Justicia
No, amigo mío, es terrible tener que admitirlo, pero no hay justicia en el mundo.
Peor aún, no puede haber justicia mientras vivamos bajo condiciones que permitan
que una persona se aproveche de las necesidades de otra, que saque beneficios
de ello y que explote a su semejante.
No puede haber justicia mientras un hombre sea gobernado por otro, mientras uno
tenga la autoridad y el poder de forzar a otro contra su voluntad.
No puede haber justicia entre amo y criado.
Ni igualdad.
Justicia e igualdad solamente pueden existir entre iguales.
¿Podemos decir que el pobre barrendero y Rockefeller son socialmente iguales?
¿Y la lavandera y la reina de Inglaterra?
Hagamos que la reina de Inglaterra y la lavandera entren en cualquier lugar,
privado o público. ¿Serán recibidas y tratadas igual?
Simplemente sus ropas determinarán las respectivas bienvenidas.
Ya que sus vestidos, en las presentes circunstancias, indican la diferente posición
social de las dos, su situación en la vida, sus influencias y sus riquezas.
Puede que la lavandera haya trabajado duramente durante toda su vida, puede que
haya sido el miembro más laborioso y útil de la comunidad. Puede ser que la señora
no haya trabajado en su vida, puede ser que nunca haya sido útil en lo más mínimo
a la sociedad. Pero será la rica dama quien será bien recibida y a quien se preferirá.
He escogido este ejemplo casero porque simboliza todo el carácter de nuestra sociedad,
de toda nuestra civilización.
Es el dinero y la infl uencia y la autoridad que trae aparejadas consigo, lo único que
cuenta en el mundo.
No hay justicia, sino posesión.
Amplía este ejemplo hasta englobar en él tu propia vida y hallarás que justicia e igualdad
son palabras huecas, mentiras con las que te adoctrinan, mientras dinero y poder son
verdaderos, reales.
Sin embargo, hay un profundo sentimiento de justicia en el género humano, y tu mejor naturaleza se resiente siempre que se comete una injusticia con alguien.
Te sientes ultrajado y te indignas por ello porque todos nosotros tenemos una instintiva
simpatía hacia nuestro semejante, pues por naturaleza y hábito somos seres sociales.
Pero cuando tus intereses o tu seguridad se ven amenazados actúas siempre de diferente forma y tus sentimientos son distintos.
Suponte que ves cómo tu hermano perjudica a un extraño.
Le llamarás la atención, lo reprenderás por ello.
Cuando ves que tu jefe comete una injusticia con otro obrero como tú, también te ves
agraviado y deseas protestar. Pero probablemente evitarás expresar tus sentimientos
porque podrías perder el trabajo o caer en desgracia con tu jefe.
Tus intereses suprimen el mejor impulso de tu naturaleza.
Tu dependencia de un jefe y su poder económico sobre ti, influyen sobre tu conducta.
Suponte que ves a alguien apaleando y pateando a otro cuando yace en el suelo.
Pueden ambos serte extraños, pero si no le tienes miedo al agresor lo conminarás a que
deje de patear al sujeto que está tendido.
Pero cuando ves que el policía hace lo mismo con un ciudadano, te lo pensarás más de
dos veces antes de intervenir, porque podría apalearte a ti también y arrestarlos a los dos.
Él tiene autoridad.
El primer agresor, que no tiene autoridad y que sabe que cualquiera podría interponerse cuando actúa injustamente, será, por lo general, cuidadoso con lo que está haciendo.
El policía, que está investido de alguna autoridad y que sabe que existen pocas
probabilidades de que nadie se le interponga, actuará injustamente a placer.
Aun en este sencillo ejemplo, puedes observar el efecto de la autoridad, sus efectos
sobre aquel que la posee y sobre aquellos contra los que se ejerce.
La autoridad tiene tendencia a hacer de quien la posee alguien injusto y arbitrario,
también convierte a quienes la consienten en desatentos, subordinados y serviles.
La autoridad corrompe a quien la detenta y envilece a sus víctimas.
Si esto es verdad para las más sencillas relaciones de convivencia, ¿cuánto más no
lo será en el campo más amplio de nuestra vida política, industrial y social?
Hemos visto cómo el depender económicamente de tu jefe afectará a tus acciones.
De modo semejante se verán afectados los actos de otros que también dependen de
él y de su buena voluntad, siempre y cuando no estén sobre aviso y claramente
decididos a no dejarse influenciar.
