El pequeño Albert
En 1920 el psicólogo de la Universidad Johns Hopkins John B. Watson trató de demostrar empíricamente que el condicionamiento clásico –más conocido como el condicionamiento Pávlov, pues fue demostrado por primera vez en un animal de manos del fisiólogo ruso Iván Pávlov– también funcionaba en humanos.
Al igual que Pávlov logró que su perro salivara al oír una campana, pues asociaba el sonido de ésta con la llegada de la comida, Watson trató de que un niño asociara las ratas con el golpe de un martillo sobre una lámina metálica, sin pensar en el trauma que podía crearle.
El pequeño Albert, que así se llamaba el niño, tenía tan sólo 11 meses y tres días cuando se inició el experimento. Tras comprobar que el bebé no tenía ningún miedo natural a las ratas, pero sí a los sonidos estridentes, empezaron a dejarle sólo en compañía del roedor mientras sonaban los martillazos. Después de varios ensayos, la sola presencia de la rata provocaba auténtico pavor en el niño, que desarrolló fobias, también, a los perros, la lana o las barbas, cuya textura asociaba al pelo de la rata.
La intención de Watson era proseguir el experimento para hallar la forma de eliminar en el pequeño Albert el miedo condicionado –aunque no tenía ni idea de cómo iba a lograrlo– pero la madre del niño, asustada ante lo que habían hecho, se negó a volver a dejar al niño en manos del psicólogo. Albert murió a los seis años, víctima de una enfermedad que nada tenía que ver con el experimento, y nunca sabremos si sus fobias habrían perdurado hasta la edad adulta.
El experimento facial de Landis
En 1924 el doctor Landis pretendía ponerle un “rostro” a los sentimientos como el miedo, la alegría, el asco, etc. Para ello reunió a un grupo de personas de distintos sexos y edades, entre las cuales un niño de 11 años, y los sometió a distintas experiencias con las caras pintadas para hacer más evidente los gestos que hacían y luego las fotografiaba para compararlas posteriormente. Entre estas experiencias el científico quiso probar el sentimiento asesino para ello les ordenó decapitar un ratón, la mayoría se negó pero un tercio del grupo cedió ante la presión del doctor, que para convencerlos llegó a explicarles cómo debían hacerlo.
Tras este último experimento las personas necesitaron tratamiento psicológico. El experimento no logró establecer asociación alguna entre gesto y sentimiento, ya que cada persona siente y exterioriza de un modo distinto. Lo que sí consiguió fue demostrar en qué grado está presente el “morbo” en todas las personas y la vulnerabilidad frente a la coacción.
El estudio del monstruo
Esta investigación se desarrolló en la Universidad de Iowa a cargo del reconocidísimo psicólogo Wendell Johnson, especialista en patología del lenguaje, y su colaboradora Marie Tudor, en 1939. Oficialmente pretendía probar unos tratamientos para la tartamudez y con tal fin seleccionaron a un total de 22 chicos de entre 5 y 15 años todos ellos huérfanos, diez de los cuales diagnosticados como tartamudos y el resto sin desórdenes del lenguaje. Si no eran tartamudos, ¿por qué fueron seleccionados? Porque extraoficialmente el estudio en realidad buscaba demostrar una antigua creencia según la cual el origen de la tartamudez está en una crianza llena de recriminaciones y ridiculizaciones infringidas a los niños. ¿Y cómo podría demostrar tal hipótesis? Pues dividiendo a los chicos en varios grupos. A los afortunados que estuvieron en un grupo positivo recibieron un tratamiento basado en premiar, elogiar y reforzar la autoestima, los que por desgracia estuvieron en un grupo negativo fueron ridiculizados, recriminados, etc. tal y como se suponía la antigua teoría.
El resultado fue desastroso en sólo 5 meses de tratamiento los chicos del grupo “negativo”, tanto tartamudos como no, demostraban ansiedad, miedo, aislamiento, angustia y frustración, resintiéndose gravemente su rendimiento escolar.
Por todos estos tormentos el Tribunal Supremo de Iowa en el 2007 concedió una indemnización de 925.000$ por los daños permanentes ocasionados tanto a nivel psicológicos como emocional.
Por lo que respecta al objetivo real del experimento demostró que el origen de la tartamudez no radica en los malos tratos sufridos durante la infancia, pero que estos sí provocan toda una otra serie de trastornos psicológicos con carácter permanente.
