Hola amigos de taringa, esta semana con mas
cuentos de terror
para compartir con tus mejores amigos, espero lo disfrutes y dejes tus comentarios.
La cueva tenebrosa
La gente del pueblo comentaba, que quien se adentraba en la cueva tenebrosa, nunca regresaba, la última cosa que se escuchaba era el grito del pobre infeliz y unas grandes carcajadas.
Todos estaban tan aterrorizados, con la idea de que el temible monstruo saliera a la superficie, que todos los días depositaban en la boca de la cueva, gran cantidad de presentes y viandas, de las que nada más se sabía.
Al poco tiempo, un muchacho, que no creía estas historias, decidió que era hora de ir en búsqueda del monstruo e intentar derrotarle.
Sin pensárselo demasiado, se adentró en la cueva, acompañado de una tea y comenzó a charlar con el monstruo para encontrar una solución. Al iniciar su dialogo, las carcajadas del monstruo se escuchaban más y más, hasta que todo quedó en silencio. El chico, siguió su marcha, hasta alcanzar una gran sala, en la que parecía ver al monstruo, continuando hacia su posición, notó que algo le arrastraba hacia un hueco de la piedra.
Cual fue su sorpresa, cuando en lugar de la muerte, se haya en medio de una gran celebración de toda esa gente que un día se había adentrado en la cueva y nunca había regresado y que le contaron que ese sitio era un invento de un viejo alcalde para mostrar que el miedo, no existe.

La Leyenda de la Nahuala
Corría el año de 1807 en la Ciudad de Puebla de los Ángeles, Nueva España, ahora conocida como Puebla, una ciudad de México. Todos los habitantes habían escuchado su nombre y por supuesto la leyenda: La Nahuala era muy temida por los poblanos, sin importar edad ni género.
La historia que relataré es sobre Leo San Juan, un niño de nueve años de edad, muy inseguro y temeroso, un niño que vivía eternamente asustado por las historias de terror que su hermano mayor, Nando, le contaba. Los cuentos eran variados, pero ninguno le asustaba tanto como “La Leyenda de la Nahuala”. En ella se relataba la historia de una vieja casona abandonada en una de las principales calles de su ciudad , según la leyenda la mansión se encuentra poseída por el espíritu de una malvada bruja conocida como la Nahuala, quien, según contaban, esperaba el alma de un niño para resucitar y obtener poder absoluto de todos los habitantes de la ciudad .
Leo jamás se imagino que esta leyenda se convertiría en una terrible realidad… Cierta noche, asombrado y temeroso observó que el espíritu de la Nahuala abducía a su hermano mayor Nando y aunque su hermano fuera muy malo con el y continuamente le influyera miedo, sentía la obligación de vencer todos sus miedos para rescatarlo. El valiente Leo se adentró a la mansión y se encontró con seres sobrenaturales: fantasmas, objetos que cobraban vida, criaturas extrañas, calaveras móviles, entre muchas otras cosas que te pondrían los pelos de punta.
En la casona no todo era lo que parecía: dentro se escondían terribles sucesos pasados que exponían la vida de Leo, Nando y de todos los habitantes de la ciudad de Puebla. Leo fue muy valiente al enfrentar sus miedos, pasó varios obstáculos que le impedían recuperar y saber el paradero de su hermano pero al final consiguió derrotar al fantasma de la Nahuala con mucha inteligencia, todo esto lo hizo por el gran amor que le tenia a su hermano y a su ciudad .
Tal vez no lo creas, necesitarías regresar el tiempo para saber si la historia fue real, hasta la fecha no he sabido de nadie que pueda ir al pasado, no lo sé, cualquier cosa podría pasar. De lo único que estoy seguro es que todo lo que yo sabía sobre la Nahuala lo dejé plasmado en estas líneas.
El más grande tesoro
Andrea y Camila eran las mejores amigas desde que se conocieron en preescolar donde la maestra Diana, les leía cuentos infantiles los lunes por la mañana. El vínculo de hermandad que crearon fue tan grande que jamás se separaron durante toda su estancia en los colegios. Inclusive decidieron estudiar la misma carrera universitaria, para convivir el mayor tiempo posible.
Desde luego, de vez en cuando tuvieron alguna discusión (sobre todo referente a sus novios) pero a final de cuentas terminaban abrazadas recordando viejos momentos.
Un día de Camila fue a la casa de Andrea, a hacerle un encargo.
