POR ALEJANDRO RÍOS
Hay unos teóricos, al parecer de mucho prestigio académico –Kristen R Ghodsee y Scott Sehon–, tratando de equiparar el destape reciente de algo que ellos califican como el anti, anti comunismo con el anticapitalismo al uso, porque ambos sistemas sociales, argumentan de modo festinado, comparten una historia similar de horror. Incluso aducen que en las páginas de Marx y Engels no se hace mención a campos de concentración o purgas ideológicas, al igual que en los textos fundacionales de la sociedad de mercado libre tampoco hay referencia a la esclavitud u otra forma de aniquilación masiva.
Los intelectuales insisten en citar encuestas donde “millones” de ciudadanos del otrora campo socialista se quejan de no disfrutar beneficios que les fueron suprimidos cuando la caída del muro de Berlín terminó con el llamado “Imperio del mal”.
Entre los llamados bienes, regresan a la conocida cantaleta de educación y medicina gratuitas, así como el derecho a viviendas, alimentación balanceada, transporte y otras prebendas que, ciertamente, fueron adquiridas por perseverantes luchas obreras acontecidas en el capitalismo.
Vale la plena aclararles a estos placenteros académicos universitarios que, en el comunismo conocido, no el de la utopía imposible, las garantías laborales sindicales empiezan por ser suprimidas. Ni decir la facilidad que tiene ese sistema para empobrecer parejo a la sociedad donde se instaure como una dictadura “del proletariado”.
Voces autorizadas del anticomunismo internacional insisten en contabilizar a sus víctimas en el orden de los 100 millones. Los mencionados teóricos se recrean con esta contabilización y la ponen en solfa. Les incomoda, por ejemplo, que en algunos países devastados por el comunismo haya leyes que impiden su resurgimiento político. Lo critican como falta de libertad de expresión, no así a Alemania que tiene legislaturas similares con respecto al nazismo.
En los primeros veinte minutos del filme reciente La muerte de Stalin, del escocés Armando Iannucci, se atestigua lo que es un régimen de terror como pocas veces ha sido conocido por la humanidad. En la cúpula gubernamental eran redactadas listas minuciosas de condenados a muerte entre el pueblo y los más cercanos colaboradores del sanguinario dictador. La película es una farsa y los personajes son tratados con sarcasmo, sin embargo, ha sido prohibida en Rusia y en otras repúblicas de lo que fuera la Unión Soviética por burlarse cruelmente de la historia, lo cual manifiesta la supervivencia de la censura estatal tan cara al comunismo.
Los académicos de marras, en su afán por hacer valer la revalorización de la izquierda, sobre todo bajo la popularidad de un disparate ideológico como Bernie Sanders, olvidan que allí donde los ciudadanos se quejan de haber perdido beneficios socialistas, se han entronizado cleptocracias corruptas derivadas, precisamente, de la rudeza social comunista. Miembros de la siniestra KGB y otros aparatos policiales similares, hoy son ministros en esas desvencijadas democracias.
En su apresuramiento, los teóricos mencionados ensayan algún cotejo poco verosímil entre el macartismo y su llamada cacería de brujas en Hollywood, y el estalinismo con sus campos de concentración en Siberia y aniquilación masiva de oponentes, en ocasiones pueblos enteros arrasados por pertenecer a etnias “inapropiadas”.
Nada mencionan estos señores en sus mullidas poltronas universitarias que el comunismo es un sistema contra natura con la habilidad de convencer a los necesitados de su supuesto altruismo igualitarista, antes de pisotear la libertad con una muy amañada doctrina.
Obvien el pasado siniestro del comunismo que tanto los motiva a la especulación y vivan una jornada de persona común en La Habana o en Pyongyang, para ver si les parece exagerado ser anticomunista.
Hay unos teóricos, al parecer de mucho prestigio académico –Kristen R Ghodsee y Scott Sehon–, tratando de equiparar el destape reciente de algo que ellos califican como el anti, anti comunismo con el anticapitalismo al uso, porque ambos sistemas sociales, argumentan de modo festinado, comparten una historia similar de horror. Incluso aducen que en las páginas de Marx y Engels no se hace mención a campos de concentración o purgas ideológicas, al igual que en los textos fundacionales de la sociedad de mercado libre tampoco hay referencia a la esclavitud u otra forma de aniquilación masiva.
Los intelectuales insisten en citar encuestas donde “millones” de ciudadanos del otrora campo socialista se quejan de no disfrutar beneficios que les fueron suprimidos cuando la caída del muro de Berlín terminó con el llamado “Imperio del mal”.
Entre los llamados bienes, regresan a la conocida cantaleta de educación y medicina gratuitas, así como el derecho a viviendas, alimentación balanceada, transporte y otras prebendas que, ciertamente, fueron adquiridas por perseverantes luchas obreras acontecidas en el capitalismo.
Vale la plena aclararles a estos placenteros académicos universitarios que, en el comunismo conocido, no el de la utopía imposible, las garantías laborales sindicales empiezan por ser suprimidas. Ni decir la facilidad que tiene ese sistema para empobrecer parejo a la sociedad donde se instaure como una dictadura “del proletariado”.
Voces autorizadas del anticomunismo internacional insisten en contabilizar a sus víctimas en el orden de los 100 millones. Los mencionados teóricos se recrean con esta contabilización y la ponen en solfa. Les incomoda, por ejemplo, que en algunos países devastados por el comunismo haya leyes que impiden su resurgimiento político. Lo critican como falta de libertad de expresión, no así a Alemania que tiene legislaturas similares con respecto al nazismo.
En los primeros veinte minutos del filme reciente La muerte de Stalin, del escocés Armando Iannucci, se atestigua lo que es un régimen de terror como pocas veces ha sido conocido por la humanidad. En la cúpula gubernamental eran redactadas listas minuciosas de condenados a muerte entre el pueblo y los más cercanos colaboradores del sanguinario dictador. La película es una farsa y los personajes son tratados con sarcasmo, sin embargo, ha sido prohibida en Rusia y en otras repúblicas de lo que fuera la Unión Soviética por burlarse cruelmente de la historia, lo cual manifiesta la supervivencia de la censura estatal tan cara al comunismo.
Los académicos de marras, en su afán por hacer valer la revalorización de la izquierda, sobre todo bajo la popularidad de un disparate ideológico como Bernie Sanders, olvidan que allí donde los ciudadanos se quejan de haber perdido beneficios socialistas, se han entronizado cleptocracias corruptas derivadas, precisamente, de la rudeza social comunista. Miembros de la siniestra KGB y otros aparatos policiales similares, hoy son ministros en esas desvencijadas democracias.
En su apresuramiento, los teóricos mencionados ensayan algún cotejo poco verosímil entre el macartismo y su llamada cacería de brujas en Hollywood, y el estalinismo con sus campos de concentración en Siberia y aniquilación masiva de oponentes, en ocasiones pueblos enteros arrasados por pertenecer a etnias “inapropiadas”.
Nada mencionan estos señores en sus mullidas poltronas universitarias que el comunismo es un sistema contra natura con la habilidad de convencer a los necesitados de su supuesto altruismo igualitarista, antes de pisotear la libertad con una muy amañada doctrina.
Obvien el pasado siniestro del comunismo que tanto los motiva a la especulación y vivan una jornada de persona común en La Habana o en Pyongyang, para ver si les parece exagerado ser anticomunista.