El experimento de Asch
El psicólogo polaco Solomon Asch fue uno de los pioneros de la psicología social. En uno de sus más famosos experimentos pidió a un grupo de estudiantes que identificaran en unas fichas, como las que ilustra este texto, la línea de la carta de la derecha cuya longitud es igual a la de la carta de referencia, a la izquierda. Parece fácil y, de hecho, lo es. Pero ¿qué contestaríamos si el resto de los participantes del experimento eligieran al unísono otra opción?
Asch trataba de comprobar el poder de la conformidad. Por ello, entre los grupos de 7 a 9 estudiantes que participaron en el experimento sólo un individuo, el sujeto crítico, actuaba conforme a su propio criterio. El resto de los participantes eran cómplices y, a medida que pasaban las tarjetas, cambiaban su elección según el criterio de Asch, previamente establecido. Al principio, contestaban correctamente, pero después empezaban a contestar de forma errónea. Esto hacía que los sujetos verdaderos desarrollaran un profundo malestar y acabaran escogiendo la opción incorrecta el 36,8% de las veces, aunque sólo cuando los cómplices estaban presentes.
El experimento de Asch fue uno de los primeros que aportó evidencia empírica a las teorías sobre el comportamiento de masas y el conformismo del grupo, pero es probable que hoy no se hubiera podido realizar de la misma forma, pues los códigos deontológicos de las investigaciones psicológicas no permiten engañar a los participantes sin su conocimiento previo, sin informar, al menos, de que existe esa posibilidad, algo que habría arruinado el experimento.
El experimento de Robber´s Cave
Muzafer Sherif, uno de los fundadores de la psicología social, ideó este experimento junto a su mujer, Carolyn Sherif, para estudiar el origen de los prejuicios en los grupos sociales. El estudio se desarrolló en un campamento de los boy scout situado en el Parque Estatal de Robber´s Cave, en el que participaron 22 adolescentes varones de 11 años de edad. Los jóvenes fueron divididos en dos grupos desde el inicio mismo del campamento.
Durante una primera fase se consolidó la formación de los grupos, que ni siquiera sabían de la existencia de otros niños, y se consolidaron espontáneamente jerarquías sociales internas. Los niños pusieron nombre a cada uno de ellos: The Rattlers y The Eagles. Tras esto, los investigadores –camuflados como monitores del campamento– empezaron a crear fricciones entre los grupos, a base de competencias deportivas y gymkanas. La hostilidad entre los grupos se hizo patente enseguida y, de hecho, la segunda fase del experimento tuvo que zanjarse antes de lo previsto por problemas de seguridad. En la tercera fase Sherif introdujo tareas que requerían la cooperación de ambos grupos: desafíos que necesitaban resolver ambas partes, como un problema de escasez de agua o un camión atascado en el campamento. En cuanto la cooperación se hizo necesaria las hostilidades cesaron y los grupos se entrelazaron hasta tal punto que los niños insistieron en volver a casa en el mismo autobús.
El estudio es uno de los más citados de la historia de la psicología social y fue un auténtico éxito, pero hoy en día jamás se aprobaría su realización: los niños no fueron informados de su participación en el experimento y fueron engañados del principio al fin del mismo
El experimento de Milgram
En julio de 1961, el teniente coronel nazi Adolf Eichmann, responsable directo de la solución final en Polonia, fue sentenciado a muerte en Jerusalén. Como muchos de los militares nazis, Eichmann alegó que no sabía lo que estaba haciendo, pues sólo se limitaba a seguir órdenes. Al psicólogo Stanley Milgram, de la Universidad de Yale, le asaltaron entonces varias preguntas: ¿podía Eichmann estar diciendo la verdad? ¿Eran los militares nazis conscientes de lo que hacían? ¿Puede una persona normal cometer barbaridades sólo porque la autoridad se lo ordena?
Para averiguar el papel que juega la obediencia en nuestro comportamiento Milgram diseño un experimento en el que participaban tres personas: un “investigador”, un “maestro” y un “alumno”. Los “maestros” fueron reclutados a través de un anuncio en el que se pedían voluntarios, remunerados, para participar en un “estudio de la memoria y el aprendizaje”. Los “alumnos” eran estudiantes de Milgram, compinchados.
