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Las 3:47 de la Madrugada --Interesante Relato Corto--

Paranormal6/23/2012

David Langford es mejor conocido, en los círculos deciencia ficción, como editor de una revista: Ansible. Nacido el año 1953 en el sur de Gales, Langford se licencióen Física por el Brasenose College de Oxford, y trabajó como físico, en elAtomic Weapons Research Establishment de Aldermaston, hasta 1980. Desdeentonces, y como autor free-lance, ha escrito sobre ciencia ficción,divulgación científica, futurología, microcomputadores, etc. Entre su variadaobra destaca: War in 2080: A Book of Definitive Mistakes & MisguidedPredications (La guerra en 2080: Un libro sobre errores decisivos ypronósticos desencaminados), escrito en colaboración con Chris Morgan, TheNecronomicon (con George Hay, Robert Turner y Colin Wilson, la novela TheSpace Eater (El comedor de espacio) y una narración satírica de próximaaparición, The Leaky Establishment (El establecimiento agrietado).

Langford vive con su mujer, Hazel, «en una enormecasa semiderruida, en Reading, rodeado de 7.000 libros y de bastante carcoma».Langford, que no suele escribir relatos de terror, ha conseguido con Las 3.47 de la madrugada la elaboración de una desus mejores pesadillas. Fue escrita para The Gruesome Book (El librohorripilante), una antología de Ramsey Campbell, con cuentos aterradores queconmocionan a los lectores jóvenes.
 
Las 3:47 de la Madrugada
Autor: David Langford

Dekker estaba soñando. En su sueño había nebulosas debrillantes colores, una ladera de blanda hierba, una mujer cuyos ojos y sonrisaeran lo más maravilloso del mundo... Pero el sueño se agrió. Espirales de tintamezclándose con agua clara; conocidos matices oscuros desparramando sus tintesen el paisaje particular de Dekker. Sin transición, Dekker se quedó de repentesolo, mirando atónito el imprevisto espectáculo que ofrecía su brazo desnudo.No sentía ningún tipo de dolor; sin embargo, un agujero redondo y negro se lehabía abierto en la carne, y de él salían delgadísimos pelos; pelosdelgadísimos que eran antenas de insectos tanteando el aire. Se aprestó aponerse una venda, pero los bichos se sumergieron, agitándose, y de repente,más agujeros pequeños se le fueron abriendo por las carnes. Contrajo lasmandíbulas y notó como sus dientes se quebraban con una desagradable sensación:como si mascase barras de tiza o estuviese arañando con el rastrillo la cazuelade barro que apareció un día en él jardín. Al igual que desde una doble visiónsoñolienta, le parecía estar observando el próximo paso desde el interior y elexterior de sus ojos al mismo tiempo; sus ojos, incluso los globos oculares.
—¡No...!
De repente, el lejano rincón de la conciencia quesabía que todo era un sueño tomó el control y su infierno particular secolapsó, apareciendo en una negra y sofocante habitación con las piernas y losbrazos agarrotados, y con un sabor en la boca parecido al que habría dejado unanimal que hubiese anidado allí durante la noche, un animal de costumbressucias y desagradables. Se frotó los legañosos ojos y rodó penosamente hasta elotro extremo de la cama, donde tenía el despertador.
De nuevo las 3.47 de la madrugada.
El corazón le latía desaforadamente; señales deterror recorrían sus venas. Los riñones le urgían a realizar una excursiónescalera abajo; pero Brian Dekker ya había pasado antes por eso. A este tipo desueños seguía siempre una secuencia de terror en la cual la más terribleoscuridad le aguardaba en la escalera; los escalones cubiertos con la blandaalfombra eran tan invitadores como los desmoronados y legamosos peldaños quedescienden hasta la cripta de un mausoleo. Encender la luz no era una solución;eso simplemente alejaba la oscuridad más allá de las puertas, al corredor y ala escalera, y en ese corredor podía estar esperando, acechante, algo dispuestoa tirársele encima. Mejor se quedaba en la cama.
