EL ESTADO NIÑERA
Pese a la creencia general de que cada día hay más libertad, es un hecho histórico que cada día hay menos. Jaime II de Aragón tenía que luchar a brazo partido con su Parlamento para arrancarle los subsidios necesarios para las guerras de Cerdeña y Sicilia. Lo mismo le sucedía a Carlos V, pese a sus dos coronas, la española y la alemana, y no siempre lograba lo que se proponía. Conocida era la cicatería de los cuerpos orgánicos, Cortes y representaciones auténticamente populares de épocas pretendidamente oscurantistas, a la hora de discutir, de todo, y sobre todo, de dinero, con monarcas y jefes de Estado. Pero aquéllas, ya hemos dicho, eran épocas retrógradas y privadas de Libertad. Hemos escrito esta palabra con mayúscula, como abstracción que es. Ahora hay Libertad, en abstracto. Antes, sólo había libertades, con minúscula, pero muy concretas.
Incluso Luis XIV que soltó aquello tan soberbio de El Estado soy yo, debía pedir dinero a sus parlements y, en última instancia, a sus banqueros, y a veces se lo daban, o se lo prestaban, pero muchas veces se lo rehusaban. Y pedía soldados al Duque de Borgoña, vasallo y súbdito suyo, para que le ayudaran en la lucha contra Inglaterra, y aquél le decía que se lo pensaría, y tras pensárselo, le daba menos de la tercera parte de lo que le pedía el Monarca, y éste todavía le daba las gracias.
Los tiempos han cambiado. Hoy la Democracia -nos dicen- impera por doquier. Todos tenemos nuestros derechos, codificados en innumerables cuerpos legales y constituciones. La garantía de que tales derechos no queden en pura letra muerte la constituye nada más y nada menos que el Estado. Y cuando los nuevos políticos se quieren insultar los unos a los otros la suprema injuria consiste en poner en duda la legitimidad democrática del insultado. Hoy hay mucha democracia. Y todos -es decir, unos cuantos periodistas y las fuerzas fácticas que los inspiran- suspiran por más democracia. Y como ya hemos dicho que la salvaguardia de la Democracia es el Estado (naturalmente, democrático), resulta que a más democracia, más Estado. O sea, más poder del Estado.
El Estado, como Hacienda en España, somos todos. Todos los electores se entiende. Y si somos, en números redondos 26 millones de votantes potenciales, el poder individual de cada uno de nosotros nos da, sobre el control efectivo de las actividades del Estado, una veintiseismíllonésima parte. O, si lo queremos en números, la fantástica cifra de 0,00000003. Que un luxemburgués tenga sesenta y ocho veces más poder democrático que un español debe llenarnos de envidia. De santa envidia, se entiende. De noble emulación, en una palabra.
Nietzsche, ese genio intercambiable, cuyas referencias sirven tanto a anarquistas, ultraizquierdistas, ultraizquierdistas menos ultras que los anteriores, ultraderechistas e incluso a modernos curas intelectualoides, ansiosos de épater a la clientela de sus púlpitos, Nietzsche el grande, el contradictorio, el siempre interesante Nietzsche dio una definición que se nos antoja muy correcta del Estado el más frío de los monstruos fríos apuntillando luego las mentiras fluyen constantemente de su boca y, la mayor de todas es yo soy el pueblo.
El Estado -cualquier Estado- lo forman dos capas muy diferenciadas, que acaban interpenetrándose en una especie de simbiosis impuesta por la realidad, por los imperativos de la vida tal cual es. Unos funcionarios profesionales, generalmente fijos, y unos políticos que van sucediéndose a si mismos, captando. nuevos adeptos por cooptación, cuando no por imposición de los poderes fácticos ya aludidos. Por otra parte, para vivir hace falta dinero. No nos hace falta autocitarnos para demostrar la tesis, ya generalmente admitida, de que Dinero es Poder. Y que esas dos tremendas realidades que conviven, que deben convivir en el mundo tal cual es, o tal como nos lo han hecho ( ¡otra vez!) los poderes fácticos, terminan por realizar una necesaria, fatal, idéntica, periódica y constante simbiosis. El Estado, pues -sus funcionarios y sus políticos profesionales, pues- genera dinero y poder.