Al comenzar el experimento el “investigador”, un colaborador de Milgram, se reunía con los dos participantes del estudio y les hacía creer que estaba repartiendo los roles al azar. Tras esto, explicaba al “maestro” que cada vez que el “alumno” contestara erróneamente una pregunta tendría que apretar un botón que le provocaría una descarga eléctrica. Cada vez que el “maestro” castigaba al “alumno” éste simulaba que se retorcía de dolor. A medida que avanzaba el experimento, el "investigador" iba pidiendo al "maestro" que aumentara la potencia de las descargas y el "alumno" iba elevando su interpretación, golpeando el cristal que le separaba del "maestro", pidiendo clemencia, alegando su condición de enfermo del corazón, gritando de agonía y, a partir de cierto punto (correspondiente a 300 voltios), fingiendo un coma.
Milgram y sus compañeros pensaban que la mayoría de los “maestros” se negarían a continuar en el experimento pasado cierto punto, pero descubrieron que la insistencia del investigador para que siguieran aplicando las descargas tenía un tremendo efecto sobre los sujetos: el 65% de los participantes llegaron a aplicar la descarga máxima, aunque se sentían incómodos al hacerlo, y ninguno se negó rotundamente a aplicar las descargas hasta alcanzar los 300 voltios.
El experimento fue todo un éxito a nivel académico y dio pie a decenas de investigaciones, pero fue muy criticado por lo poco ético del mismo, algo que se puso de manifiesto dada la grabación de un vídeo documental sobre todo el proceso. Los resultados del experimento, y las reflexiones sobre este, fueron sintetizados por el propio Milgram en su libro Obediencia a la autoridad (1974), un clásico absoluto de la psicología social.
El experimento de prisión de Stanford
El doctor en psicología, Philip Zimbardo, realizó un experimento que terminó en un caos completo. Consistía en contratar a varios sujetos para que vivieran en una prisión, como guardias y prisioneros, pagándoles quince dólares al día por participar.
Se decidió al azar quienes serían los guardias y quienes los prisioneros. Al poco tiempo de iniciado, surgieron varias disputas entre los dos grupos. Los guardias se tomaron en serio su trabajo y no soportaban las faltas de respeto de los reos. Comenzaron a humillarlos, castigarlos y a tratarlos como verdaderos criminales.
Muchos de los individuos haciendo de prisioneros sufrieron colapsos nerviosos producto del trato inhumano que les estaban propiciando. Los encargados del experimento estaban atónitos frente a lo que estaban viendo. Los guardias, que en ambientes cotidianos eran personas completamente normales, no dudaban en desnudar a los presos y obligarlos a realizar trabajo físico para su propio disfrute.
Zimbardo llevó a su novia, también psicóloga, a ver lo que estaba pasando. Esta quedó horrorizada por la actitud calmada de su novio ante las humillaciones y los castigos que recibían los falsos prisioneros. Al ver su propio trabajo desde otra perspectiva, Zimbardo canceló el experimento a los seis días, cuando debía durar dos semanas.
El experimento que creó al Unabomber
Theodore Kaczynski, mejor conocido como el Unabomber, ingresó a Harvard en 1958. Era considerado un joven prodigio, bastante inteligente y motivado. Años después, se convertiría en un asesino que envió paquetes bomba a varios científicos y académicos. Matando a tres e hiriendo de gravedad a otros veintitrés.
Muchos atribuyen sus crímenes a una simple enfermedad mental. Pero el experimento Murray sugiere otra cosa. Cuando apenas había entrado a la universidad Theodore sirvió de sujeto de estudio en dicho experimento, cuyo objetivo era medir cómo se comportan los humanos bajo estrés.
Los científicos responsables del estudio sometían a los estudiantes a interrogatorios mordaces. Estaban informados sobre sus vidas personales y no dudaban en atacar sus creencias, sus ideales, sus familiares y cualquier otro aspecto de la vida de los sujetos que pudiera causarles estrés extremo.
Muchos sugieren que fue este experimento el cual despertó su furia en contra del “sistema” como más tarde lo llamaría en su famoso manifiesto. La terrible humillación de la que fue víctima por varios días, perpetrada por un científico reconocido, fue el catalizador para su brutal odio por las instituciones que luego expresaría con sus crímenes.
