ÉPOCA ANTIGUA
Lo que hoy es República argentina estuvo habitado por varias tribus aborígenes puelches, tehuelches o patagones, araucanos, diaguitas, chanás, querandíes, huarpes, pampas, guaraníes y lules, entre otras, que se hallaban dispersos por todo el territorio.
Los primeros habitantes de lo que más tarde sería la Argentina
En el actual territorio argentino, distintos pueblos indígenas fueron desarrollando a través del tiempo variadas formas de vida, aprovechando los ambientes y conviviendo en forma armónica con la naturaleza.
Los grupos que habitaban áreas próximas presentaban rasgos semejantes, promovidos por relaciones de intercambio que, en ocasiones, podían llegar a ser violentas. Hacia principios del siglo XVI, en estos pueblos, que totalizaban aproximadamente 400.000 miembros, eran evidentes los vínculos con otras sociedades indígenas americanas. Esto generaba procesos de transformación, tanto por intentos de sometimiento político y cultural como por el desplazamiento de pueblos para ocupar nuevas áreas.
De todo ese universo rico y variado, analizaremos algunos.
Los diaguitas: agricultores del Noroeste
En los valles y quebradas ubicados al pie de las montañas de las actuales provincias de La Rioja, Tucumán, Catamarca y parte de Salta, vivía un conjunto de pueblos diversos, pero con una lengua en común, a los que se denomina diaguitas.
A semejanza de los pueblos andinos, practicaban la agricultura con andenes y riego artificial, complementada con la crianza de llamas y la recolección de frutos de algarroba.
Los diaguitas estaban organizados en jefaturas que decidían en materia económica, política, y militar, y representaban la mayor concentración demográfica de nuestro actual territorio: ascendían aproximadamente a 200.000 miembros. Vivían en aldeas que tenían fuertes lazos comunitarios, reafirmados a partir de prácticas religiosas basadas en cultos a elementos naturales, como el Sol, y, especialmente, a la Madre Tierra o Pachamama, a la que ofrendaban el primer trago, bocado o fruto para asegurar la fertilidad y el buen parto de las mujeres.
A partir de 1480, esta zona recibió claras influencias de los incas, que difundieron el quechua y construyeron una red de caminos protegidos con fortificaciones de piedra: los pucarás.
* INCAS (Imperio de los): Poderoso imperio fundado en el siglo XII por una tribu de lengua quechua procedentes de la región del Titicaca, y que, en su apogeo (siglo XV), llegó a extenderse por la zona andina del S. de Colombia hasta el N. de Argentina y Chile.
Los guaraníes: la vida en la selva
Desde antes del 1000, un conjunto de pueblos con culturas de la selva y una lengua en común, el guaraní, comenzó a desplazarse desde las regiones amazónicas hasta la confluencia de los ríos Paraná y Paraguay, a donde llegó hacia el 1100. Considerados en conjunto, los guaraníes eran muy numerosos ya que, hacia principios del siglo XV, ascendían a 1.500.000, divididos en varias tribus instaladas entre selvas y montes, que hoy se reparten la Argentina, Paraguay y Brasil.
Eran comunidades de agricultores sedentarios que utilizaban la técnica de roza y quema para cultivar mandioca, batata, maíz, maní, porotos y zapallo. También pescaban con redes y arpones y recolectaban frutos silvestres, palmitos de palmera, miel de avispas y hojas de yerba mate. Estas hojas se molían, se mezclaban con agua fría o caliente en el interior de una calabaza vacía y la bebida obtenida se bebía chupando a través de una cañita hueca.
Una idea central de su religión era la existencia de la “Tierra sin Mal”, especie de Paraíso terrenal sin dolor, sufrimiento ni injusticia. La búsqueda de esa tierra brindaba sentido a la vida de los guaraníes.
La vida en las tolderías: los tehuelches
Los tehuelches vivían en una amplia zona situada entre el sur de la Patagonia y la actual provincia de La Pampa. Armados de arcos y flechas con puntas de piedra y boleadoras, estos expertos cazadores recorrían largas distancias a pie (más de 2.500 km anuales), en un desplazamiento regular desde las costas a la montaña. A lo largo de este recorrido, seguían las huellas de los guanacos y los ñandúes. También atrapaban pumas, zorros y liebres.
Como los tehuelches eran nómades, con pieles de guanaco y estacas de madera armaban toldos desmontables para facilitar los frecuentes traslados. Cada familia vivía en su toldo, a veces con los abuelos. Varias familias juntas podían compartir toldos más grandes que, en conjunto con otros, formaban la toldería.
