30 March 2006 @ 13:26 hrs.
ENTRADA 74
Escribo esto bajo la luz temblorosa de una linterna que sostiene Viktor. Las
últimas cuarenta y ocho horas han sido la peor pesadilla desde que esas cosas
empezaron a aparecer en torno a mi casa, hace un millón de años.
Pasados doce minutos desde el ultimo estertor, el cuerpo de Waqar comenzó a
mostrar una serie de pautas nada naturales. En su pecho no se apreciaba
movimiento pulmonar de ningún tipo (por lo que deduzco que esas cosas no
respiran), pero sin embargo una especie de tic nervioso le recorría el brazo
derecho, donde tenía el rasguño. Estaba muerto, y sin embargo, su brazo se
sacudía y se contraía como sacudido por una descarga nerviosa. Era increíble.
Por si no fuera suficiente, al cabo de tan solo un par de minutos sus ojos
comenzaron a moverse. Cuando había muerto, Waqar tenía los ojos abiertos y
ahora sus pupilas, aún cubiertas de cuajarones de sangre y lagañas, se movían
inquietantemente de un lado para otro, sin enfocar la mirada en ningún punto.
Tenía las córneas totalmente enrojecidas a causa de la rotura de docenas de
microscópicas venas y eso le daba a su mirada un aire totalmente diabólico. El
conjunto resultaba absolutamente estremecedor.
El temblor del brazo se fue propagando a las otras extremidades. Al cabo de
unos minutos todo el cuerpo de Waqar vibraba como sometido a una corriente
eléctrica. De alguna manera, oscura, desconocida y ominosa, todo su cuerpo
estaba volviendo a la vida. Y digo su cuerpo, porque Waqar, su esencia, su
alma, su espíritu o como quiera que se llame, ya había volado muy lejos. Dentro
de aquel cuerpo tan solo habitaba un monstruo.
Permanecíamos como hipnotizados contemplando aquel espectáculo
antinatural. Usman estaba aterrorizado, con un par de gruesos lagrimones
rodando por sus mejillas y sollozando ruidosamente mientras se aferraba a su
AK como si le fuera el alma en ello. Aquel chico estaba a punto de perder la
cabeza. Todo aquello estaba resultando demasiado duro para sus nervios.
Por su parte Shafiq parecía no querer aceptar aquella realidad y se balanceaba
obstinadamente hacia delante y hacia detrás, recitando suras del Corán de forma
obsesiva, en una especie de estado catatónico, con un sordo murmullo que
ponía los pelos de punta. De fondo, el rugido de la multitud de No Muertos del
exterior y los golpes constantes que propinaban a la verja. En conjunto, el
sonido del infierno.
Viktor sostenía con las dos manos la enorme pistola que le había arrebatado a
Kritzinev. Con un gesto decidido, inspiró profundamente, la amartilló de forma
aparatosa y apuntó el cañón a la cabeza de Waqar, que empezaba a balancearse
hacia los lados, mientras intentaba incorporarse. Negué con la cabeza y le sujeté
le brazo para que bajase el arma. Quería ver. Necesitaba saber. ¿Nos
reconocería? ¿Podríamos hablar con él?
Kritzinev apareció súbitamente en la puerta, tambaleándose, con una expresión
adormilada en su cara, que se transformó en un enorme gesto de sorpresa al
contemplar aquella delirante escena. El ucraniano se había despertado con
ganas de orinar y de camino al baño se encontraba a sus dos rehenes armados, a
dos de sus hombres totalmente abrumados por la situación y al tercero en plena
transformación en uno de esos seres.
Por un momento pareció no comprender muy bien la situación. Al cabo de unos
segundos la luz se hizo en su mente y se precipitó hacia Shafiq, arrebatándole el
AK. Waqar ya había conseguido incorporarse hasta una posición sentada en
esos momentos, y miraba a su alrededor aún algo aturdido, pero con una
expresión ansiosa en su rostro. Un nuevo monstruo acababa de nacer, solo doce
minutos después de su muerte. Era espantoso.
Kritzinev se acercó a Waqar y le apuntó con manos temblorosas. Con voz
quebrada le gritó algo en urdu. Waqar no respondió y siguió en su empeño por
incorporarse. Le volvió a gritar de nuevo y esta vez el monstruo que ahora era
Waqar giró su mirada hacia el y profirió un gemido aterrador, mostrando una
boca oscura y manchada de sangre y pus.
Fue demasiado para Kritzinev. Dando un paso atrás, apretó el gatillo. El AK
estaba en modo automático y saltó en sus manos cuando descargó una ráfaga de
balas que transformó instantáneamente la cabeza de Waqar en una pulpa rojiza,
como una sandía atropellada por un camión, empapando al propio Kritzinev de
sesos y sangre.
Aquello era excesivo. Uno de los pakistaníes vomitó entre ruidosas arcadas,
mientras el cuerpo de Waqar caía de espaldas aún presa de convulsiones.
Kritzinev parecía estar poseído por las furias. Saltando por encima del cuerpo
de Waqar se acercó hasta nosotros apuntándonos a la cabeza. Por un segundo
pensé que sufría alguna clase de delirium tremens por culpa del alcohol y que
nos iba a cepillar a todos. Sería un final absurdo e irónico, sobrevivir al
Apocalipsis y a centenares de No Muertos para acabar asesinado por un
borracho con alucinaciones en la trastienda de un local abandonado.
Afortunadamente Kritzinev aún mantenía el control y no disparó, pero no dejó
de apuntarnos con su arma. Ladrando unas cortas frases en ruso a Pritchenko
nos obligó a ponernos en pie contra la pared. Con un gesto rápido le arrebató la
pistola al pequeño ruso, que por otra parte no hizo ningún gesto para oponer
resistencia. Fue lo más inteligente por su parte. Con el ruido de los disparos los
dos pakistaníes parecían haber salido de su estado semi-catatónico y ahora
estaban detrás de su jefe, arma en ristre, escrutándonos, esperando cualquier
mínimo gesto hostil por nuestra parte para apretar el gatillo. No. Lo mejor era
poner cara de bueno y aguantar el tipo.
Kritzinev se abalanzó sobre nosotros y le propinó un violento puñetazo a
Pritchenko, lanzándolo contra la pared. Con gesto de sádica satisfacción se giró
hacia mi y alzó el brazo, dispuesto a darme mi ración. Me encogí, esperando el
golpe…
En ese momento un desagradable sonido de metal desgarrado atravesó toda la
tienda. La verja empezaba a ceder. Kritzinev perdió todo el interés en
golpearme y gritándole algo en urdu a los pakistaníes se precipitó hacia la
puerta principal seguido de éstos. Me quede con Pritchenko a solas, en la
trastienda, mientras oía el ruido de estanterías arrastradas precipitadamente,
tratando de levantar una barricada.
