Entre los años 58 y 52 a.C., Julio César lideró a las legiones romanas hasta sojuzgar a las tribus galas, un choque que demostró la superioridad logística, estratégica y armamentística del ejército romano
Vercingetórix arroja sus armas a los pies de Julio César, por L. Noel Roger.
Ambicioso vástago de una familia de la más rancia nobleza romana, César protagonizó un espectacular ascenso político en Roma, que lo llevó en el año 59 a.C. al máximo cargo de la República, el de cónsul.
A los 42 años había demostrado su habilidad en las intrigas, su tirón entre el pueblo y también, como propretor en la Hispania Ulterior, sus dotes de administrador. Pero para ponerse a la altura de sus rivales de la aristocracia romana, en particular de Pompeyo, le faltaba un triunfo militar indiscutible. Con este objetivo en mente –pero también con el de engrosar su fortuna personal con un abundante botín–, logró que lo nombraran gobernador de la Galia Cisalpina, lo que le daba el mando sobre cuatro legiones y la posibilidad de emprender una campaña de conquista contra los pueblos que habitaban la Galia libre, provincia que también le fue atribuida.
A principios de marzo de 58 a.C., César ocupó su nuevo cargo. Durante los ocho años siguientes sometió al dominio romano, en una serie de audaces campañas, buena parte de los territorios de las actuales Francia y Bélgica, e incluso realizó incursiones en Britania y Germania. Al acabar su mandato, César había extendido las fronteras de la República romana hasta Europa central y se había convertido en uno de los hombres más ricos y poderosos de Roma. Sin embargo, la guerra de las Galias no fue un paseo militar para César y sus tropas, pues los galos ofrecieron una enconada resistencia y derrotaron a los romanos en varias ocasiones. La lucha contra los galos constituyó un desafío militar mayúsculo que puso de manifiesto por qué el ejército romano fue el más poderoso y eficaz de la Antigüedad.
La estatua de Julio César realizada por Nicolas Coustou en el siglo XVII lo muestra tocado con la corona de laurel que se imponía a los generales victoriosos.
Una tribu celta, los Helvecios, deseosos de encontrar lugares más acogedores emigró de sus montañas en la actual Suiza para adentrarse en la Galia. Cesar los derrotó en la primavera del 58 A.C. y les obligó a volver a sus tierras. En el verano de ese mismo año se enfrento al rey de los Suevos, Ariovisto y lo derrotó obligando a los pocos supervivientes a volver a Germania.
Estas dos campañas decidieron a César a conquistar toda la Galia, una medida de seguridad para impedir futuras invasiones germanas. Para ello se dirigió al Noreste de la Galia, la llamada Galia Belga. Los Belgas se opusieron a el pero consiguió derrotarlos y, tras esa victoria, atravesó el Rhin por primera vez. No contento con eso cruzó el estrecho de Dover con solo dos legiones y algunos cientos de soldados de caballería, apenas diez mil hombres, no fue una campaña afortunada. Al año siguiente, el 54 A.C. volvió a Britania con un ejercito muy superior, cinco legiones y unos cuantos miles de soldados de caballería, en total alrededor de treinta mil hombres con los cuales venció a los britanos y les impuso tributo.
Mapa de las Galias a mediados del siglo I A.C, antes de las campañas de César
Un ejército disciplinado
César sabía que el resultado final de sus campañas dependía de sus tropas. Por ello, fue lo que actualmente calificaríamos como un excelente motivador, capaz de conseguir que sus hombres se entregasen en cuerpo y alma a cada tarea, ya fuese una marcha, un asedio o bien una batalla.
El ejército romano de entonces era heredero de las reformas llevadas a cabo medio siglo antes por el cónsul Cayo Mario –pariente de César por matrimonio con su tía Julia–, que lo habían convertido en una fuerza casi profesional. En consecuencia, los soldados romanos se sometían a una disciplina muy dura. La historia del cónsul Tito Manlio Torcuato, quien más de tres siglos antes había hecho ajusticiar a su propio hijo por haber abandonado la formación para enfrentarse en combate personal contra el campeón de un ejército enemigo, probablemente sea falsa, pero los legionarios de César la conocían y se la creían. Puede que los soldados romanos no fuesen, individualmente, más valientes o más fuertes que sus rivales galos, pero colectivamente eran más disciplinados. Por todo esto las unidades romanas eran más eficaces en combate que las galas y, sobre todo, eran mucho más capaces de superar situaciones adversas.
Quizás el ejemplo más claro lo tengamos en la batalla del río Sabis, en 57 a.C. En ella los belgas sorprendieron a los romanos mientras construían un campamento fortificado. El ataque debió de suponer una gran sorpresa para los legionarios, pero su profesionalidad y entrenamiento les permitieron superar la emergencia. César ordenó a sus tropas formar una línea de batalla, cosa que tuvieron que hacer en los pocos minutos que tardaron los belgas en cruzar el Sabis. Los legionarios tuvieron que formar allí donde se encontraban, agrupándose alrededor de los centuriones y estandartes más cercanos. El resultado final fue una rotunda victoria romana.