¿Y el jefe? ¿No estará, también, influenciado por sus intereses?
Sus simpatías, su actitud y su conducta, ¿no serán el resultado de sus intereses
particulares?
De hecho, todo el mundo está controlado, en general, por sus intereses.
Hablo de la naturaleza humana ordinaria, del hombre medio.
Aquí y allá encontrarás casos que parecen excepcionales.
Una gran idea, o un ideal, por ejemplo, pueden arraigar de tal forma en una
persona que ésta le dedique su vida entera y, a veces, le ofrenda incluso ésta.
En tal circunstancia podría parecer como si el hombre actuase contra sus propios
intereses.
Pensar así es un error, ya que es sólo una apariencia. Porque, en realidad, la idea o
el ideal por los que el hombre vivió y dio su vida eran su interés principal. La única
diferencia es que el idealista halla su máximo interés en vivir por alguna idea, mientras
el más poderoso interés del hombre medio es continuar en el mundo y vivir
confortablemente y en paz. Pero ambos casos están controlados por sus intereses
dominantes.
Los intereses de cada hombre difieren, pero nos asemejamos en que cada uno de
nosotros siente, piensa y actúa en concordancia a su interés particular, al concepto que
de sus intereses tiene.
Ahora, ¿puedes esperar que tu jefe sienta y obre en contra de sus intereses? ¿Puedes
esperar que el capitalista se deje guiar por los intereses de sus empleados? ¿Puedes pretender que los que más poseen encaminen sus negocios atentos a los intereses de
los que menos poseen?
Hemos visto que los intereses de patrón y empleado difieren, tanto que se oponen los
unos a los otros.
¿Puede haber justicia entre ellos? Justicia significa que cada uno obtiene lo que se le
debe ¿Puede el trabajador ver cumplido su derecho o hallar justicia en la sociedad
capitalista?
Si así fuera, el capitalismo no podría existir, porque entonces, tu patrón no podría
obtener beneficios de tu esfuerzo. Si el obrero obtuviese lo que se le adeuda, los
géneros que produce o su equivalente, ¿de dónde saldrían las ganancias del
capitalista? Si al trabajo perteneciese la riqueza que produce, no habría capitalismo.
Esto significa que el obrero no puede reivindicar para sí lo que produce, no puede
obtener lo que se le debe, y, por consiguiente, no puede conseguir justicia bajo la
esclavitud del salario.
“Pero si ése fuese el caso –observas tú– podría apelar a la ley, a los tribunales.”
¿Qué son los tribunales? ¿A qué fi n sirven? Existen para confirmar la ley. Si alguien
te ha hurtado tu abrigo y puedes probarlo, los tribunales se pronunciarán en tu favor.
Si el acusado es rico o tiene un abogado hábil, lo más probable es que el veredicto
establezca que todo fue una confusión o un problema mental, y nuestro hombre será
absuelto.
Pero si acusas a tu patrón de que te roba la mayor parte de tu trabajo, de que te
explota para su provecho y beneficio personal, ¿puedes obtener lo que se te debe
acudiendo a los tribunales?
El juez desestimará el caso porque no va contra la ley el que tu jefe obtenga beneficios
de tu trabajo. No hay ninguna ley que lo prohíba. No obtendrás justicia por esta vía.
Se dice que “la justicia es ciega”, para evidenciar que no establece ninguna distinción ni reconoce diferencia alguna de posición, infl uencia, raza, credo o color.
Este axioma necesita ser examinado para que se establezca su completa falsedad.
Porque la justicia es administrada por seres humanos, por jueces y jurados, y todo ser
humano posee intereses particulares, sin hablar de sus sentimientos personales,
opiniones, gustos, antipatías y prejuicios, de los que no puede desprenderse por el
mero hecho de ponerse una toga de juez y sentarse en el estrado. La actitud del juez
frente a los hechos, como la de cualquiera, estará determinada, consciente e
inconscientemente por su educación y formación, por el ambiente en que vive, por sus
sentimientos y opiniones, y particularmente, por sus intereses y los del grupo social al
que pertenece.
Considerando lo expuesto, debes deducir que la pretendida imparcialidad de los
tribunales de justicia es, en verdad, psicológicamente imposible. No hay tal imparcialidad
ni puede haberla. Puede que, a lo mejor, el juez sea relativamente imparcial en casos
que no afecten a sus opiniones ni a sus intereses, como individuo y miembro de un cierto
grupo social.