Las 3.47 de la madrugada. Seguía temblando. Se quedómirando los dígitos de color rojo, esperando que saltase el 7. ¿Era la cuarta ola quinta vez?
El 3.47 no tenía nada de milagroso. Sólo que cuandouno conectaba aquel reloj digital, algún mecanismo interno seleccionaba dichahora de inmediato; y si se quería ajustar correctamente el tiempo, había quemanipular los mandos, que estaban en la parte trasera; y si se producía uncorte del fluido eléctrico, al volver la luz el reloj se fijaba de nuevo en las3.47. Fuera como fuese, siempre la misma hora.
Dekker había comprado el nuevo despertador porque elruido del viejo lo mantenía despierto hasta que lo introducía dentro del cajóno lo ponía debajo de la almohada, en cuyo caso la alarma sonaba demasiado débilcomo para despertarlo a la mañana siguiente. El nuevo reloj electrónico teníaun zumbido penetrante que despertaba a Dekker de inmediato, y además erabastante silencioso; el único problema era su luminosidad roja: discretadurante el día, pero escandalosa por la noche; se la podía ver incluso a travésde los párpados cerrados. Solucionó el problema durmiendo de espaldas al reloj;un triunfo genuino, una victoria del hombre sobre la máquina. Ahora sólo lequedaba superar la costumbre de despertarse tan temprano con un extraño jadeoasmático, un jadeo cuya única excepcionalidad consistía en que lo despertabapor completo antes de que hubiese podido aspirar el aire suficiente como paraemitir un grito.
Cinco noches ya. Cinco, una detrás de otra. Cincoveces, las cosas que más odiaba en el mundo: antenas de insectos tocándole lapiel, dientes quebrándose y cayendo; odiaba a los dentistas. Y lo peor quepodía sucederle a nadie: ceguera y malformación; sus ojos podrían quedar...
No. Nada de pensarlo otra vez, en aquella tétrica oscuridad.«Concéntrate en cosas reales —se dijo—, eventos tranquilizadores, hechosconcretos, como en las novelas de detectives.»
«Muy bien, inspector —pensó—, le contaré todo lo quesé. Sueño el mismo sueño cada noche, desde hace cinco. Cinco días seguidos. Elsueño es, es... tal como ya se lo he descrito. Cada noche me despierto aterradoa las 3.47 de la madrugada. Sí, demasiado asustado para salir de la cama.Ridículo, ¿eh?... Por supuesto que lo he intentado con somníferos. No estoyloco, ¿sabe? Cada noche, durante los últimos cinco días, he sido machacado porese temor, un temor millones de veces más fuerte que cualquier pastilla, cinconoches, una detrás de otra...
»¿Cada noche desde que compré el despertador? ¿Porqué?... Ah sí. Es un detalle importante. Estoy seguro.»
Luego se quedó dormido; los somníferos lo rescataronde la vigilia y lo sumieron en una suave y cálida oscuridad, en la que no habíani sueños ni pensamientos, únicamente una imagen fugaz de una mujer pálida ymorena, cuyos rasgos no se parecían a los de las indias o las pakistaníes queDekker solía encontrar en la ciudad o en el trabajo...
Por la mañana el reloj zumbó muy eficientemente, yDekker se deslizó escalera abajo tentando las paredes; un dolor de cabeza, queintuía era del tipo provocado por una hemorragia cerebral, le hacía gruñir derabia. Se tomó una, dos, tres tabletas de paracetamol con el café del desayuno,y dejó que la tercera se le deshiciese en la lengua, dejándole un sabor recio,como si estuviese tragando chapas de metal. La treta psicológica de intentarrelajarse, cepillándose los dientes, lavándose y afeitándose, no le aportóninguna mejoría; pensó en el trabajo, en las facturas que debía revisar y lasdeclaraciones del impuesto sobre el valor añadido que estaba preparando, y elestómago se le sacudió convulsivamente. Optó por usar el teléfono.
—Hola, ¿el despacho de Jenkins y Grey? Sí, bien. SoyBrian Dekker... ¿Podría decirle al señor Grey que hoy no iré, que estoyenfermo? Gracias... Adiós.
