InicioInfoAnarquía de Errico Malatesta
LA ANARQUÍA Y EL MÉTODO DEL ANARQUISMO por Errico Malatesta LA ANARQUÍA ANARQUÍA Y DESORDEN La palabra anarquía proviene del griego y significa sin gobierno; es decir la vida de un pueblo que se rige sin autoridad constituida, sin gobierno. Antes que toda una verdadera categoría de pensadores haya llegado a considerar tal organización como posible y como deseable, antes de que fuese adoptada como objetivo por un movimiento que en la actualidad constituye uno de los más importantes factores en las modernas luchas sociales, la palabra anarquía era considerada, por lo general, como sinónima de desorden, de confusión, y aún hoy mismo se toma en este sentido por las masas ignorantes y por los adversarios interesados en ocultar o desfigurar la verdad. No hemos de detenernos a profundizar en estas digresiones filológicas, por cuanto entendemos que la cuestión, más bien que de filología, reviste un marcado carácter histórico. El sentido vulgar de la palabra no desconoce su significado verdadero, desde el punto de vista etimológico, sino que es un derivado o consecuencia del prejuicio consistente en considerar al gobierno como un órgano indispensable para la vida social, y que, por tanto, una sociedad sin gobierno debe ser presa y víctima del desorden, oscilante entre la omnipotencia de unos y la ciega venganza de otros. La existencia y persistencia de este prejuicio, así como la influencia ejercida por el mismo en la significación dada por el común sentir a la palabra anarquía, se explican fácilmente. De igual modo que todos los animales, el hombre se adapta, se habitúa a la condiciones del medio en que vive, y por herencia transmite los hábitos y costumbres adquiridos. Nacido y criado en la esclavitud, heredero de una larga progenie de esclavos, el hombre, cuando ha comenzado a pensar, ha creído que la servidumbre era condición esencial de vida: la libertad le ha parecido un imposible. Así es como el trabajador, constreñido durante siglos a esperar y obtener el trabajo, es decir, el pan -de la voluntad, y a veces del humor de un amo, y acostumbrado a ver continuamente su vida a merced de quien posee tierra y capital, ha concluido por creer que era el dueño, el señor o patrono quien le daba de comer. Ingenuo y sencillo, ha llegado a hacerse la pregunta siguiente: "¿Como me arreglaría yo para poder comer si los señores no existieran?". Tal sería la situación de un hombre que hubiese tenido las extremidades inferiores trabadas desde el día de su nacimiento, si bien de manera que le consintiesen moverse y andar dificultosamente; en estas condiciones podría llegar a atribuir la facultad de trasladarse de un punto a otro a sus mismas ligaduras, siendo así que estas no habrían de producir otro resultado que el de disminuir y paralizar la energía muscular de sus piernas. Y si a los efectos naturales de la costumbre se agrega la educación recibida del mismo patrón, del sacerdote, del maestro, etc. -interesados todos en predicar que el gobierno y los amos son necesarios, y hasta indispensables-; si se añaden el juez y el agente de policía, esforzándose en reducir al silencio a todo aquél que de otro modo discurra y trate de difundir y propagar su pensamiento, se comprenderá cómo el cerebro poco cultivado de la masa ha logrado arraigar el prejuicio de la utilidad y de la necesidad del amo y del gobierno. Figuraos, pues, que el hombre de las piernas trabadas, de quien antes hemos hablado, le expone el médico toda una teoría y le presenta miles de ejemplos hábilmente inventados, a fin de persuadirle de que, si tuviera las piernas libres, le sería imposible caminar y vivir; en este supuesto, el individuo en cuestión se esforzaría en conservar sus grillos o ligaduras, y no vacilaría en considerar como enemigos a quienes desearen desembarazarse de ellos. Ahora bien, puesto que se ha creído que el gobierno es necesario, puesto que se ha admitido que sin gobierno no puede haber otra cosa sino confusión y desorden, es natural y hasta lógicoque el término anarquía, que significa la ausencia o carencia de gobierno, venga a significar igualmente la ausencia de orden. Y cuenta que el hecho no carece de precedentes en la historia de las palabras. En las épocas y países