Combate entre legionarios romanos y guerreros galos
Año 52 a. C., el procónsul Cayo Julio César había garantizado el orden en las Galias tras sofocar la revuelta de los carnutes y los cenotes, con el ajusticiamiento público de su jefe Acón, y terminar también con la sublevación de los eburones capitaneada por Ambiorix, al que persigue hasta el otro lado del Rin y lo arrasa en Germania. Y, para garantizar un orden duradero, deja a sus legiones invernando entre el Loira y Rin, tras lo cual César decide dedicarse a los asuntos políticos instalándose en Rávena, lugar más cercano posible a Roma en el que podía establecerse sin transgredir la ley.
Una ley que señalaba de forma clara que “que ningún magistrado al mando de tropas podía pisar suelo de Roma sin antes licenciarlas...”. Además no podía traspasar la frontera fijada por el río Rubicón para limitar su provincia, la Galia Cisalpina, de manera que, Rávena era la mejor opción para estar al tanto de la política de Roma. Hay que tener en cuenta, que el Triunvirato formado por Pompeyo, César y Craso se tambaleaba por la muerte en oriente de Craso tras ser derrotado por los partos. Sin Craso la alianza entre César y Pompeyo era débil, más aún cuando muere Julia, esposa de Pompeyo e hija de César. El ambiente en Roma era complicado, y toma tintes de preguerra civil cuando es asesinado Clodio, el líder de las facciones plebeyas próximas a César, a manos de Milón, partidario de Pompeyo.
Las calles se llenan de partidarios de Clodio y el caos reinaba en Roma, por lo que el senado aprueba la moción de convertir a Pompeyo en cónsul único. César acata la decisión a cambio de mantener su programa de ser segundo Cónsul y mantener su mandato en las Galias.
Estatua de César en Rímini.
Sin embargo empezaron a haber problemas en la Galia, primero fueron los belgas que con el jefe de la tribu de los Eburones, Ambiorix, aniquilaron a la XIII legión. Luego sometieron a asedio el campamento de la IX legión al mando de Quinto Tulio Ciceron, el hermano de Marco Tulio Cicerón, uno de los legados de César. Este acudió a rescatarlos con dos legiones, apenas 10000 soldados contra 50000 guerreros belgas, venció César, una gran hazaña, sin embargo las dificultades de César promovieron la gran revuelta de la Galia del año 52 A.C. encabezada por Vercingetorix, rey de los Arvernos y pronto rey de la Galia.
Veringetorix utilizó la política de la tierra quemada, una buena estrategia para privar a los romanos de sus fuentes de aprovisionamiento. Sin embargo cometió el error de enfrentarse a César en campo abierto siendo derrotado, tras la batalla Vercingetorix se refugió con unos ochenta mil guerreros en la fortaleza de Alesia, considerada inexpugnable y envió a su caballería para que fuera en busca de un gran ejercito y así atrapar a César. César, comprendió lo que se avecinaba y rodeo Alesia con dos lineas de fortificaciones, la interior destinada a bloquear a Vercingetorix y la exterior para contener el ejercito de refuerzo galo.
Estatua Ecuestre de Vercingetórix.
Un asedio que se prolonga por más de dos meses en el verano del 52 a. C., según el propio César en sus comentarios sobre la Guerra de las Galias señala que Alesia “... estaba en lo alto de una colina, en un lugar muy elevado, de modo que parecía inexpugnable a menos que se la asediará. las raíces de la colina están bañadas por dos lados por sendos ríos (...) Por todas está rodeada, a una distancia no muy grande, por colinas de altura parecida...”. Y esa es la clave del asedio que Alesia era susceptible de ser rodeada en todo su perímetro por las tropas de César. Por lo que la ciudad sería fácilmente derrotada por hambre tras establecer un cerco, y César se pone manos a la obra.
Rodeando la ciudad por un cerco de 18 kilómetros con varios campamentos en puntos estratégicos y más de veinte puestos de vigilancia o torres fortificadas. Vercingetórix se ve sorprendido e intenta sin éxito impedir la formación del cerco, por lo que lo único que le queda es intentar salir antes de que complete el cerco. Y así lo hace manda salir a su caballería para pedir ayuda, una desesperada medida que tiene éxito. César alertado por la venida de refuerzos a la ayuda de Alesia desarrolla toda una serie de estrategias para atacar y defender,
el Sitio de alesia.