El médico estuvo de acuerdo.
—Necesita un descanso. Ha estado trabajando enexceso.
—Tengo sueños terribles —empezó a contarle Dekker.
—Ha estado trabajando demasiado. Su ficha dice que noha estado de baja en los últimos tres años. Ridículo. Todos necesitamos undescanso de vez en cuando.
—Me desvelo cada noche, a la misma hora...
—Le recetaré un tónico reconfortante. Tenga. Y aquíla baja para una semana. Venga a verme dentro de siete días si no se encuentramejor. ¡El siguiente!
—Sí, pero... ¿qué me dice de esas pesadillas?
—Tómeselo con calma. ¡El siguiente!
A Dekker no le daba mucha confianza el jarabeembotellado que le había suministrado el farmacéutico a cambio de la receta. Ydecidió tomar algunas precauciones suplementarias por su cuenta. De vuelta acasa pasó por el supermercado para hacerse con una botella de whisky, ni muycaro ni muy barato.
El resto del día se lo pasó holgazaneando por la casay leyendo novelas policíacas o periódicos.
«NUEVA HUELGA EN MARCHA. CRISIS EN ORIENTE MEDIO.ESCÁNDALO EN UNA FÁBRICA MALAYA», proclamaban los titulares, mientras en elpiso de arriba el despertador iba pasando sus lentos y luminosos dígitos deneón rojo.
Alrededor de las ocho de la tarde Dekker calentó enel horno un pastel de verduras algo dudoso, y se lo comió con alubias cocidas.
A las nueve ya había limpiado los platos. Abrió labotella de whisky y se sirvió una buena medida en un vaso alto. No teníaespecial predilección por el whisky, pero pensó que mejor si probaba a apurarlocon buen estilo. ¡Salud! Se levantó, llevando consigo el vaso, llegó hasta lapuerta de la sala y desde allí avanzó en una oscuridad espesa y acechante.
Trató de recordar la letra de una canción que teníaen la punta de la lengua. Intentaba emparejar las palabras con la melodía.¿Cómo era? Tum, tummity tum... Era divertido, no lograba recordar la melodía; ysin embargo la letra estaba allí, danzando incansable en su cabeza.
Por entonces, el nivel de la botella de whisky habíasufrido una seria mengua, y Dekker, en un alarde de inmensa devoción, se fue enbusca del tónico que le recetase el doctor aquella misma mañana. Después dealgunos intentos, poco exitosos, de llenar con el jarabe una cucharilla decafé, se largó un buen trago. El sabor de la pócima le espoleó en busca de labotella de whisky.
A eso de las once tuvo de repente la desagradablesensación de estar totalmente sobrio, y de que vientos helados le silbaban enla cabeza, mientras que sus brazos y piernas no querían moverse apropiadamente.Las imágenes afloraban a su cerebro con nítida claridad. Recordaba la agoníaque sentía al ver las antenas de los insectos agitándose sobre su piel conmovimientos intermitentes. Recordaba el doloroso terror de sentir sus dientescuarteándose y crujiendo como barras de tiza. Recordaba, aunque intentaba olvidarlo,la sensación de notar su cabeza inflándose como un balón, sus globos oculareshinchándose hasta que era incapaz de cerrar los párpados, aunque lo intentasecon todas sus fuerzas. Sus ojos hinchándose hasta...
—¡No, no, nooooo! —gimió, tratando de incorporarse y cayendo.
...estallar en pequeñas y húmedas explosiones gelatinosas, al igual que una ebullición descontrolada; aquello goteaba por susmejillas cual lentas y enormes lágrimas, mientras restos desgarrados de losglobos oculares pendían de las cuencas...
Se las arregló para intentar servirse más whisky. Yacabó vertiendo más sobre su regazo que en el vaso. Inclinó el vaso sobre susateridos labios, y derramó el resto. Toda la habitación zumbaba y le dabavueltas. El vaso se le escurrió de entre los dedos.
A las doce estaba inconsciente.