Ayudé a Viktor a levantarse. Tenía un hematoma en la mejilla y escupía algo de
sangre, pero eso no mataba a nadie. No teníamos tiempo para eso. Me acerqué a
la puerta de la trastienda. Los pakistaníes y Kritzinev estaban levantando una
improvisada barricada justo enfrente de la verja metálica. Esta estaba
parcialmente descolgada de un lado, y del engarce con la caja en la parte
superior, caía un abundante polvillo blanco y algunos cascotes, cada vez que la
muchedumbre de fuera la golpeaba. Algunos seres ya habían conseguido
introducir sus brazos por los resquicios laterales y empujaban los estantes
apilados contra la verja. Uno de ellos incluso estaba tratando de colar su cabeza.
Aquella verja iba a ceder en cuestión de minutos.
Kritzinev se giró y nos apuntó con su fusil, ordenándonos volver a la trastienda.
El gesto era inconfundible. No se fiaba de nosotros y no nos quería allí en
medio en aquel momento. Francamente, a mi tampoco me importaba. Los dos
pakistaníes estaban cantando algo en árabe, que no en urdu, algo que me sonaba
sospechosamente a un himno de martirio. Shafiq incluso se había anudado un
trozo de tela verde en la cabeza y ahora parecía mucho más relajado.
Sacudí la cabeza. Joder. Eso se ponía feo. Dos aspirantes al martirio y un
ucraniano semi-enloquecido y borracho. Arrastrando a Pritchenko volví a la
trastienda y busqué desesperadamente una salida. No había nada. Ni una
ventana, ni otra puerta, ni un conducto de ventilación… ¡¡Nada!!
Una vez más, la vida no es como las películas. No existen puertas traseras, ni
ventanas que den a descampados ni túneles para contrabandistas ni puertas
secretas. Solo un almacén con las paredes de ladrillo y hormigón, con tabiques
demasiado gruesos como para tirarlos a patadas. Estábamos atrapados.
De repente Pritchenko me arrastró justo detrás de un mostrador. Sobre un
pesado mueble encastrado en la pared había una trampilla con cierre
escamoteado. Apoyando una silla junto al mueble me subí y moví la puerta
corredera, esperando insensatamente encontrar un túnel de salida…
Papel higiénico. Docenas y docenas de rollos de papel higiénico y de papel de
cocina, ordenadamente apilados y embalados. Allí era donde el propietario de la
tienda guardaba sus existencias, demasiado voluminosas como para caber en
una estantería de un pequeño colmado de barrio. Empezamos a sacar paquetes y
paquetes de papel frenéticamente, mientras oíamos los primeros disparos en la
parte delantera de la tienda. Era el principio del asalto final.
Tardamos apenas treinta segundos en vaciar todo el armarito y otros treinta en
refugiarnos los dos dentro, en un espacio claustrofóbicamente pequeño, pero
seguro y oculto. Teníamos una botella de litro y medio de agua, dos linternas,
unas chocolatinas y mi libreta-diario. Absolutamente nada más.
Nos tumbamos a lo largo. Viktor cabía perfectamente, pero él no pasa del 1’60.
Yo estaba algo encogido, pero cómodo. Un pequeño orificio en la puerta nos
permitía respirar y de paso tener una visión parcial de la trastienda. Solo nos
quedaba esperar.
De la habitación delantera llegaba el tableteo de los AK y los aullidos de los No
Muertos. La intensidad de los disparos fue en aumento. Tres fusiles disparados
simultáneamente en un espacio cerrado hacen mucho, mucho ruido. El olor a
pólvora llegaba hasta nosotros claramente. No sé cual es la potencia de fuego de
esas armas, pero en un espacio tan cerrado tenían que resultar devastadoras.
Sin embargo, ellos eran demasiados. Al cabo de un par de minutos se oyeron
unos aullidos desgarradores y una de las armas dejó de disparar. El sonido de la
refriega se trasladó más cerca de la puerta. Un Kritzinev ensangrentado y
lunático apareció andando de espaldas, mientras arrojaba su AK al suelo y
desenfundaba la pistola de su cintura. Perseguido por al menos una docena de
esos seres, el ucraniano vació el cargador sobre ellos, pero por cada uno que
caía aparecían dos. Estaba perdido.
Kritzinev pareció darse cuenta porque giró su arma y se apuntó con ella en la
sien. Sin embargo, antes de que pudiese dispararse, un tipo joven y obeso,
vestido con una camisa de rayas y cubierto de sangre reseca de los pies a la
cabeza, le mordió en la base del cuello y le arrancó un pedazo de carne del
tamaño de un puño. Kritzinev soltó la pistola, dando un aullido de dolor y
sorpresa y con una expresión de rabia en los ojos, mientras desaparecía bajo una
masa de aquellos seres. De los ruidos que se oyeron a continuación prefiero no
hablar.
Han pasado cuarenta y ocho horas. Ahora la tienda está silenciosa y oscura. Las
lámparas, derribadas en el suelo, se han apagado al agotarse el gas. El olor de la
carnicería es indescriptible. Aún no hemos salido de este altillo porque unos
cuantos de ellos siguen aquí, paseando entre las sombras, incansables. El
tiempo se acaba y no sé que vamos a hacer.
05 April 2006 @ 12:38 hrs.
ENTRADA 75
La mente humana es asombrosa. Después de más de setenta y dos horas
encerrados en un cubil del tamaño de un armario mediano, sin luz, sin apenas
sonido y sin referencias sensoriales de ningún tipo empezaba a sufrir
alucinaciones. Me parecía oír un televisor a todo volumen, algo claramente
imposible en esta situación. Hasta podía escuchar los jingles de los anuncios.
Era angustioso. Sabía perfectamente que eso que sonaba no eran más que
delirios de mi mente, pero aún así eran TAN reales… Oh, Dios. Me tapaba los
oídos con las manos , pero lo seguía escuchando todo perfectamente.
Aquel armario me estaba destrozando. La suma de cansancio, terror, stress
acumulado y setenta y dos horas de privación de luz y alimentos me estaban
haciendo resbalar por la pendiente de la locura… No aguantaba más. Aquel
cajón me estaba asfixiando. Notaba como las paredes se acercaban a mí,
haciendo el espacio más pequeño, me aplastaban, me apretaban. La oscuridad
era densa como el petróleo, hasta el aire era oscuro. No podía respirar, mis
pulmones bombeaban aire como locos pero no llegaba oxígeno a ellos… Me
ahogaba… ¡¡Tenía que salir de allí!!
Me giré hacia la puerta del altillo y empecé a arañarla buscando
desesperadamente el tirador. Justo en ese momento noté dos manos duras como
el acero que me agarraban por los brazos, mientras me susurraban algunas
palabras en ruso, tratando de tranquilizarme. Era Pritchenko. Me tenía
inmovilizado con una presa digna de un luchador de judo. Me mantuvo así
durante un buen rato, mientras mi respiración se calmaba y recuperaba el
autocontrol. Jodido ucraniano. Su aspecto es engañoso. Parece poca cosa, tan
pequeño, con su enorme mostacho rubio tapándole media boca, pero tiene un
espíritu de hierro y una resistencia asombrosa. No se ha derrumbado con toda
esta presión y yo he estado a punto de mandarlo todo a la mierda por un ataque
de claustrofobia. Le debo una.