– Querida amiga, como sabes mi vuelo sale en dos días y antes de irme quería encargarte este cofre. Dentro de él se encuentra el tesoro más grande que tengo.
– Descuida Cami, yo lo cuidaré como si fuera tú.
Luego de charlar un rato, Camila regresó a su hogar y Andrea subió a su habitación acompañada de la pequeña arca.
– ¿Qué será lo que contiene esta cajita? Debo saberlo.
La joven jaló con fuerza la tapa del cofre, esperando que el cerrojo se votara. Sin embargo, nada sucedió. El segundo intento fue introduciendo un pasador en la hendidura de la chapa, a manera de ganzúa.
Esta vez tampoco consiguió abrir el arca, aunque el seguro quedó seriamente dañado dejando la caja entreabierta.
El pánico se apoderó de ella, pues pensó que al volver Andrea de su viaje, le reclamaría por haber roto su cofre. Trató de buscar uno idéntico en el bazar del pueblo y en las tiendas cercanas, pero no tuvo éxito.
Los días pasaron y pronto Andrea estuvo de vuelta en casa de Camila
– Camí, vine a saludarte.
– Oye Andy, ¡qué gusto me da verte! Espero que te la hayas pasado muy bien.
– Sí, te traje este souvenir.
En ese instante Camila rompió a llorar y le dijo:
– No merezco ningún regalo, mira lo que le hice a tu cofre por tratar de abrirlo. La curiosidad no me dejaba en paz.
– Cami, estoy muy enfadada. Nunca pensé que fueras capaz de traicionar mi amistad. Pero bueno te perdono, ya que creo que tienes derecho a saber cuál era mi mayor tesoro.
Andrea sacó de su bolso una pequeña llave y abrió el maltrecho cofre. De su interior sacó una hoja de papel amarillenta que decía: “Camila y Andrea las mejores amigas”.
El tocadiscos maldito
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En uno de mis últimos intentos por conseguir adaptarme a un grupo de amigos, accedí a conocer a unos chicos que no eran tan populares, y tampoco eran tan desconocidos de pueblo, por lo que de esa manera creo que eran los más adaptados a mi estilo.
Si bien teníamos mucho en común entre los integrantes de ese grupo de amigos y mis hábitos comunes, había algo que no me gustaba de ellos, y es que estaban acostumbrados a realizar una gran cantidad de travesuras, pero al ser uno de los últimos grupos en los que podía encajar, yo accedí a acompañarlos en todas las travesuras que hicieran.
Un día decidimos ingresar a la sala de juegos del padre de un vecino, el cual había muerto hace años, pero esa sala se encontraba en perfectas condiciones, y tenía muchos atractivos para nosotros puesto que allí había botellas de alcohol, juegos de mesa, revistas, cartas e incluso hasta una inmensa colección de discos antiguos y un tocadiscos. Al estar ya allí dentro decidimos poner música para ambientar la sala, y de esa manera poder divertirnos, pero al buscar entre los discos simplemente encontrábamos títulos verdaderamente extraños en un idioma que no comprendíamos, por lo que decidimos poner el primero que encontrásemos.
Al pasar un rato uno de mis amigos comenzó a bailar al ritmo de los tambores, algo que en un principio nos pareció bastante gracioso, por lo que no le dimos importancia. Pero al cabo de un tiempo él seguía bailando, a pesar de que nadie lo esté viendo. Al advertir eso vi que otro de mis amigos también comenzó a bailar al ritmo de los tambores. Al pasar un rato todos mis amigos estaban bailando, menos yo que me encontraba sentado, aunque me veía atraído por la música.
Me comencé a sentir mal, puesto que mis ojos se me cerraban y veía todo borroso, además de las alucinaciones que comencé a tener, ya que veía que unas sombras movían a mis amigos, pero al esforzarme para ver mejor vi que no eran alucinaciones y que era lo que verdaderamente estaba sucediendo. Por lo que decidí correr lo más rápido posible hasta afuera, en donde me sentí mucho mejor, y no quería volver a entrar por las voces que oía y el miedo que sentía.
Al cabo de algunos días volví a verlos a mis amigos, pero ya no sentían la necesidad de hacer travesuras, ni tampoco de divertirse demasiado, había cambiado mucho en ellos.
Este es uno de mis cuentos cortos favoritos que les cuento a mis hijos al ver que están queriendo adaptarse a un grupo de amigos, haciendo todo lo posible para conseguir ganarse una amistad forzada.