En 1920 el psicólogo de la Universidad Johns Hopkins John B. Watson trató de demostrar empíricamente que el condicionamiento clásico –más conocido como el condicionamiento Pávlov, pues fue demostrado por primera vez en un animal de manos del fisiólogo ruso Iván Pávlov– también funcionaba en humanos.
Al igual que Pávlov logró que su perro salivara al oír una campana, pues asociaba el sonido de ésta con la llegada de la comida, Watson trató de que un niño asociara las ratas con el golpe de un martillo sobre una lámina metálica, sin pensar en el trauma que podía crearle.

El pequeño Albert, que así se llamaba el niño, tenía tan sólo 11 meses y tres días cuando se inició el experimento. Tras comprobar que el bebé no tenía ningún miedo natural a las ratas, pero sí a los sonidos estridentes, empezaron a dejarle sólo en compañía del roedor mientras sonaban los martillazos. Después de varios ensayos, la sola presencia de la rata provocaba auténtico pavor en el niño, que desarrolló fobias, también, a los perros, la lana o las barbas, cuya textura asociaba al pelo de la rata.
La intención de Watson era proseguir el experimento para hallar la forma de eliminar en el pequeño Albert el miedo condicionado –aunque no tenía ni idea de cómo iba a lograrlo– pero la madre del niño, asustada ante lo que habían hecho, se negó a volver a dejar al niño en manos del psicólogo. Albert murió a los seis años, víctima de una enfermedad que nada tenía que ver con el experimento, y nunca sabremos si sus fobias habrían perdurado hasta la edad adulta.
El experimento facial de Landis
En 1924 el doctor Landis pretendía ponerle un “rostro” a los sentimientos como el miedo, la alegría, el asco, etc. Para ello reunió a un grupo de personas de distintos sexos y edades, entre las cuales un niño de 11 años, y los sometió a distintas experiencias con las caras pintadas para hacer más evidente los gestos que hacían y luego las fotografiaba para compararlas posteriormente. Entre estas experiencias el científico quiso probar el sentimiento asesino para ello les ordenó decapitar un ratón, la mayoría se negó pero un tercio del grupo cedió ante la presión del doctor, que para convencerlos llegó a explicarles cómo debían hacerlo.

Tras este último experimento las personas necesitaron tratamiento psicológico. El experimento no logró establecer asociación alguna entre gesto y sentimiento, ya que cada persona siente y exterioriza de un modo distinto. Lo que sí consiguió fue demostrar en qué grado está presente el “morbo” en todas las personas y la vulnerabilidad frente a la coacción.
El estudio del monstruo
Esta investigación se desarrolló en la Universidad de Iowa a cargo del reconocidísimo psicólogo Wendell Johnson, especialista en patología del lenguaje, y su colaboradora Marie Tudor, en 1939. Oficialmente pretendía probar unos tratamientos para la tartamudez y con tal fin seleccionaron a un total de 22 chicos de entre 5 y 15 años todos ellos huérfanos, diez de los cuales diagnosticados como tartamudos y el resto sin desórdenes del lenguaje. Si no eran tartamudos, ¿por qué fueron seleccionados? Porque extraoficialmente el estudio en realidad buscaba demostrar una antigua creencia según la cual el origen de la tartamudez está en una crianza llena de recriminaciones y ridiculizaciones infringidas a los niños. ¿Y cómo podría demostrar tal hipótesis? Pues dividiendo a los chicos en varios grupos. A los afortunados que estuvieron en un grupo positivo recibieron un tratamiento basado en premiar, elogiar y reforzar la autoestima, los que por desgracia estuvieron en un grupo negativo fueron ridiculizados, recriminados, etc. tal y como se suponía la antigua teoría.
El resultado fue desastroso en sólo 5 meses de tratamiento los chicos del grupo “negativo”, tanto tartamudos como no, demostraban ansiedad, miedo, aislamiento, angustia y frustración, resintiéndose gravemente su rendimiento escolar.

Por todos estos tormentos el Tribunal Supremo de Iowa en el 2007 concedió una indemnización de 925.000$ por los daños permanentes ocasionados tanto a nivel psicológicos como emocional.
Por lo que respecta al objetivo real del experimento demostró que el origen de la tartamudez no radica en los malos tratos sufridos durante la infancia, pero que estos sí provocan toda una otra serie de trastornos psicológicos con carácter permanente.