El Poder es una pasión. El Amor, el Odio, la Cólera, los Celos, la Envidia, pueden, individualmente, y en casos super-extremos, provocar homicidios, es decir, asesinatos con atenuantes y hasta eximentes. El Poder es una pasión que puede provocar, y provoca constantemente, asesinatos fríos, sin atenunates. El Poder es el objetivo de la política, y ésta es total y -es un hecho- amoral. Por lo menos tal como se vive hoy. No hay obstáculos ni frenos para el Estado, por mucho que sus representantes pretendan hablar en nombre del Pueblo. También con mayúscula, que la Democracia moderna es la apoteosis de las mayúsculas. La pasión del Poder se ejerce sobre hombres. Esto será una perogrullada, pero conviene puntualizar, porque esta es la época del olvido de Perogrullo. Por la pequeña Silesia se sostuvieron siete guerras, por la inmensa Groenlandia, despoblada, ninguna. No vamos a mantener, neciamente, que todo lo que hagan los Estados, tiene por objeto hacer la puñeta a los administrados, también llamados súbditos, que viene del latín subditus y significa sujeto, maniatado. Lo que sí mantenemos es que, con las consabidas excepciones de unos cuantos santos varones, lo que hace el Estado, por su propia esencia, es protegerse a sí mismo, es realizarse, para utilizar la jerga actual. Y el Estado cuyo objeto son los súbditos (maniatados ante el monstruo frío) sólo puede realizarse a costa de estos. Es así. Es un hecho. Y cada día se quieren más derechos, es decir, más organismos que permitan descansar la iniciativa individual sobre los demás. Y eso hay que pagarlo. Y el Estado necesita dinero para pagarlo. Y el dinero sólo lo puede sacar de sus súbditos. Y el infernal ciclo se repite ad nauseam. Hasta que llega el momento en que el Estado es una especie de Papá Noel, pero un Papá Noel que trae juguetes malos y rotos. O una niñera, exigente, tiránica y bien pagada.
El Estado, tanto para hacer dinero como para aumentar su poder, se convierte, así, en un comerciante. Y esto, no sólo en países en que gobiernen los marxistas. También regímenes apodados -justa o injustamente- derechistas, padecen la plaga del Estado comerciante. Es una regla sin excepción empresas puestas en marcha por la iniciativa privada, que dan buenas mercancías y servicios al público, y además ganan dinero que les permite renovar sus máquinas e instalaciones, excitan la codicia del Estado, que se las queda, de distintas maneras, más o menos lícitas, aunque por supuesto, legales, pues al Estado esto de hacer leyes se le da como hongos y, además, si conviene, se les da a tales leyes un efecto retroactivo. Una vez en manos estatales, dichas empresas empiezan por subir sus precios y tarifas, empeoran en vertical su calidad y sus servicios y además, para que no falte nada, pierden dinero. Lo cual tiene una importancia muy relativa, porque el Estado., con aumentar los impuestos, o los precios y tarifas de sus servicios, ya ha solucionado su problema.
De memoria de hombre, no se conoce, en ninguna parte del mundo, no se ha conocido y, por las trazas, no lleva camino de conocerse, un sólo ejemplo de servicio o explotación estatal que funcione correctamente, y además gane dinero. Y, además, es natural. Un funcionario (politizado) o un político (funcionarizado), no tiene, no puede tenerla, a menos de ser una especie de santo laico, la iniciativa, la necesidad agónica de rendir en su trabajo, como debe tenerla, por fuerza, un trabajador del sector no oficial, mal llamado libre (). Este, si es un patrón, experimentará tal necesidad ante la disyuntiva de sobrevivir o no sobrevivir en la lucha diaria por el mercado; si es un obrero, ante la posibilidad de quedarse sin trabajo si no rinde. El político, que ya hemos dicho que se funcionariza, como el funcionario se postiza en el sentido más peyorativo de la palabra política, sabe que, al fin de su mandato, y en el peor de los casos, es decir, de no salir reelegido, siempre le queda la posibilidad de reciclarse en el sector privado, donde hará valer sus influencias y amistades que obtuvo en el sector público, en espera de que, a la siguiente hornada, o a la siguiente crisis de gobierno, vuelvan a requerirse sus inapreciables servicios.
