InicioInfo¿Por qué este ajuste fiscal está condenado al fracaso?
3 de junio de 2016 “Esto no es un ajuste fiscal de derecha” dijo Lucía Topolansky. Con ese obtuso razonamiento, dio la pauta de lo que estaba ocurriendo. Un ajuste medido solamente desde los costos y los beneficios políticos, pero no desde su eficacia. Habría que parafrasear a Felipe González y decir que “los déficit no son de derecha ni de izquierda, simplemente son déficit”. Este ajuste fiscal está condenado al fracaso, porque no va a la raíz del problema. Ya ocurrió algo parecido hace un año cuando el déficit llegaba a 3,5% del PBI y Astori anunció que se exigiría a la empresas públicas mayores aportes a rentas generales, lo cual tuvo como consecuencia un aumento generalizado en las tarifas. Fue un parche que no funcionó. El déficit hoy está en 4%. Ahora, aunque las medidas son más duras, no parecen ser hechas en el sentido correcto. Cualquier comerciante lo entenderá, aún el más pequeño. Si un día nota que sus ventas han mermado y que eso le está produciendo pérdida, nunca se le ocurriría aumentar los precios. Por más que en teoría así podría equiparar los ingresos con los egresos. Porque en realidad él sabe que en un entorno recesivo eso contribuiría a que las ventas cayeran a aún más, agravando el déficit. Es lo que ha acordado el gobierno con el Frente Amplio. Más impuestos, en un panorama de estancamiento con inflación, es muy probable que acentúe el problema y no lo resuelva. ¿Cómo encararía el almacenero su desequilibrio? Restringiendo los gastos y adaptándose a la nueva realidad. Eso es válido tanto para las pequeñísimas economías domésticas, como para la macro. Los voceros gubernamentales, tan preocupados por los costos políticos, tienen especial cuidado en señalar que no se tocarán los gastos sociales: la educación, la vivienda, la seguridad. Lo que no se dice es la profunda ineficiencia que han tenido en los últimos años los incrementos de gastos en esos tres rubros especialmente . Y que puede disminuírseles sin dañar los resultados. Simplemente se trata de administrar mejor. En materia de educación, se ha comprometido a elevar considerablemente la participación el sector dentro del PBI. Se ha hecho en parte. Y los resultados son paupérrimos. No hay índice o test internacional donde nuestro país no aparezca en los peores niveles. Uno lo constata internamente a diario. Los escolares, liceales y universitarios egresan cada vez peor preparados. Con serias carencias en su forma de razonar, en su conocimiento de la historia y del futuro. En materia de salud, se recurre a déficits abultados para instrumentar un sistema integrado de salud que ha significado una mejora en la situación financiera de las mutualistas, pero ha empeorado la asistencia vastos sectores de la población. Se ha igualado para abajo, creando una medicina para ricos y una para pobres, a pesar de la intención igualadora del FONASA. Son tantas las restricciones, las demoras y las ineficiencias del sistema, que los que pueden recurren a la consulta privada y se distancian de la masa de resignados pacientes. En cuanto a la seguridad, nunca se ha gastado tanto, se ha incorporado equipos tan modernos ni tanto personal a las fuerzas policiales. El resultado va en retroceso. Alcanza con ver la crónica policial todos los días para darse cuenta que el país marcha hacia un despeñadero en la convivencia pacífica. Todo esto demuestra una gran ineficiencia, es decir que por más recursos que se dediquen, no se logra mejorar los resultados y aún se empeoran. Una gestión más eficaz seguramente lograría mejorar el producto en esos bienes sociales y podría acotar los recursos dedicados. Hay otros sectores donde sí hay mucha tela para cortar. Si uno considera el irresponsable incremento de funcionarios públicos en el último quinquenio, la cantidad de cargos políticos y de confianza que se ha incorporado, los ascensos a gerentes y aumentos a los funcionarios amigos, uno llega a la conclusión de que el problema aquí es una pésima gestión. Una muy condenable administración de los bienes públicos, que por públicos son de todos y deberían haberse cuidado más o por lo menos tendría que corregirse ahora. Seguramente el espejismo de la bonanza les hizo perder la perspectiva y no entendieron que deberían haber sido buenos administradores para proveer para los tiempos de las vacas flacas. Y a la menor dificultad, en lugar de arremangarse y tratar de mejorar la productividad y eficiencia del gasto público tan elevado, lo único que se les ocurre es aumentar los impuestos al trabajo, sin poner atención a que en un período recesivo e inflacionario es probable que la masa salarial disminuya y con ello la recaudación. La administración no es de derecha ni de izquierda, es simplemente buena o mala. En nuestro país, en los últimos diez años, ha sido rotundamente mala. Y promete seguir siéndolo.
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