700 años de Imperio Cartaginés quedaron destruidos tras el sangriento cerco de Cartago por parte de las tropas romanas en marzo de 146 A.C. Una horrible venganza cuya gestación ofrece algunas similitudes con recientes hechos históricos.
Ceterum censeo Carthaginem esse delendam ("es más, creo que Cartago debe ser destruida". Así acababa sus discursos Catón el Viejo. Nada importaba el tema sobre el que se discutía, sanidad pública, seguridad, agricultura, etc. la frase final era siempre la misma: Cartago debía ser destruida. Catón el Viejo era, para entendernos, un cascarrabias, el representante del ala más dura y conservadora del Senado, y un firme defensor de los viejos valores romanos, de la austeridad, frugalidad y dureza de los antiguos campesinos-soldados, frente a lo que él consideraba corrupción de esos valores. La aristocracia se estaba relajando, se entregaba al cultivo de la oratoria, apreciaba el arte, el teatro, se estaba "afeminando", según sus propias palabras. Influencias de los griegos, decía él. El viejo Catón se desesperaba ante la relajación de las antaño rígidas costumbres romanas, se paseaba por el Foro desaliñado, como un campesino, y hacía gala de una inusual austeridad y rigidez moral.
Tras la Segunda Guerra Púnica, concluida con la mítica batalla de Zama, en la que Publio Cornelio Escipión le dio una somanta de palos al no menos mítico Aníbal, Roma impuso unas condiciones draconianas. Su ejército quedaba prácticamente eliminado, así como su flota naval. Cualquier litigio con un pueblo extranjero tenía que ser dirimido con la mediación de Roma, y además Cartago estaba obligada al pago de unas ingentes indemnizaciones de guerra. Cartago se veía así reducida a una situación similar a la de Alemania tras la Primera Guerra Mundial. Con lo que no contaban los romanos era con la industriosidad del pueblo cartaginense. Apenas treinta años después de la derrota, Cartago estaba parcialmente recuperada. Era un pueblo laborioso, y con setecientos años de experiencia en el comercio con los pueblos del Mediterráneo. La ciudad de Cartago resplandecía de nuevo, en contraposición a la estrecha, desordenada y maloliente Roma. Liquidaron anticipadamente las indemnizaciones impuestas por Roma y comenzaron a levantar, sin prisa pero sin pausa, su antaño poderoso imperio.
Catón había estado en Cartago, junto a otros senadores, en un misión de arbitrio entre los cartagineses y los númidas, que a la sazón venían tocándoles las narices a los cartagineses desde hacía tiempo, insolencias que éstos no podían devolver convenientemente por mor de la supervisión obligatoria de sus asuntos externos por parte de los romanos, que ejercían de "Primo de Zumosol" más o menos disimuladamente. Cuando el astuto de Catón vuelve a Roma, escamado por el esplendor que había observado en la ciudad, comienza una campaña machacona y pesada para que Roma vaya nuevamente a la guerra con Cartago. Frente al sector "broncas" comandado por Catón, un grupo de senadores moderados abogaban por la paz, considerando que Cartago era un contrapeso al poder de Roma en el Mediterráneo y evitaría que ésta se hiciera demasiado poderosa y cayera en la avaricia, perdiendo así sus ancestrales virtudes. Catón les respondía que Cartago se estaba rearmando, que se estaba haciendo demasiado poderosa y que sus habitantes eran unos degenerados orientales que sacrificaban vivos a los niños en honor a sus dioses malvados y terribles.
Al final, los "halcones" partidarios de la guerra ganaron. Ahora tenían que encontrar un pretexto, un "casus belli" que les permitiera ir a la guerra con una justificación moral. Y aquí es donde aparece una nueva similitud con nuestros "tiempos modernos y civilizados". Una comisión de senadores informa de que ha visto "indicios de la existencia de materiales para construir una flota mucho más potente de lo que establecían los tratados suscritos tras la Segunda Guerra Púnica". Vamos, armas de destrucción masiva. Cartago acabó de hacerles el caldo gordo a los romanos yendo a la guerra con los númidas sin el correspondiente permiso romano. Catón había vencido, aunque murió antes de ver el triste triunfo de las armas romanas, empujadas a la guerra por su fanatismo.