César se convierte según T. Mommsen en “el sitiador sitiado” y desarrolla todo un sistema de defensa por ambos lados. Esto es, lo establece mirando hacia Alesia y de forma paralela en la retaguardia para protegerse de los refuerzos galos, en un sistema espectacular de defensa simétrico compuesto por (de fuera hacia dentro): un foso lleno de agua, una zona llena de trampas enterradas llamadas “lirios”, que eran hoyos con estacas semi-enterradas y afiladas con fuego, que se completaban con los llamados “aguijones” o estacas con punta metálica.
Una zona de zanjas de metro y medio de profundidad con estacas afiladas y unidas llamadas “cepos”, un primer y tremendo foso seco de seis metros de ancho y de profundidad en forma de V, para impedir ataques ya que era imposible pisar el fondo. Y finalmente refuerza el cerco con una empalizada jalonada por torres de tres pisos levantadas cada 120 metros, sobre una gran desnivel de tierra reforzado por maderas afiladas. De este espectacular modo, César estaba preparado para defenderse y atacar Alesia, mientras que los galos esperaban sus refuerzos un mes después de la salida de su caballería en busca de socorro.
Plano del sitio de Alesia
Y es a mediados de septiembre cuando llegan los refuerzos galos, y no son pocos, son un gran contingente formado por aportaciones de toda la Galia que multiplica por cuatro a las legiones de César, estamos hablando de 240.000 hombres por solo 60.000 legionarios romanos. Se podía decir que el gran César estaba rodeado y en situación muy complicada justo antes de la batalla final.
El primer movimiento lo hacen los galos avanzando con su caballería hasta el llano y quedando cortados por el foso de seis metros de César, y los sitiados en Alesia tapan el foso con tierra y se unen a la ofensiva. Sin embargo, César envía a su caballería germana y, finalmente los galos deben retroceder derrotados y buscan de nuevo refugio en la ciudad. Posteriormente, los galos rearmados con escalas, garfios o jabalinas deciden atacar, tanto por fuera como desde dentro de la ciudad, en medio de la noche. pero se van a topar con ese gran sistema defensivo ideado por César, los galos caen en los aguijones, las zanjas con cepos y por las picas lanzadas desde la empalizada, y los pocos que sobreviven se retiran.
Fortificaciones romanas en el sitio de Alesia
Y los galos deciden atacar con unos setenta mil hombres, y al mismo tiempo el resto de tropas con Vercingetórix al frente salen de Alesia, los romanos estaban siendo atacados ferozmente por dentro y por fuera. No obstante, César actúa una vez más con astucia ante una situación tan grave, mandando a su caballería para que atacará por la retaguardia a los galos, que se ven del todo sorprendidos siendo apresados varios de sus jefes, y no teniendo más remedio que huir. Por su parte los de la cuidad se refugian de nuevo ante el acoso de la caballería de romana.
César había triunfado con una gran estrategia y un extraordinario sistema defensa, había derrotado a un ejército cuatro veces superior en número. Al día siguiente el líder de los galos Vercingetórix depuso sus armas ante César, poniendo fin al asedio de Alesia y a la conquista romana de la Galia en septiembre del 52 a. C.
Rendición de Vercingetorix
En palabras del propio César en su obra La Guerra de las Galias “... Vercingetórix, convoca la asamblea, explica que no ha emprendido esta guerra por propio interés, sino a causa de la libertad común (...) él se ofrece a ellos para lo que deseen, ya sea para satisfacer con su muerte a los romanos, ya sea para entregárselo vivo. Se envían legados a César para tratar de ello. Éste ordena que sean entregadas las armas y llevados ante él los jefes (...) Hasta allí son llevados los jefes. Vercingetórix se rinde, se arrojan las armas”.
Según las Vidas Paralelas de Plutarco “... Vercingetórix, tomó las armas más hermosas que tenía, enjaezó ricamente su caballo, y saliendo en él por las puertas dio una vuelta alrededor de César, que se hallaba sentado, se apeo después y arrojando la suelo la armadura se sentó a los pies de César y se mantuvo inmóvil hasta que se le mandó llevar y poner en custodia”.
De esta manera, las Galias estaban finalmente en manos de César. Pero el triunfo definitivo de César debía ser político y se consiguió tras una guerra civil, y las victorias finales ante el bando de Pompeyo, en las famosas batallas de Farsalia, y posteriormente de Tapso en el 46 a. C.. César celebró su gran victoria con una triunfal entrada en Roma, y el derrotado caudillo galo Vercingetórix iba arrastrado en uno de los carros triunfales tirados por elefantes, finalmente su cabeza será cortada delante del nuevo Dictador Supremo e Imperator de Roma. César realiza profundas reformas que hacen que se gane el odio de una gran parte del senado, que pensaba que la República podía ser salvada tras la muerte de César a manos del famoso Bruto, pronto se comprobó que la gran y virtuosa República era un régimen ya muerto y finiquitado.
El mundo de la Roma de César tras la conquista de las Galias.