La cueva tenebrosa
La gente del pueblo comentaba, que quien se adentraba en la cueva tenebrosa, nunca regresaba, la última cosa que se escuchaba era el grito del pobre infeliz y unas grandes carcajadas.
Todos estaban tan aterrorizados, con la idea de que el temible monstruo saliera a la superficie, que todos los días depositaban en la boca de la cueva, gran cantidad de presentes y viandas, de las que nada más se sabía.
Al poco tiempo, un muchacho, que no creía estas historias, decidió que era hora de ir en búsqueda del monstruo e intentar derrotarle.
Sin pensárselo demasiado, se adentró en la cueva, acompañado de una tea y comenzó a charlar con el monstruo para encontrar una solución. Al iniciar su dialogo, las carcajadas del monstruo se escuchaban más y más, hasta que todo quedó en silencio. El chico, siguió su marcha, hasta alcanzar una gran sala, en la que parecía ver al monstruo, continuando hacia su posición, notó que algo le arrastraba hacia un hueco de la piedra.
Cual fue su sorpresa, cuando en lugar de la muerte, se haya en medio de una gran celebración de toda esa gente que un día se había adentrado en la cueva y nunca había regresado y que le contaron que ese sitio era un invento de un viejo alcalde para mostrar que el miedo, no existe.

La Leyenda de la Nahuala
Corría el año de 1807 en la Ciudad de Puebla de los Ángeles, Nueva España, ahora conocida como Puebla, una ciudad de México. Todos los habitantes habían escuchado su nombre y por supuesto la leyenda: La Nahuala era muy temida por los poblanos, sin importar edad ni género.
La historia que relataré es sobre Leo San Juan, un niño de nueve años de edad, muy inseguro y temeroso, un niño que vivía eternamente asustado por las historias de terror que su hermano mayor, Nando, le contaba. Los cuentos eran variados, pero ninguno le asustaba tanto como “La Leyenda de la Nahuala”. En ella se relataba la historia de una vieja casona abandonada en una de las principales calles de su ciudad , según la leyenda la mansión se encuentra poseída por el espíritu de una malvada bruja conocida como la Nahuala, quien, según contaban, esperaba el alma de un niño para resucitar y obtener poder absoluto de todos los habitantes de la ciudad .
Leo jamás se imagino que esta leyenda se convertiría en una terrible realidad… Cierta noche, asombrado y temeroso observó que el espíritu de la Nahuala abducía a su hermano mayor Nando y aunque su hermano fuera muy malo con el y continuamente le influyera miedo, sentía la obligación de vencer todos sus miedos para rescatarlo. El valiente Leo se adentró a la mansión y se encontró con seres sobrenaturales: fantasmas, objetos que cobraban vida, criaturas extrañas, calaveras móviles, entre muchas otras cosas que te pondrían los pelos de punta.
En la casona no todo era lo que parecía: dentro se escondían terribles sucesos pasados que exponían la vida de Leo, Nando y de todos los habitantes de la ciudad de Puebla. Leo fue muy valiente al enfrentar sus miedos, pasó varios obstáculos que le impedían recuperar y saber el paradero de su hermano pero al final consiguió derrotar al fantasma de la Nahuala con mucha inteligencia, todo esto lo hizo por el gran amor que le tenia a su hermano y a su ciudad .
Tal vez no lo creas, necesitarías regresar el tiempo para saber si la historia fue real, hasta la fecha no he sabido de nadie que pueda ir al pasado, no lo sé, cualquier cosa podría pasar. De lo único que estoy seguro es que todo lo que yo sabía sobre la Nahuala lo dejé plasmado en estas líneas.
El más grande tesoro
Andrea y Camila eran las mejores amigas desde que se conocieron en preescolar donde la maestra Diana, les leía cuentos infantiles los lunes por la mañana. El vínculo de hermandad que crearon fue tan grande que jamás se separaron durante toda su estancia en los colegios. Inclusive decidieron estudiar la misma carrera universitaria, para convivir el mayor tiempo posible.
Desde luego, de vez en cuando tuvieron alguna discusión (sobre todo referente a sus novios) pero a final de cuentas terminaban abrazadas recordando viejos momentos.
Un día de Camila fue a la casa de Andrea, a hacerle un encargo.