A las 3.47 de la madrugada estaba inconsciente.
 
A las 10.45 de la mañana siguiente se despertó.
Luego, tras haber vaciado su estómago un par de vecesy dominado su dolor de cabeza con algunas pastillas, Dekker volvió areflexionar sobre su problema con el sueño.
—No se trataba de una prueba, ni siquiera de unexperimento realizado bajo control —se dijo en voz alta—, pero quizás estandoebrio pueda mantenerme alejado de las pesadillas... Ahora bien, si ese malditodespertador tiene algo que ver con todo ello, puede que no haya tenido lossueños simplemente porque ayer no llegué a subir al piso de arriba paradormir...
»Lo mejor sería que me desprendiera del despertador.Pero eso sería estúpido. Pura superstición. No es la calavera de un ahorcado,ni un talismán diabólico de Transilvania. Es únicamente un maldito despertadorque sólo tiene un par de meses; un par de semanas quizá...
Volvió a pasar otra tranquila pero dolorosa velada.Una fotografía en The Times —otra vez información sobre una fábrica decomponentes electrónicos en Malaysia— captó su atención. La mujer queempaquetaba los aparatos de radio por muy poco dinero al día porque no habíaningún otro trabajo..., la mujer de la fotografía, le resultó familiar por unosinstantes, y después, al mirarla de nuevo más cuidadosamente, no encontróninguna referencia que le resultase familiar. Ésa fue la única sensación entodo el día que alteró su anodina monotonía.
Al anochecer todavía no se sentía completamente bien,pero una noche sin pesadillas le había dado bastante confianza. Le sacó lalengua al despertador cuando se introdujo en la cama, estiró las sábanas y dejóque la oscuridad lo rodease amistosamente. Pronto se sumergió en el sueño.
Sin embargo, después de bastantes aventuras enextraños y ardientes países, volvió a ser atrapado por el diabólico sueño.Vagaba delirante en la oscuridad, dentro del difuminado espacio en el que cosascon patas brotaban de su piel, donde los dientes mascaban arena y desaparecían,donde los ojos se hinchaban cual balones horrendos...
Dekker se despertó jadeante con las últimas imágenesde terror martilleándole en las sienes, para ver ante sí los dígitos 3.47llameando en la noche. Pulsó el interruptor de la luz tratando de alejar de síla oscuridad, y quedó tumbado sobre la cama, temblando y sudando. Su mente eraun mapa vacío lleno de temor, dentro del cual, sin que supiese de dónde venía,le bailaba en la memoria la idea de que los sueños, incluso los más complejos,se supone que sólo se desarrollan durante unos escasos segundos de tiempo real.En tan poco espacio de tiempo se podían cebar muchas locuras angustiantes,pensó mientras permanecía allí tumbado con un pánico infantil hacia laoscuridad y trataba de contener su impulso de taparse la cabeza con las sábanasy las mantas. Al igual que las imágenes de un calidoscopio, girando lentamente,pasó del terror al agotamiento, y del agotamiento a la soñolencia; alejado desu cuerpo, de la cama y de las 3.47, Dekker se sumergió en las nebulosasmárgenes de la duermevela. Allí, por un instante, una pálida mujer morena lomiraba fijamente, con una sonrisa incómoda.
—No es nada personal, pero...
¿Había añadido algo más, sin palabras? Sus manosestaban ocupadas con un reloj digital desmantelado.
Tenía la impresión de que le habían puesto un enchufeen la cabeza. A través de la conexión le llegaba una ducha de chispasbrillantes que lo conmocionó hasta la rigidez. La noche se tomó informe, vacíade miedos y de pesadillas, cuando conectó el familiar rostro de sus sueños (tanfamiliar que estaba seguro de haberlo contemplado cada una de las noches en quesoñó) con la foto de The Times. Mujeres reunidas en asamblea. «ESCÁNDALO EN UNAFÁBRICA MALAYA.»
