Capitalismo puro
Cuando leo a algunos columnistas, incluso amigos, que hay que "salvar el capitalismo", o que "debemos recuperar pronto el capitalismo de rostro humano", pienso: ¡Joder!, éste es gato. Es decir, es una persona convencida de la eficacia de la economía de mercado pero con un cargo de conciencia importante. Seguro que gana un sueldo notable y lleva una vida acomodada pero no ha logrado desembarazarse del complejo de culpa, y así se desahoga escribiendo un artículo menor y ridículo, aprovechando la masiva propaganda de la izquierda sobre «el colosal desafío de nuestros tiempos: la desigualdad». Ha leído las reseñas de autores que están resucitando a Marx, como Eagleton en EEUU y el famoso Piketty en Francia, y se siente obligado a darse un golpe de pecho, y a pensar que quizá tienen algo de razón, "que estamos llegando demasiado lejos".
No leen por desgracia Actualidad Económica, aunque todavía están a tiempo. En mi revista no hay fisuras. No tenemos que pedir perdón a nadie. Estamos persuadidos de la gran entraña moral del capitalismo, que consiste en satisfacer las demandas de los ciudadanos con la mejor calidad y al mejor precio. Convencidos de que, en condiciones de competencia, los que ganan más no hacen sino obtener la recompensa que la sociedad les da por colmar de manera brillante sus necesidades, algunas ignotas hasta hace poco tiempo. Aparte de enemigos exteriores, como la izquierda, el capitalismo también padece el fuego amigo. Éste se compone, entre otros, de los columnistas que escriben esos artículos compensatorios para seguir durmiendo tranquilos, o los que acuden a las tertulias con convicciones prendidas de un hilo para acabar agachando la cabeza ante los Pablo Iglesias de turno, conspicuos y eficientes demagogos.
Pero los adversarios más potentes son los gobiernos que desvirtúan la competencia, conceden favores a empresarios amigos, protegen indebidamente las castas sindicales, permiten que los jueces se inmiscuyan en las decisiones empresariales o evitan con sus regulaciones que la gente se emplee por el salario que le parezca. No, no tenemos que arrepentirnos de nada. La desigualdad es un concepto venenoso, que excita el resentimiento y la envidia, y completamente irrelevante en un país cuyo desafío crucial es acabar con un paro masivo. Como siempre, el propósito de la izquierda es desviar la atención de lo importante. ¿Por qué seguirle el juego?