Si el Estado fuera una empresa como las demás, estaría absolutamente quebrada. El Estado, pues, pierde siempre dinero. Es decir, se lo cuesta a la nación que, además, está mal servida. Es idiota negar una realidad diaria y palpable. Es un comerciante, hemos dicho, pero un mal comerciante, que es lo peor. Y cuando decimos mal comerciante no nos referimos al aspecto de su deficiencia, archidemostrado y super-admitido, sino al de su moralidad. No aludimos, ahora, a inmoralidades específicas, sino al propio planteamiento comercial que se hace el Estado. Cuando alguien se retrasa en el pago de sus impuestos, por ejemplo, en seguida le caen recargos del 10 o del 20 por ciento e incluso amenazas de embargos. Pero si el Estado debe devolver dinero a un particular, por ejemplo, a nadie parece sorprenderle que no se proceda, contra él de la misma guisa. Por que el Estado asegure, por ejemplo, la protección de la propiedad y la seguridad de sus súbditos (maniatados), se pagan impuestos. Pues bien, entendemos que de la misma manera que un comerciante que da un mal servicio le debe a su cliente como mínimo una nota de abono y, según las circunstancias, una indemnización, el ciudadano (maniatado) que ha sido robado o agredido por unos delincuentes, debiera desgravar, de su declaración de impuestos, el importe de lo que te ha sido robado más los gastos de clínica e indemnizaciones a que hubiera lugar. ¿No insiste el Estado en actuar como comerciante Pues que se atenga a los usos y costumbres de un comerciante honrado, ya que, por su propia esencia, le es físicamente imposible ser un comerciante eficiente.
Su ineficiencia se pone especialmente de manifiesto cuando, para cubrir aritméticamente, ya que no realmente, los malos resultados de su gestión económica, procede, periódicamente, a la devaluación de su moneda. Una devaluación es, ni más ni menos, que un robo colectivo a todos los ciudadanos de la nación, se aduzcan para ello los motivos que se aduzcan. Y cuando en la gestión estatal se mezclan las ideologías, entonces el monstruo frío llega al punto álgido de su incapacidad y de su nocividad para los maniatados. Se ayuda, se fomenta, se financia a tal o cual partido hermano en tal o cual país extranjero, y esto, les guste o no a los maniatados en cuestión, lo pagan ellos. Y a fondo perdido, además. Porque si un día el partido hermano devuelve la ayuda, ésta será para el partido indígena, no para el pueblo, que no tiene más papel, en esa comedia, que el de pagano.
El Estado, Moloch insaciable, tiene su biblia particular, llamada Constitución, pero tiene igualmente su doctrina de los Padres de la Iglesia democrática, que actualiza los casos prácticos de aquélla en un cuerpo legal que en España, por ejemplo, se llama Boletín Oficial del Estado, o Gaceta de Madrid, como concesión al centralismo, inventado por las Derechas pero llevado a un paroxismo demencial por las Izquierdas en todas partes, y especialmente en Francia, nuestro modelo permanente. Pues bien ese Boletín, esa Gaceta, desde el primero de Enero de 1982 ha publicado ya 40.000 páginas de disposiciones sobre los más variados temas y actividades humanas de los maniatados españoles, con unos 56.000.000 de palabras. Y ahora tengamos presente que la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento. Confrontar esa frase con la realidad es una comedia, y es también una tragedia, para el pobre súbdito (maniatado). Porque ¿cómo va a saber el ciudadano de la calle, un comerciante, pongamos por ejemplo -pero, eso sí, un honrado comerciante- todo el Código Mercantil, más el Civil y el Penal, más los miles de palabras que le dedica a diario el Boletín Oficial del Estado, más los centenares o miles que le puede dedicar el estadito autónomo en que vive Se argüirá que no le queda más remedio que recurrir a un abogado, pero, ¿de veras cree nadie que un abogado, que estudia unas diez o doce mil páginas de leyes y de casuística en el curso de toda la carrera que dura cinco años, va a aprenderse luego cuarenta mil en un año, más otras tantas que pueda parir en el mismo lapso de tiempo el estado autónomo de turro Y ¿de veras cree alguien que tantas leyes, decretos, disposiciones no se entrecruzan, cuando no contradicen simplemente entre sí Los modernos Estados, en su manía por invadir el ámbito de todas las actividades humanas, para dar trabajo a sus funcionarios porque algo tienen que hacer, ¡qué diantre!- terminan por reglamentarlo todo. Cada vez tenemos menos libertad real para hacer nada. Así como el Talmud prescribe a los judíos ortodoxos cómo tienen que llevar a cabo los actos más nimios de su vida, los modernos Estados, mientras nos hablan constantemente de Libertad, nos arrebatan todas las libertades y acaban reglamentando nuestra vida from womb to tomb (desde la vagina hasta el féretro), como dicen en Inglaterra. Acabarán reglamentando hasta el porcentaje de haches en la sopa de letras.