Empecé a llorar en silencio, como un auténtico idiota. No podía más.
Llevábamos tres días encerrados en aquel hueco del tamaño de un armario.
Tenía hambre, tenía sed, tenía sueño, unos increíbles y dolorosísimos calambres
y una desorientación absoluta. Era el puto infierno, pero no sabíamos donde
estaba el cartel de neón que señalaba la salida de aquella situación. En pocas
palabras, con la mierda al cuello.
Con todo ese movimiento teníamos que haber hecho necesariamente algo de
ruido, pero afortunadamente los seres de ahí afuera hacían bastante más al
moverse constantemente entre los restos de la trastienda, tropezando con las
estanterías caídas y con los restos de nuestro equipo, así que hasta el momento
habíamos pasado desapercibidos. Pegué el ojo al pequeño agujero de la puerta.
Desde allí podía ver tan solo la mitad de la trastienda y el paso que daba a la
parte delantera de la misma. El cuarto estaba en penumbra, muy levemente
iluminado por la luz que entraba desde la puerta principal, donde un día estuvo
la verja.
Podía distinguir la sombra de al menos ocho de esos seres, que aún
permanecían en aquel reducido espacio, pero seguramente habría más en la
parte delantera de la tienda o en la calle, justo enfrente de la misma.
Aquellos hijos de puta no se habían marchado al acabar con Kritzinev y los
ucranianos, sino que se habían limitado a permanecer por ahí dando vueltas,
como buscando algo… O a alguien.
Durante las primeras veinticuatro horas aquel cuarto había estado atestado de
aquellos monstruos, en su inmensa totalidad atraídos por el barullo organizado
por los disparos. Ahora, su instinto, o lo que sea, les decía que aún tenían
alguna presa fresca por las inmediaciones. Sin embargo, a medida que iban
pasando las horas iba haciendo que la mayoría perdiesen el interés y se fueran
desplazando hacia el exterior.
Sabían que había alguien por allí cerca. Lo sentían, de alguna manera. No
sabían exactamente donde estábamos, ni cuántos éramos, aunque estoy seguro
de que nos percibían claramente… ¿Irradiación de calor? ¿Campos
electromagnéticos? ¿Algún otro sistema u otro tipo de percepción que se me
escapa? Ni idea. Pero desde luego estaban inquietos y no paraban de dar vueltas
por el pequeño espacio de la trastienda, supongo que bastante frustrados por no
encontrar eso que sentían de una manera tan clara.
Durante cuatro aterradoras horas uno de aquellos monstruos, uno alto y
desgarbado, con una espantosa herida abierta en la espalda, permaneció justo
enfrente de la pared donde estaba situado el altillo, golpeando con sus puños la
parte inferior de la puerta corredera, mientras se desgañitaba pegando rugidos.
La sangre casi se nos hiela en las venas a Pritchenko y a mí. Pensábamos que
aquel cabrón nos había descubierto y que estábamos listos para los papeles.
Sin embargo, al cabo de cuatro interminables horas de terror aquel individuo
perdió súbitamente todo el interés y empezó a vagar de nuevo por la habitación,
hasta que se retiró de ella camino solo Dios sabe donde.
Esos seres son fuertes, numerosos y tienen esa especie de "don de detección",
pero no parecen muy inteligentes, o al menos, constantes. Su capacidad de
concentración y coordinación es bastante limitada, por no hablar de sus
aptitudes psicomotrices. El caso es que al cabo de un rato parecen aburrirse, o
distraerse, salvo que se sientan atraídos por un estímulo fuerte (normalmente,
un ser humano). Entonces, y solo entonces, son implacables.
Todo esto no dejan de ser conjeturas. Nadie, que yo sepa, tiene idea de como
piensan esos seres. La epidemia fue demasiado rápida como para que se
pudieran hacer estudios científicos serios en ninguna parte. Si alguien los está
continuando en algún sitio, seguramente será en un bunker a muchos metros
bajo tierra, y eso no creo que sea de mucha utilidad ahora, dado que están en
todas partes. Además todo aquello no iba a arreglar mis alucinaciones auditivas.
Me parecía estar escuchando una sirena.
Pritchenko me pegó tal apretón en los brazbrazos que casi me hace pegar un aullido
de dolor… ¡Él también lo estaba escuchando! ¡No era una alucinación!.
Eran tres toques largos, una pausa y de nuevo, tres toques largos. Era un sonido
bronco, profundo, que venía de bastante lejos, provocada por una turbina de
vapor de mucha potencia. Era una sirena de barco. Solo podía ser la del Zaren
Kibish. Ushakov, alarmado por nuestra tardanza, trataba de ponerse en contacto
con nosotros a golpe de sirena. Teníamos que darle algún tipo de respuesta,
para que supieran que estábamos vivos. Pero eso era algo que de momento
tendría que esperar.
Aquel sonido tuvo un efecto electrizante en todos los seres que se agolpaban en
el interior del colmado. Empezaron a caminar tambaleándose hacia la puerta y
fueron saliendo, uno por uno, hasta dejar el cuarto vacío, camino de aquella
nueva fuente de sonido que solo podía ser producida por un ser humano, por
una presa.
Todos, menos uno. Por algún extraño motivo, uno de los No Muertos, una
mujer de unos cincuenta años, con unos extravagantes pendientes y con restos
de maquillaje mezclados con suciedad manchando su rostro, permanecía dando
vueltas por el interior de aquella trastienda. Quizás percibía unas presas
humanas (nosotros), de una manera tan intensa que le parecía una pérdida de
tiempo ir tras aquel sonido. O quizás, simplemente estaba sorda. Quién sabe. El
hecho es que permanecía allí, al acecho, expectante. De todas formas, aquella
era la oportunidad que habíamos estado esperando desde hacía casi tres días.
No hizo falta que Viktor y yo nos dijésemos nada. Con un fuerte impulso tiré de
la puerta corredera y salté sobre el aparador que estaba situado justo debajo,
mientras Pritchenko hacía exactamente lo mismo detrás de mi.
La mujer levantó la cabeza sorprendida ante nuestra aparición. Con un rugido
de furia empezó a caminar hacia nosotros, esquivando los restos destrozados del
mobiliario y los cuerpos putrefactos del suelo.
Traté de ponerme de pie, pero tras setenta y dos horas encogido en aquel
diminuto armario mis piernas no respondían. Simplemente, no era capaz de
levantarme. Notaba un desagradable hormigueo en mis extremidades mientras
se restablecía la circulación, pero a todos los efectos, estaba tirado en el suelo,
indefenso, tan desvalido como un cachorrito.
