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¡Larga vida a Argentina!

Info9/10/2015
Uno de los más importantes criminales de guerra nazi, Adolf Eichman, llegó a la Argentina en 1950 luego de pasar por Génova y recibir de un sacerdote franciscano italiano un pasaporte que lo habilitó para viajar a Buenos Aires. Eichmann no olvidará el gesto de la Iglesia de Roma hacia él: se convertirá al catolicismo, bautizará a uno de sus hijos con el nombre de Francisco en honor a la orden que lo ayudó y dejará estas palabras imborrables: “Recuerdo con profunda gratitud la ayuda que me prestaron sacerdotes de la Iglesia Católica en mi huida de Europa y decidí honrar a la fe católica convirtiéndome en miembro honorario”. Lo que la mayoría de las crónicas omite, y que afortunadamente remarca la notable filósofa y ensayista alemana Hannah Arendt, es que el primer refugio del criminal Eichmann tras la derrota nazi en la Segunda Guerra Mundial no fue un “poco confiable país sudamericano” sino la propia Alemania bajo control de los aliados, donde permaneció oculto por nada menos que cuatro años muy cerca de la ciudad de Hamburgo. También suele omitirse que Eichmann fue detenido por las fuerzas norteamericanas y encerrado en un campo de concentración, del que pudo fugarse antes de ser identificado. Este es relato de Arendt: “Eichmann fue apresado por los soldados norteamericanos y confinado en un campo de concentración destinado a los miembros de las SS, donde, pese a los numerosos interrogatorios a que fue sometido y a que algunos de sus compañeros de campo lo conocían, no se descubrió su identidad. Eichmann fue muy cauteloso, se abstuvo de escribir a sus familiares, y dejó que lo creyeran muerto. (…) La esposa de Eichmann quedó sin un céntimo, pero la familia de Eichmann en Linz se encargó de mantenerla, así como a sus tres hijos. En noviembre de 1945 se iniciaron, en Nuremberg, los juicios de los principales criminales de guerra, y el nombre de Eichmann comenzó a sonar con inquietante regularidad. En enero de 1946, Wisliceny compareció ante el tribunal de Nuremberg, como testigo de cargo e hizo su acusadora declaración, ante lo cual Eichmann decidió que más le valdría desaparecer. Con la ayuda de otros internados, escapó del campo de concentración, y fue a Lüneburger Heide, lugar en un bosque, unas cincuenta millas al sur de Hamburgo, donde el hermano de uno de sus compañeros de internamiento le proporcionó trabajo como leñador. Allí permaneció durante cuatro años, oculto bajo el nombre de Otto Heninger, y es de suponer que se aburrió mortalmente. A principios de 1950, logró establecer contacto con la ODESSA, organización clandestina de ex miembros de las SS, pasó, a través de Austria, a Italia, donde un franciscano, plenamente conocedor de su identidad, le dio pasaporte de refugiado, en el que constaba el nombre de Richard Klement, y lo embarcó con rumbo a Buenos Aires. Llegó allá a mediados de julio, y obtuvo, sin dificultades, los precisos documentos de identidad y el correspondiente permiso de trabajo a nombre de Ricardo Klement, católico, soltero, apátrida, y de treinta y seis años de edad, siete menos de los que en realidad contaba”. 2 El jerarca permaneció entre nosotros sin ser molestado hasta 1960, atravesando los gobiernos de Perón, Lonardi, Aramburu 3 y Frondizi, hasta que fue secuestrado por un comando israelí para ser juzgado en Jerusalén, donde fue condenado a muerte. Sus últimas palabras fueron: “Dentro de muy poco, caballeros, volveremos a encontrarnos. Tal es el destino de todos los hombres. ¡Viva Alemania! ¡Viva la Argentina! ¡Viva Austria! Nunca las olvidaré”.4 El entonces cardenal primado, Antonio Caggiano, expresó que el jerarca nazi había llegado “a nuestra patria en busca de perdón y olvido, y no importa cómo se llame, Ricardo Clement o Adolf Eichmann: nuestra obligación de cristianos es perdonar lo que hizo”.5 Lo escalofriante es la continuidad en la pretensión de mantener la impunidad de estos genocidas que se expresa, por ejemplo, en declaraciones como las del efímero canciller de la llamada “Revolución Libertadora”, Mario Amadeo: “La Argentina siempre acogió generosamente a los refugiados que vienen de todas partes: eso permitió a Adolfo Eichmann ingresar por medios fraudulentos, así como también lo hicieron numerosos refugiados judíos”.6 Consultado sobre el tema, el estrecho colaborador de Perón Jorge Antonio nos dijo: “Perón no tenía relación con los nazis. Él tenía relación con el embajador alemán y con los alemanes. Tenía una gran relación con Freude7. Y Freude defendía mucho a los alemanes, en un principio defendía a los nazis que venían o que pretendían venir, o que incluso habían llegado ya a hacer contacto con la Argentina porque esto había empezado mucho antes de que terminara la guerra. Entró a trabajar en mi organización un montón de gente, entre ellos Adolf Eichmann. Todo el mundo sabía perfectamente que era Adolf Eichmann y figuraba en la Mercedes-Benz como Eichmann desde 1950 hasta que lo detuvieron en 1960. A nadie le molestaba, nadie se ocupó de él. Pero no estaba él solo; había 36 alemanes, casi todos ingenieros o contadores, principalmente ingenieros. Era una de las condiciones que los alemanes me ponían: que tomara el personal que ellos me proponían. Todos tenían pasaportes españoles o portugueses”.8
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