Se sentó y alcanzó el despertador, que ahora señalabalas 3.50. El aparato zumbó en su mano cuando lo alzó, como una cosa viva ycálida que temblara de miedo y cuyo corazón latiera tan fuertemente que dejaseoír un leve zumbido. Lo había adquirido mediante uno de esos anuncios en laprensa que promocionan aparatos a precios muy económicos. Se lo mandaron porcorreo. No llevaba impresa ninguna marca. Pero recordaba que en el reverso, aldarle la vuelta, había visto, grabada en el frágil plástico, la inscripción:MALAYSIA.
Estuvo a punto de echarse a reír. Dejó el reloj sobrela mesita, apagó la luz, y se dispuso a volver a conciliar el sueño.
Empezó a imaginarse una mujer malaya, explotada enuna fábrica de componentes electrónicos, que realiza su propio sabotajeindustrial al incluir, entre los circuitos que monta por tan poco dinero, unamaldición. Sólo pensarlo le causaba hilaridad, pero se le heló la sonrisa enlos labios ante la posibilidad de que su fantasía tuviese un origen verídico.
«Podría ser —pensó—. Pero ¿qué le he hecho yo a ella?
»Bueno —se respondió—, uno compra estas baratijas ycon ello contribuye a que la fábrica prospere.
»Sin embargo..., es ridículo. Quiero decir, ¿cómo sepuede llegar a creer en una maldición por motivaciones políticas? ¿Por elderecho al trabajo, por el derecho a la huelga, por el derecho a clavaralfileres en figuras de cera?
»Y de todos modos, ¿por qué no?»
 
A la mañana siguiente alimentaba de nuevo otro dolorde cabeza. Dekker miró los periódicos y se encontró con dos fotos de mujeresmalayas oprimidas. Se sintió agitado por la idea de que había cierta similitudentre las caras de la fotografía y el rostro que veía en sus sueños; aunqueninguna de ellas tenía, en realidad, ningún parecido con éste. Uno podríapensar que eso demostraba, precisamente, que no era una imagen que se le habíacolado de rondón en la mente al estudiar las fotos de The Times. Uno podríapensar, incluso, que eso demostraba que era real.
Se comió el bacon (grasiento) y los huevos(quemados), y subió al piso de arriba en busca del ajado ejemplar del librosobre magia y religión que había comprado hacía años. La rama dorada. Ese era.Apareció entre pilas de antiguas revistas de ciencia ficción, en lo que losagentes inmobiliarios denominaban el segundo dormitorio y que Dekker conocíacomo habitación de los trastos.
En la versión abreviada de La rama dorada (por todoslos demonios, la obra completa llegaba a los doce volúmenes) se hablaba de losmalayos en numerosas ocasiones. Dekker las repasó todas. La primera de ellastrataba sobre figuras de cera, y curiosamente comentaba: «... perfora el ojo dela imagen, y tu enemigo quedará ciego».
Cerró el libro convulsivamente. No quería ni oírhablar de ojos.
Bien, si desmantelaba el reloj, ¿acaso iba aencontrar en su interior la imagen de un cadáver moldeada en cera, acechándoleentre los circuitos impresos? Desafortunadamente, el objeto era una unidadprecintada; abrirlo significaba destruirlo. Lo cual no sería una mala idea;realmente era algo a tener presente. Volvió a abrir el libro y en la página 105encontró: «Los malayos tienen la creencia de que un destello luminoso en elocaso puede provocar fiebres a una persona débil».
Entonces, ¿qué pensarían de los dígitos de neón,destellando fulgores rojizos durante toda la noche?
Más adelante se leía: «Seguramente, en ningún otrolugar del mundo el arte de arrebatar por la fuerza el alma a una persona escultivado con mayor dedicación —o llevado al más alto refinamiento— que en lapenínsula malaya».