Una vez más, Pritchenko estuvo a la altura de las circunstancias. Sacando
fuerzas de alguna parte, el pequeño ucraniano se arrastró un metro hacia delante
y cogió el AK descargado que Kritzinev había arrojado al suelo poco antes de
su muerte.
Tras utilizarlo como bastón para incorporarse, se apoyó en la pared y lo agarró
por el cañón, a modo de maza, mientras con un suave silbido entre dientes
retaba a aquella arpía salida del infierno. Huevos no le faltaban a aquel tipo.
La respuesta de aquel ser no se hizo esperar y se dirigió con andar vacilante
hacia Viktor. Cuando este la tuvo a su alcance, levantó el AK por encima de su
cabeza y lo descargó con todas sus fuerzas en el cráneo de aquella mujer.
El “crack” fue perfectamente audible, cuando le partió el parietal, dejando a la
vista unos sesos de un desagradable y malsano color oscuro. La mujer se
tambaleó, vacilante, momento que aprovechó Pritchenko para descargar un
segundo golpe que le reventó la cabeza como un melón maduro. Con el impulso
del golpe, la mujer cayó al suelo y Pritchenko se inclinó sobre ella, mientras
descargaba golpe tras golpe sobre su cráneo, que se iba convirtiendo en una
masa de pulpa rojiza.
Me incorporé trabajosamente y agarré a Viktor por la espalda cuando propinaba
el enésimo impacto sobre aquel cadáver. Estaba como desquiciado, con sus
brazos y su pecho cubierto de sesos de aquella mujer y una mirada maníaca en
los ojos. Al notar el contacto de mis manos se giró, como una cobra,
obsequiándome con una mirada enloquecida. Por un momento pensé que me iba
a golpear a mí también.
Sin embargo, poco a poco su expresión volvió a la normalidad, a medida que
me reconocía. Finalmente sus aún débiles piernas no le pudieron sostener por
más tiempo y se derrumbó en el suelo arrastrándome en su caída. Ahora el que
se convulsionaba con los sollozos era él, mientras la adrenalina aún rugía por
sus venas y le daba salida a toda la tensión de las últimas horas.
Le di un fuerte abrazo, mientras trataba de ayudarle a incorporarse. No
teníamos demasiado tiempo. Había que salir de aquel infierno de inmediato.
Recuperando la compostura, Pritchenko se sorbió ruidosamente los mocos y se
inclinó a recoger la pistola de Kritzinev mientras me decía “Por fin hemos
salido del armario”.
Estallé en carcajadas incontrolables, mientras el ucraniano me contemplaba con
expresión estupefacta, preguntándose que bicho me había picado. Cada vez que
trataba de parar de reírme, veía la expresión perpleja de Pritchenko y mi risa se
redoblaba. Con lagrimones en los ojos traté de explicarle el significado
implícito de su frase, lo cual provocó también una sonora carcajada del
ucraniano. Aquello era liberador. Era la primera vez que nos reíamos en
semanas y la risa brotaba, incontrolable, dando rienda suelta a un caudal
incontrolable de tensión emocional. Estábamos en ese estado de risa floja en el
que cualquier tontería, por banal que sea, te hace reír sin control posible. Era
fantástico. Aún éramos humanos. Aún estábamos vivos. Aún podíamos dar
batalla.
No había mucho que recoger en aquel espectáculo dantesco. La pistola de
Kritzinev era nuestra única arma, ya que aunque encontramos los AK no fuimos
capaces de localizar la munición. Recordé que Shafiq y Usman la llevaban
encima, pero no había ni rastro de ellos. Probablemente estarían vagando por
ahí, convertidos en un par de esas cosas, con docenas de cargadores de
munición encima. Joder.
Antes de irnos me incliné sobre el cadáver desgarrado de Kritzinev. La furia de
aquella multitud de No Muertos había sido tan enorme que habían destrozado el
cuerpo del ruso hasta el extremo de no permitir su vuelta a la vida. Le faltaba
parte del cerebro, un brazo y las dos piernas, y su estómago estaba rasgado
como si le hubiese atacado una fiera salvaje. El pobre cabrón tuvo una muerte
espantosa. Metí la mano en el bolsillo de su chaqueta y saqué el resguardo del
paquete, con manchas de sangre en una esquina. No me había olvidado del puto
paquete. Era la única manera de recuperar a Lúculo.
Salimos de la tienda sorteando una enorme pila de cadáveres putrefactos
amontonados en la puerta, caídos bajo las balas de los pakistaníes. El sol era
cegador en el exterior. Mientras ayudaba a Pritchenko a salir de la tienda dirigí
una rápida mirada a nuestro alrededor. Tan solo un par de aquellos seres
estaban a la vista, a una distancia aproximada de unos cuatrocientos metros,
pero nos habían visto y se dirigían hacia nosotros. Era hora de salir por patas.
Corrimos calle arriba, renqueantes y exhaustos por la falta de alimentos y
bebida. Estábamos hechos polvo. No llegaríamos muy lejos en ese estado.
A medida que íbamos avanzando por la desierta avenida más y más de esos
seres iban apareciendo de los lugares más insospechados, sumándose a nuestra
persecución. Debía haber miles de ellos en la ciudad y ahora ya teníamos una
buena docena y media detrás de nuestros pasos, acortando las distancias.
De repente, Pritchenko y yo frenamos en seco. Frente a nuestros ojos se abría
un espectáculo dantesco. Estábamos al borde de una de las enormes cicatrices
provocadas por los incendios descontrolados en la ciudad que había visto desde
el Corinto. Justo enfrente de nosotros la calle terminaba y empezaba un campo
quemado, ennegrecido y destrozado, con ruinas de edificios derrumbados en las
posiciones más inverosímiles. Parecía la imagen de una ciudad bombardeada.
Era un espectáculo dantesco.
Aquella era nuestra oportunidad. Pritchenko y yo empezamos a trepar por las
ruinas, gateando sobre montones de cascotes y vigas retorcidas y ennegrecidas.
En aquel terreno destrozado los No Muertos simplemente no podían seguirnos.
Carecían de la coordinación psicomotriz suficiente como para trepar sobre un
montón de ruinas y caminar en aquel paisaje lunar y carbonizado, cubierto de
agujeros, vigas, montañas de escombros y restos destrozados.
Tampoco eramucho más fácil para nosotros, dado nuestro estado, pero al fin y al cabo,
nosotros podíamos y ellos no.
Tras veinte minutos vagando en medio de aquel paisaje del infierno Pritchenko
y yo nos derrumbamos, jadeantes, en una hondonada en medio de aquella
devastación. En el fondo de la misma se había formado un amplio charco de
agua de lluvia. Bebimos como camellos, recuperando todos los líquidos
perdidos y después nos recostamos, tratando de recuperar el resuello. El sol nos
acariciaba el rostro y una suave brisa jugaba con nuestros cabellos. La
primavera estaba llegando en todo su esplendor. Era fantástico estar vivo.