donde el pueblo ha creído necesario el gobierno de uno solo (monarquía), la palabra república, que significa el gobierno de la mayoría, se ha tomado siempre como sinónima de confusión y de desorden, según puede comprobarse en el lenguaje popular de casi todos los países. Cambiad la opinión, persuadid al público de que no sólo el gobierno dista de ser necesario, sino que es en extremo peligroso y perjudicial... y entonces la palabra anarquía, justamente por eso, porque significa ausencia de gobierno, significará para todos orden natural, armonía de necesidades e intereses de todos, libertad completa en el sentido de una solidaridad asimismo completa. Resulta impropio decir que los anarquistas han estado poco acertados al elegir su denominación, ya que este nombre es mal comprendido por la generalidad de las gentes y se presta a falsas interpretaciones. El error no depende del nombre sino de la cosa; y la dificultad que los anarquistas encuentran en su propaganda, no depende del nombre o denominación que se han adjudicado, sino del hecho de que su concepto choca con todos los prejuicios inveterados que conserva el pueblo acerca de la función del gobierno o, como se dice de ordinario, acerca del Estado. EL ESTADO Antes de seguir adelante será conveniente que nos expliquemos acerca de esta palabra, la cual, en nuestro concepto, es causa verdadera de muchas confusiones. Los anarquistas, y entre ellos nosotros, se han servido generalmente de la palabra Estado entendiendo por ella el conjunto de todas las instituciones políticas, legislativas, jurídicas, militares, financieras, etc., por medio de las cuales se arrebata al pueblo la gerencia de sus propios asuntos, la dirección de su propia seguridad, confiándolas a algunos que, por usurpación o por delegación, se hallan investidos del derecho de legislar sobre todo y para todos y de forzar al pueblo a respetarlos, valiéndose del apoyo que les presta el poder de todos. Según esta interpretación, la palabra Estado quiere decir gobierno o bien la expresión impersonal, abstracta, de aquel estado de cosas que el gobierno personifica. En este caso, las expresiones abolición del Estado, sociedad sin Estado, etc., responden exactamente al concepto que los anarquistas quieren significar de destrucción de todo orden político basado en la autoridad y de constitución de una sociedad de hombres libres e iguales, basada en la armonía de los intereses y en el concurso voluntario de todos al cumplimiento de los deberes y cuidados sociales. Pero la palabra Estado tiene otros muchos significados, entre los cuales algunos se prestan al equivoco, mucho más cuando se trata con hombres cuya triste posición social no les ha dejado acostumbrarse a las delicadas distinciones del lenguaje científico, o, peor aún, cuando se trata con adversarios de mala fe, que tienen interés en confundirlo todo y en no querer entender nada. La palabra Estado se usa, por ejemplo. con frecuencia, para indicar una determinada sociedad, cierta colectividad humana reunida en un determinado territorio, formando lo que suele denominarse un cuerpo moral, independientemente de la manera de agruparse y entenderse de sus miembros. Se usa también, sencillamente, como sinónimo de Sociedad, a causa de cuyo significado creen nuestros adversarios, o, mejor dicho, fingen creer, que los anarquistas queremos abolir toda relación social, todo trabajo colectivo, y reducir al hombre al aislamiento, o sea a una condición peor que la del salvaje. Asimismo se entiende por Estado la administración suprema de un país, el poder central diferente del poder provincial o municipal, y por este otro sentido se supone que los anarquistas queremos una simple descentralización territorial, dejando en tal estado el principio de gobierno, y se confunde así la anarquía con el comunalismo o con el cantonalismo. Estado significa, en fin, condición, manera de ser, régimen de vida social, etc., y por esto decimos, por ejemplo, que es preciso cambiar el estado económico de la clase obrera, o que el estado anárquico es el único estado social fundado sobre la base de la solidaridad, y otras frases por el estilo que, en nuestros labios, ya que por otra parte decimos que aspiramos a la abolición del Estado, pueden, a primera