La revolución científico-técnica vino a superar a la revolución industrial. Esto implica 2.500 millones de personas sobrantes, la mayoría jóvenes, o la esclavitud ante el miedo de la desocupación. La alternativa, y esto es la fase más avanzadas de la revolución científico-técnica, es concebir colectivamente el proceso de trabajo. Un ejemplo son las empresas recuperadas y las cooperativas eliminando las ganancias de la explotación o la esclavitud. * por Alcira Argumedo diputada nacional y socióloga. Es emocionante presenciar cómo, cuando los compañeros están debatiendo las formas de combatir el aberrante trabajo esclavo y exhiben el logro de haber conformado una cooperativa textil, están al mismo tiempo concibiendo las alternativas más de avanzada en un mundo que atraviesa un corte de época histórica. En las últimas décadas se fueron conjugando diferentes procesos que imponen un punto de inflexión y el cierre del ciclo de la llamada Edad Contemporánea. Esa que se iniciara a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX con el despliegue de la Revolución Industrial; la Revolución Francesa y sus nuevos valores, que cuestionan las monarquías absolutas y las aristocracias de sangre; y un cambio en las relaciones de poder mundial, dado el surgimiento de Inglaterra y Francia como potencias emergentes que desplazan a los imperios de España y Portugal, dominantes durante los tres siglos anteriores. La situación actual muestra algunas similitudes con ese 1 de mayo de 1886, cuando masacran a los obreros de Chicago que luchaban por las ocho horas de trabajo. En esos años habían madurado las tecnologías de la Revolución Industrial -telares mecánicos, máquinas de hilar, energía a vapor en las fábricas, los barcos y los ferrocarriles, entre otras- una de cuyas características era el ahorro de tiempo de trabajo humano en la producción. Debe remarcarse que ese menor tiempo de trabajo humano puede reducirse utilizando menos trabajadores -desplazando trabajadores hacia la desocupación y la indigencia- o mediante una disminución de la jornada laboral. Durante la segunda mitad del siglo XIX se había producido en Europa y en Estados Unidos una reconversión tecnológica salvaje: la incorporación de las nuevas tecnologías con un desplazamiento masivo de trabajadores de las manufacturas. Esto fue creando una inmensa masa de población sobrante absoluta, una población trabajadora excedente que no les servía ni como mano de obra barata ni como consumidores; pero sí les permitía explotar a los trabajadores ocupados en largas jornadas de más de 12 horas diarias y con bajos salarios, ante el terror del desempleo. En las naciones industrializadas de Europa, como Inglaterra, o en las naciones que entraron en una grave crisis por su atraso económico, como Italia, España y Portugal, la forma de sacarse de encima esa masa de población -cuya situación desesperada la volvía peligrosa- fue principalmente su expulsión hacia América, además de las muertes en los procesos de expansión imperialista en África y Asia. En pocas décadas, más de cien millones de personas emigraron desde Europa: los abuelos o bisabuelos blancos que llegaron a la Argentina, no eran las aristocracias europeas, sino los indigentes excluidos y marginados de ese continente. En Estados Unidos, la masa de inmigrantes pobres fue incorporada a las nacientes industrias en duras condiciones de explotación y hacia fines del siglo XIX comienzan las protestas obreras: la represión del 1 de mayo de 1886 será la expresión más contundente de la decisión de no ceder ante las demandas laborales. Recién después de la Primera Guerra Mundial y de la traumática experiencia de la crisis de 1930, al finalizar la Segunda Guerra Mundial -donde termina de eliminarse la población sobrante, con la muerte de más de cincuenta millones de personas- en la mayoría de las naciones de Occidente se impone la disminución de la jornada laboral a las 8 horas diarias. Esto significó una reducción del 45%, desde las 72 horas semanales de principios del siglo XX -12 horas diarias, seis días a la semana- a las 40 horas del período que sigue a la posguerra. Debe mencionarse que la etapa comprendida entre 1945 y la crisis de 1973, es considerada por los economistas como “los treinta años de oro”, cuando de registraron los más altos y sostenidos niveles de crecimiento económico y de bienestar social en el capitalismo y en el socialismo, coincidiendo con esa marcada disminución de la jornada laboral, que se combina con la instauración de políticas keynesianas y de los Estados de Bienestar. Las tesis de John Keynes predominantes durante esa etapa, afirmaban que el crecimiento económico y la ganancia empresaria dependían de la demanda agregada, del consumo. Por lo tanto, los ingresos populares relativamente altos -que provenían de los salarios directos de bolsillo y de los indirectos brindados por el Estado de Bienestar, a través de sistemas públicos eficientes de educación, salud, vivienda o jubilaciones- cumplían un papel principal en el crecimiento de las economías. En los tiempos actuales, se conjugan también distintos procesos que van a marcar un corte en la historia: presenciamos la declinación de los centros de poder imperial o neocolonial, que durante cinco siglos dominaron al mundo: Europa con sus sucesivos imperios -Portugal, España, Inglaterra, Holanda, Francia- junto a Estados Unidos y, desde el siglo XIX, Japón. Al mismo tiempo emergen nuevas potencias de alcance continental -como China o la India- que hasta hace unas seis décadas eran colonias sometidas por esas potencias. En lo referido a las condiciones laborales, lo más importante es el despliegue de la Revolución Científico-Técnica con sus nuevas tecnologías -robots, computadoras, redes Internet y similares- que suponen un salto cualitativo frente a las tecnologías mecánicas de la Revolución Industrial y tienen un carácter invasor, porque