Publicado por Ricardo Alba el 17 de enero de 2016
Ni los Casinos municipales, ni PLUNA, ni los negocios con Venezuela, ni el Corredor Garzón, ni el Maciel, ni Aire Fresco, ni la creación de cientos de cargos de particular confianza afectaban a la imagen del Partido de gobierno.
El Frente Amplio era algo así como la representación simbólica de las públicas virtudes: honradez, generosidad, pensar en la gente, capacidad de gestión, mentalidad de estadistas, en contraposición a los rosaditos, los fachos que fundieron el país durante 150 años.
Por supuesto que no todo eran rosas, pero cuando algunas decisiones o “amistades peligrosas” despertaban dudas, bastaba con recordar la herencia maldita o los niños que comían pasto para que todo volviera a su cauce de confianza.
Hasta la historia reescribieron y los tupamaros lucharon contra la dictadura y todas las conquistas sociales nacieron en 2005.
Pero algo empezó a cambiar lenta e insensiblemente para que ese “estado de gracia” terminara y la Investigadora de ANCAP y el reciente tarifazo marcaron el despertar del “sueño progresista”. La coyuntura económica internacional es desfavorable y el fantasma de la devaluación está a la vuelta de la esquina.
La gente ya no está contenta, protesta, cuestiona, de forma tibia quizás, pero creciente.
Sin embargo, la oposición no debe ilusionarse pues sigue siendo percibida peor por la mayoría de la ciudadanía que el partido de gobierno y si nada cambia dramáticamente, en el 2019 el Frente volverá a ganar.
A lo sumo dirán el tan peligroso para la institucionalidad democrática “son todos iguales” y votarán al menos malo. No cambiarán por una propuesta anti Frente Amplio, carente de ideología que sólo piense en la “gestión” o que ponga énfasis en la cantidad de proyectos de ley presentados que no le solucionan la vida a nadie. Tampoco resulta atractiva una derecha que “promete” recorte de salarios, pérdida de conquistas sociales, ortodoxia económica (como Astori), mano dura con la delincuencia y poca cosa más.
El cambio verdadero vendrá por el lado de una propuesta que ilusione a la ciudadanía con una vida mejor, de bienestar y con pleno goce de las libertades . Con líderes que inspiren confianza y sean creíbles, que no tengan que justificar la contradicción entre su discurso y sus acciones pasadas. Con un proyecto político que priorice a la gente por encima de los intereses partidarios o corporativos, que sea capaz de construir el Uruguay de los próximos 50 años.
Eso se llama Batllismo, liso y llano, algo que el Partido Colorado ha dejado de lado en las últimas décadas, pero que la gente reclama cada día más.
El camino es largo y hay que empezar a transitarlo desde ahora.