vista, parecer paradójicas y contradictorias. Por estas razones opinamos que es conveniente emplear lo menos posible la expresión abolición del Estado, y reemplazarla por esta otra, más clara y más concreta: abolición del gobierno. Esto es lo que haremos en el curso del presente trabajo. EL GOBIERNO Se ha dicho que anarquía significa sociedad sin gobierno. Mas, ¿es posible, es deseable, es conveniente la supresión del gobierno? Veámoslo. La tendencia metafísica (una enferme-dad por la cual el hombre, luego de haber separado, por lógico proceso de su ser, sus cualidades, experimenta una alucinación especial que le hace tomar la abstracción resultante por un ser real), la tendencia metafísica, digo, que, a pesar de los golpes de la ciencia positiva, sigue haciendo presa en el cerebro de .a mayoría de nuestros contemporáneos, es lo que determina en muchos la concepción del gobierno como un ente moral con ciertos atributos de razón, de justicia, de equidad, que son independientes de las personas encargadas de la función gubernamental. Para estas gentes. el gobierno, o, de un modo más abstracto, el Estado, es el poder social abstracto; es el representante, abstracto también, de los intereses generales; es la expresión del derecho de todos, considerado como limite del derecho de cada uno. Esta manera de comprender el gobierno, cualquiera que sea su forma, y salvo siempre el principio de autoridad, es defendida por aquellos a quienes interesa, y sobrevive a los errores de todos los partidos que se suceden en el ejercicio del poder. Para nosotros, el gobierno es el conjunto de los gobernantes; y gobernantes -rey, presidente, ministros, diputados, etc.- son todos los que poseen la facultad de hacer leyes para regular las relaciones de los hombres entre sí y hacer que se cumplan; de decretar y distribuir los impuestos; de obligarnos al servicio militar; de juzgar y castigar a los contraventores de las leyes; de someter a reglas, registrar y sancionar los contratos privados; de monopolizar ciertas ramas de la producción y ciertos servicios públicos, o, si lo desean, todos los servicios y toda la producción; de declarar la guerra o ultimar la paz con los gobiernos de otras naciones; de otorgar o negar franquicias y otra multitud de cosas por el estilo. Gobernantes son, en resumen, todos aquellos que tienen la facultad, en mayor o menor grado, de valerse de la fuerza social, es decir, de la fuerza física, intelectual y económica de todos para obligar a los demás a hacer lo que a ellos les plazca. Y esta facultad constituye, en concepto nuestro, el principio gubernamental, el principio de autoridad. Mas, ¿cuál es la razón de ser del gobierno? ¿Por qué depositar en varios individuos la libertad y la iniciativa propias? ¿Por qué proporcionarles esa facultad de valerse de la voluntad de cada uno, para que de ella dispongan según les acomode? ¿Están tan excepcionalmente dotados que puedan, con alguna apariencia de razón, reemplazar a la masa y atender todos los intereses de los hombres mejor que pudieran atenderlos ellos mismos? ¿Son infalibles e incorruptibles hasta el extremo de poderles fiar, con alguna prudencia, la suerte de cada uno y la de todos, confiando en su ciencia y en su bondad? Y aun cuando existen hombres de una bondad y un saber infinitos, y aunque, por una hipótesis que no se ha realizado nunca en la historia, y que a nosotros nos parece de imposible realización, el poder gubernativo fuese encomendado a los más capaces y mejores entre los buenos, ¿añadiría la posesión del gobierno alguna cosa a su potencia benéfica? ¿No la paralizaría y destruiría, más bien, por la necesidad en que están todos los hombres en las esferas del poder de ocuparse de innumerables cosas que no entienden, y sobre todo de emplear la mejor parte de su energía en mantener se en el poder, contentar a los amigos, tener a raya a los descontentos y someter a los rebeldes? Y no es esto todo: buenos o malos, sabios o ignorantes, ¿qué son los que gobiernan? ¿Qué es lo que los indica para función tan elevada? ¿Se imponen por sí mismos en virtud del derecho deguerra, de conquista o de revolución? En tal caso, ¿quién garantizará al pueblo que se inspirarán en la utilidad general? Pero, si todo es asunto de usurpación, no