ENTRADA 74
Escribo esto bajo la luz temblorosa de una linterna que sostiene Viktor. Las
últimas cuarenta y ocho horas han sido la peor pesadilla desde que esas cosas
empezaron a aparecer en torno a mi casa, hace un millón de años.
Pasados doce minutos desde el ultimo estertor, el cuerpo de Waqar comenzó a
mostrar una serie de pautas nada naturales. En su pecho no se apreciaba
movimiento pulmonar de ningún tipo (por lo que deduzco que esas cosas no
respiran), pero sin embargo una especie de tic nervioso le recorría el brazo
derecho, donde tenía el rasguño. Estaba muerto, y sin embargo, su brazo se
sacudía y se contraía como sacudido por una descarga nerviosa. Era increíble.
Por si no fuera suficiente, al cabo de tan solo un par de minutos sus ojos
comenzaron a moverse. Cuando había muerto, Waqar tenía los ojos abiertos y
ahora sus pupilas, aún cubiertas de cuajarones de sangre y lagañas, se movían
inquietantemente de un lado para otro, sin enfocar la mirada en ningún punto.
Tenía las córneas totalmente enrojecidas a causa de la rotura de docenas de
microscópicas venas y eso le daba a su mirada un aire totalmente diabólico. El
conjunto resultaba absolutamente estremecedor.
El temblor del brazo se fue propagando a las otras extremidades. Al cabo de
unos minutos todo el cuerpo de Waqar vibraba como sometido a una corriente
eléctrica. De alguna manera, oscura, desconocida y ominosa, todo su cuerpo
estaba volviendo a la vida. Y digo su cuerpo, porque Waqar, su esencia, su
alma, su espíritu o como quiera que se llame, ya había volado muy lejos. Dentro
de aquel cuerpo tan solo habitaba un monstruo.
Permanecíamos como hipnotizados contemplando aquel espectáculo
antinatural. Usman estaba aterrorizado, con un par de gruesos lagrimones
rodando por sus mejillas y sollozando ruidosamente mientras se aferraba a su
AK como si le fuera el alma en ello. Aquel chico estaba a punto de perder la
cabeza. Todo aquello estaba resultando demasiado duro para sus nervios.
Por su parte Shafiq parecía no querer aceptar aquella realidad y se balanceaba
obstinadamente hacia delante y hacia detrás, recitando suras del Corán de forma
obsesiva, en una especie de estado catatónico, con un sordo murmullo que
ponía los pelos de punta. De fondo, el rugido de la multitud de No Muertos del
exterior y los golpes constantes que propinaban a la verja. En conjunto, el
sonido del infierno.
Viktor sostenía con las dos manos la enorme pistola que le había arrebatado a
Kritzinev. Con un gesto decidido, inspiró profundamente, la amartilló de forma
aparatosa y apuntó el cañón a la cabeza de Waqar, que empezaba a balancearse
hacia los lados, mientras intentaba incorporarse. Negué con la cabeza y le sujeté
le brazo para que bajase el arma. Quería ver. Necesitaba saber. ¿Nos
reconocería? ¿Podríamos hablar con él?
Kritzinev apareció súbitamente en la puerta, tambaleándose, con una expresión
adormilada en su cara, que se transformó en un enorme gesto de sorpresa al
contemplar aquella delirante escena. El ucraniano se había despertado con
ganas de orinar y de camino al baño se encontraba a sus dos rehenes armados, a
dos de sus hombres totalmente abrumados por la situación y al tercero en plena
transformación en uno de esos seres.
Por un momento pareció no comprender muy bien la situación. Al cabo de unos
segundos la luz se hizo en su mente y se precipitó hacia Shafiq, arrebatándole el
AK. Waqar ya había conseguido incorporarse hasta una posición sentada en
esos momentos, y miraba a su alrededor aún algo aturdido, pero con una
expresión ansiosa en su rostro. Un nuevo monstruo acababa de nacer, solo doce
minutos después de su muerte. Era espantoso.
Kritzinev se acercó a Waqar y le apuntó con manos temblorosas. Con voz
quebrada le gritó algo en urdu. Waqar no respondió y siguió en su empeño por
incorporarse. Le volvió a gritar de nuevo y esta vez el monstruo que ahora era
Waqar giró su mirada hacia el y profirió un gemido aterrador, mostrando una
boca oscura y manchada de sangre y pus.
Fue demasiado para Kritzinev. Dando un paso atrás, apretó el gatillo. El AK
estaba en modo automático y saltó en sus manos cuando descargó una ráfaga de
balas que transformó instantáneamente la cabeza de Waqar en una pulpa rojiza,
como una sandía atropellada por un camión, empapando al propio Kritzinev de
sesos y sangre.
Aquello era excesivo. Uno de los pakistaníes vomitó entre ruidosas arcadas,
mientras el cuerpo de Waqar caía de espaldas aún presa de convulsiones.
Kritzinev parecía estar poseído por las furias. Saltando por encima del cuerpo
de Waqar se acercó hasta nosotros apuntándonos a la cabeza. Por un segundo
pensé que sufría alguna clase de delirium tremens por culpa del alcohol y que
nos iba a cepillar a todos. Sería un final absurdo e irónico, sobrevivir al
Apocalipsis y a centenares de No Muertos para acabar asesinado por un
borracho con alucinaciones en la trastienda de un local abandonado.
Afortunadamente Kritzinev aún mantenía el control y no disparó, pero no dejó
de apuntarnos con su arma. Ladrando unas cortas frases en ruso a Pritchenko
nos obligó a ponernos en pie contra la pared. Con un gesto rápido le arrebató la
pistola al pequeño ruso, que por otra parte no hizo ningún gesto para oponer
resistencia. Fue lo más inteligente por su parte. Con el ruido de los disparos los
dos pakistaníes parecían haber salido de su estado semi-catatónico y ahora
estaban detrás de su jefe, arma en ristre, escrutándonos, esperando cualquier
mínimo gesto hostil por nuestra parte para apretar el gatillo. No. Lo mejor era
poner cara de bueno y aguantar el tipo.
Kritzinev se abalanzó sobre nosotros y le propinó un violento puñetazo a
Pritchenko, lanzándolo contra la pared. Con gesto de sádica satisfacción se giró
hacia mi y alzó el brazo, dispuesto a darme mi ración. Me encogí, esperando el
golpe…
En ese momento un desagradable sonido de metal desgarrado atravesó toda la
tienda. La verja empezaba a ceder. Kritzinev perdió todo el interés en
golpearme y gritándole algo en urdu a los pakistaníes se precipitó hacia la
puerta principal seguido de éstos. Me quede con Pritchenko a solas, en la
trastienda, mientras oía el ruido de estanterías arrastradas precipitadamente,
tratando de levantar una barricada.
