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Época moderna. Historia argentina p2

Info9/29/2018
ÉPOCA MODERNA


La consolidación de las clases medias

La sociedad argentina de la década de 1920 era muy diferente de la del siglo XIX. La inmigración masiva de europeos y los cambios económicos producidos en la región pampeana, el Litoral, Córdoba y Mendoza habían transformado la vida de las personas. La población de las ciudades había aumentado. Además del crecimiento de Buenos Aires y las capitales de provincia, habían surgido nuevas grandes urbes, como Rosario o Bahía Blanca. El campo había incorporado tecnología de origen reciente para el trabajo. Las comunicaciones eran cada vez mejores gracias al teléfono, el ferrocarril, y también los camiones y los automóviles.
Sin embargo, estas transformaciones no abarcaron todo el territorio nacional. Muchas zonas del norte, por ejemplo, habían cambiado muy poco desde la época colonial. El crecimiento desparejo hacía imposible hablar de una sociedad única. Varios mundos sociales convivían y esta situación era especialmente perceptible entre los trabajadores. Al mismo tiempo, muchos de ellos pudieron mejorar sus vidas: pequeños y medianos comerciantes, artesanos que tenían sus propios talleres o empleados de servicios públicos. Con sus ingresos y los de su familia, compraron la casa propia, mandaron a sus hijos a la escuela y accedieron a nuevas formas de consumo y entretenimiento. Muchos de los miles de inmigrantes que dejaron su país realizaron, de ese modo, su sueño de progreso para ellos y para sus hijos. Hacer la América no sólo significaba enriquecerse. Para la mayoría, suponía disfrutar de una vejez segura y brindarles a sus descendientes una vida mejor.
El crecimiento del Estado, la prosperidad económica de la década de 1920 y los avances del sistema educativo consolidaron la posición de las clases medias: empleados, docentes, comerciantes, profesionales. Este sector era el principal destinatario de los productos que se ofrecían en el mercado. Desde el cine, la radio, los diarios y las revistas, se buscaba atender los gustos de hombres y mujeres, jóvenes y niños. Se publicaron nuevos diarios (como Crítica o El Mundo) y revistas, como El Gráfico, Billiken o Para Ti. El cine de los domingos o la radio, que convocaba a las familias por la noche, alimentaron nuevas aspiraciones y fantasías.
La década de 1920, para muchos, fue una época dorada. Como en los años locos de otros países, también Argentina parecía haber alcanzado el progreso. O, al menos, muchos lo veían al alcance de la mano. Muy pocos tomaban en cuenta los signos preocupantes de la crisis.

* LOS CLUBES DE BARRIO: El fútbol y otros deportes despertaron nuevas pasiones. Los clubes se multiplicaron en los barrios de las grandes ciudades y también en los pueblos. No sólo reunían a los fanáticos del deporte; también atraían a una multitud de jóvenes que bailaban los ritmos de moda: el tango o el fox-trot. Anteriormente, las tertulias familiares eran el lugar donde las chicas podían tratar a los muchachos; en la década de 1920, los primeros noviazgos nacían en los clubes y los centros recreativos.

La crisis institucional

Durante los gobiernos radicales, la ampliación de la democracia no fue bien recibida por todos. Los grupos económicos poderosos y los conservadores desconfiaban de la llegada de nuevos hombres al poder. La intolerancia se impuso en la relación entre los partidos opositores y el gobierno, especialmente con la figura de Hipólito Yrigoyen. Cuando en 1928, asumió su segunda presidencia, los políticos estaban enfrentados: por un lado, los yrigoyenistas y, por otro, todos los demás.
Entre los más críticos, estaban los nacionalistas, que creían que la democracia liberal había provocado la decadencia del país. Para ellos, era necesario que el sistema cambiara, como había sucedido en Italia, España y Portugal. Proclamaban la necesidad de un gobierno fuerte.
En medio de esta situación, Yrigoyen debió enfrentar la crisis económica provocada por la caída de la Bolsa de Nueva York en 1929. A ese hecho, le siguió la Gran Depresión y un panorama muy difícil en la economía internacional.
Los diarios criticaron muy duramente al gobierno. Algunos creyeron que había llegado el momento de destituir a Yrigoyen. Nacionalistas, conservadores, radicales antiyrigoyenistas y socialistas independientes se unieron con ese objetivo. Para ello, buscaron en el Ejército un aliado para que llevara a cabo el golpe de Estado. Ese hombre fue el general José Félix Uriburu, quién, el 6 de septiembre de 1930, encabezó el golpe militar que derrocó a Yrigoyen. Por primera vez, desde la sanción de la Constitución nacional, se quebraba el orden institucional y un presidente elegido por el pueblo era destituido de su cargo. También, se disolvió el Congreso y se suspendieron las garantías constitucionales.
Muchos creyeron que ese cambio iba a restablecer el orden y la prosperidad que ansiaban para el país. Contra lo esperado, a pocos meses del golpe, los radicales volvieron a triunfar en Buenos Aires en las elecciones provinciales de 1931. En respuesta, el gobierno de facto anuló las elecciones.
La fuerza se empleó también contra los trabajadores anarquistas o comunistas y contra otros sectores de la población. La prisión, la tortura y los fusilamientos fueron el triste saldo de la crisis institucional. Ante la imposibilidad de lograr el cambio que los nacionalistas esperaban, Uriburu adelantó las elecciones.

* LOS ÚLTIMO AÑOS DE YRIGOYEN: El viejo caudillo permaneció detenido en un barco; poco tiempo después, fue liberado. En 1933, murió en su modesta casa de la calle Brasil. En ocasión de su sepelio, se produjo una de las grandes movilizaciones populares de la década de 1930.

