¿Cómo debe denominarse nuestro partido para que su nombre, además de ser científicamente exacto, contribuya políticamente a esclarecer la conciencia del proletariado? (*)
19. Paso al punto final: al nombre que debe ostentar nuestro Partido. Debemos llamarnos Partido Comunista, como se llamaban a sí mismos Marx y Engels.
Debemos repetir que somos marxistas y que nos basamos en el Manifiesto Comunista, desfigurado y traicionado por la socialdemocracia en dos puntos sustanciales: (1) Los obreros no tienen patria: la "defensa de la patria" en la guerra imperialista es una traición al socialismo. (2) La teoría marxista del Estado ha sido desnaturalizada por la II Internacional.
El nombre de "socialdemocracia" es científicamente inexacto, como demostró Marx reiteradas veces, entre otras, en Crítica del Programa de Gotha en 1875, y como repitió Engels, en un lenguaje más popular, en 1894. La humanidad sólo puede pasar del capitalismo directamente al socialismo, es decir, a la propiedad común de los medios de producción y a la distribución de los productos según el trabajo de cada cual. Nuestro Partido va más allá: afirma que el socialismo deberá transformarse inevitablemente y de modo gradual en comunismo, en cuya bandera campea este lema: "De cada cual, según su capacidad; a cada cual, según sus necesidades".
He ahí mi primer argumento.
Segundo argumento: la segunda parte de la denominación de nuestro Partido (socialdemócrata) tampoco es exacta desde el punto de vista científico. La democracia es una de las formas del Estado, y nosotros, los marxistas, somos enemigos de todo Estado.
Los líderes de la II Internacional (1889-1914), los señores Plejánov, Kautsky y consortes han envilecido y desnaturalizado el marxismo.
El marxismo se distingue del anarquismo en que reconoce la necesidad del Estado para el paso al socialismo, pero -y esto lo distingue también de Kautsky y Cía.- no de un Estado al modo de la república democrática parlamentaria burguesa corriente, sino de un Estado como la Comuna de París de 1871, como los Soviets de diputados obreros de 1905 y 1917.
Mi tercer argumento es éste: La realidad, la revolución, ha creado ya prácticamente en nuestro país, aunque en forma débil y embrionaria ese nuevo "Estado", que no es un Estado en el sentido estricto de la palabra.
Esto es ya un problema práctico de las masas y no sólo una teoría de los líderes.
El Estado, en el sentido estricto de la palabra, es un poder de mando sobre las masas ejercido por
destacamentos de hombres armados alejados del pueblo.
Nuestro nuevo Estado naciente es también un Estado, pues necesitamos de destacamentos de hombres armados, necesitamos del orden más severo, necesitamos recurrir a la violencia para reprimir despiadadamente todos los intentos de la contrarrevolución, ya sea zarista o burguesa, a la manera de Guchkov.
Pero nuestro nuevo Estado naciente no es ya un Estado en el sentido estricto de la palabra, pues en muchas regiones de Rusia los destacamentos armados están integrados por la propia masa, por todo el pueblo, y no por alguien entronizado sobre él, aislado de él, dotado de privilegios y prácticamente inamovible.
Hay que mirar hacia adelante y no hacia atrás, no hacia la democracia de tipo burgués habitual, que
afianzaba la dominación de la burguesía con ayuda de los viejos órganos de administración
monárquicos, de la policía, el ejército y la burocracia.
Hay que mirar hacia adelante, hacia la nueva democracia naciente, que va dejando ya de ser una democracia, pues democracia significa dominación del pueblo, y el propio pueblo armado no puede dominar sobre sí mismo.
La palabra "democracia", aplicada al Partido Comunista, no es sólo científicamente inexacta; se ha vuelto ahora, desde marzo de 1917, una anteojera puesta al pueblo revolucionario que le impide emprender con libertad, intrepidez y propia iniciativa la edificación de lo nuevo: los Soviets de diputados obreros, campesinos, etc., etc., como único Poder dentro del "Estado", como precursor de la "extinción" de todo Estado.
Mi cuarto argumento consiste en que hay que tener en cuenta la situación objetiva del socialismo en el mundo entero.
Esta situación no es ya la misma que en la época de 1871 a 1914 en la que Marx y Engels se resignaron a admitir conscientemente el término inexacto y oportunista de "socialdemocracia". Porque entonces, después de derrotada la Comuna de París, la historia había puesto al orden del día una laborlenta de organización y educación. No cabía otra. Los anarquistas no sólo no tenían ninguna razón teóricamente (y siguen sin tenerla), sino tampoco desde el punto de vista económico y político.