En 149 A.C. 80.000 soldados romanos desembarcan en el norte de África. Los cartagineses, viendo la que se les veía encima, enviaron delegaciones a los romanos. Éstos, en un principio, se demostraron dispuestos a negociar, pero la decisión estaba tomada y las negociaciones fueron, más o menos, una burla. Exigieron a los cartagineses la entrega de 300 rehenes, los hijos de las familias aristocráticas cartaginesas. Los cartagineses accedieron. Entonces los romanos se descolgaron con la exigencia de que los cartagineses entregaran todas las armas de la ciudad. 200.000 equipos completos, 2.000 catapultas y los 10 barcos que les quedaban fueron entregados a los romanos. Y fue entonces, hartos de la buena voluntad cartaginesa que les impedía ir a la guerra, cuando los romanos se inventaron una petición injusta y arbitraria: debían demoler Cartago y trasladarse a una distancia de 16 kilómetros de la costa. Eso ya fue la gota que colmó el vaso de la paciencia cartaginesa. Cuando los embajadores volvieron con tamaña petición fueron acusados de traición y ajusticiados, y todos los romanos de la ciudad asesinados. Roma tenía pista libre para machacar Cartago, pero le iba a costar. Los cartagineses, cuyos ejércitos se habían formado tradicionalmente con mercenarios, iban a luchar para defender no solamente su ciudad, sino su civilización. Improvisaron armas con todo lo que tenían a su alcance, más las que pudieron escatimar a los romanos, y se aprestaron a la defensa.
Milagrosamente, al principio resistieron, permitiéndose incluso salvajes acciones, tales como mutilar, crucificar y arrojar por las murallas a los prisioneros romanos. Las legiones romanas tampoco conseguían imponerse en las diversas campañas del interior del territorio cartaginés. Fue entonces cuando Roma escogió a un descendiente del mítico Publio Cornelio Escipión, el Africano, el legendario vencedor de Aníbal en Zama. Con 37 años de edad, Publio Cornelio Escipión Emiliano era nieto adoptivo del legendario general y había brillado en las primeras fases del conflicto. Se le nombró cónsul cinco años antes de la edad estipulada para aspirar el cargo, y se le dio el mando de las tropas que luchaban en África. Emiliano regresó a África, anuló las campañas romanas en el interior del territorio, y concentró la lucha en el asedio de Cartago. En 147 A.C. levantó un cerco asfixiante sobre la ciudad y esperó. Mientras los cartagineses permanecían completamente cercados, acabó de eliminar los grupos de resistencia en el resto del país.
En marzo de 146 A.C. las tropas romanas estaban listas para asaltar la ciudad. No fue una batalla, sino una carnicería salvaje y brutal, una lucha encarnizada casa por casa, prácticamente como la lucha por Stalingrado en la Segunda Guerra Mundial. Los romanos avanzaron por tres calles, matando a todo aquel que encontraban a su paso mientras los cartagineses les lanzaban tejas y piedras desde los tejados. Los legionarios subieron a los tejados y mataron a los defensores, tendiendo puentes de tablas entre las casas. Los cuerpos se apilaban en las calles, impidiendo el paso a las cohortes de la infantería y la caballería. Brigadas de "limpieza" arrastraban con ganchos a muertos y heridos y los arrojaban a fosas comunes, para despejar el camino. Los caballos pisoteaban miembros mutilados y cabezas seccionadas en su avance. Ríos de sangre corrían por las calles de Cartago. Las tropas romanas se alternaban para evitar la indisciplina y la locura mientras avanzaban matando, mutilando y violando.
Al séptimo día, 50.000 cartagineses se postraron ante los romanos suplicando clemencia. Todos, sin excepción, serían vendidos como esclavos. Jamás volverían a su ciudad, porque Roma no dejaría ciudad a la que volver. Quedaba un último foco de resistencia, en la colina de Byrsa, donde resistía el general Asdrúbal y 900 defensores. Los romanos sitiaron la colina y los cartagineses resistieron en los tejados del templo de Eshmún. Todo acabó cuando Asdrúbal desertó y suplicó cobardemente por su vida ante Emiliano. Su mujer, avergonzada, gritó en cartagines "Ustedes, que nos han destruido a fuego, a fuego también seran destruidos" y se lanzó a las llamas abrazada a sus hijos, como el resto de los defensores. El general Emiliano lloró aquella noche ante el historiador Polibio, impresionado por la devastación que había causado en la ciudad.
Pero aún había más. Diez comisionados de Roma llegaron a Cartago con una orden: no debía quedar ni rastro de la ciudad. Cartago debía ser demolida hasta los cimientos y borrada completamente del mapa. Durante seis días Cartago ardió. Luego, los legionarios romanos se emplearon concienzudamente en la tarea de destruir la ciudad. Se arrasaron monumentos, las bibliotecas ardieron, se machacaron las construcciones piedra por piedra, ladrillo por ladrillo. Cuando nada quedó de la antaño orgullosa Cartago, se sembró el solar donde se había alzado la ciudad con sal, para que nada creciera allí. Fue un destrucción sistemática y planificada, no solamente de una ciudad, sino de una cultura, una civilización, que durante 700 años había dominado el Mediterráneo. A partir de esa fecha Roma era dueña y señora de la cuenca mediterránea. El Mar Mediterráneo iba camino de convertirse en un lago romano, el "Mare Nostrum".
Bajo la actual ciudad de Túnez quedan los siniestros vestigios del horrible destino que tuvo que afrontar el pueblo que se atrevió a discutirle a Roma la primacía en el Mediterráneo.