resta a los vencidos y a los descontentos otra cosa que la apelación a la fuerza para cambiar la marcha del juego. ¿Son los elegidos entre una cierta clase o partido? En este caso, triunfarán sin duda alguna los intereses y las ideas de aquella clase o de aquel partido, y la voluntad y los intereses de los demás serán sacrificados. ¿Son, en fin, elegidos por sufragio universal? El único criterio, entonces, es el número, el cual no es prueba ni de razón, ni de justicia, ni de capacidad. Los elegidos serán siempre los que mejor sepan engañar a la masa, y la minoría, que puede hallarse constituida por la mitad menos uno, quedará, lo mismo que antes, destinada al sacrificio. Y esto sin contar que la experiencia ha demostrado la imposibilidad de hallar un mecanismo electoral por el que los elegidos sean por lo menos representantes verdaderos de la mayoría. MISIÓN DEL GOBIERNO Muchas y muy diferentes son las teorías merced a las cuales se ha tratado de explicar y justificar la existencia del gobierno. Pero todas se basan en el prejuicio, fundado o no, de que los hombres tenemos intereses contrarios y que, por consiguiente, se necesita una fuerza externa, superior, para obligar a todos a respetar los intereses de todos, dictando e imponiendo aquellas reglas de conducta que mejor armonicen los intereses en lucha y permitan a cada uno hallar el máximum de satisfacción con el menor sacrificio posible. Si los intereses, dicen los teólogos del autoritarismo, las tendencias y los deseos de un individuo se hallan en oposición con los de otro individuo o con los de toda la sociedad, ¿quién tendrá derecho y suficiente poder para obligar a! uno a respetar los intereses del otro? ¿Quién podrá impedir al simple ciudadano que viole la voluntad general? La libertad de cada cual, dicen, tiene por límite la voluntad de los demás; pero, ¿quién establecerá este límite y lo hará respetar? Los naturales antagonismos de intereses y pasiones, hicieron nacer la necesidad del gobierno y justificaron la autoridad como fuerza moderadora en la lucha social y determinadora de los derechos y deberes de cada uno. Esa es la teoría; pero la teoría, para ser justa, debe fundarse en hechos y explicarlos, y no como la economía política, que con demasiada frecuencia ha inventado las teorías para justificar los hechos, es decir, para defender el privilegio y hacerlo aceptar tranquilamente por todas sus victimas. Atengámonos, pues, a los hechos. En todo el curso de la historia, lo mismo que en nuestra época, el gobierno o es la dominación brutal, violenta, arbitraria, de unos pocos sobre la masa, o bien es un instrumento pronto para asegurar el dominio y el privilegio de los que, por la fuerza, por astucia o por violencia, se han apoderado de todos los medios de vida, principalmente del suelo, con e! fin de mantener de tal modo al pueblo en la servidumbre y obligarle a trabajar para ellos. Los hombres son oprimidos de diversas maneras, o directamente, con la fuerza brutal, con la violencia física, o de un modo indirecto, despojándoles de los propios medios de subsistencia y obligándoles así a rendirse a discreción. La primera opresión dio origen al poder, o sea al privilegio político; la segunda hizo nacer el poder o privilegio económico. También se oprime a los hombres de otro modo: influyendo sobre su inteligencia y su sentimiento, lo que constituye el poder religioso o universitario. Mas como el espíritu no existe sino como resultante de las fuerzas materiales, así la mentira y las corporaciones constituidas para propagarla no tienen razón de ser sino como consecuencia del privilegio político y económico, y son un medio de defenderlo y consolidarlo. En las sociedades primitivas, poco numerosas y de relaciones poco complicadas, cuando una circunstancia cualquiera impidió que se estableciesen costumbres de solidaridad, o destruyó las que existían, estableciendo el dominio del hombre sobre el hombre, los dos poderes, el político y el económico, se hallaron reunidos en unas mismas manos, que podrían ser las de un solo hombre. Los que vencían por la fuerza, disponían de las personas y de las cosas de los vencidos y les obligaban a servirles, a trabajar para ellos y hacer en todo lo que tenían por conveniente. Eran los