Apreciaban erróneamente el momento, sin comprender la situación internacional: el obrero inglés corrompido por las ganancias imperialistas, la Comuna de París aplastada, el movimiento nacional-burgués que acababa de triunfar (1871) en Alemania, la Rusia semifeudal sumida en un letargo secular.
Marx y Engels tuvieron en cuenta certeramente el momento, comprendieron la situación internacional y las tareas de la aproximación lenta hacia el comienzo de la revolución social.
Sepamos también ahora comprender nosotros las tareas y peculiaridades de la nueva época. No imitemos a aquellos malhadados marxistas de quienes decía Marx: "He sembrado dragones y he cosechado pulgas."
La necesidad objetiva del capitalismo, que al crecer se ha convertido en imperialismo, ha engendrado la guerra imperialista. Esta guerra ha llevado a toda la humanidad al borde del abismo, casi a la ruina de toda la cultura, al embrutecimiento y a la muerte de nuevos millones y millones de hombres.
No hay más salida que la revolución del proletariado.
Y en un momento así, en que esta revolución comienza, en que da sus primeros pasos, tímidos, inseguros, inconscientes, demasiado confiados en la burguesía; en un momento así, la mayoría (y esto es verdad, es un hecho) de los líderes "socialdemócratas", de los parlamentarios "socialdemócratas", de los periódicos "socialdemócratas" -y son precisamente éstos los órganos creados para influir sobre las masas-, traiciona al socialismo, vende al socialismo y deserta al campo de "su" burguesía nacional.
Esos líderes han confundido a las masas, desorientado, las han engañado.
¡Y se pretende que nosotros fomentemos ahora ese engaño, que lo facilitemos, aferrándonos a esa vieja y caduca denominación, tan podrida ya como la II Internacional!
No importa que "muchos" obreros interpreten honradamente el nombre de socialdemocracia. Pero es hora ya de aprender a distinguir lo subjetivo de lo objetivo.
Subjetivamente, esos obreros socialdemócratas son guías fidelísimos de las masas proletarias.
Pero la situación objetiva internacional es tal que la vieja denominación de nuestro Partido facilita el engaño de las masas, frena el avance, pues a cada paso, en cada periódico, en cada grupo parlamentario, la masa ve a los lideres, es decir, a hombres cuyas palabras tienen más resonancia y cuyos hechos se ven desde más lejos, y observa que todos ellos "son socialdemócratas por añadidura", que todos ellos abogan "por la unidad" con los traidores al socialismo, con los socialchovinistas, que todos ellos presentan al cobro las viejas letras firmadas por la socialdemocracia"...
¿Cuáles son los argumentos en contra? "...Se nos confundirá con los anarco-comunistas"... dicen
¿Y por qué no tememos que se nos confunda con los socialnacionales y social-liberales, con los radicales socialistas, con ese partido burgués, el más avanzado y más hábil de cuantos engañan a las masas en la República Francesa? "...Las masas se han habituado, los obreros "se han encariñado" con su Partido Socialdemócrata"...
Es el único argumento que se invoca; pero es un argumento que rechaza la ciencia marxista, las tareas de mañana en la revolución, la situación objetiva del socialismo mundial, la bancarrota ignominiosa de la II Internacional y el perjuicio que causan a la labor práctica los enjambres de elementos, "socialdemócratas por añadidura", que rondan en torno al proletariado.
Es un argumento de rutina, de aletargamiento, de inercia.
Pero nosotros queremos transformar el mundo. Queremos poner término a la guerra imperialista mundial, en la que se ven envueltos centenares de millones de hombres, en la que están mezclados los intereses de muchos cientos de miles de millones del capital y a la que no se podrá poner fin con una paz verdaderamente democrática sin la más grandiosa revolución que conoce la historia de la humanidad: la revolución proletaria.
Y tenemos miedo de nosotros mismos. No nos decidimos a quitarnos la camisa sucia a que estamos "habituados" y a la que hemos tomado "apego"...
Mas ha llegado la hora de quitarse la camisa sucia, ha llegado la hora de ponerse ropa limpia.
Petrogrado, 10 de abril de 1917.
(*) Parte final anterior al epílogo del escrito titulado "Las tareas del proletariado en nuestra revolución"