Al amanecer del 26 del 26 de enero de 1983, siete periodistas de diarios limeños y un periodista de un diario ayacuchano, partieron de la ciudad de Ayacucho en un taxi, rumbo a la comunidad campesina Uchuraccay. Luego de dos horas de viaje Octavio Infante, periodista del periódico ayacuchano Noticias, recomienda dejar el taxi y continuar a pie hasta el pueblo de Chacabamba, lugar donde tenía familia. Al llegar fueron atendidos por Juan Argumedo, medio hermano de Octavio, y su familia. Juan accedió a guiarlos hasta la cumbre de Wachwaqasa de donde es fácil llegar al pueblo.
La caminata iba a ser muy larga y empinada así que, Argumedo presto una mula a Jorge Sedano, periodista de la República, el cual tenía 52 años y sobrepeso, y un caballo en el que cargaron los maletines y cámaras fotográficas. Partieron a las 11:30 am.
Mientras que los periodistas realizaban la larga travesía, la gente en Uchuraccay se sentía preocupada, puesto que, pocos días antes ajusticiaron a cinco miembros de SL, por eso temían ser atacados por terroristas con sed de venganza.
En Uchuraccay, hacia las 3:00 o 4:00 pm, las autoridades locales se hallaban reunidas en casa de Fortunato Gavilán García, teniente gobernador de la comunidad, discutiendo sobre las posibles represalias de SL y bebiendo alcohol, el cual había sido entregado por Severino Huáscar Morales y su pariente, estos habían sido acusados y detenidos por colaborar con SL, el alcohol era la retribución del joven por el perdón otorgado.
En esos instantes se oyeron gritos de alarma: “Los terroristas están viniendo”. La casa del teniente gobernador se hallaba justamente en dirección al camino por donde se aproximaba el grupo de periodistas. Salieron corriendo hacia la cumbre cerca de la cual los acorralaron, mientras otros comuneros llegaban desde los alrededores del pueblo. Otro grupo salió en persecución del guía, quien según lo acordado con los periodistas retornaba hacia Chacabamba luego de haberlos guiado hasta la cumbre de Wachwaqasa. Los campesinos portaban sus propios instrumentos de trabajo como armas de defensa: palos, hachas, piedras y lazos. Los periodistas asustados no podían articular palabra, por esto tampoco pudieron hablar con los campesinos. No fue un problema de idioma, porque entre los periodistas había tres quechua hablantes y entre los campesinos más de dos hispanohablantes.
Los periodistas intentaron explicar que no eran terroristas, pero el diálogo fue imposible. Los periodistas buscaron la mediación de un joven de la comunidad, quien vestía ropa de ciudad y hablaba castellano, para que les hiciera comprender a los comuneros el motivo de su visita. Sin embargo, no fue posible, al joven que intentó mediar en el diálogo, una de las autoridades lo sacó a golpes acusándolo de apoyar a los forasteros.
Frente a esa incapacidad de diálogo, los periodistas sugirieron a las autoridades los entregaran a la policía de Tambo. Sin embargo, cuando parecía haberse llegado a ese acuerdo, Silvio Chávez Soto, secretario de la comunidad, ordenó matarlos convencido de haber capturado a terroristas.
Habrían participado en la matanza unas cuarenta personas, entre varones y mujeres, jóvenes y adultos, muchos de ellos bajo la presión de las autoridades. La matanza duró treinta minutos. Esa misma noche mataron al guía Juan Argumedo y a Severino Huáscar Morales, a este último, por su vínculo con SL.
Los cuerpos de los periodistas fueron depositados muy cerca de la plaza, a sólo 200 metros, sin ningún afán de ocultamiento. Debido a que caía la noche y había que mantener la vigilancia, sólo pudieron cavar cuatro fosas no muy profundas, en las cuales fueron colocados los ocho cadáveres.
No ocurrió lo mismo con los cuerpos de Severino Huáscar Morales y Juan Argumedo. El primero fue enterrado en la parte trasera de su casa, en Huantaqasa, y el segundo al lado de un riachuelo.
La caminata iba a ser muy larga y empinada así que, Argumedo presto una mula a Jorge Sedano, periodista de la República, el cual tenía 52 años y sobrepeso, y un caballo en el que cargaron los maletines y cámaras fotográficas. Partieron a las 11:30 am.
Mientras que los periodistas realizaban la larga travesía, la gente en Uchuraccay se sentía preocupada, puesto que, pocos días antes ajusticiaron a cinco miembros de SL, por eso temían ser atacados por terroristas con sed de venganza.
En Uchuraccay, hacia las 3:00 o 4:00 pm, las autoridades locales se hallaban reunidas en casa de Fortunato Gavilán García, teniente gobernador de la comunidad, discutiendo sobre las posibles represalias de SL y bebiendo alcohol, el cual había sido entregado por Severino Huáscar Morales y su pariente, estos habían sido acusados y detenidos por colaborar con SL, el alcohol era la retribución del joven por el perdón otorgado.
En esos instantes se oyeron gritos de alarma: “Los terroristas están viniendo”. La casa del teniente gobernador se hallaba justamente en dirección al camino por donde se aproximaba el grupo de periodistas. Salieron corriendo hacia la cumbre cerca de la cual los acorralaron, mientras otros comuneros llegaban desde los alrededores del pueblo. Otro grupo salió en persecución del guía, quien según lo acordado con los periodistas retornaba hacia Chacabamba luego de haberlos guiado hasta la cumbre de Wachwaqasa. Los campesinos portaban sus propios instrumentos de trabajo como armas de defensa: palos, hachas, piedras y lazos. Los periodistas asustados no podían articular palabra, por esto tampoco pudieron hablar con los campesinos. No fue un problema de idioma, porque entre los periodistas había tres quechua hablantes y entre los campesinos más de dos hispanohablantes.
Los periodistas intentaron explicar que no eran terroristas, pero el diálogo fue imposible. Los periodistas buscaron la mediación de un joven de la comunidad, quien vestía ropa de ciudad y hablaba castellano, para que les hiciera comprender a los comuneros el motivo de su visita. Sin embargo, no fue posible, al joven que intentó mediar en el diálogo, una de las autoridades lo sacó a golpes acusándolo de apoyar a los forasteros.
Frente a esa incapacidad de diálogo, los periodistas sugirieron a las autoridades los entregaran a la policía de Tambo. Sin embargo, cuando parecía haberse llegado a ese acuerdo, Silvio Chávez Soto, secretario de la comunidad, ordenó matarlos convencido de haber capturado a terroristas.
Habrían participado en la matanza unas cuarenta personas, entre varones y mujeres, jóvenes y adultos, muchos de ellos bajo la presión de las autoridades. La matanza duró treinta minutos. Esa misma noche mataron al guía Juan Argumedo y a Severino Huáscar Morales, a este último, por su vínculo con SL.
Los cuerpos de los periodistas fueron depositados muy cerca de la plaza, a sólo 200 metros, sin ningún afán de ocultamiento. Debido a que caía la noche y había que mantener la vigilancia, sólo pudieron cavar cuatro fosas no muy profundas, en las cuales fueron colocados los ocho cadáveres.
No ocurrió lo mismo con los cuerpos de Severino Huáscar Morales y Juan Argumedo. El primero fue enterrado en la parte trasera de su casa, en Huantaqasa, y el segundo al lado de un riachuelo.