En Suecia es el Estado quien decide la educación que se va a dar a los hijos, no los padres. Es el Estado quien decide dónde van a ir de vacaciones los obreros de tal empresa, no los obreros. Es el Estado quien decide todo. Cierto, en Suecia, como en todas partes, tienen derecho a voto. Bien., ¿Y qué La gente sólo puede votar a los partidos homologados por el Sistema, que se turnan en el poder.
Las gentes se llenan la boca con su derecho al voto. Ciertamente, tienen derecho a depositar un pedacito de papel, con un nombre, en una urna. Luego se procede a un recuento, y ya está. El poder del ciudadano se ha acabado ahí, tras durar los segundos necesarios en depositar el papelito en la urna. El ciudadano, o mejor el conjunto de ciudadanos, votará de acuerdo con lo que le diga la propaganda electoral, y nada más. Nada más porque la complejidad de la vida moderna, que el Estado le complica para que no tenga tiempo de pensar en nada más que en lo fisiológico, boulot, dodo, caca, boulot, dodo, caca, etc. (trabajo, dormir, caca, en la versión española del dicho francés), no le permite dedicar apenas tiempo a informarse de lo que sucede a su alrededor. Y si arranca tiempo al tiempo y se informa, las fuentes informativas están emponzoñadas, porque la prensa independiente, auténticamente independiente, no existe.
Sí, es cierto, al hombre de la calle le pregunta el Estado un sinfín de cosas, Cosas de las que no tiene ni la más remota idea, o bien cosas triviales, sin importancia. Le pregunta si quiere que su país entre en la O.T.A.N. (cuando no hay ni tres ciudadanos en cada cien que sepan exactamente qué es esto) o si prefiere, como alcalde de una ciudad de tres millones de habitantes, a Gómez o a Pérez, que no tiene el gusto de conocer. Pero, en cambio, no le pregunta las cosas importantes, las que le conciernen a él, a su bolsillo y a su espíritu, a su cuerpo y a su alma. No le pregunta si está o no está de acuerdo en ir al servicio militar, en saltar en paracaídas o en servir de machacante a un ignorante chusquero; no le pregunta si está o no está de acuerdo en ir a la guerra, a morir por los poldevos, por los monomotapos o por los kamchatkianos, o para imponer el sufragio universal en Ruanda-Urundi. No le pregunta si quiere o no quiere pagar impuestos, y más impuestos y más impuestos. No le pregunta si está de acuerdo en que mientras se limita la subida de salarios a obreros y empleados en un quince por ciento como máximo -tras haberles aligerado de un ocho con una devaluación- en cambio los bonzos estatales, los diputados, se suben a sí mismos su salario en un cien por cien, y, para inri supremo, libre de impuestos, que son buenos para los demás, pero no para ellos, que se sacrifican bastante en aras del bien de la patria. ¡Jesucristo bendito! ¡Cuánta jeta!
Al pobre Juan Pueblo no se le pregunta nada. Sólo se le crea el reflejo condicionado, a base de la bien conocida técnica publicitaria de las repeticiones, de que él es el soberano. El hecho de que tal creencia le resulte agradable le ayuda a tragarse la descomunal trola. Y no se apercibe de que cuanto menos dinero tiene, cuanto más se lo quitan con impuestos, cuanto más se lo roban con devaluaciones, con altas desconsideradas de precios y, sobre todo, cuanto más se lo controlan, menos poder tiene. Por mucho que le hablen de Libertad, el que nada tiene, no es libre.