Ayudé a Viktor a levantarse. Tenía un hematoma en la mejilla y escupía algo de
sangre, pero eso no mataba a nadie. No teníamos tiempo para eso. Me acerqué a
la puerta de la trastienda. Los pakistaníes y Kritzinev estaban levantando una
improvisada barricada justo enfrente de la verja metálica. Esta estaba
parcialmente descolgada de un lado, y del engarce con la caja en la parte
superior, caía un abundante polvillo blanco y algunos cascotes, cada vez que la
muchedumbre de fuera la golpeaba. Algunos seres ya habían conseguido
introducir sus brazos por los resquicios laterales y empujaban los estantes
apilados contra la verja. Uno de ellos incluso estaba tratando de colar su cabeza.
Aquella verja iba a ceder en cuestión de minutos.
Kritzinev se giró y nos apuntó con su fusil, ordenándonos volver a la trastienda.
El gesto era inconfundible. No se fiaba de nosotros y no nos quería allí en
medio en aquel momento. Francamente, a mi tampoco me importaba. Los dos
pakistaníes estaban cantando algo en árabe, que no en urdu, algo que me sonaba
sospechosamente a un himno de martirio. Shafiq incluso se había anudado un
trozo de tela verde en la cabeza y ahora parecía mucho más relajado.
Sacudí la cabeza. Joder. Eso se ponía feo. Dos aspirantes al martirio y un
ucraniano semi-enloquecido y borracho. Arrastrando a Pritchenko volví a la
trastienda y busqué desesperadamente una salida. No había nada. Ni una
ventana, ni otra puerta, ni un conducto de ventilación… ¡¡Nada!!
Una vez más, la vida no es como las películas. No existen puertas traseras, ni
ventanas que den a descampados ni túneles para contrabandistas ni puertas
secretas. Solo un almacén con las paredes de ladrillo y hormigón, con tabiques
demasiado gruesos como para tirarlos a patadas. Estábamos atrapados.
De repente Pritchenko me arrastró justo detrás de un mostrador. Sobre un
pesado mueble encastrado en la pared había una trampilla con cierre
escamoteado. Apoyando una silla junto al mueble me subí y moví la puerta
corredera, esperando insensatamente encontrar un túnel de salida…
Papel higiénico. Docenas y docenas de rollos de papel higiénico y de papel de
cocina, ordenadamente apilados y embalados. Allí era donde el propietario de la
tienda guardaba sus existencias, demasiado voluminosas como para caber en
una estantería de un pequeño colmado de barrio. Empezamos a sacar paquetes y
paquetes de papel frenéticamente, mientras oíamos los primeros disparos en la
parte delantera de la tienda. Era el principio del asalto final.
Tardamos apenas treinta segundos en vaciar todo el armarito y otros treinta en
refugiarnos los dos dentro, en un espacio claustrofóbicamente pequeño, pero
seguro y oculto. Teníamos una botella de litro y medio de agua, dos linternas,
unas chocolatinas y mi libreta-diario. Absolutamente nada más.
Nos tumbamos a lo largo. Viktor cabía perfectamente, pero él no pasa del 1’60.
Yo estaba algo encogido, pero cómodo. Un pequeño orificio en la puerta nos
permitía respirar y de paso tener una visión parcial de la trastienda. Solo nos
quedaba esperar.
De la habitación delantera llegaba el tableteo de los AK y los aullidos de los No
Muertos. La intensidad de los disparos fue en aumento. Tres fusiles disparados
simultáneamente en un espacio cerrado hacen mucho, mucho ruido. El olor a
pólvora llegaba hasta nosotros claramente. No sé cual es la potencia de fuego de
esas armas, pero en un espacio tan cerrado tenían que resultar devastadoras.
Sin embargo, ellos eran demasiados. Al cabo de un par de minutos se oyeron
unos aullidos desgarradores y una de las armas dejó de disparar. El sonido de la
refriega se trasladó más cerca de la puerta. Un Kritzinev ensangrentado y
lunático apareció andando de espaldas, mientras arrojaba su AK al suelo y
desenfundaba la pistola de su cintura. Perseguido por al menos una docena de
esos seres, el ucraniano vació el cargador sobre ellos, pero por cada uno que
caía aparecían dos. Estaba perdido.
Kritzinev pareció darse cuenta porque giró su arma y se apuntó con ella en la
sien. Sin embargo, antes de que pudiese dispararse, un tipo joven y obeso,
vestido con una camisa de rayas y cubierto de sangre reseca de los pies a la
cabeza, le mordió en la base del cuello y le arrancó un pedazo de carne del
tamaño de un puño. Kritzinev soltó la pistola, dando un aullido de dolor y
sorpresa y con una expresión de rabia en los ojos, mientras desaparecía bajo una
masa de aquellos seres. De los ruidos que se oyeron a continuación prefiero no
hablar.
Han pasado cuarenta y ocho horas. Ahora la tienda está silenciosa y oscura. Las
lámparas, derribadas en el suelo, se han apagado al agotarse el gas. El olor de la
carnicería es indescriptible. Aún no hemos salido de este altillo porque unos
cuantos de ellos siguen aquí, paseando entre las sombras, incansables. El
tiempo se acaba y no sé que vamos a hacer.
05 April 2006 @ 12:38 hrs.
ENTRADA 75
La mente humana es asombrosa. Después de más de setenta y dos horas
encerrados en un cubil del tamaño de un armario mediano, sin luz, sin apenas
sonido y sin referencias sensoriales de ningún tipo empezaba a sufrir
alucinaciones. Me parecía oír un televisor a todo volumen, algo claramente
imposible en esta situación. Hasta podía escuchar los jingles de los anuncios.
Era angustioso. Sabía perfectamente que eso que sonaba no eran más que
delirios de mi mente, pero aún así eran TAN reales… Oh, Dios. Me tapaba los
oídos con las manos , pero lo seguía escuchando todo perfectamente.
Aquel armario me estaba destrozando. La suma de cansancio, terror, stress
acumulado y setenta y dos horas de privación de luz y alimentos me estaban
haciendo resbalar por la pendiente de la locura… No aguantaba más. Aquel
cajón me estaba asfixiando. Notaba como las paredes se acercaban a mí,
haciendo el espacio más pequeño, me aplastaban, me apretaban. La oscuridad
era densa como el petróleo, hasta el aire era oscuro. No podía respirar, mis
pulmones bombeaban aire como locos pero no llegaba oxígeno a ellos… Me
ahogaba… ¡¡Tenía que salir de allí!!
Me giré hacia la puerta del altillo y empecé a arañarla buscando
desesperadamente el tirador. Justo en ese momento noté dos manos duras como
el acero que me agarraban por los brazos, mientras me susurraban algunas
palabras en ruso, tratando de tranquilizarme. Era Pritchenko. Me tenía
inmovilizado con una presa digna de un luchador de judo. Me mantuvo así
durante un buen rato, mientras mi respiración se calmaba y recuperaba el
autocontrol. Jodido ucraniano. Su aspecto es engañoso. Parece poca cosa, tan
pequeño, con su enorme mostacho rubio tapándole media boca, pero tiene un
espíritu de hierro y una resistencia asombrosa. No se ha derrumbado con toda
esta presión y yo he estado a punto de mandarlo todo a la mierda por un ataque
de claustrofobia. Le debo una.