Los hombres de la tierra cercana al fin del mundo: onas y yámanas
En la isla que en el siglo XVI los españoles llamaron Tierra del Fuego, por las fogatas que en las noches divisaban desde sus barcos, habitaron culturas muy diferentes.
Los onas (o selk’nam, como se llamaban a sí mismos) eran parte del grupo tehuelche; se alimentaban con hierbas, huevos de aves y frutos que recolectaban, y cazaban guanacos. Para protegerse del frío, usaban mantos de pieles, desde el cuello hasta los tobillos, y se untaban el cuerpo y la cara con grasa de los animales mezclada con polvos de colores con los que pintaban dibujos que mostraban situaciones particulares de cada persona: si estaba de luto, si se casaba o si iba a la guerra.
En el extremo sur de la isla, a orillas del canal de Beagle, se ubicaban los yámanas, que dependían del océano y sus recursos: pescaban diversas especies de peces, cazaban focas con arpones de hueso y recolectaban cangrejos y mejillones.
CONTEXTO: *DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA: El hecho es que, en 1486, Cristóbal Colón les presentó el proyecto que había sido rechazado por Juan II de Portugal: llegar al extremo oriental de Asia navegando hacia el oeste. Isabel y Fernando lo escucharon atentamente pero desestimaron su plan.
Colón no se dio por vencido y volvió a presentar su proyecto en 1492. En esta oportunidad, los Reyes Católicos decidieron apoyarlo y firmaron con él las llamadas Capitulaciones de Santa Fe, un contrato que establecía los derechos y obligaciones de cada parte. Colón sería almirante, virrey y gobernador de los territorios a los que llegase, y legaría ese título a sus sucesores. Aportaría la octava parte de los gastos de la expedición (el resto lo solventaría la Corona) y se quedaría con la octava parte de las ganancias que se obtuvieran.
Conquista y sometimiento de los pueblos indígenas
La conquista de la América indígena fue un largo y complejo proceso que, durante el siglo XVI, se caracterizó por los enfrentamientos constantes entre españoles e indígenas.
Entre 1492 y 1519, se desarrolló una primera etapa de la Conquista durante la cual los españoles lograron dominar las islas del Caribe y Panamá. A partir de entonces y hasta 1530, grupos de españoles que partieron de Cuba sometieron el Imperio azteca –que cayó en 1521- y las ciudades mayas del Yucatán. Entre 1530 y 1550, se llevo a cabo la conquista del Imperio inca. Desde Panamá partieron Francisco Pizarro y sus hombres, quienes lograron tomar prisionero al emperador inca Atahualpa y, tras cobrar un valioso rescate en oro y plata, no dudaron en ejecutarlo. Poco después, ocuparon la ciudad de Cuzco.
Las ocupaciones posteriores se hicieron a un ritmo más pausado, ya que los españoles priorizaron la explotación de las zonas que poseían metales preciosos y gran cantidad de indígenas que pudieran ser utilizados como mano de obra. Comenzó, entonces, el período de fundación de ciudades, a partir de lo cual se buscaba afianzar y reorganizar las zonas conquistadas.
Las razones de la victoria española
No resulta fácil explicar cómo, en muy poco tiempo, pequeños grupos de españoles lograron someter a sociedades tan complejas y numerosas como los aztecas y los incas.
Sin embargo, un primer dato está claro. La dominación española se impuso con mayor rapidez en las sociedades indígenas que tenían un gobierno centralizado y gran diferenciación social con sectores campesinos acostumbrados al trabajo, como en el caso de los incas y los aztecas. Esto sucedía así ya que, una vez sometidos los sectores dominantes y controladas las principales ciudades y vías de comunicación, resultaba más sencillo reducir al resto de la población. En cambio, las comunidades indígenas en las que no existía un poder centralizado y que habitaban en zonas alejadas o de difícil acceso, como los chichimecas del norte de México o los tobas de las selvas chaqueñas, opusieron una mayor resistencia.
La superioridad tecnológica de las armas de fuego y el uso del caballo, que ofrecía movilidad y que aterrorizaba a los indígenas, jugaron a favor de los conquistadores, quienes también supieron aprovechar los problemas internos, como en el caso del Imperio inca, en el cual Atahualpa y Huascar luchaban por el poder. Otro factor de peso fueron las creencias religiosas, como en el caso de los aztecas, que consideraban a los españoles como dioses que habían retornado a sus tierras luego de un largo exilio.
