La inflación, la pérdida de valor de la moneda y la salida de capitales castigan al peso
Una de las características del capitalismo es su tendencia cíclica. Combinar periodos de crecimientos y crisis. Argentina es campeona mundial en eso: la amenaza de la recesión siempre vuelve. O nunca se va.
Mauricio Macri, elegido presidente en 2015, ha tenido que pedir ayuda al Fondo Monetario Internacional (FMI) para intentar frenar una nueva sangría económica. Un estreno inesperado. Lo acechan los fantasmas de siempre: inflación, devaluación y fuga de capitales. Tridente mágico para el descalabro financiero.
Inflación, devaluación y fuga de capitales acechan al país
En ese contexto, sobre todo para ojos ajenos, extraña una tendencia autóctona: la eterna desconfianza de los argentinos en el peso, su moneda patria. Nada nuevo, pues lleva décadas en un segundo plano a la hora de ahorrar en favor del dólar, el verdadero rey por esas tierras.
Un recelo que viene a ser como pegarse un tiro en el pie, porque si uno mismo no cree en su moneda menos puede esperar del inversor extranjero; y porque si lo único que quiere es cambiarla por dólares para estar más seguro, lo que provoca es que se hunda su valor. De ahí gran parte de la culpa de la devaluación que ha experimentado en los últimos años.
Los orígenes de querer al dólar por encima del peso vienen de lejos. Alfredo Félix Blanco, docente e investigador de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Córdoba, remonta el problema a mediados del siglo pasado. “Tras la Segunda Guerra Mundial el país vivió su primera crisis del sector externo y empezó a haber una escasez de dólares”, plantea.
Una escasez que denota que los argentinos empezaron a atesorar en moneda extranjera cuando veían peligro. “Se profundiza con el paso de las décadas”, apunta Blanco.
El golpe de los precios
El motivo es que la inflación ha sido constante en la economía argentina desde esos años. “Ha habido una persistencia de un periodo inflacionario muy importante, distinta al panorama internacional”, sigue.
Si se ahorraba en pesos la subida de los precios se comía lo guardado. Es lógica aplastante. “La inflación le hace perder su valor, hace que se transforme en una moneda mala. Que las personas intenten ahorrar en una moneda más fuerte”.
Tirando de datos, entre 1945 y 1975 el promedio de inflación fue del 20%. En la década siguiente (1975-1985) trepó a nuevas cotas. “Siempre fue de tres cifras, más del 100%”, analiza. Y en 1989 y 1990 llegó la hiperinflación, con los récord del 3.079% y el 2.314% respectivamente. Por el medio quedaron cambios de denominación de la moneda y recorte de ceros. Cada vez que el país se asomaba al abismo todos se lanzaban a por dólares, empeorando la situación.
Comprimiendo mucho la historia, cualquier medida posterior, como la impulsada a inicios de los noventa de restringir la emisión de moneda patria y equiparar el peso al dólar en una relación de 1 a 1; el control del mercado cambiario impuesto por Cristina Fernández de Kirchner en 2011; o la liberalización que impulsó Macri nada más aterrizar en el Ejecutivo han servido.
La idea que ya estaba en la mente de gran parte de los argentinos no se podía tumbar: ahorrar en dólares es mejor que ahorrar en pesos. Los mismos políticos que defendían lo contrario, populismo mediante, tenían sus cuentas en dólares.