El experimento de Asch
El psicólogo polaco Solomon Asch fue uno de los pioneros de la psicología social. En uno de sus más famosos experimentos pidió a un grupo de estudiantes que identificaran en unas fichas, como las que ilustra este texto, la línea de la carta de la derecha cuya longitud es igual a la de la carta de referencia, a la izquierda. Parece fácil y, de hecho, lo es. Pero ¿qué contestaríamos si el resto de los participantes del experimento eligieran al unísono otra opción?

Asch trataba de comprobar el poder de la conformidad. Por ello, entre los grupos de 7 a 9 estudiantes que participaron en el experimento sólo un individuo, el sujeto crítico, actuaba conforme a su propio criterio. El resto de los participantes eran cómplices y, a medida que pasaban las tarjetas, cambiaban su elección según el criterio de Asch, previamente establecido. Al principio, contestaban correctamente, pero después empezaban a contestar de forma errónea. Esto hacía que los sujetos verdaderos desarrollaran un profundo malestar y acabaran escogiendo la opción incorrecta el 36,8% de las veces, aunque sólo cuando los cómplices estaban presentes.
El experimento de Asch fue uno de los primeros que aportó evidencia empírica a las teorías sobre el comportamiento de masas y el conformismo del grupo, pero es probable que hoy no se hubiera podido realizar de la misma forma, pues los códigos deontológicos de las investigaciones psicológicas no permiten engañar a los participantes sin su conocimiento previo, sin informar, al menos, de que existe esa posibilidad, algo que habría arruinado el experimento.
El experimento de Robber´s Cave
Muzafer Sherif, uno de los fundadores de la psicología social, ideó este experimento junto a su mujer, Carolyn Sherif, para estudiar el origen de los prejuicios en los grupos sociales. El estudio se desarrolló en un campamento de los boy scout situado en el Parque Estatal de Robber´s Cave, en el que participaron 22 adolescentes varones de 11 años de edad. Los jóvenes fueron divididos en dos grupos desde el inicio mismo del campamento.

Durante una primera fase se consolidó la formación de los grupos, que ni siquiera sabían de la existencia de otros niños, y se consolidaron espontáneamente jerarquías sociales internas. Los niños pusieron nombre a cada uno de ellos: The Rattlers y The Eagles. Tras esto, los investigadores –camuflados como monitores del campamento– empezaron a crear fricciones entre los grupos, a base de competencias deportivas y gymkanas. La hostilidad entre los grupos se hizo patente enseguida y, de hecho, la segunda fase del experimento tuvo que zanjarse antes de lo previsto por problemas de seguridad. En la tercera fase Sherif introdujo tareas que requerían la cooperación de ambos grupos: desafíos que necesitaban resolver ambas partes, como un problema de escasez de agua o un camión atascado en el campamento. En cuanto la cooperación se hizo necesaria las hostilidades cesaron y los grupos se entrelazaron hasta tal punto que los niños insistieron en volver a casa en el mismo autobús.
El estudio es uno de los más citados de la historia de la psicología social y fue un auténtico éxito, pero hoy en día jamás se aprobaría su realización: los niños no fueron informados de su participación en el experimento y fueron engañados del principio al fin del mismo
El experimento de Milgram
En julio de 1961, el teniente coronel nazi Adolf Eichmann, responsable directo de la solución final en Polonia, fue sentenciado a muerte en Jerusalén. Como muchos de los militares nazis, Eichmann alegó que no sabía lo que estaba haciendo, pues sólo se limitaba a seguir órdenes. Al psicólogo Stanley Milgram, de la Universidad de Yale, le asaltaron entonces varias preguntas: ¿podía Eichmann estar diciendo la verdad? ¿Eran los militares nazis conscientes de lo que hacían? ¿Puede una persona normal cometer barbaridades sólo porque la autoridad se lo ordena?

Para averiguar el papel que juega la obediencia en nuestro comportamiento Milgram diseño un experimento en el que participaban tres personas: un “investigador”, un “maestro” y un “alumno”. Los “maestros” fueron reclutados a través de un anuncio en el que se pedían voluntarios, remunerados, para participar en un “estudio de la memoria y el aprendizaje”. Los “alumnos” eran estudiantes de Milgram, compinchados.