El declive demográfico
La mortandad de indígenas durante y después de la Conquista es un tema muy discutido, pero la mayoría de los investigadores considera que los veinticinco millones que vivían en la región central de México a la llegada de Cortés se redujeron a 1.000.000 de individuos para inicios del siglo XVII. En el caso de Perú, de los nueve o diez millones de habitantes que comprendía el Imperio inca que encontró Pizarro, sólo quedaban 1.600.000 habitantes en 1590.
Si bien se conjugaron varios factores para provocar esta catástrofe demográfica, los historiadores sostienen que, en el 75% de los casos, la merma fue provocada por enfermedades contagiosas, como gripe, neumonía, viruela, sarampión y tifoidea, contra las cuales los organismos de los indígenas carecían de defensas.
Lo anterior se combinó con la desnutrición y el trabajo forzado que, junto con la propagación del alcoholismo, contribuyeron a romper los vínculos entre cada individuo y su comunidad. Esta situación generó desánimo, falta de ganas de vivir y una merma significativa en el número de nacimientos.
La cuestión del trato a los indígenas
Durante la primera mitad del siglo XVI, los españoles debatieron reiteradamente acerca del trato que debía brindárseles a los indígenas sometidos en América. Mientras la mayoría sostenía que los indígenas eran inferiores a los europeos, lo que legalizaba su dominación, algunos sacerdotes consideraban necesario un acercamiento afectivo que favoreciera la evangelización, es decir su conversión al catolicismo.
En un sermón pronunciado en la isla Española, en 1511, el sacerdote dominico fray Antonio de Montesinos denunció que los conquistadores cometían abusos contra los aborígenes y no cumplían el deber de evangelizarlos. Como una de las bases de la Conquista era la difusión del catolicismo, esta acusación cuestionaba la legitimidad de las acciones españolas en nuestro continente.
En varias oportunidades, la Corona española analizó el problema. En 1550, convocó a una reunión para confrontar dos opiniones: la del jurista Ginés de Sepúlveda, que defendía la legitimidad de la Conquista y la esclavitud de los aborígenes, y la de fray Bartolomé de las Casas, quien afirmaba la naturaleza humana de los indígenas y proponía desarrollar una evangelización pacífica sin explotación. Luego de escuchar los argumentos de ambas partes, la Corona reconoció la humanidad de los indígenas. Sin embargo, los consideró en un estado de minoridad, por lo que requerían de la protección y el tutelaje de los españoles.
Otros pueblos europeos que conquistaron zonas en América, como los portugueses y los ingleses, no se plantearon cuestionamientos de esta naturaleza. Directamente, consideraron a los indígenas como infieles a los que debían someter y exterminar.
La ocupación de nuestro territorio
El español Juan Díaz de Solís fue el primero que llegó al Río de la Plata en 1516, y pereció a manos de los indios. En 1520, Hernando de Magallanes exploró las costas y descubrió el estrecho que hoy lleva su nombre. Siguió viaje y murió, pero su compañero Juan S. Elcano completó la primera vuelta al mundo. El veneciano Sebastián Caboto se internó por el Paraná y fundó el fuerte de Sancti Spiritus, este fue el primer establecimiento español en lo que hoy día es la República Argentina.
Con la conquista de zonas que corresponden a los actuales territorios chileno y argentino, la Conquista española en América alcanzó los límites que se mantendrían por más de 200 años: en el este, la región del Chaco y, al sur, la Patagonia y la Araucania, áreas que eran consideradas entonces como tierras inhóspitas y que, por eso, quedaron fuera del control hispano.
En principio, los españoles intentaron conquistar el Río de la Plata directamente desde España. En 1536, Pedro de Mendoza, con una numerosa expedición, fundó la ciudad de Buenos Aires. Sin embargo, este asentamiento no prosperó debido a los ataques indígenas, la falta de alimentos y el aislamiento respecto de otros centros urbanos. Para 1541, los pocos sobrevivientes que quedaban la abandonaron y se refugiaron en Asunción, fundada en 1537 por Juan de Salazar y Gonzalo de Mendoza, ciudad que llegó a ser el centro de la colonización de toda la zona del Río de la Plata. Al irse, dejaron unos cien caballos y vacas que se multiplicarían en los campos bonaerenses.
Desde Chile y Perú
A partir de entonces, la ocupación de nuestro actual territorio fue consecuencia de las necesidades de los españoles asentados en las zonas chilena y peruana, especialmente del área minera de Potosí, que empezó a explotarse en 1545. Desde Santiago de Chile, partieron expediciones que, en 1553, fundaron Santiago del Estero, la primera ciudad estable en el actual territorio argentino. Posteriormente, establecieron las ciudades de Mendoza, San Juan y San Luis.