Ningún comentario específico, nada acerca de antenaso dientes, nada que indicase cómo una maldición podía reptar entre loscircuitos impresos. ¿Qué más se podía esperar de un libro editado en 1922? Nohabía nada sobre la significación esotérica de las 3.47 de la madrugada...«Todo mental, querido Brian... No eres más que una persona débil a la que hanprovocado unas fiebres. Los psicólogos farfullarían algo así como neurosiscompulsivas. Te despiertas con una pesadilla a las 3.47 y de algún modo esohace que tu propio despertador interior se conecte a esa hora, día tras día,pero sólo si duermes cerca de ese despertador, puesto que el fondo psicológicode la cuestión está encadenado a esos dígitos de neón rojo. Esos números que sepueden ver resplandeciendo en la oscuridad, incluso con los ojos cerrados.
Durante el día Dekker se tragó muy concienzudamentesu dosis del tónico prescrito. Y por la tarde se le ocurrió otra idea, algo quepodía romper el maleficio y acabar de una vez por todas con el asunto. Antes deacostarse, puso astutamente la alarma a las 3.30 de la madrugada.
Un zumbido gimiente le apartó de sus vagos e inocuosdevaneos oníricos, despertándolo con la misma gentileza que si le hubiesenlanzado un cubo de agua helada sobre el estómago. Las 3.30 le observabanconcienzudamente. En la sorprendente oscuridad que le rodeaba, no había ni elmás mínimo indicio de amenaza u opresión. Dekker encendió la luz de la mesita yluego se incorporó para encender la de la habitación.
«He roto el maleficio —se dijo con alivio—. Podréobservar las 3.47 reluciendo en el despertador sin ninguna pesadilla a lavista. ¡Y eso concierne, igualmente, a las larvas que anidan en misubconsciente!»
Aunque bien iluminada y cálida, la habitación teníaalgo extraño, como si las paredes fuesen meros tabiques en un vestíbulo enormede cemento húmedo y los ecos resonaran de un lado a otro hasta apagarse. «Sonlas primeras horas de la madrugada las que provocan esa sensación —pensóDekker—. El espíritu humano está en su punto más bajo justo antes delamanecer... ¿No dijo eso alguien?»
Las 3.42.
El único sonido en la habitación era el discretozumbido del despertador. Se sentó en la cama, dominado por sus temores,deseando que el reloj dejara de avanzar.
Las 3.44.
Las 3.45.
Las 3.46.
La última cifra parecía estática, sin moverse durantehoras. El tiempo subjetivo se estiraba más y más, como plastilina, al igual queesas pesadillas eternas contenidas en unos pocos segundos de sueño.
«Entre la medianoche y el alba, cuando el pasado espura decepción...» ¿Dónde había leído esa frase?
Estaba con ese pensamiento en la cabeza cuando notóun cosquilleo sobre los brazos, como si las antenas de unos insectos leestuviesen tanteando la piel.
«¡Dios mío —pensó—. Esto es histeria. No, no quieromirarme debajo de las mangas. No quiero. Es como esas beatas a las que lesbrotan llagas, como estigmas, en los lugares apropiados. Sospecho que veré esoy los dientes y el resto.
»Son sólo imaginaciones.»
Sin embargo, tenía la seguridad de que había algobajo las mangas de su pijama. Se negó a mirar. Apretó las mandíbulas y, con uncrujido blando, se le deshicieron los dientes hasta convertirse en polvo.
Sin embargo, esta vez la sensación no fue indoloracomo en sus pesadillas; gritó salvajemente, y fragmentos diminutos le volaronentre los labios. Quiso cerrar los ojos, pero éstos se habían hinchado ya detal manera que no pudo bajar los párpados; se le estaban dilatandodolorosamente.
«¡Histeria! ¡Alucinación! ¡Tiene que ser eso! ¡Porfavor!» Una parte de su mente sollozaba una y otra vez. Y en alguna otra partede su exacerbada conciencia, junto con sus llantos, el pálido rostro de unamujer morena le sonreía amargamente.
La hinchazón de sus ojos era increíble. Se le nubló ydistorsionó la visión. Se postró sobre el lecho cuando criaturas de largaspatas aparecieron sobre el dorso de sus manos y más dientes se le partieroncual trozos de tiza. Se dejó ir, ansiando desesperadamente refugiarse en elsueño que tenía antes de...
...las 3.47 de la madrugada.

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