¿La Conquista de América fue el primer genocidio de la historia?
Asociar el año 1492 con la idea de un genocidio es una operación problemática. La figura legal de “genocidio” es reciente; de hecho la palabra misma, “genocidio”, no existía antes de 1944. Por eso, cuando se habla de genocidio como destrucción deliberada y sistemática de una parte, o de la totalidad, de un grupo étnico, racial, de casta, religioso o nacional, siempre es difícil hacerlo coincidir con la conquista europea del territorio americano que empezó a finales del siglo XV.
Los europeos ―escribió la historiadora tunecina Sophie Bessis en su libro Occidente y los otros, publicado en 2003― perpetraron en América “el primer genocidio de la Historia”. Todavía se discute ―insistía Bessis― si fue algo programado, si se hizo de manera consciente y asumida; o si fue algo fortuito, dado que el cataclismo demográfico que produjo fue producto ante todo de enfermedades. Es difícil negar la amplitud de la catástrofe: en menos de medio siglo, murió entre la mitad y tres cuartas partes de la población indígena. Este rápido despoblamiento de América fue lo original de la empresa europea, aquello que la diferenció de las demás conquistas de la historia. El relato de Bessis en Occidente y los otros funda su propia coherencia, es decir, asume algunas premisas y estructura la narración histórica por su intermedio. Pero estas premisas no se discuten. Si la jurisprudencia internacional insiste en que un genocidio es un acto deliberado y sistemático, entonces es apresurado sugerir que un genocidio también puede ser algo fortuito, algo que sucede porque no se conocen los mecanismos de contagio del sarampión. Pues si se concede que la conquista de América fue un genocidio, esto tiene consecuencias ―históricas, morales, epistemológicas, legales― para todos los genocidios futuros; aquellos consensuados como tales y aquellos que esperan el consenso. Hay que seguir la idea de Bessis.
El descubrimiento de América, y la expulsión de los judíos y los musulmanes de España, dibujaron las fronteras del Occidente moderno, que nació a comienzos del siglo XVI bajo el doble signo de una apropiación y una eliminación. Esto no quiere que Occidente no existiera antes de la Edad Moderna; existía, sólo que sus límites eran diferentes. En 1492 se transformó la cartografía medioeval y se impuso una nueva geografía, fundada en una doble legitimación, política y religiosa, que permitió fabricar una historia que todavía constituye la base del pensamiento occidental.
Estos mitos de fundación se inventaron en el momento del triunfo de la razón, tal como se la entendía en el siglo XVI. La principal característica fue la desaparición de todo elemento oriental en esta genealogía. El mito del origen exclusivamente grecorromano de Europa, impulsado entre otros por Petrarca en el siglo XIV, suprimió los orígenes orientales y no cristianos de la civilización europea. Se borraron las influencias babilónicas, caldeas, egipcias e indias de Grecia, desde los presocráticos hasta los descendientes de Alejandro; se ignoró el prestigio que Egipto tuvo entre los griegos, cuyos letrados se consideraban deudores de la ciencia y religión egipcias. Se ocultó la mixtura entre orientalismo y helenismo de la época helénica; se silenció que los romanos llamaban bárbaros a los pueblos del norte, no a los de la ribera sur del Mediterráneo. A la expulsión física del islam del territorio político de Europa occidental la acompañó la expulsión del pensamiento judeo-musulmán del territorio intelectual europeo.
Fue una liquidación colosal. Se sabe la importancia que tuvo la España judeo-árabe en la transmisión y lectura de la filosofía griega. A partir de la conquista de Toledo en 1085, los europeos cristianos descubrieron la cultura filosófica griega acumulada durante siglos en territorio islámico. Los filósofos medioevales consideraron, al menos durante dos siglos, como “hombres de razón” a los árabes. Si en el Renacimiento se realizó una rápida filiación con el mundo griego fue porque el islam occidental ya había realizado el trabajo de traducción y adaptación de la filosofía griega al monoteísmo: fue el racionalismo musulmán medieval el que preparó el terreno para el laicismo del Renacimiento. De todo esto se dejó de hablar en el siglo XVI. Los humanistas imaginaron un pasado que rechazaba todo aquello que no era grecorromano ni cristiano.
Pero la conversión al catolicismo no bastaba para hacer cristianos a aquellos que no habían abandonado la península ibérica. Apareció otra obsesión: la pureza de la raza, de la sangre. Y esta doble pertenencia, la cristiandad y la raza, legitimaron la conquista de América.
Los contemporáneos se dieron cuenta de la característica inédita de la conquista; hubo polémicas con aquellos que bregaban por una colonización americana menos brutal, para salvar a los habitantes que quedaban, los que no habían muerto por las armas, por las pestes, por los trabajos forzados. Los defensores de los indios ―Juan de las Casas es el más célebre entre ellos―, aunque destacaban la humanidad de éstos, no rechazaban la jerarquía de razas superiores e inferiores: los indios podían ser educados, encaminados, orientados. Esta idea de los indios como pueblo infantil estaba muy extendida entre los teólogos del siglo XVI. De hecho, si se examina la documentación de los estados nacionales americanos del siglo XX, la idea seguía allí.
