InicioInfoLa libertad de prensa - Ricardo Lombardo
Publicado por Ricardo Lombardo, 18 de abril de 2016 Últimamente han proliferado las críticas de los gobiernos populistas a los medios de prensa. Los defensores de Dilma culpan, entre otros, a los medios de comunicación como voceros de las grandes corporaciones que promovieron una votación tan rotunda en la cámara de diputados. En Argentina, los gobiernos K la emprendieron contra los medios opositores, en particular el Grupo Clarín y La Nación. Se hizo un lugar común culpar de todos los males a la “corpo” como promotora de la oposición a los Kirchner. Mientras tanto, con esa justificación, empresarios aliados compraban medios con fondos provenientes del no pago de impuestos, como el caso de Cristóbal López, y financiaban los salarios de periodistas militantes. En nuestro país, cada tanto Vázquez como Mujica, Topolansky o Bonomi, se la agarran con los medios, o con algunos en particular, como si fueran culpables de las cosas que ocurren por el hecho de informarlas. “Maten al mensajero”, parece ser la consigna. Como siempre. Ya es un clásico de la literatura. Sin embargo, hay que recordar que la libertad de prensa es uno de los pilares que sustenta nuestro sistema republicano democrático. Y es a través de ella que el sistema se revitaliza. Es transparentando los hechos y admitiendo la diversidad de opiniones que se conocen los pensamientos y la intenciones. No es ocultando acontecimientos debajo de la alfombra y acallando las ideas, que se promueve la convivencia. Es dejándolas fluir, para rebatirlas o rectificarse. En todo caso, así se construye la tolerancia. Muy a menudo, la libertad de prensa hace posible obtener la pintura más cercana a la realidad, por la contraposición de interpretaciones y opiniones. Es bueno recordar la conducta de algunos periodistas cuando en febrero de 1973 los militares tomaron el poder, como una expresión de cómo la libertad de prensa es un valor en sí mismo, y no está condicionada ni condiciona a las posturas políticas. Los medios tradicionales, a los que muchas veces se les atribuyen las posturas más conservadoras, fueron los que reaccionaron de manera más firme y convincente contra la dictadura que comenzaba. No hubo momento más dramático para la libertad de prensa. EL DIA, el diario de José Batlle y Ordóñez, se plantó firme contra la sublevación y lo hizo durante los siguientes doce años publicando todos los días una foto gigante de su fundador, con una frase que le pertenecía como un símbolo de la rebeldía contra el régimen y la censura. Reclamó desde un primer momento la vigencia de la constitución como única garantía reconocida por todos y que hacía posible la paz. Washington Beltrán, desde EL PAIS, escribió artículos memorables donde denunciaba el atropello de los militares y la necesidad de la sociedad de sacudirse la indiferencia ante la caída de las instituciones. Carlos Quijano, desde MARCHA, desafiaba a la mayoría de sus compañeros frenteamplistas que apoyaban la sublevación, advirtiéndole los males que traería aparejado trasladar el poder de los civiles a los militares. Curiosamente EL POPULAR, órgano oficial del Partido Comunista, AHORA, que respondía al Partido Demócrata Cristiano, y EL ORIENTAL, vocero del Partido Socialista, apoyaron decididamente el levantamiento castrense liderado por Cristi y Gregorio Álvarez. Las diversas posiciones, miradas en perspectiva, y aunque parezca paradójico, pintaban de una manera extraordinariamente acertada los acontecimientos de esos días, a través de las distintas interpretaciones, muchas de las cuales hoy serían improbables a partir de lo que ocurrió después. Después se vino la noche. La censura previa y la autocensura sumieron a la sociedad en el silencio. La manipulación y la desinformación primaron. Se perdieron las garantías. Desaparecieron los disensos. La libertad de prensa representa un valor en sí misma. No está al servicio de nadie. No se debería apelar a ella sólo cuando nos conviene. Es necesario respetarla en todas las circunstancias. Nos guste o no. Es la garantía de que existe libertad de pensamiento. Pero no de un pensamiento en particular, hegemónico, sino de todos. Aún los de nuestros más acérrimos adversarios. Tengámoslo siempre en cuenta. Agur.
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