Al comenzar el experimento el “investigador”, un colaborador de Milgram, se reunía con los dos participantes del estudio y les hacía creer que estaba repartiendo los roles al azar. Tras esto, explicaba al “maestro” que cada vez que el “alumno” contestara erróneamente una pregunta tendría que apretar un botón que le provocaría una descarga eléctrica. Cada vez que el “maestro” castigaba al “alumno” éste simulaba que se retorcía de dolor. A medida que avanzaba el experimento, el "investigador" iba pidiendo al "maestro" que aumentara la potencia de las descargas y el "alumno" iba elevando su interpretación, golpeando el cristal que le separaba del "maestro", pidiendo clemencia, alegando su condición de enfermo del corazón, gritando de agonía y, a partir de cierto punto (correspondiente a 300 voltios), fingiendo un coma.
Milgram y sus compañeros pensaban que la mayoría de los “maestros” se negarían a continuar en el experimento pasado cierto punto, pero descubrieron que la insistencia del investigador para que siguieran aplicando las descargas tenía un tremendo efecto sobre los sujetos: el 65% de los participantes llegaron a aplicar la descarga máxima, aunque se sentían incómodos al hacerlo, y ninguno se negó rotundamente a aplicar las descargas hasta alcanzar los 300 voltios.
El experimento fue todo un éxito a nivel académico y dio pie a decenas de investigaciones, pero fue muy criticado por lo poco ético del mismo, algo que se puso de manifiesto dada la grabación de un vídeo documental sobre todo el proceso. Los resultados del experimento, y las reflexiones sobre este, fueron sintetizados por el propio Milgram en su libro Obediencia a la autoridad (1974), un clásico absoluto de la psicología social.
El experimento de prisión de Stanford
El doctor en psicología, Philip Zimbardo, realizó un experimento que terminó en un caos completo. Consistía en contratar a varios sujetos para que vivieran en una prisión, como guardias y prisioneros, pagándoles quince dólares al día por participar.
Se decidió al azar quienes serían los guardias y quienes los prisioneros. Al poco tiempo de iniciado, surgieron varias disputas entre los dos grupos. Los guardias se tomaron en serio su trabajo y no soportaban las faltas de respeto de los reos. Comenzaron a humillarlos, castigarlos y a tratarlos como verdaderos criminales.

Muchos de los individuos haciendo de prisioneros sufrieron colapsos nerviosos producto del trato inhumano que les estaban propiciando. Los encargados del experimento estaban atónitos frente a lo que estaban viendo. Los guardias, que en ambientes cotidianos eran personas completamente normales, no dudaban en desnudar a los presos y obligarlos a realizar trabajo físico para su propio disfrute.
Zimbardo llevó a su novia, también psicóloga, a ver lo que estaba pasando. Esta quedó horrorizada por la actitud calmada de su novio ante las humillaciones y los castigos que recibían los falsos prisioneros. Al ver su propio trabajo desde otra perspectiva, Zimbardo canceló el experimento a los seis días, cuando debía durar dos semanas.
El experimento que creó al Unabomber
Theodore Kaczynski, mejor conocido como el Unabomber, ingresó a Harvard en 1958. Era considerado un joven prodigio, bastante inteligente y motivado. Años después, se convertiría en un asesino que envió paquetes bomba a varios científicos y académicos. Matando a tres e hiriendo de gravedad a otros veintitrés.
Muchos atribuyen sus crímenes a una simple enfermedad mental. Pero el experimento Murray sugiere otra cosa. Cuando apenas había entrado a la universidad Theodore sirvió de sujeto de estudio en dicho experimento, cuyo objetivo era medir cómo se comportan los humanos bajo estrés.

Los científicos responsables del estudio sometían a los estudiantes a interrogatorios mordaces. Estaban informados sobre sus vidas personales y no dudaban en atacar sus creencias, sus ideales, sus familiares y cualquier otro aspecto de la vida de los sujetos que pudiera causarles estrés extremo.
Muchos sugieren que fue este experimento el cual despertó su furia en contra del “sistema” como más tarde lo llamaría en su famoso manifiesto. La terrible humillación de la que fue víctima por varios días, perpetrada por un científico reconocido, fue el catalizador para su brutal odio por las instituciones que luego expresaría con sus crímenes.