Dado que la no pertenencia de los indios al cristianismo era insuficiente para justificar su extinción ―pues podían ser convertidos― o la brutalidad de los conquistadores ―desde el momento en que había tenido lugar la conversión no podían tratarlos como a infieles―, muchos pensadores se dedicaron a buscar los fundamentos del derecho para disponer de la vida y la muerte de los nativos. Ya no alcanzaba con el discurso religioso, con ser el pueblo elegido por los dioses. Por eso, en el discurso europeo se produjo una ideología de dominación fundamentada en la razón, en las leyes naturales. La noción de la superioridad del español ―que ya se había fundamentado en la esfera nacional por la superioridad de sangre― bastó para justificar la superioridad de su imperio. La raza se conjugó, dialogó, se puso adelante o atrás, de la religión.
La catástrofe demográfica americana y la humanidad concedida a los nativos alentó la búsqueda de mano de obra esclava africana. El comercio de esclavos entre África y América duró cuatro siglos. Y eso produjo, de nuevo, una baja densidad poblacional en el continente africano. Europa se enriqueció tanto como el mundo árabe gracias al comercio de esclavos. De hecho los teólogos islámicos habían desarrollado una justificación religiosa (el islam autoriza a usar a los paganos como esclavos) como racial: el primitivismo de la raza negra justificaba su dominación. Mientras que en las metrópolis de Europa se reducía el trabajo esclavo, éste sostenía la prosperidad en las colonias ultramarinas. Sólo las condiciones de la trata se pusieron en discusión, no la esclavitud en sí misma, legitimada por la raza y la religión. Curiosamente, la humanidad que se les reconocía a los indios, se les negaba a los negros; a partir del siglo XVIII, el argumento religioso cedió ante el argumento biológico y racial.
Esto fue el Renacimiento, el clima intelectual de la conquista americana: aunque se enfatiza el aporte de artistas, poetas y sabios, de una época que salió de las tinieblas medioevales, fue más bien un tiempo en que se rechazaron los aportes de tiempos precedentes y en que Europa arrasó el mundo que descubrió bajo nuevas fórmulas de la ley del más fuerte. En el mismo momento en que se conoció la sorprendente diversidad de la humanidad, Europa cerró sus fronteras y en ese territorio confinó al género humano, rechazó todo lo que podía alterar la imagen de sí misma.
Al seguir esta historia, al asignarle a la conquista americana el estatuto de genocidio inspirado tanto en la idea de la superioridad racial como del designio divino, Bessis se proponía repensar los genocidios siguientes, incluso el más icónico entre ellos. El genocidio perpetrado por el nazismo ―explicó Bessis― ha sido calificado como único e inédito en la historia de Occidente. ¿Lo era? ¿El nazismo fue inventor o heredero? ¿El Holocausto fue un accidente o la consecuencia de un ciclo que había comenzado con la pureza de sangre española? Sin dudas la industria encargada del exterminio fue inédita ―dijo Bessis―, pero el acto mismo del genocidio ya se había visto en América. El camino estaba allanado; los nazis sólo innovaron. Ni la pureza de la sangre, ni la convicción de formar parte de una humanidad superior, son inventos del nazismo; ni siquiera los argumentos. Más allá de los métodos, lo novedoso fue, por un lado, que el genocidio sucedió en Europa, y por el otro, su aparente inutilidad.
Occidente se había convencido de que la barbarie le era ajena, que estaba más allá de sus fronteras. Los genocidios en América y África fueron utilitarios: había que hacer espacio o romper la resistencia de los pueblos conquistados. No se exterminaba por gusto, por placer, sino por falta de lugar y por la reticencia de los autóctonos a someterse al conquistador. Los nazis, en cambio, llevaron su obsesión por la pureza de la sangre a un grado irracional: el exterminio de judíos y otros grupos étnicos fue gratuito, desprovisto de utilidad, un sinsentido histórico y político. Sólo la Escuela de Fráncfort insistió en que el genocidio de los nazis había sido una consecuencia de la historia que Europa se contaba a sí misma, la de la Ilustración, que se remontaba al humanismo del Renacimiento; allí estaban los signos del totalitarismo y la intolerancia. La Escuela de Fráncfort veía una filiación, no una ruptura. Con los años muchos aceptaron esta filiación, aunque no aceptaron que los genocidios cometidos en regiones del mundo sometidas hayan tenido relación con la difusión de las teorías nazis y la aceptación del crimen en Europa. O de otro modo, se aceptó que el Holocausto fue un genocidio, pero no que lo haya sido la conquista de América, y aun cuando se aceptó la responsabilidad europea en la catástrofe demográfica americana, los vínculos con la historia grecorromana y cristiana que Europa se inventó a sí misma siguen siendo parte de un mundo de tinieblas. En cualquier caso, afirmar que la conquista de América fue “el primer genocidio de la Historia” es también un modo de hablar en nombre de la razón, de las ideas ilustradas y del laicismo humanista: la afirmación es tan rotunda que bien puede hacerse eco de la tradición que denuncia.