vencedores a la vez propietarios, legisladores, jueces y verdugos. Pero al ensancharse la sociedad, aumentan las necesidades, se complican las relaciones sociales, llega a hacerse imposible la existencia prolongada de un despotismo semejante. Los dominadores, o por seguridad, o por encontrarlo más cómodo, o por imposibilidad de proceder de otra manera, se ven en la necesidad de apoyarse, por una parte, en una clase privilegiada, en cierto número de individuos cointeresados en el dominio, y de dejar, por otra parte, que cada cual provea como le sea posible a su propia existencia, reservándose para sí el supremo dominio, que es el derecho de disfrutar lo más posible y la manera de saciar la vanidad del mando. Así, al abrigo del poder, por su protección y complicidad, y con frecuencia por su ignorancia y por causas que escapan a sus dominios, se desarrolla la riqueza privada, es decir, la clase de propietarios, la cual, concentrando poco a poco en sus manos todos los medios de producción, la verdadera fuente de la agricultura, industria, comercio, etc., acaba por constituir un poder que, por la superioridad de sus medios y la gran masa de inteligencia que abarca, concluye siempre por someter más o menos abiertamente al poder político, es decir, al gobierno, y convertirlo en su propio guardián. Este fenómeno se ha repetido en la historia con frecuencia. Una vez que por invasión, u otra cualquiera empresa militar, la violencia física, brutal, ha hecho presa en una sociedad, los vencedores han tendido siempre a concentrar en sus manos el gobierno y la propiedad. Mas siempre también la necesidad experimentada por el gobierno de conseguir la complicidad de una clase potente, las exigencias de la producción, la imposibilidad de ordenarlo y dirigirlo todo, establecieron la propiedad privada, la división de los dos poderes y con ella la dependencia efectiva entre los que tenían en sus manos la fuerza: el gobierno, y los que disponían del origen mismo de la fuerza: la propiedad. El gobierno acaba siempre, fatalmente, por constituirse en guardián del propietario. Pero este fenómeno nunca se acentúa tanto como en la época moderna. El desarrollo de la producción, la inmensa difusión del comercio, la desmesurada potencia que ha conquistado el dinero y todos los hechos económicos revocados por el descubrimiento de América, la invención de las máquinas, etc., aseguraron tal supremacía a la clase capitalista, que no satisfecha ésta con disponer del apoyo del gobierno, ha querido que éste llegue a salir de su propio seno. Un gobierno que se derivaba del derecho de conquista -derecho divino, según los reyes y sus secuaces-, por cuanto se sobreponía a la clase capitalista, conservaba siempre un continente altanero y despreciativo ante sus antiguos esclavos, luego de enriquecidos, y hacía alarde de sus inclinaciones a la independencia y a la dominación: semejante gobierno, claro está, era defensor y guardián de los propietarios, pero era de aquellos defensores y guardianes que se dan importancia y se hacen los arrogantes con los que deben escoltar y defender, cuando no los desvalijan y atormentan. La clase capitalista, naturalmente, conspiró para reemplazar tal guardián y defensor, con medios más o menos violentos, por otro salido de sus mismos medios, compuesto por miembros de su clase, siempre bajo su vigilancia y organizado especialmente para defender la clase contra las posibles reivindicaciones de los desheredados. De aquí el origen del sistema parlamentario moderno. En la actualidad, el gobierno, compuesto de propietarios y de gentes de su devoción, se halla a merced en todo de los propietarios mismos: hasta tal punto es así, que los más ricos desdeñan con frecuencia formar parte de él. Rothschild no tiene ninguna necesidad de ser diputado ni ministro: le basta tener bajo su dependencia a ministros y diputados. En muchos países, el proletariado tiene nominalmente una participación mayor o menor en la designación del gobierno. Es una concesión que la burguesía ha hecho, ya para valerse del concurso popular en la lucha contra la realeza y la aristocracia, ya para distraer al pueblo en sus deseos de emancipación, dándole una apariencia de soberanía. Mas, lo previese o no, la burguesía, cuando por primera