La paradoja del mal
No es el origen de la materia. Ni las leyes de la física. Ni siquiera la esencia de Dios. El mayor interrogante al que se enfrentan los seres humanos es la existencia del mal.
El mal nos rodea, nos acecha, duerme con nosotros. Observamos cómo cada día despliega sus tentáculos por el mundo. En las calles de París, hemos visto morir a 130 inocentes, asesinados por unos paranoicos que dicen actuar en nombre de Dios. Pero no muy lejos, en Grecia, en Croacia, en Hungría, cientos de miles de refugiados sirios, afganos o iraquíes esperan que Europa les proporcione un cobijo que no encuentran en sus países.
Todos los días mueren decenas de personas en atentados en Oriente Medio o África que no aparecen en los titulares de la prensa ni merecen un minuto en televisión, mientras millones de seres humanos viven en la miseria en territorios que no sabemos ubicar en el mapa.
El mal existe y no es un concepto abstracto. Lo vemos en la calle, en un hospital, en una pantalla, en la casa de un vecino. Está en todos los sitios y en ninguno. A veces, miramos para otro lado para no verlo, pero acaba por mostrarse cuando menos lo esperamos.
Desgraciadamente, el mal no se puede erradicar con las armas ni los ejércitos, aunque a veces sea necesario combatirlo. El mal es algo esencialmente individual, es un proceso de corrupción del espíritu, una enfermedad del alma cuando se pierden los valores.
Ligar el mal a la pobreza, al lugar de nacimiento o a la etnia es un error porque la historia demuestra que surge en cualquier contexto o situación. ¿Acaso no era Alemania la nación más civilizada de Europa en los años 30 cuando Hitler ganó las elecciones? ¿O es que los etarras que ponían bombas en un supermercado eran indigentes?
Quienes encierran a un prisionero en una jaula y luego rocían el suelo con gasolina y le prenden fuego son unos malvados. Ningún credo o ideología puede justificar esa abyección que se exhibe en las redes como demostración de poder.
Ya sé que es más fácil buscar causas estructurales al crimen y recurrir al fanatismo para explicar el terrorismo o el genocidio. Pero me resisto a creer que los islamistas que entran en una aldea y matan a una mujer por no llevar velo sean unos simples fanáticos. Si aceptamos la explicación del contexto de manera mecánica, tenemos que llegar a la conclusión de que el ser humano no es libre, que obra cegado por sus prejuicios o el odio que le han inculcado. Pero esta hipótesis no me convence.
Georges Bataille afirmaba que el mal es siempre un acto de narcisismo, una voluntad de desmesura del ego frente al mundo. El malvado viola las normas para demostrar que está por encima de ellas. Se reafirma al despreciar el orden y profanar lo sagrado.
En todo hombre hay siempre una elección, la posibilidad de ser lo que se quiere ser y no lo que le imponen los demás. El mal se elige. Sí, el mal se elige porque está vinculado al poder, a la riqueza, a la ambición, al status social e incluso al deseo de complacer a los demás. También se puede escoger como un oficio, como le sucedió a Adolf Eichmann, el burócrata que envió a millones de judíos a las cámaras de gas.
Por muy relativos que sean los conceptos morales, hay siempre en nuestro interior una posibilidad de optar entre el bien y el mal. Y eso lo sabían los islamistas cargados de explosivos que murieron en París. Eligieron el mal por cobardía moral. Para ellos, era más fácil suicidarse que dejar vivir a los demás. Una extraordinaria paradoja que merece una reflexión.
El mal nos rodea, nos acecha, duerme con nosotros. Observamos cómo cada día despliega sus tentáculos por el mundo. En las calles de París, hemos visto morir a 130 inocentes, asesinados por unos paranoicos que dicen actuar en nombre de Dios. Pero no muy lejos, en Grecia, en Croacia, en Hungría, cientos de miles de refugiados sirios, afganos o iraquíes esperan que Europa les proporcione un cobijo que no encuentran en sus países.
Todos los días mueren decenas de personas en atentados en Oriente Medio o África que no aparecen en los titulares de la prensa ni merecen un minuto en televisión, mientras millones de seres humanos viven en la miseria en territorios que no sabemos ubicar en el mapa.
El mal existe y no es un concepto abstracto. Lo vemos en la calle, en un hospital, en una pantalla, en la casa de un vecino. Está en todos los sitios y en ninguno. A veces, miramos para otro lado para no verlo, pero acaba por mostrarse cuando menos lo esperamos.
Desgraciadamente, el mal no se puede erradicar con las armas ni los ejércitos, aunque a veces sea necesario combatirlo. El mal es algo esencialmente individual, es un proceso de corrupción del espíritu, una enfermedad del alma cuando se pierden los valores.
Ligar el mal a la pobreza, al lugar de nacimiento o a la etnia es un error porque la historia demuestra que surge en cualquier contexto o situación. ¿Acaso no era Alemania la nación más civilizada de Europa en los años 30 cuando Hitler ganó las elecciones? ¿O es que los etarras que ponían bombas en un supermercado eran indigentes?
Quienes encierran a un prisionero en una jaula y luego rocían el suelo con gasolina y le prenden fuego son unos malvados. Ningún credo o ideología puede justificar esa abyección que se exhibe en las redes como demostración de poder.
Ya sé que es más fácil buscar causas estructurales al crimen y recurrir al fanatismo para explicar el terrorismo o el genocidio. Pero me resisto a creer que los islamistas que entran en una aldea y matan a una mujer por no llevar velo sean unos simples fanáticos. Si aceptamos la explicación del contexto de manera mecánica, tenemos que llegar a la conclusión de que el ser humano no es libre, que obra cegado por sus prejuicios o el odio que le han inculcado. Pero esta hipótesis no me convence.
Georges Bataille afirmaba que el mal es siempre un acto de narcisismo, una voluntad de desmesura del ego frente al mundo. El malvado viola las normas para demostrar que está por encima de ellas. Se reafirma al despreciar el orden y profanar lo sagrado.
En todo hombre hay siempre una elección, la posibilidad de ser lo que se quiere ser y no lo que le imponen los demás. El mal se elige. Sí, el mal se elige porque está vinculado al poder, a la riqueza, a la ambición, al status social e incluso al deseo de complacer a los demás. También se puede escoger como un oficio, como le sucedió a Adolf Eichmann, el burócrata que envió a millones de judíos a las cámaras de gas.
Por muy relativos que sean los conceptos morales, hay siempre en nuestro interior una posibilidad de optar entre el bien y el mal. Y eso lo sabían los islamistas cargados de explosivos que murieron en París. Eligieron el mal por cobardía moral. Para ellos, era más fácil suicidarse que dejar vivir a los demás. Una extraordinaria paradoja que merece una reflexión.