En tales casos podrías esperar justicia. Pero estos casos son normalmente de pequeña importancia y juegan un papel insignificante en el conjunto de la administración de
justicia.
Vamos a poner un ejemplo. Supongamos que dos hombres de negocios pleitean por la posesión de cierta parte de una propiedad, no teniendo el asunto ninguna clase de consideraciones políticas o sociales. En tal caso, careciendo el juez de opiniones
directas o intereses personales sobre la cuestión, puede fallar sobre la esencia del caso.
Y aun entonces, su actitud dependerá considerablemente del estado de su salud y de su digestión, del pie con que se levantó, de si discutió o no con su esposa y de otras
insignificancias semejantes, desatinadas, pero factores humanos verdaderamente
decisivos.
O bien supongamos que dos trabajadores litigan sobre la propiedad de un gallinero.
El juez puede decidir justamente sobre el caso, cualquiera sea el veredicto a favor de uno
u otro litigante, no afecta en modo alguno a la posición, a las opiniones o a los intereses
del juez.
Pero suponte el caso de que ante él comparezca un obrero en litigio con su terrateniente
o con su patrón. En tales circunstancias, todo el carácter y la personalidad del juez
afectarán a su decisión.
No es que necesariamente el juez haya de ser injusto, ya que no es este extremo el que
trato de demostrar. Sobre lo que quiero llamar tu atención es que en este caso en
concreto el juez no puede ser imparcial, ni lo será. Sus pareceres sobre el obrero, sus opiniones personales sobre los terratenientes o los patrones, y sus puntos de vista
sociales, influenciarán su juicio, a veces inconscientemente.
El veredicto puede ser justo, o puede no serlo, pero en ningún caso se basará en la
evidencia. Se verá afectado y determinado por los sentimientos subjetivos y personales
del juez, y por sus puntos de vista referentes a la clase trabajadora y al capital. Su
actitud será, generalmente, la de su círculo de amigos y conocidos, la de su grupo social,
y sus opiniones sobre la cuestión se corresponderán con los intereses de este grupo. Él
mismo puede ser también un terrateniente o tener acciones de una empresa que explote
al trabajador.
Consciente o inconscientemente, la perspectiva del tribunal tomará el color de las
opiniones y prejuicios del juez, y su veredicto será el resultado de éstos.
Además, la apariencia de los dos litigantes, sus diferentes modos de expresión y
conducta, y especialmente, la destreza con que utilicen la habilidad de sus respectivos asesores, tendrán una considerable infl uencia sobre las impresiones del juez, y en
consecuencia, sobre su decisión.
Por consiguiente, queda aclarado que en tales casos el veredicto dependerá más de la conciencia de clase del juez que del fondo del asunto.
Si les interesa seguir leyendo pueden entrar en esta pagina:
http://www.fondation-besnard.org/IMG/pdf/Abc_del_comunismo_libertario.pdf
e ir directamente al capitulo VIII "Justicia".
Viva la Anarquía!
No, amigo mío, es terrible tener que admitirlo, pero no hay justicia en el mundo.
Peor aún, no puede haber justicia mientras vivamos bajo condiciones que permitan
que una persona se aproveche de las necesidades de otra, que saque beneficios
de ello y que explote a su semejante.
No puede haber justicia mientras un hombre sea gobernado por otro, mientras uno
tenga la autoridad y el poder de forzar a otro contra su voluntad.
No puede haber justicia entre amo y criado.
Ni igualdad.
Justicia e igualdad solamente pueden existir entre iguales.
¿Podemos decir que el pobre barrendero y Rockefeller son socialmente iguales?
¿Y la lavandera y la reina de Inglaterra?
Hagamos que la reina de Inglaterra y la lavandera entren en cualquier lugar,
privado o público. ¿Serán recibidas y tratadas igual?
Simplemente sus ropas determinarán las respectivas bienvenidas.
Ya que sus vestidos, en las presentes circunstancias, indican la diferente posición
social de las dos, su situación en la vida, sus influencias y sus riquezas.
Puede que la lavandera haya trabajado duramente durante toda su vida, puede que
haya sido el miembro más laborioso y útil de la comunidad. Puede ser que la señora
no haya trabajado en su vida, puede ser que nunca haya sido útil en lo más mínimo
a la sociedad. Pero será la rica dama quien será bien recibida y a quien se preferirá.
