Publicado por Ricardo Lombardo , Sábado 13 de febrero de 2016
El régimen democrático iniciado en 1985, debió afrontar un tema pendiente muy delicado: las responsabilidades de militares y tupamaros en el desgraciado proceso de confrontación que había vivido nuestro país.
Las leyes de pacificación nacional procuraron resolver el problema: la amnistía general para los guerrilleros y la ley de caducidad para los militares.
Era evidente que la nueva democracia surgía distante de los dos demonios. Los parlamentarios de aquella época sentimos que debíamos construir una nueva estabilidad democrática dejando atrás esa confrontación y a quienes habían atentado contra las instituciones republicano democráticas ya fuera desde la sedición como desde la dictadura.
La de los dos demonios se convirtió para algunos en teoría y fue el sentimiento predominante durante los primeros lustros de la democracia.
Sin embargo, algunos politólogos militantes se impusieron la tarea de desacreditar la idea de los dos demonios, resistiéndose a comparar las víctimas del terrorismo de estado con las víctimas del terrorismo a secas. Piensan que el primero de ellos es el depositario de todas las mezquindades y anatemas posibles, y el otro es la acción romántica de jóvenes idealistas que quisieron cambiar al mundo.
Una visión maniquea, sólo admisible en un universo de falsos relatos.
Yo, en cambio, me sigo afiliando a la idea de los dos demonios. Explica con absoluta elocuencia, y sin hemiplejias, lo que ocurrió en el país en la historia reciente. No tanto de las víctimas, lamentables en todos los casos, sino de los victimarios empeñados por igual en derribar las instituciones republicano democráticas.