se expanden por todos los espacios de la vida social: industrias, finanzas, comunicaciones e información, cargas portuarias o administración, entre otras. Además de sus ventajas en términos de eficiencia, velocidad, capacidad de comunicación en tiempo real y tantas más, un aspecto esencial es que requieren un promedio de 75% menos de tiempo de trabajo humano en la mayoría de las actividades: como ejemplo, en la actualidad, la fábrica Ford de Argentina, con 2.500 trabajadores y utilizando robots, computadoras y demás tecnologías de avanzada, produce más que lo que producía en los años setenta con 12.000 trabajadores: esto se reitera en casi todas las áreas de la economía y los servicios; también se reitera la inexistencia de alternativas para esos casi 10.000 trabajadores despedidos y sus equivalentes en las más diversas áreas de la economía. Desde mediados de los años ochenta, se promueve a nivel mundial y también en la Argentina, un proceso de reconversión salvaje que expulsa a los trabajadores hacia la desocupación o la precarización laboral, acompañando una marcada disminución de los salarios reales y el crecimiento de la pobreza y la indigencia. Este potencial tecnológico permitirá en los años noventa imponer las concepciones económicas neoliberales, desplazando a las teorías keynesianas. A diferencia de Keynes, el neoliberalismo plantea que el crecimiento económico y la ganancia empresaria dependen de la oferta: de la capacidad empresaria para brindar productos y servicios al menor costo posible; y la clave será entonces disminuir los costos salariales. La desocupación, la precarización, la pobreza y la indigencia no han sido entonces “efectos colaterales” no queridos, sino consecuencia de una política expresa tendiente a bajar los salarios. Al igual que en su momento la Revolución Industrial, esta reconversión salvaje ha ido creando una masa de población sobrante a nivel mundial, que ronda los 2.500 millones de personas y afecta especialmente a los jóvenes: es el fenómeno estructural que está en la base de los movimientos de indignados en el mundo árabe, en España, Inglaterra o Francia, en Estados Unidos e Israel. Del mismo modo, también ahora se busca esclavizar a los trabajadores con jornadas agobiantes de 12 a 16 horas y salarios misérrimos, ante el terror de la desocupación. Una paradoja es que, debido a los inmensos costos sociales y económicos de estas políticas, se está produciendo un efecto boomerang que tiende a golpear a quienes más entusiastamente las impulsaron, como lo muestran las crisis de Europa y Estados Unidos, con un símbolo en la caída de Wall Street en septiembre del 2008. Otra paradoja que mencionamos al principio, es que las transformaciones en la organización de los procesos de trabajo y la disminución de los costos, están volviendo anacrónico el papel de los empresarios. Durante el período de la Revolución Industrial, hasta los años ochenta, la forma predominante de organización productiva era el taylorismo: un vértice conformado por los empresarios, ejecutivos, profesionales y técnicos, que concebían el conjunto del proceso y luego lo bajaban a los talleres, donde cada trabajador era más eficiente si realizaba una infinita cantidad de veces la misma tarea sin tener idea sobre la totalidad de ese proceso. Por el contrario, las formas más avanzadas de la Revolución Científico-Técnica se basan en los círculos de calidad: equipos de trabajo donde participan todos los integrantes del proceso -técnicos, profesionales, trabajadores- quienes a través de la cooperación, la solidaridad y el intercambio de saberes u opiniones, conciben colectivamente el proceso de trabajo y así cada uno es más eficiente en su propia tarea. Es lo que hacen los compañeros de las empresas recuperadas y las cooperativas; por esta razón, a partir de situaciones críticas y a través de la solidaridad, han podido concebir las formas de avanzada hacia el futuro. Con referencia a la disminución de los costos, también estos compañeros han sido eficientes: sólo que en vez de bajar los salarios, han eliminado el “costo empresario”; las descomunales ganancias obtenidas explotando o esclavizando a los trabajadores. Nadie puede afirmar que la calidad de las remeras producidas por la cooperativa de los compañeros, deba ser inferior a las que se producen con mano de obra esclavizada; lo cual demuestra el carácter parasitario e innecesario del “costo empresario”. Esto permite pensar hacia el futuro nuevas formas predominantes de organización productiva de las sociedades, a partir de empresas sociales cooperativas o autogestionadas que se articulan en redes, con el apoyo técnico de universidades e instituciones como el INTI o el INTA. Junto a ellas, nuevas empresas públicas autónomas gestionadas por sus trabajadores, técnicos y usuarios, que permitan una administración transparente, sin estar sometidas a los vaivenes de los gobiernos de turno y capaces de erradicar las distorsiones derivadas de la arbitrariedad y la corrupción. Estos dos tipos de empresas permiten incorporar tecnologías de punta que ahorra tiempo de trabajo y aumenta la productividad, disminuyendo la jornada laboral e incrementando los ingresos derivados de esa mayor productividad y no desplazando trabajadores. Es posible pensar entonces en sociedades diferentes e igualitarias, donde la jornada laboral tienda a disminuir y en las cuales con 4 ó 5 horas diarias, se obtiene un ingreso que cubre satisfactoriamente las necesidades y brinda un tiempo cada vez más amplio para el despliegue de todas las potencialidades humanas. No se trata de una mera utopía, sino de alternativas reales: únicas capaces de dar respuesta a los desafíos de este cambio de época. Fuente http://infosurrosario.com.ar/index.php/politica/1820-el-mundo-de-los-trabajadores-por-alcira-argumedo.html
El mundo de los trabajadores
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