Por caminos construidos por los incas, ingresaron expediciones provenientes del Perú para explorar la región que más tarde se llamó el Tucumán, que comprendía la actual zona centro y noroeste del país. A partir de 1565, fundaron las ciudades de San Miguel de Tucumán y Córdoba. La franja territorial sobre la que se asentaban estos poblados presentaba serias dificultades por los levantamientos indígenas de calchaquíes y diaguitas, pero la fundación de Salta, La Rioja, San Fernando del Valle de Catamarca y San Salvador de Jujuy afianzó el poder español en el área y aseguró la comunicación con la zona andina.
Una vez establecido un núcleo importante de ciudades, se hizo necesario conectar las zonas de Tucumán y Paraguay con una salida fácil y segura al océano Atlántico, además de frenar la creciente expansión portuguesa hacia el Río de la Plata. Por esa razón, Juan de Garay, con un grupo de españoles y mestizos provenientes de Asunción, fundó la ciudad de Santa Fe y, nuevamente, la de Buenos Aires, en lo que sería su emplazamiento definitivo. El criollo Hernando Arias de Saavedra, más conocido por Hernandarias, nombrado gobernador de La Asunción, descubrió los ríos Colorado y Negro y guerreó contra los indios de las pampas bonaerenses. Creyó conveniente dividir aquellos extensos territorios en dos gobernaciones: La Asunción o Paraguay y Buenos Aires o Río de la Plata (1617). Entre los gobernadores de Buenos Aires merecen citarse: Bruno Mauricio de Zabala, fundador en 1726 de la ciudad de Montevideo; Pedro de Cevallos, que expulsó a los portugueses de la Colonia del Sacramento (1762); Francisco de Paula Bucareli, que arrebató las islas Malvinas a los ingleses que se habían adueñado de ellas.
Las resistencias indígenas
Durante mucho tiempo, los pueblos indígenas parecían haber desaparecido de los relatos históricos luego de la Conquista. Sin embargo, en los últimos cuarenta años, cambió la perspectiva de análisis. Entonces, se comenzaron a estudiar tanto las formas de resistencia de los indígenas como las transformaciones que registraron estas sociedades durante la dominación colonial.
Contrariamente a lo que se tendía a destacar tradicionalmente, la resistencia de los indígenas a la dominación española fue una actitud bastante generalizada que adoptó distintas modalidades: rebeliones y enfrentamientos armados, hostigamientos constantes y sabotajes, y también acciones de resistencia pasiva, como la retirada a lugares inaccesibles de la selva y la negativa a realizar tareas ordenadas por los españoles.
Las Guerras Calchaquíes
La pérdida de tierras y la pretensión de imponer el trabajo obligatorio a los indígenas en beneficio de los españoles provocó una situación de enfrentamientos prolongados en el noroeste del actual territorio argentino. Estos enfrentamientos recibieron el nombre de Guerras Calchaquíes.
Entre 1560 y 1563, tuvo lugar la primera insurrección, liderada por el cacique Juan Calchaquí, que logró ser sofocada por los conquistadores. Años más tarde, entre 1630 y 1643, se produjo un segundo alzamiento indígena, durante el cual los aborígenes atacaron poblados del área. Por último, entre 1656 y 1665, tuvo lugar un levantamiento encabezado por el español Pedro Bohórquez, apodado el falso Inca.
Tras la derrota de los indígenas, comenzó a afianzarse el predominio español en la región, ya que más de 10.000 hombres, mujeres y niños del grupo de los Quilmes fueron deportados desde los Valles Calchaquíes hasta una zona ubicada al sur de la ciudad de Buenos Aires, donde se levantó una reducción. Esa reducción fue el origen de la ciudad bonaerense de Quilmes.
La Guerra del Arauco
Luego de fundar Santiago de Chile, en 1540, los españoles avanzaron cada vez más al sur hasta llegar a la región del Arauco, donde habitaban numerosos grupos indígenas, a los que llamaron araucanos. En 1550, Pedro de Valdivia instaló el fuerte La Concepción a orillas del río Bío Bío y, desde allí, intentó dominar a los araucanos.
Si bien algunos grupos se sometieron, otro, el de los denominados mapuches, continuó la resistencia y, dirigido por el cacique Lautaro, llegó incluso a dar muerte a Valdivia en 1553 y en posteriores guerras impidieron el avance extranjero al sur de Chile hasta 1885.
Durante el siglo XVII, los mapuches, presionados por los españoles, cruzaron la Cordillera de los Andes y comenzaron a incursionar en la región pampeana y en el norte de la Patagonia. Lo que en un principio fue presencia esporádica, se convirtió, durante el siglo XVII, en una masiva invasión e instalación definitiva.