vez concedió al pueblo el derecho al voto, la verdad es que tal derecho se ha tornado excesivamente irrisorio y bueno solamente para consolidar el poder de la burguesía, dando a la parte más enérgica del proletariado la ilusoria esperanza de ocupar el poder. Hasta con el sufragio universal, y se puede decir que especialmente por el sufragio universal, el gobierno continúa siendo el siervo y el guardián de la burguesía. Si otra cosa ocurriera, si el gobierno llegase a serle hostil, si la democracia pudiese ser otra cosa que un fuego fatuo para engañar al pueblo, la burguesía, amenazada en sus intereses, se apresuraría a rebelarse y concentraría toda la fuerza y toda la influencia que se deriva de la posesión de la riqueza para reducir al gobierno a las funciones de un simple siervo suyo. En todos los tiempos y en todos los lugares, cualquiera que sea el nombre que tome el gobierno, cualquiera que sea su origen y su organización, su función esencial es siempre oprimir y explotar a la masa y defender a los opresores y explotadores; y sus órganos principales, característicos, indispensables, son el policía y el recaudador de impuestos, el soldado y el carcelero, a los cuales se une espontáneamente el mercader de mentiras, sacerdote o profesor, pagado y protegido por el gobierno para educar los espíritus y hacerles dóciles al yugo gubernamental. Indudablemente, a aquellas funciones primitivas y a estos órganos esenciales, se han agregado en el curso de la historia otras funciones y otros órganos, pero de igual índole. Admitamos, sin embargo, que no haya habido jamás en un país algo civilizado un gobierno que desempeñase las funciones opresoras y expoliadoras sin aplicarse al propio tiempo a las verdaderamente útiles e indispensables a la vida social. Esto no destruye el hecho de que el gobierno es por naturaleza opresor y expoliador, y que por su origen y su posición, se ve inclinado fatalmente a defender y consolidar la clase dominante; por el contrario, lo afirma y lo agrava. En realidad, el gobierno toma a su cargo, en más o menos proporción, la protección de la vida de los ciudadanos contra los ataques directos y brutales; reconoce y legaliza cierto número de derechos y deberes primordiales, y usos y costumbres, sin los cuales es imposible vivir en sociedad; organiza y dirige ciertos servicios públicos, como las comunicaciones, la higiene, el reparto de aguas, la bonificación y protección forestal, etc.; funda casas de huérfanos y hospitales, y se complace con frecuencia en mostrarse sólo en apariencia, desde luego, protector del pobre y del débil. Pero basta observar cómo y por qué causa cumple el gobierno esta misión y aumenta sus funciones, para dar en seguida con la prueba experimental, práctica, de que todo lo que hace se inspira siempre en el espíritu de dominación y tiende a defender, ensanchar y perpetuar sus propios privilegios, así como los de la clase que representa y defiende. Un gobierno no puede durar mucho tiempo sin ocultar su naturaleza bajo un pretexto de general utilidad: no puede hacer respetar la vida de los privilegiados sin aparentar que hace respetar la de todo el mundo: no puede hacer aceptables los privilegios de algunos sin fingirse guardador de los derechos de todos. "La ley -dice Kropotkin- y todos los que hicieron la ley -el gobierno- utilizaron los sentimientos sociales del hombre para hacer pasar como preceptos morales, que los hombres aceptaban, lo que era útil a la minoría explotadora, contra lo cual se habría aquél rebelado ciertamente en caso contrario". No puede el gobierno desear que la sociedad se desorganice, porque a él y a la clase dominadora les faltaría entonces el material de explotación; no puede consentir que por sí misma se rija, que se gobierne sin intervención oficial, porque en ese caso el pueblo no tardaría en percatarse de que el gobierno sólo sirve para defender a los propietarios, y se apresuraría a desembarazarse del gobierno y de los propietarios. En la actualidad, frente a las insistentes y amenazadoras reclamaciones del proletariado, los gobiernos tienden a intervenir en las relaciones de obreros y patronos, con los que procuran desviar el movimiento obrero e impedir, con algunas engañosas reformas, que los pobres se tomen