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El Holocausto de las Mascotas.

Info4/24/2017
encontraras muchas referencias a la palabra Holocausto, un término de origen griego que significa “quemado totalmente” (olos=todo, kaustos=quemar). A pesar de que la palabra era de uso común en Inglaterra desde el siglo XIII, siempre refiriéndose a una gran masacre, es costumbre de los historiadores aplicarla como adjetivo exclusivamente a eventos ocurridos en el siglo XX, como el Genocidio Armenio o el de los Judíos a manos de los nazis. Sin embargo, los antiguos griegos no la utilizaban para describir una gran pérdida de vidas humanas, sino del sacrificio de animales a sus dioses, que debían ser quemados en su totalidad. Irónicamente, la palabra Holocausto le viene muy al pelo a los eventos que me propongo relatar hoy pues, las únicas víctimas en este caso, fueron animales, mascotas para ser exactos.



El escenario, Gran Bretaña; el momento, 1939, justo antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Aquel verano, el gobierno de Neville Chamberlain, preocupado por el conflicto inminente, los posibles ataques aéreos y por las dificultades esperadas de suministros, creó un organismo para estudiar la cuestión de las mascotas, el Comité Nacional de Precauciones de Ataques Aéreos para los Animales, que planteó el problema a los dueños de mascotas con un panfleto. Titulado “Consejos Para los Dueños de Mascotas” fue distribuido ampliamente; el mensaje era claro: las mascotas consumen recursos que probablemente escaseen en caso de guerra: “Si es posible, envía o lleva a tus animales domésticos al campo adelantándote a una emergencia… si no puedes dejarlos al cuidado de un vecino, lo más benevolente sería sacrificarlos”. El folleto incluía publicidad de un tipo específico de pistola, adecuada para matar animales, y recomendaciones en cómo deshacerse de una mascota de una manera lo más humanamente posible



Cuesta trabajo creer que en un país tan amante de los animales, de lo cual se enorgullecían sus habitantes, pudiese siquiera pensar en una solución tan drástica, pero razones no les faltaban. Recordemos que Gran Bretaña es una isla que dependía entonces como ahora del comercio y, en especial, del transporte marítimo. Ya en la Gran Guerra, los submarinos alemanes habían logrado reducir los suministros a mínimos (un mes de reservas), y era de esperar que con un ejército más poderoso y submarinos con tecnología más avanzada en manos de Hitler, las cosas pudieran ponerse peor. El Ministerio de Alimentos preparaba ya la expedición de Libretas de Racionamiento para cada ciudadano, y muchos niños habían sido ya evacuados a la campiña inglesa. Una semana después de iniciada la campaña, 750.000 mascotas habían sido eliminadas por sus propios dueños, o por los empleados de los centros abiertos por el gobierno para tal misión.



Sin duda fue un trago amargo para aquellos que consideraban a sus perros, gatos, o loros como miembros de la familia. Hubo escenas dolorosas con los niños de protagonistas, e incluso aparecieron esquelas en los periódicos despidiendo a las que serían las primeras víctimas de la guerra, después de la verdad, claro está. La historiadora y defensora de los derechos de los animales Hilda Kean, en su libro La Guerra de Bonzo: Animales Bajo el Fuego, cita un ejemplo: “Gratos recuerdos de Iola, dulce y fiel amiga, puesta a dormir el 4 de septiembre de 1939 (un día después de la declaración británica de guerra), para ahorrarle el sufrimiento de la guerra. Una corta pero feliz vida – 2 años, 12 semanas. Perdónanos pequeña amiga”.

Pero no todas las mascotas fueron sacrificadas. Muchos de sus dueños decidieron hacer de tripas corazón y mantenerlas, en general, los animales más pequeños, a pesar de las posibles consecuencias. Uno de los centros municipales de eutanasia en Londres, mantuvo con vida a casi 200.000 animales durante toda la guerra, a pesar de que sólo contaba con cuatro empleados fijos. La Condesa de Hamilton, Nina Mary Benita Douglass, utilizó su poder y recursos para fundar un refugio para mascotas en un aeródromo abandonado, institución que aún existe. Además, tanto la PDSA (Dispensario Público para Animales Enfermos) como la Real Sociedad para la Prevención de la Crueldad hacia los Animales y el Cuerpo de Veterinarios del Ejército se opusieron al programa, este último porque consideraba que el esfuerzo bélico requeriría la ayuda de perros. Aún así, buena parte del público prefirió curarse en salud y deshacerse de sus mascotas, siguiendo la recomendación del gobierno.


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