Los Gobiernos conservadores

En 1931, el llamado a elecciones presidenciales del gobierno militar de José Félix Uriburu provocó un ordenamiento de los partidos políticos. Hipólito Yrigoyen estaba en prisión. Marcelo T. de Alvear lo reemplazó al frente de la UCR. Su candidatura a la presidencia fue prohibida por el gobierno de facto, que temía su posible triunfo, y la UCR no se presentó a las elecciones.
Excluido el partido mayoritario, el general Agustín P. Justo se encargó de convocar a casi toda la oposición. Se formó, así, la Concordancia: una alianza con predominio conservador de la que también participaban radicales antiyrigoyenistas y socialistas independientes. Con el restablecimiento del fraude electoral, la Concordancia controló el gobierno durante más de diez años. En 1932, Agustín P. Justo asumió la presidencia, acompañado por Julio A. Roca (hijo). Fue sucedido por Roberto Ortiz y éste, por Ramón Castillo.
Un periodista de la época denominó década infame a este período, en tanto que un historiador lo caracterizó como una era de fraude y privilegio, debido, entre otras razones, a los beneficios que obtuvieron los miembros de la élite vinculados a los capitales extranjeros.
Los conservadores sólo pudieron mantener el poder gracias al fraude electoral. Las críticas de los opositores fueron tan ruidosas como inútiles ante el control del gobierno. Lisandro de la Torre, senador del Partido Demócrata Progresista, denunció en el Congreso a funcionarios del gobierno por actos de corrupción vinculados al negocio de los frigoríficos británicos; a raíz de las denuncias, otro senador fue asesinado en el recinto. Estos episodios son ejemplos del clima de malestar político y moral que se vivía.

La economía argentina durante la crisis de 1930

La crisis estuvo acompañada por la depresión económica. El crac de 1929 afectó las economías estadounidenses y europeas. Los países que invertían o compraban en la Argentina (entre ellos, Gran Bretaña) dejaron de hacerlo o disminuyeron sus compras; decidieron proteger sus economías para evitar el exceso de gastos y, de esta manera, salir de la crisis.
Como consecuencia de la Gran Depresión de 1930, los productores de carne se perjudicaron por la caída de las ventas. Para defender sus intereses, el vicepresidente Roca viajó a Gran Bretaña en 1933. Allí se firmó el llamado Pacto Roca-Runciman; este acuerdo aseguraba que Gran Bretaña compraría carnes a nuestro país a cambio de ventajas comerciales en la Argentina.
El Estado comenzó, entonces, a intervenir en la economía como nunca antes. Se crearon el Banco Central y las Juntas de Granos y Carnes, que trataban de mantener los precios de los productos. Para disminuir los gastos, el Estado también redujo las importaciones. La caída de las ventas y los precios de cereales y carnes exportables debía contrarrestar con el recorte de las importaciones, muchas de ellas destinadas al consumo.

La sustitución de importaciones

Para cubrir las necesidades de la población, los artículos importados comenzaron a manufacturarse en el país. Como consecuencia de la crisis de la década de 1930, se desarrolló un proceso de sustitución de importaciones. Esto significa que algunos productos que hasta ese momento se importaban (como los textiles que se compraban a Gran Bretaña) comenzaron a elaborarse en el país. Entre 1935 y 1939, llegó a triplicarse la producción textil con respecto a la década anterior. Lo mismo ocurrió con las conservas de pescado, los artículos de perfumaría, los productos químicos y metalúrgicos, y también los derivados del petróleo.
La industria nacional empleó un número mayor de trabajadores y contribuyó a la salida a la crisis. Junto a la producción agropecuaria y las manufacturas tradicionales, surgió, así, una industria nueva que, con el tiempo, fue la base de un gran cambio económico.

La sociedad ante la crisis

El proceso de industrialización y la crisis que afectó al campo provocaron el desplazamiento de hombres y mujeres hacia las ciudades. La inmigración europea, prácticamente, se había detenido. Trabajadores que antes se empleaban en el campo o en pequeños poblados se asentaron en las ciudades mediante migraciones internas. Así, se formó el Gran Buenos Aires. En las localidades bonaerenses que rodeaban a la capital, se instalaron fábricas, que recibieron una multitud de trabajadores de las provincias.
El mundo del trabajo se transformó al aumentar la cantidad de obreros industriales. Superados la represión y el peor momento de la crisis, los sindicatos comenzaron a reorganizarse y se formaron otros nuevos. Los socialistas y los comunistas competían por el control de la Confederación General del Trabajo (CGT). Pero, además, iniciaron huelgas y movimientos de protesta para mejorar las condiciones de trabajo y los salarios. Pocas veces fueron escuchados por el gobierno, que apoyaba los intereses de los más poderosos. Los partidos políticos, que debían representar a la ciudadanía, tampoco fueron efectivos. La inquietud se fue generalizando.
La crisis del país era muy profunda. Para algunos pensadores, el gran proyecto de modernización había fracasado. Ezequiel Martínez Estrada creía que la Argentina seguía aprisionada en el dilema que ya había planteado Sarmiento: cómo superar la barbarie. Otros, sin embargo, veían en la crisis una posibilidad de cambio. Como Raúl Scalabrini Ortiz, creían que la liberación nacional respecto del imperialismo británico permitía retomar el destino de grandeza que supuestamente le correspondía a la Argentina, y que alcanzaría a los sectores populares marginados.
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