes a esperar; si lo que queríamos ver no estaba cuando y en la plataforma que queremos, no los perdonamos. Pero eso no pasa con Game of Thrones. Como comentó Ruy Xoconostle durante la temporada pasada, esta serie ha transformado a los geeks que normalmente se nutrían de historias surgidas de cine, libros y cómics en señoras que ven telenovelas, esperan toda la semana para ese nuevo capítulo de domingo en la noche y se enganchan con el chiffhanger del final. Recursos que no habíamos visto desde los tiempos en que se popularizó el término “final de viernes” para dejarnos en suspenso. Y es que Game of Thrones históricamente ha tratado muy mal al espectador, tanto como su creador, George R.R. Martin torturaba a sus lectores: desde la muerte del que parecía ser el personaje principal, Ned Stark, en la primera temporada hasta la infame Boda Roja en el penúltimo capítulo de la tercera temporada. Y qué decir de la última escena de la temporada 5, con el asesinato de Jon Snow a manos de sus propios hombres y que dejó al público 10 meses con la expectativa de lo que pasaría. “Es que ese programa no puede darme un momento de felicidad” me comentó alguna vez un amigo que ha seguido el show religiosamente (yo empecé a partir de la temporada 4), y muchos podrían decir que el público de GoT es masoquista o mantiene una relación tóxica con la serie, pero como bien comentan en el podcast de Letras Libres, el seguimiento tan fiel de millones de personas (30 millones en su capítulo más reciente) puede ser por esa necesidad inherente de justicia en nosotros ante un mundo que a diario nos demuestra no ser justo. Queremos que Game of Thrones nos compense por su crueldad dándonos esa catarsis tan necesaria como espectadores. Queremos un final feliz, en el que los Stark cobren venganza y recuperen lo que les fue arrebatado, los Lannister sufran, Tyrion sea recompensado por su sabiduría, Theon encuentre una redención, Bran al fin haga algo útil, Arya se consolide como guerrera y Daenerys emprenda al fin su cruzada para conquistar el Trono de Hierro. Todo eso y más se nos da en la temporada 6, la primera completamente desapegada a los libros y que muchas personas han tildado de complaciente (crowd pleaser, porque nos gustan los pochismos) pero a la vez le mete velocidad a la historia. Con una excelente campaña de contenidos junto a Entertainment Weekly, nos ofrecieron detrás de cámaras, entrevistas con el cast, noticias, videos e información para los fans ávidos. La famosa desesperación de nosotros como público y que tanto ha favorecido a Netflix con sus maratones de series (bingewatching, porque pochismo), no solamente no aplica para GoT, sino que le favorece creando ruido antes y después de cada episodio. La misma noche en que se estrena un capítulo, surgen memes, reacciones, gifs, comentarios, teorías sobre el rumbo que tomará la serie (unas más locas que otras) y reseñas en los principales portales de noticias. Eso ya no ocurría con las series y GoT lo logró.
Game of Thrones es una telenovela
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