Empecé a llorar en silencio, como un auténtico idiota. No podía más.
Llevábamos tres días encerrados en aquel hueco del tamaño de un armario.
Tenía hambre, tenía sed, tenía sueño, unos increíbles y dolorosísimos calambres
y una desorientación absoluta. Era el puto infierno, pero no sabíamos donde
estaba el cartel de neón que señalaba la salida de aquella situación. En pocas
palabras, con la mierda al cuello.
Con todo ese movimiento teníamos que haber hecho necesariamente algo de
ruido, pero afortunadamente los seres de ahí afuera hacían bastante más al
moverse constantemente entre los restos de la trastienda, tropezando con las
estanterías caídas y con los restos de nuestro equipo, así que hasta el momento
habíamos pasado desapercibidos. Pegué el ojo al pequeño agujero de la puerta.
Desde allí podía ver tan solo la mitad de la trastienda y el paso que daba a la
parte delantera de la misma. El cuarto estaba en penumbra, muy levemente
iluminado por la luz que entraba desde la puerta principal, donde un día estuvo
la verja.
Podía distinguir la sombra de al menos ocho de esos seres, que aún
permanecían en aquel reducido espacio, pero seguramente habría más en la
parte delantera de la tienda o en la calle, justo enfrente de la misma.
Aquellos hijos de puta no se habían marchado al acabar con Kritzinev y los
ucranianos, sino que se habían limitado a permanecer por ahí dando vueltas,
como buscando algo… O a alguien.
Durante las primeras veinticuatro horas aquel cuarto había estado atestado de
aquellos monstruos, en su inmensa totalidad atraídos por el barullo organizado
por los disparos. Ahora, su instinto, o lo que sea, les decía que aún tenían
alguna presa fresca por las inmediaciones. Sin embargo, a medida que iban
pasando las horas iba haciendo que la mayoría perdiesen el interés y se fueran
desplazando hacia el exterior.
Sabían que había alguien por allí cerca. Lo sentían, de alguna manera. No
sabían exactamente donde estábamos, ni cuántos éramos, aunque estoy seguro
de que nos percibían claramente… ¿Irradiación de calor? ¿Campos
electromagnéticos? ¿Algún otro sistema u otro tipo de percepción que se me
escapa? Ni idea. Pero desde luego estaban inquietos y no paraban de dar vueltas
por el pequeño espacio de la trastienda, supongo que bastante frustrados por no
encontrar eso que sentían de una manera tan clara.
Durante cuatro aterradoras horas uno de aquellos monstruos, uno alto y
desgarbado, con una espantosa herida abierta en la espalda, permaneció justo
enfrente de la pared donde estaba situado el altillo, golpeando con sus puños la
parte inferior de la puerta corredera, mientras se desgañitaba pegando rugidos.
La sangre casi se nos hiela en las venas a Pritchenko y a mí. Pensábamos que
aquel cabrón nos había descubierto y que estábamos listos para los papeles.
Sin embargo, al cabo de cuatro interminables horas de terror aquel individuo
perdió súbitamente todo el interés y empezó a vagar de nuevo por la habitación,
hasta que se retiró de ella camino solo Dios sabe donde.
Esos seres son fuertes, numerosos y tienen esa especie de "don de detección",
pero no parecen muy inteligentes, o al menos, constantes. Su capacidad de
concentración y coordinación es bastante limitada, por no hablar de sus
aptitudes psicomotrices. El caso es que al cabo de un rato parecen aburrirse, o
distraerse, salvo que se sientan atraídos por un estímulo fuerte (normalmente,
un ser humano). Entonces, y solo entonces, son implacables.
Todo esto no dejan de ser conjeturas. Nadie, que yo sepa, tiene idea de como
piensan esos seres. La epidemia fue demasiado rápida como para que se
pudieran hacer estudios científicos serios en ninguna parte. Si alguien los está
continuando en algún sitio, seguramente será en un bunker a muchos metros
bajo tierra, y eso no creo que sea de mucha utilidad ahora, dado que están en
todas partes. Además todo aquello no iba a arreglar mis alucinaciones auditivas.
Me parecía estar escuchando una sirena.
Pritchenko me pegó tal apretón en los brazbrazos que casi me hace pegar un aullido
de dolor… ¡Él también lo estaba escuchando! ¡No era una alucinación!.
Eran tres toques largos, una pausa y de nuevo, tres toques largos. Era un sonido
bronco, profundo, que venía de bastante lejos, provocada por una turbina de
vapor de mucha potencia. Era una sirena de barco. Solo podía ser la del Zaren
Kibish. Ushakov, alarmado por nuestra tardanza, trataba de ponerse en contacto
con nosotros a golpe de sirena. Teníamos que darle algún tipo de respuesta,
para que supieran que estábamos vivos. Pero eso era algo que de momento
tendría que esperar.
Aquel sonido tuvo un efecto electrizante en todos los seres que se agolpaban en
el interior del colmado. Empezaron a caminar tambaleándose hacia la puerta y
fueron saliendo, uno por uno, hasta dejar el cuarto vacío, camino de aquella
nueva fuente de sonido que solo podía ser producida por un ser humano, por
una presa.
Todos, menos uno. Por algún extraño motivo, uno de los No Muertos, una
mujer de unos cincuenta años, con unos extravagantes pendientes y con restos
de maquillaje mezclados con suciedad manchando su rostro, permanecía dando
vueltas por el interior de aquella trastienda. Quizás percibía unas presas
humanas (nosotros), de una manera tan intensa que le parecía una pérdida de
tiempo ir tras aquel sonido. O quizás, simplemente estaba sorda. Quién sabe. El
hecho es que permanecía allí, al acecho, expectante. De todas formas, aquella
era la oportunidad que habíamos estado esperando desde hacía casi tres días.
No hizo falta que Viktor y yo nos dijésemos nada. Con un fuerte impulso tiré de
la puerta corredera y salté sobre el aparador que estaba situado justo debajo,
mientras Pritchenko hacía exactamente lo mismo detrás de mi.
La mujer levantó la cabeza sorprendida ante nuestra aparición. Con un rugido
de furia empezó a caminar hacia nosotros, esquivando los restos destrozados del
mobiliario y los cuerpos putrefactos del suelo.
Traté de ponerme de pie, pero tras setenta y dos horas encogido en aquel
diminuto armario mis piernas no respondían. Simplemente, no era capaz de
levantarme. Notaba un desagradable hormigueo en mis extremidades mientras
se restablecía la circulación, pero a todos los efectos, estaba tirado en el suelo,
indefenso, tan desvalido como un cachorrito.