– Querida amiga, como sabes mi vuelo sale en dos días y antes de irme quería encargarte este cofre. Dentro de él se encuentra el tesoro más grande que tengo.
– Descuida Cami, yo lo cuidaré como si fuera tú.
Luego de charlar un rato, Camila regresó a su hogar y Andrea subió a su habitación acompañada de la pequeña arca.
– ¿Qué será lo que contiene esta cajita? Debo saberlo.
La joven jaló con fuerza la tapa del cofre, esperando que el cerrojo se votara. Sin embargo, nada sucedió. El segundo intento fue introduciendo un pasador en la hendidura de la chapa, a manera de ganzúa.
Esta vez tampoco consiguió abrir el arca, aunque el seguro quedó seriamente dañado dejando la caja entreabierta.
El pánico se apoderó de ella, pues pensó que al volver Andrea de su viaje, le reclamaría por haber roto su cofre. Trató de buscar uno idéntico en el bazar del pueblo y en las tiendas cercanas, pero no tuvo éxito.
Los días pasaron y pronto Andrea estuvo de vuelta en casa de Camila
– Camí, vine a saludarte.
– Oye Andy, ¡qué gusto me da verte! Espero que te la hayas pasado muy bien.
– Sí, te traje este souvenir.
En ese instante Camila rompió a llorar y le dijo:
– No merezco ningún regalo, mira lo que le hice a tu cofre por tratar de abrirlo. La curiosidad no me dejaba en paz.
– Cami, estoy muy enfadada. Nunca pensé que fueras capaz de traicionar mi amistad. Pero bueno te perdono, ya que creo que tienes derecho a saber cuál era mi mayor tesoro.
Andrea sacó de su bolso una pequeña llave y abrió el maltrecho cofre. De su interior sacó una hoja de papel amarillenta que decía: “Camila y Andrea las mejores amigas”.
El tocadiscos maldito
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En uno de mis últimos intentos por conseguir adaptarme a un grupo de amigos, accedí a conocer a unos chicos que no eran tan populares, y tampoco eran tan desconocidos de pueblo, por lo que de esa manera creo que eran los más adaptados a mi estilo.
Si bien teníamos mucho en común entre los integrantes de ese grupo de amigos y mis hábitos comunes, había algo que no me gustaba de ellos, y es que estaban acostumbrados a realizar una gran cantidad de travesuras, pero al ser uno de los últimos grupos en los que podía encajar, yo accedí a acompañarlos en todas las travesuras que hicieran.
Un día decidimos ingresar a la sala de juegos del padre de un vecino, el cual había muerto hace años, pero esa sala se encontraba en perfectas condiciones, y tenía muchos atractivos para nosotros puesto que allí había botellas de alcohol, juegos de mesa, revistas, cartas e incluso hasta una inmensa colección de discos antiguos y un tocadiscos. Al estar ya allí dentro decidimos poner música para ambientar la sala, y de esa manera poder divertirnos, pero al buscar entre los discos simplemente encontrábamos títulos verdaderamente extraños en un idioma que no comprendíamos, por lo que decidimos poner el primero que encontrásemos.
Al pasar un rato uno de mis amigos comenzó a bailar al ritmo de los tambores, algo que en un principio nos pareció bastante gracioso, por lo que no le dimos importancia. Pero al cabo de un tiempo él seguía bailando, a pesar de que nadie lo esté viendo. Al advertir eso vi que otro de mis amigos también comenzó a bailar al ritmo de los tambores. Al pasar un rato todos mis amigos estaban bailando, menos yo que me encontraba sentado, aunque me veía atraído por la música.
Me comencé a sentir mal, puesto que mis ojos se me cerraban y veía todo borroso, además de las alucinaciones que comencé a tener, ya que veía que unas sombras movían a mis amigos, pero al esforzarme para ver mejor vi que no eran alucinaciones y que era lo que verdaderamente estaba sucediendo. Por lo que decidí correr lo más rápido posible hasta afuera, en donde me sentí mucho mejor, y no quería volver a entrar por las voces que oía y el miedo que sentía.
Al cabo de algunos días volví a verlos a mis amigos, pero ya no sentían la necesidad de hacer travesuras, ni tampoco de divertirse demasiado, había cambiado mucho en ellos.
Este es uno de mis cuentos cortos favoritos que les cuento a mis hijos al ver que están queriendo adaptarse a un grupo de amigos, haciendo todo lo posible para conseguir ganarse una amistad forzada.