Abrí una cuenta sueldo en la sucursal de Flores del Banco Galicia. En una sociedad normal esta oración debiera concluir con un punto final y a otra cosa. Sin embargo, reincidiendo en el error de confiar en un igual (igual en tanto que humano compatriota) firmé sin leer una serie de papeles que tenían, supuestamente, la sola finalidad de satisfacer mi necesidad de abrir la ya mencionada cuenta. Como soy una persona muy simpática le comente en tono amistoso a mi compañero de especie: “No sé que estaré firmando” y, como además de simpático soy (insuficientemente) prevenido, agregué “Mire, amigo, que yo no quiero ninguna tarjeta de crédito, ni ningún seguro, ni nada…”. “No hay problema” me contestó en un tono casi tan amigable como el mío. Finalmente me entregó una carpetita en la que yo, con ingenuidad, supuse contenía una copia de todos las hojas que firmé. Dando esto por sentado, solo la abrí por cortesía mientras me ponía de pie para emprender la retirada cuando vi una tarjeta de crédito pegada en la solapa. “¿Y esta tarjeta?” pregunté sin alterar mi buen humor, seguro de que existía una explicación lógica. “No es nada, está desactivada. Viene por si vos querés activarla.” Clarísimo. Un apretón de manos y adiós. No obstante, aproximadamente un mes después, cuando retiro dinero del cajero, noto una diferencia entre lo que indicaba mi recibo de sueldo y lo que había depositado. Llámeme usted curioso, pero pedí el comprobante de los llamados “últimos movimientos” y me aparecieron cuatro descuentos de entre nueve y dieciséis pesos con ítems tan genéricos como “deb. Varios” y “comisión”. Llamé al 0800 del banco para descubrir que las únicas “consultas” que ahí pueden realizarse son para adquirir servicios porque son del “departamento de marqueting”. De ahí me derivaron a una contestadora automática que de prepo me quería ingresar en algún tipo de logia llamada “fonobanco”. Quizás en otras circunstancias hubiera aceptado la “invitación”, pero como a priori ya me estaban metiendo la mano en el bolsillo, malicié que se trataba de otro curro. El asunto es que sin ser parte de esa secta no se puede continuar el laberinto telefónico de “Si ud. llama por x, marque y” por lo que no pude realizar ninguna consulta.
Si abrí una cuenta sueldo es porque tengo un trabajo nuevo, lo que me coloca en una posición vulnerable en el ámbito laboral. A pesar de esto, pedí cambiar mi horario por un día para acercarme al banco, ya que trabajo habitualmente de 7 a 15 hs. Cuando fui, el colega de género que me atendió la primera vez, no estaba. En su lugar me atendió otro, de nombre Juan Pablo. Éste me informó con toda naturalidad que los descuentos estaban relacionados con la tarjeta de crédito. “¿Cuál tarjeta de crédito?” pregunté mientras mis ideales de igualdad y fraternidad se desplomaban desde sus cimientes y las venas del cuello comenzaban a hinchárseme. Procedí a explicarle a este muchacho lo sucedido y le comenté que su compañero era un maleducado y que la situación era una completa falta de respeto hacia mi persona. Dijo entenderme. Dio de baja la tarjeta y dijo reintegrarme todo el dinero. Le pregunté, le juro que le pregunté, si todos los descuentos tenían que ver con la tarjeta de crédito o si también había un seguro. Y me contestó pesadamente que el seguro estaba en el paquete de la tarjeta de crédito, que al darla de baja, el seguro también se anulaba. Pero días mas tarde, cuando fui al cajero, descubrí que no se me reintegró todo, que faltaban 16 pesos. Me resigné, la verdad; Pensé que tal vez esos 16 pesos no me los podían devolver por “x” motivo, pero que ya no volverían a descontármelos. Fíjese usted mi buena voluntad para no parecer un quejón.
Al mes siguiente los 16 pesos, aunque le parezca mentira, volvieron a faltar. Llamé por teléfono y me derivaron esta vez con el “departamento de seguros” del banco, donde una chica de voz seductora me comunicó que el descuento era por un seguro. Le expliqué a este caramelito que yo no pedí ningún seguro, que nadie me preguntó si quería uno y que la cuenta sueldo es gratuita por lo que exigí que no se me descuente más un solo peso. Me ofreció “aprovechar” que el seguro estaba pago y esperar un mes para darlo de baja pero le pedí que lo anule de inmediato y me reintegre el dinero. Me dijo que me iba a llamar para avisarme cuando me depositaban los 16 pesos. Pasaron tres días y aún no pude oír su preciosa voz.