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Cómo Rusia volvió al capitalismo,El desarrollo postsoviético

Info•8/7/2015
Cómo Rusia volvió al capitalismo,El desarrollo postsoviético

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Cómo Rusia volvió al capitalismo. El desarrollo del subdesarrollo en sociedades postsoviéticas



El capitalismo contemporáneo de los países de la Comunidad de Estados Independientes


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El capitalismo contemporáneo de los países de la Comunidad de Estados Independientes ( cei ) tiene dos fuentes: la descomposición de la burocracia soviética y la influencia del capitalismo global. Pese a la publicidad de la época en favor de las reformas, estas no lograron conducir a la prosperidad y al crecimiento del bienestar de la población. Casi un cuarto de siglo después de la caída de la Unión Soviética, resulta claro que en los territorios del espacio postsoviético se consolidó un capitalismo periférico, con una economía sustentada en amplios niveles de criminalidad empresarial, control informal de los activos, primarización y fuga de capitales.


En el albor de las reformas de mercado en la Comunidad de Estados Independientes (CEI) –instancia sucesora de la Unión Soviética–, a comienzos de la década de 1990, el periodista televisivo ruso Vladímir Pózner organizó un talk-show con el elocuente título «¿Necesitamos el capitalismo?». El programa había sido concebido como el triunfo de los partidarios liberales del capitalismo sobre, supuestamente, los retrógrados y estancados opositores al nuevo orden social. En el curso del debate, el académico Stanislav Shatalin, un economista prestigioso en ese momento, explicó de forma clara, comprensible para todos los televidentes, la esencia de la «única doctrina confiable» de turno: «Imagínense un pastel dividido en partes iguales pero pequeñas. Eso es el socialismo. Ahora imagínense un enorme pastel dividido en partes desiguales, pero de modo que hasta una pequeña parte del segundo pastel es más grande que una de las partes iguales del primero. Eso es el capitalismo». Otro invitado del programa, sin medias tintas, propuso un camino sencillo y comprensible hacia el prometido paraíso del consumo: el Estado debía retirarse de la economía. Se entiende que tenía en mente abrir el espacio para la iniciativa empresarial de la «gente común».

En esa misma época se difundió profusamente por televisión un spot publicitario. Primero aparecía en la pantalla un mapa de Rusia cubierto por humeantes chimeneas de fábricas y líneas de transmisión de energía eléctrica. Una voz aclaraba: «Este es el patrimonio colectivo del país». Después se recortaba un pedazo de fábrica. «¡Esta es tu parte de la riqueza colectiva!». El pedazo se transformaba en un cupón y aparecía en la palma de la mano de un desconcertado ruso, que empezaba a rascarse la cabeza mientras una voz en off preguntaba «qué hacer con el cupón».

En el talk-show mencionado más arriba, Pózner explicaba con entusiasmo que la privatización abría el camino al enriquecimiento a todos los rusos: «Si ustedes son tres, es decir que tienen tres cupones, ya tienen la posibilidad de empezar su propia actividad privada. Reúnan a toda la familia en un consejo y resuelvan cómo utilizar los cupones. ¡Recuerden que ahora ustedes están decidiendo su propio destino, el destino de sus hijos y el de sus nietos!».

Las últimas palabras de Pózner resultaron ser las únicas migajas de verdad expresadas en aquel programa y en la innumerable cantidad de otros programas parecidos, aunque no del todo en el mismo sentido que tenían en mente. Pasó muy poco tiempo hasta que los rusos corrientes, que habían aceptado dócilmente las reformas, comenzaron a ser testigos de una caída sin precedentes de la producción y del nivel de vida, de una inaudita criminalización de la sociedad, del colapso de la educación y del sistema de salud, de la transformación de Rusia en un Estado semidependiente. Resultó que el pastel del ingreso nacional no solo se dividía en partes desiguales, sino que además se había endurecido bastante.

A semejante colapso de la ilusión del capitalismo sobrevivieron los trabajadores de prácticamente todas las antiguas repúblicas soviéticas. Para comprender por qué las expectativas de la población resultaron pisoteadas de manera tan grosera, es necesario considerar la naturaleza de la sociedad que se conformó en el espacio postsoviético.


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La periferia del mundo capitalista



Después del colapso de la URSS, sus antiguas repúblicas tomaron el camino de la transición al capitalismo. Pero este no fue ni podía ser un pasaje al capitalismo del centro, altamente desarrollado y garante de un alto nivel de vida. Precisamente en eso consistía el engaño del programa televisivo. En el marco del sistema capitalista mundial, los «neófitos recién convertidos» podían ocupar solo el lugar de una periferia dependiente y atrasada. Correspondía la «implantación del subdesarrollo» descripta por André Gunder Frank1. Los países postsoviéticos experimentaron la correspondiente transformación de sus economías. En los «audaces» 90, la participación de la industria en el total del valor agregado, en promedio, cayó de 38% a 29% en los países de la CEI2, y paralelamente creció la incidencia del sector primario exportador.





.FIN DEL POST.


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