Publicado por Ricardo Lombardo , Domingo 28 de febrero de 2016
Florencio Sánchez se consagró al escribir un drama ético a principios del siglo XX, que desnudó con dureza el contraste de valores, modos de pensar y vivir entre padres e hijos en una sociedad que cambiaba profundamente. El gaucho viejo representaba el pasado campesino y patriarcal, tradicionalista y conservador. Su hijo, encarnaba el espíritu juvenil, liberal, individualista y rebelde de los nuevos tiempos.
Un país que moría y otro que bostezaba, como diría Machado. Un cotejo de generaciones que evidenciaba distintas épocas y educación.
"M’hijo el Dotor" fue también una metáfora para una ola de inmigrantes que llegaban a estos lares provenientes de la pobreza, y venían a esforzarse y sacrificarse para que sus hijos lograran el salto de capacitación y se convirtieran en profesionales en esta tierra que les ofrecía generosa una educación gratuita. Aún a riesgo de perderlos convertidos por distintos modos de pensar y de vivir.
Esta obra de Florencio Sánchez, es, como pocas, representativa de una época extraordinariamente dinámica de la historia uruguaya.
Con cierta pesadumbre, comprobamos hoy que el orgullo de los inmigrantes y campesinos por alentar a sus hijos a alcanzar los máximos de educación, se ha trastocado. Hoy los mensajes son otros y los comportamientos también. La cultura del trabajo y el esfuerzo, ha dejado el lugar a la prédica de los iluminados que creen que saben por qué no hay que dedicar la vida a esas cosas, y desparraman el culto al pobrismo y al desprecio por el éxito.
Hoy queda claro que la sociedad uruguaya padece el resultado del relativismo moral que los tupamaros le han impregnado en estas últimas décadas. No es casualidad que así como dicen una cosa, te digan la otra. Tampoco lo es que sostengan ese lema antirrepublicano de que lo político está por encima de lo jurídico. Ni esa diatriba permanente en contra del esfuerzo, el trabajo, el éxito, porque los consideran una forma de desperdiciar la vida en la búsqueda del bienestar y el mayor consumo, cosas que parecen anatemas en esa doctrina que ha diseminado Mujica por el mundo. Se trata de aparecer desalineado, con poca higiene, simulando ser los más pobres y peor educados, mientras se alienta el lenguaje tumbero propio del submundo del delito y los malvivientes.
La prédica permanente contra los universitarios, con connotaciones forzadamente clasistas en un país donde la enseñanza terciaria es gratuita, se da de bruces contra la proclama de “educación, educación y más educación” que hizo oír Mujica el día de su asunción, en lo que pareció otro mensaje para la tribuna.
La sociedad está pagando las consecuencias de haber creído en todo eso, con generaciones enteras que no tienen claro su futuro ni sus valores. Los famosos “ni ni”, no aparecieron espontáneamente. Son el resultado de mensajes frustrantes, desalentadores, sin esperanza, ni futuro, que machaconamente se les ha disparado desde el MLN y sus derivados.
Y ahora, para coronar la alegoría, aparece la inconducta de Raúl Sendic. El hijo de los tupamaros. Quizás el único (o uno de los pocos) descendiente de los cabecillas de la organización guerrillera que atentaron contra la democracia a partir de 1963 y la emprendieron con sangre y fuego para destruir una sociedad liberal y con vocación de justicia social, sintiéndose iluminados, dueños de la verdad, depositarios de los únicos valores posibles y admisibles.
La parábola parece terminar aquí. Los que denunciaban estentóreamente cada pequeño indicio de sospecha en la conducta delos hombres públicos; los que se golpeaban el pecho y se proclamaban ser los buenos, frente a la malicia de los demás; los que enseñaban con soberbia cómo había que gobernarse frente a los problemas que afrontaban todos y cada uno de los gobiernos, hoy se encuentran acorralados, defendiendo la incompetencia de sus representantes, la inconducta de sus conductores y la verborragia de sus líderes.
Ahí están, enredados en sus propias falacias, en su propia intolerancia y en su propia incomprensión de la condición humana. Construyeron un mundo de apariencia, donde nada es lo que parece. Han descrito una realidad ficticia a contramano de la cultura del trabajo y el esfuerzo. Tan irreal que terminaron creyendo que podían obtenerse títulos sin estudiar, que las empresas podían funcionar permanentemente a pérdida, que los recursos no tenían límite, que se podía tener éxito sin trabajar y esforzarse, y que la ciudadanía iba a creer sus embustes eternamente.
Ahí están, tratando de encontrar un camino que los salve de su hijo el licenciado.