Hitler no era un terrorista
Hitler no era un terrorista, al menos, una vez ya aupado a la cancillería.
La violencia contra la población civil se puede ejercer de muchas maneras, según el objetivo de aquélla: amedrentar, sojuzgar, demostrar, avisar, eliminar. Hitler, ha pasado a la historia como genocida porque buscaba eliminar, y a fe que puso todos los medios humanos y materiales a su alcance para lograr su abyecta empresa
El terrorismo actual que padecemos, el de los ataques en París, las bombas en Bruselas o los suicidas en EE. UU., no persigue acabar con un grupo racial o cultural-religioso específico, busca crear terror, extender una pátina de miedo en una ciudadanía, poco o nada acostumbrada a la violencia, que doblegue sus voluntades.
Recientemente, en una estación de Metro de Madrid, la gente salió corriendo aterrorizada porque habían identificado como disparos lo que era un tren averiado. Una mujer deliró y refirió haber visto incluso pistolas. Unas semanas atrás, ocurrió algo similar en una población española y otra francesa.
Éste es el éxito del terrorismo, crear un infierno en el que la gente viva en un estado de amenaza continuo, que cambie sus hábitos de vida y que se encare con sus gobernantes ante la falta de seguridad percibida.
Francia tiene algo más de 65 millones de habitantes, en el atentado de Niza murieron 85 personas, pero inocularon el virus del miedo a los 65 millones: “no estás a salvo, en cualquier lugar, en cualquier momento te podemos golpear” es el mensaje implícito.
El miedo es una emoción atávica que en entornos naturales ofrece dos respuestas posibles, parálisis o huida. En una sociedad organizada, genera una tercera reacción, romper la cohesión interna y extender la duda sobre los gobernantes y sus políticas, los cuerpos de seguridad y su efectividad y ciertas nacionalidades y su lealtad. Éste es, insisto, el éxito del terrorismo.
Está extendido el mito de que Hitler llegó al poder a través de unas elecciones democráticas, cierto, si no fuera porque previamente se encargo de crear un estado de terror con acciones como el incendio de Reichstag o la lúgubre noche de los cuchillos largos, entre otras infamias. Doblegó la voluntad del pueblo y ganó, claro que ganó.
Nuestra arma antiterrorista más poderosa no es otra que seguir llevando una vida normal.