Una vez más, Pritchenko estuvo a la altura de las circunstancias. Sacando
fuerzas de alguna parte, el pequeño ucraniano se arrastró un metro hacia delante
y cogió el AK descargado que Kritzinev había arrojado al suelo poco antes de
su muerte.
Tras utilizarlo como bastón para incorporarse, se apoyó en la pared y lo agarró
por el cañón, a modo de maza, mientras con un suave silbido entre dientes
retaba a aquella arpía salida del infierno. Huevos no le faltaban a aquel tipo.
La respuesta de aquel ser no se hizo esperar y se dirigió con andar vacilante
hacia Viktor. Cuando este la tuvo a su alcance, levantó el AK por encima de su
cabeza y lo descargó con todas sus fuerzas en el cráneo de aquella mujer.
El “crack” fue perfectamente audible, cuando le partió el parietal, dejando a la
vista unos sesos de un desagradable y malsano color oscuro. La mujer se
tambaleó, vacilante, momento que aprovechó Pritchenko para descargar un
segundo golpe que le reventó la cabeza como un melón maduro. Con el impulso
del golpe, la mujer cayó al suelo y Pritchenko se inclinó sobre ella, mientras
descargaba golpe tras golpe sobre su cráneo, que se iba convirtiendo en una
masa de pulpa rojiza.
Me incorporé trabajosamente y agarré a Viktor por la espalda cuando propinaba
el enésimo impacto sobre aquel cadáver. Estaba como desquiciado, con sus
brazos y su pecho cubierto de sesos de aquella mujer y una mirada maníaca en
los ojos. Al notar el contacto de mis manos se giró, como una cobra,
obsequiándome con una mirada enloquecida. Por un momento pensé que me iba
a golpear a mí también.
Sin embargo, poco a poco su expresión volvió a la normalidad, a medida que
me reconocía. Finalmente sus aún débiles piernas no le pudieron sostener por
más tiempo y se derrumbó en el suelo arrastrándome en su caída. Ahora el que
se convulsionaba con los sollozos era él, mientras la adrenalina aún rugía por
sus venas y le daba salida a toda la tensión de las últimas horas.
Le di un fuerte abrazo, mientras trataba de ayudarle a incorporarse. No
teníamos demasiado tiempo. Había que salir de aquel infierno de inmediato.
Recuperando la compostura, Pritchenko se sorbió ruidosamente los mocos y se
inclinó a recoger la pistola de Kritzinev mientras me decía “Por fin hemos
salido del armario”.
Estallé en carcajadas incontrolables, mientras el ucraniano me contemplaba con
expresión estupefacta, preguntándose que bicho me había picado. Cada vez que
trataba de parar de reírme, veía la expresión perpleja de Pritchenko y mi risa se
redoblaba. Con lagrimones en los ojos traté de explicarle el significado
implícito de su frase, lo cual provocó también una sonora carcajada del
ucraniano. Aquello era liberador. Era la primera vez que nos reíamos en
semanas y la risa brotaba, incontrolable, dando rienda suelta a un caudal
incontrolable de tensión emocional. Estábamos en ese estado de risa floja en el
que cualquier tontería, por banal que sea, te hace reír sin control posible. Era
fantástico. Aún éramos humanos. Aún estábamos vivos. Aún podíamos dar
batalla.
No había mucho que recoger en aquel espectáculo dantesco. La pistola de
Kritzinev era nuestra única arma, ya que aunque encontramos los AK no fuimos
capaces de localizar la munición. Recordé que Shafiq y Usman la llevaban
encima, pero no había ni rastro de ellos. Probablemente estarían vagando por
ahí, convertidos en un par de esas cosas, con docenas de cargadores de
munición encima. Joder.
Antes de irnos me incliné sobre el cadáver desgarrado de Kritzinev. La furia de
aquella multitud de No Muertos había sido tan enorme que habían destrozado el
cuerpo del ruso hasta el extremo de no permitir su vuelta a la vida. Le faltaba
parte del cerebro, un brazo y las dos piernas, y su estómago estaba rasgado
como si le hubiese atacado una fiera salvaje. El pobre cabrón tuvo una muerte
espantosa. Metí la mano en el bolsillo de su chaqueta y saqué el resguardo del
paquete, con manchas de sangre en una esquina. No me había olvidado del puto
paquete. Era la única manera de recuperar a Lúculo.
Salimos de la tienda sorteando una enorme pila de cadáveres putrefactos
amontonados en la puerta, caídos bajo las balas de los pakistaníes. El sol era
cegador en el exterior. Mientras ayudaba a Pritchenko a salir de la tienda dirigí
una rápida mirada a nuestro alrededor. Tan solo un par de aquellos seres
estaban a la vista, a una distancia aproximada de unos cuatrocientos metros,
pero nos habían visto y se dirigían hacia nosotros. Era hora de salir por patas.
Corrimos calle arriba, renqueantes y exhaustos por la falta de alimentos y
bebida. Estábamos hechos polvo. No llegaríamos muy lejos en ese estado.
A medida que íbamos avanzando por la desierta avenida más y más de esos
seres iban apareciendo de los lugares más insospechados, sumándose a nuestra
persecución. Debía haber miles de ellos en la ciudad y ahora ya teníamos una
buena docena y media detrás de nuestros pasos, acortando las distancias.
De repente, Pritchenko y yo frenamos en seco. Frente a nuestros ojos se abría
un espectáculo dantesco. Estábamos al borde de una de las enormes cicatrices
provocadas por los incendios descontrolados en la ciudad que había visto desde
el Corinto. Justo enfrente de nosotros la calle terminaba y empezaba un campo
quemado, ennegrecido y destrozado, con ruinas de edificios derrumbados en las
posiciones más inverosímiles. Parecía la imagen de una ciudad bombardeada.
Era un espectáculo dantesco.
Aquella era nuestra oportunidad. Pritchenko y yo empezamos a trepar por las
ruinas, gateando sobre montones de cascotes y vigas retorcidas y ennegrecidas.
En aquel terreno destrozado los No Muertos simplemente no podían seguirnos.
Carecían de la coordinación psicomotriz suficiente como para trepar sobre un
montón de ruinas y caminar en aquel paisaje lunar y carbonizado, cubierto de
agujeros, vigas, montañas de escombros y restos destrozados.
Tampoco eramucho más fácil para nosotros, dado nuestro estado, pero al fin y al cabo,
nosotros podíamos y ellos no.
Tras veinte minutos vagando en medio de aquel paisaje del infierno Pritchenko
y yo nos derrumbamos, jadeantes, en una hondonada en medio de aquella
devastación. En el fondo de la misma se había formado un amplio charco de
agua de lluvia. Bebimos como camellos, recuperando todos los líquidos
perdidos y después nos recostamos, tratando de recuperar el resuello. El sol nos
acariciaba el rostro y una suave brisa jugaba con nuestros cabellos. La
primavera estaba llegando en todo su esplendor. Era fantástico estar vivo.