por sí mismos lo que es suyo, esto es, una parte de bienestar igual a la que todos disfrutan. Es preciso, además, tener en cuenta, por una parte, que los burgueses y propietarios se hallan siempre en guerra unos con otros y tratan de devorarse mutuamente, y por otra parte, que el gobierno, hijo de la burguesía y siervo protector suyo, tiende, como todo protector y todo siervo, a emanciparse y a dominar a su protegido. De aquí que el juego de prestidigitación, el tira y afloja, el acto de echar al pueblo contra los conservadores y a los conservadores contra el pueblo, que es toda la ciencia de los gobiernos, sea lo que engañe a las gentes sencillas y perezosas que esperan que la salvación les venga de lo alto. Con todo esto, la naturaleza del gobierno no cambia. Si se muestra regulador y garantía de los deberes y derechos de cada cual, pervierte el sentimiento de justicia, toda vez que califica de delito y castiga todo lo que ofende o amenaza los privilegios de los gobernantes y de los propietarios, y declara justa, legal, la más feroz explotación de los miserables, el lento y constante asesinato material y moral cometido por los que todo lo poseen en las personas de los que no poseen nada. Si se convierte en administrador de los servicios públicos, se cuida señaladamente de los intereses de su clase; de los de la clase trabajadora, nada más que lo necesario para que dicha clase consienta en pagar. Si se mete a enseñar, prohíbe la propaganda de la verdad, y tiende a preparar el cerebro y el corazón de los niños para que lleguen a ser tiranos implacables o dóciles esclavos, según la clase a que pertenezcan. En manos del gobierno, todo se convierte en medio de explotación, todo se traduce en instituciones de policía, útiles únicamente para tener dominado al pueblo. Y es natural que así sea. Si la vida de los hombres consiste en la lucha entre ellos mismos, habrá, naturalmente, vencidos y vencedores, y el gobierno es el premio de la contienda o un medio para asegurarse los vencedores el resultado de la victoria y perpetuarla, ya se libre el combate en el terreno de la fuerza física e intelectual, ya en el terreno económico. Los que intervinieran en la lucha para vencer y asegurarse mejores rendimientos que los otros y conquistar privilegios y dominios, juntamente con el poder, una vez alcanzada la victoria no harán uso de ella para defender los derechos de los vencidos y fijar límites a sus propias facultades arbitrarías y a las de sus partidarios y amigos. El gobierno, o, como suele decirse, el Estado justiciero, moderador de la lucha social, administrador desinteresado de los bienes del público, es una mentira, una ilusión, una utopía nunca realizada y jamás realizable. Si en realidad los intereses de los hombres debieran ser contrarios; si en realidad la lucha entre los hombres fuese ley necesaria de la sociedad humana y la libertad de cada uno tuviese su limite en la libertad de los demás, entonces cada uno trataría de hacer triunfar sus propios intereses sobre los intereses de los demás, cada uno procuraría hacer mayor la libertad propia a expensas de la voluntad de los otros, y existiría el gobierno, no ya porque fuese más o menos útil a la totalidad de los miembros sociales, sino porque los vencedores habrían de asegurarse los frutos de la victoria, sometiendo fuertemente a los vencidos, y librarse de la incomodidad de ocuparse constantemente de la defensa, confiando esta labor a los hombres especialmente adiestrados en el arte de gobernar. Se vería así la humanidad destinada a perecer o a agitarse eternamente entre la tiranía de los vencedores y la rebelión de los vencidos. Afortunadamente, el porvenir de la humanidad es más risueño, porque es más dulce la ley que la gobierna. Esta ley es la solidaridad. Para todo aquel interesado: continua en la página 9 del siguiente PDF: http://www.bsolot.info/wp-content/uploads/2011/02/Malatesta_Errico-La_anarquia_y_el_m%C3%A9todo_del_anarquismo.pdf Errico Malatesta nació en Santa Maria Maggiore (hoy Santa Maria Capua Vetere), a unos 30 kilómetros al norte de Nápoles, en el seno de una familia de propietarios rurales. El padre Federico, con la mujer Lazzarina Rastoin, poseía una próspera fábrica de curtidos. Realiza estudios en una "Escuela