He escogido este ejemplo casero porque simboliza todo el carácter de nuestra sociedad,
de toda nuestra civilización.
Es el dinero y la infl uencia y la autoridad que trae aparejadas consigo, lo único que
cuenta en el mundo.
No hay justicia, sino posesión.
Amplía este ejemplo hasta englobar en él tu propia vida y hallarás que justicia e igualdad
son palabras huecas, mentiras con las que te adoctrinan, mientras dinero y poder son
verdaderos, reales.
Sin embargo, hay un profundo sentimiento de justicia en el género humano, y tu mejor naturaleza se resiente siempre que se comete una injusticia con alguien.
Te sientes ultrajado y te indignas por ello porque todos nosotros tenemos una instintiva
simpatía hacia nuestro semejante, pues por naturaleza y hábito somos seres sociales.
Pero cuando tus intereses o tu seguridad se ven amenazados actúas siempre de diferente forma y tus sentimientos son distintos.
Suponte que ves cómo tu hermano perjudica a un extraño.
Le llamarás la atención, lo reprenderás por ello.
Cuando ves que tu jefe comete una injusticia con otro obrero como tú, también te ves
agraviado y deseas protestar. Pero probablemente evitarás expresar tus sentimientos
porque podrías perder el trabajo o caer en desgracia con tu jefe.
Tus intereses suprimen el mejor impulso de tu naturaleza.
Tu dependencia de un jefe y su poder económico sobre ti, influyen sobre tu conducta.
Suponte que ves a alguien apaleando y pateando a otro cuando yace en el suelo.
Pueden ambos serte extraños, pero si no le tienes miedo al agresor lo conminarás a que
deje de patear al sujeto que está tendido.
Pero cuando ves que el policía hace lo mismo con un ciudadano, te lo pensarás más de
dos veces antes de intervenir, porque podría apalearte a ti también y arrestarlos a los dos.
Él tiene autoridad.
El primer agresor, que no tiene autoridad y que sabe que cualquiera podría interponerse cuando actúa injustamente, será, por lo general, cuidadoso con lo que está haciendo.
El policía, que está investido de alguna autoridad y que sabe que existen pocas
probabilidades de que nadie se le interponga, actuará injustamente a placer.
Aun en este sencillo ejemplo, puedes observar el efecto de la autoridad, sus efectos
sobre aquel que la posee y sobre aquellos contra los que se ejerce.
La autoridad tiene tendencia a hacer de quien la posee alguien injusto y arbitrario,
también convierte a quienes la consienten en desatentos, subordinados y serviles.
La autoridad corrompe a quien la detenta y envilece a sus víctimas.
Si esto es verdad para las más sencillas relaciones de convivencia, ¿cuánto más no
lo será en el campo más amplio de nuestra vida política, industrial y social?
Hemos visto cómo el depender económicamente de tu jefe afectará a tus acciones.
De modo semejante se verán afectados los actos de otros que también dependen de
él y de su buena voluntad, siempre y cuando no estén sobre aviso y claramente
decididos a no dejarse influenciar.
¿Y el jefe? ¿No estará, también, influenciado por sus intereses?
Sus simpatías, su actitud y su conducta, ¿no serán el resultado de sus intereses
particulares?
De hecho, todo el mundo está controlado, en general, por sus intereses.
Hablo de la naturaleza humana ordinaria, del hombre medio.
Aquí y allá encontrarás casos que parecen excepcionales.
Una gran idea, o un ideal, por ejemplo, pueden arraigar de tal forma en una
persona que ésta le dedique su vida entera y, a veces, le ofrenda incluso ésta.
En tal circunstancia podría parecer como si el hombre actuase contra sus propios
intereses.
Pensar así es un error, ya que es sólo una apariencia. Porque, en realidad, la idea o
el ideal por los que el hombre vivió y dio su vida eran su interés principal. La única
diferencia es que el idealista halla su máximo interés en vivir por alguna idea, mientras
el más poderoso interés del hombre medio es continuar en el mundo y vivir
confortablemente y en paz. Pero ambos casos están controlados por sus intereses
dominantes.
Los intereses de cada hombre difieren, pero nos asemejamos en que cada uno de
nosotros siente, piensa y actúa en concordancia a su interés particular, al concepto que
de sus intereses tiene.
