Como bien sabemos los provida son un grupo de fachos ridiculos que están a favor del aborto clandestino, aquí algunos de sus más ridículos argumentos:
“John Lennon y Napoleón eran fetos inviables”. Es evidente que, para estos efectos, la relevancia de “quién es el feto” es nula. Pretender lo contrario es precisamente opuesto a la típica frase pro vida “todas las vidas son igual de importantes”.
“A ella le dijeron que su hijo era inviable y hoy tiene 13 años”; “Nunca se puede tener certeza de que un feto es inviable”. Independiente de si esta última afirmación es o no verdadera, es claro que lleva implícita otra: “… pero si tuviéramos la certeza de que es inviable, de que se va a morir luego de nacer, entonces en ese caso el aborto sería legítimo” (si la primera no llevara implícita esta segunda afirmación, entonces ponerla como argumento no tendría ningún sentido).
Este tipo de razonamiento es contrario a la defensa de la vida humana como valor en sí mismo; implica decir que defendemos a ese feto solo porque existe la posibilidad de que no muera al “poco tiempo” (por lo demás, ¿”al cuánto tiempo”? ¿a las pocas horas? ¿a las dos semanas? ¿al año y medio?)
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”El aborto es un segundo trauma después de la violación”; “El aborto no va a retroceder el tiempo, no va a hacer que no hayan violado a esa mujer”. Más allá de lo desatinada que pueda ser esa última frase (e independiente, para lo que estamos diciendo, de la verdad sobre el punto), si es que es la razón única o el énfasis principal de nuestra argumentación, implica decir que nos oponemos al aborto porque de lo contrario le estaríamos provocando un trauma a la mujer, y no porque queramos defender la vida de la persona fruto de esa violación. Implica decir que si se demuestra que en realidad lo mejor para enfrentar el trauma de la mujer es abortar, entonces sería legítimo el aborto.
“El cargo de conciencia es mayor cuando se aborta que cuando se da en adopción”.
Aislando, nuevamente, la verdad o falsedad de la frase, hacemos el mismo ejercicio: ¿y si una mamá estuviera más tranquila abortando que dejando a su hijo en manos del SENAME? (a estas alturas, no es una locura sostenerlo). Se finge, así, que el principal objetivo de la oposición al aborto es disminuir el cargo de conciencia de esa mujer. O, si no se finge, sino que en realidad lo que se busca como fin es el disminuir el cargo de conciencia de esa mujer, entonces habrá otros casos en que, no implicada esta hipótesis de eventual adopción/cargo de conciencia, sí podríamos admitir como legítimo el aborto (o bien, nos veremos forzados a “buscar” nuevos valores para los nuevos casos).
“Nadie puede decidir sobre la vida de otro”. Ello lleva implícita la afirmación de que si el feto pudiera elegir vivir o morir, y eligiera morir, entonces no habría problema con que lo mataran (si no, simplemente se diría “nadie puede decidir sobre la vida”). Nuevamente, con esa frase pareciera ser que lo que defendemos es la autonomía, más que la vida misma. Quizás, para los “liberales anti aborto” esa frase hace sentido, porque razonan del siguiente modo: “lo que defiendo por sobre todas las cosas es la autonomía, por eso me opongo al aborto: nadie puede decidir por otro, nadie puede decidir por ese feto”. Pero para alguien que se opone no sólo al aborto, sino también, por ejemplo, al suicidio, a la eutanasia, a la venta de los propios órganos… el argumento es claramente erróneo, pues el aborto no es principalmente un atentado contra la autonomía del feto, sino contra su vida.
"Algunos de estos ejemplos nos muestran cómo a veces intentamos “disfrazar” las consecuencias sociales que trae ser pro vida"— Rosario Corvalán.
Algunos de estos ejemplos nos muestran cómo a veces intentamos “disfrazar” las consecuencias sociales que trae ser pro vida, “disfrazar” los costos que tiene “traer a esos niños al mundo”, porque en un país en que los niños mueren en el SENAME y hay mujeres violadas por sus propios familiares, claramente asalta la tentación de sentirse injusto por defender la vida del no nacido. Entonces, acomoda decir que en realidad hay “mayor cantidad de papás esperando adoptar que de niños que esperan ser adoptados”. Y ese es nuestro “excelente argumento para oponernos al aborto”, cuando lo cierto es que en los últimos 11 años han muerto 1.313 niños en el SENAME (esos mismos que “esperan ser adoptados”).
Otras veces llegamos a lo mismo por la vía opuesta: Como puede parecer tan absurdo oponerse al aborto en un país en que, nuevamente, los niños mueren en el SENAME y hay mujeres violadas por sus propios familiares, no “disfrazamos” la realidad sino que la reconocemos crítica a tal punto, que intentamos “forzar” la argumentación, para dar con que oponerse al aborto es “sinónimo automático” de mejorar “esta realidad de la que somos profundamente conscientes” (“el aborto es un segundo trauma para la mamá”).
Si nos acostumbramos a argumentar del modo que venimos criticando, o sea, poniendo un valor a resguardar según la situación en que se nos va presentando, parecerá que nos oponemos al aborto por razones distintas según sea el caso. Esto, que aparentemente podría hacer la argumentación más preparada o sofisticada, no hace sino bajar el peso de la argumentación, porque explícita o implícitamente vamos proponiendo distintos “valores absolutos”: la salud física o mental de la mamá, la autonomía, la futura salud del niño.
Entonces, la argumentación debiera estar orientada a demostrar por qué el feto es una vida, y por qué es una vida humana, y por qué es una persona humana, y por qué es una persona humana inocente… y por qué de eso se sigue que le debemos respeto sin excepción. Lo demás, puesto como fundamento principal, para un caso concreto o no, confunde y termina siempre en debates inconducentes o poco honestos.
Esta falta de claridad sobre lo principal se refleja en que hemos colapsado el debate de cifras, gráficos, datos varios y casuística: todos alguna vez hemos sido testigos de cómo debates sobre el aborto terminan siendo discusiones de cómo en un país que no sabemos dónde queda, las mujeres que dieron en adopción se mostraron un 17% más felices que las que abortaron, mientras que el oponente argumenta con un estudio que demuestra exactamente lo contrario, o cómo se pasa la hora intentando demostrar si son 18 o 6 los países que no permiten ningún tipo de aborto.
Creo que urge una mayor claridad sobre qué es lo que defendemos cuando nos decimos pro-vida (y claridad también sobre la seriedad de algunos contraargumentos); y, luego, no ocultar esa claridad a la hora de argumentar. Así, elevaremos el nivel de la discusión, evitaremos contradicciones o faltas de “honestidad intelectual”, y no nos taparemos los ojos frente a las condiciones paupérrimas en que estamos recibiendo a los nuevos chilenos más desfavorecidos