Pía"; luego se inscribe en la Universidad de Nápoles, donde estudia medicina por tres años, sin graduarse. En edad juvenil abraza los ideales republicanos de Giuseppe Mazzini. El 25 de marzo de 1868 es requerido por la Comisaría de Nápoles a causa de una carta de carácter subversivo dirigida a Víctor Manuel II; el 19 de marzo de 1870, aún con diecisiete años de edad, sufre la primera de una larga serie de detenciones policiales, tras un motín organizado por un círculo estudiantil republicano de la Universidad de Nápoles. En el 1871, después de la Comuna de París, abandonó las ideas republicanas para abrazar el anarquismo; en el mismo año se inscribió en la federación napolitana de la Asociación Internacional de los Trabajadores. En 1872 se fue a Suiza para participar en el Congreso internacional de Saint-Imier; en aquella ocasión se hizo amigo de Mijaíl Bakunin, de quien se considerará su discípulo. Posteriormente, Malatesta inicia un período de viajes con la finalidad de participar en distintas agitaciones sociales. Entre los países en los que viajó figuran Suiza, España, Egipto, Rumanía, Francia, Bélgica e Inglaterra. En Egipto fue uno de los impulsores del movimiento anarquista local. En marzo de 1885, para evitar la persecución en Europa, decide huir a la Argentina. Allá fundará sindicatos (la Sociedad Cosmopolita de Resistencia y Colocación de Obreros Panaderos), promoverá la organización del proletariado, y a la vez se introducirá en fuertes luchas ideológicas con anarquistas individualistas. En 1889 vuelve a Italia e inicia una larga etapa de creación y fundación de periódicos y revistas libertarias como L'Associazione (1889), L'Agitazione (1897), L'Internazionale (1901), La Rivoluzione Sociale (1902), Volontà (1913), Umanità Nova (1920), Pensiero e Volontà (1924); de las cuales, las tres últimas son las más importantes por su prestigio entre la prensa anarquista internacional de la época. En 1891, en Suiza, funda el Partido Socialista Revolucionario Anárquico, uniendo anarquistas ciprinianos y anarquistas propiamente dichos. Después de ser condenado a siete meses de cárcel en Italia y a arresto domiciliario, escapa a Inglaterra desde donde pasa pronto a Estados Unidos. En 1900 vive en La Habana, y posteriormente se traslada a Nueva York y a Londres, donde trabaja de mecánico electricista durante 13 años, atento siempre a los movimientos sociales y a mantenerse al día con el pensamiento científico y filosófico. En 1907, en el Congreso Internacional Anarquista de Ámsterdam (Actas del Congreso), vuelve a verse envuelto en pugnas contra los anarquistas individualistas. Este mismo año publicará polémicos artículos atacando el sindicalismo como cúspide del anarquismo. Entendía por tal no a la participación de los anarquistas en sindicatos sino a que los mismos se fundiesen en ellos. Sostenía la necesidad de la participación en los sindicatos (y otras organizaciones populares de lucha) pero a la vez la necesidad de la organización política de los anarquistas. En 1914 interviene en el Congreso del Fascio Comunista Anarchico, así como también participa en una campaña insurreccional dirigida contra la Monarquía de Saboya y el Vaticano. Con la llegada de la Primera Guerra Mundial, Malatesta se muestra absolutamente partidario de la oposición activa al esfuerzo de guerra en todos los países por considerarla una guerra fratricida en provecho de los intereses de minorías explotadoras. Esto producirá la separación ideológica con Kropotkin (partidario de la alineación con Francia e Inglaterra). La separación se ejemplifica con la oposición de Malatesta al "Manifiesto de los 16" de Kropotkin. En 1920 se produce una ola de ocupaciones de fábricas por parte de los trabajadores donde Malatesta participa, siendo inspirador del movimiento (desde la Unione Sindicale Italiana). Con la llegada de Mussolini, Malatesta es procesado por su participación antifascista en varias revistas. Prisionero en su domicilio, aislado y reprimido por el fascismo, muere el 22 de julio de 1932 en Roma. En relación a sus teorías hay que decir que las desarrolló básicamente en un gran número de revistas y diarios que fundó y en los cuales participó activamente.
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