Ahora, ¿puedes esperar que tu jefe sienta y obre en contra de sus intereses? ¿Puedes
esperar que el capitalista se deje guiar por los intereses de sus empleados? ¿Puedes pretender que los que más poseen encaminen sus negocios atentos a los intereses de
los que menos poseen?
Hemos visto que los intereses de patrón y empleado difieren, tanto que se oponen los
unos a los otros.
¿Puede haber justicia entre ellos? Justicia significa que cada uno obtiene lo que se le
debe ¿Puede el trabajador ver cumplido su derecho o hallar justicia en la sociedad
capitalista?
Si así fuera, el capitalismo no podría existir, porque entonces, tu patrón no podría
obtener beneficios de tu esfuerzo. Si el obrero obtuviese lo que se le adeuda, los
géneros que produce o su equivalente, ¿de dónde saldrían las ganancias del
capitalista? Si al trabajo perteneciese la riqueza que produce, no habría capitalismo.
Esto significa que el obrero no puede reivindicar para sí lo que produce, no puede
obtener lo que se le debe, y, por consiguiente, no puede conseguir justicia bajo la
esclavitud del salario.
“Pero si ése fuese el caso –observas tú– podría apelar a la ley, a los tribunales.”
¿Qué son los tribunales? ¿A qué fi n sirven? Existen para confirmar la ley. Si alguien
te ha hurtado tu abrigo y puedes probarlo, los tribunales se pronunciarán en tu favor.
Si el acusado es rico o tiene un abogado hábil, lo más probable es que el veredicto
establezca que todo fue una confusión o un problema mental, y nuestro hombre será
absuelto.
Pero si acusas a tu patrón de que te roba la mayor parte de tu trabajo, de que te
explota para su provecho y beneficio personal, ¿puedes obtener lo que se te debe
acudiendo a los tribunales?
El juez desestimará el caso porque no va contra la ley el que tu jefe obtenga beneficios
de tu trabajo. No hay ninguna ley que lo prohíba. No obtendrás justicia por esta vía.
Se dice que “la justicia es ciega”, para evidenciar que no establece ninguna distinción ni reconoce diferencia alguna de posición, infl uencia, raza, credo o color.
Este axioma necesita ser examinado para que se establezca su completa falsedad.
Porque la justicia es administrada por seres humanos, por jueces y jurados, y todo ser
humano posee intereses particulares, sin hablar de sus sentimientos personales,
opiniones, gustos, antipatías y prejuicios, de los que no puede desprenderse por el
mero hecho de ponerse una toga de juez y sentarse en el estrado. La actitud del juez
frente a los hechos, como la de cualquiera, estará determinada, consciente e
inconscientemente por su educación y formación, por el ambiente en que vive, por sus
sentimientos y opiniones, y particularmente, por sus intereses y los del grupo social al
que pertenece.
Considerando lo expuesto, debes deducir que la pretendida imparcialidad de los
tribunales de justicia es, en verdad, psicológicamente imposible. No hay tal imparcialidad
ni puede haberla. Puede que, a lo mejor, el juez sea relativamente imparcial en casos
que no afecten a sus opiniones ni a sus intereses, como individuo y miembro de un cierto
grupo social.
En tales casos podrías esperar justicia. Pero estos casos son normalmente de pequeña importancia y juegan un papel insignificante en el conjunto de la administración de
justicia.
Vamos a poner un ejemplo. Supongamos que dos hombres de negocios pleitean por la posesión de cierta parte de una propiedad, no teniendo el asunto ninguna clase de consideraciones políticas o sociales. En tal caso, careciendo el juez de opiniones
directas o intereses personales sobre la cuestión, puede fallar sobre la esencia del caso.
Y aun entonces, su actitud dependerá considerablemente del estado de su salud y de su digestión, del pie con que se levantó, de si discutió o no con su esposa y de otras
insignificancias semejantes, desatinadas, pero factores humanos verdaderamente
decisivos.
O bien supongamos que dos trabajadores litigan sobre la propiedad de un gallinero.
El juez puede decidir justamente sobre el caso, cualquiera sea el veredicto a favor de uno
u otro litigante, no afecta en modo alguno a la posición, a las opiniones o a los intereses
del juez.
Pero suponte el caso de que ante él comparezca un obrero en litigio con su terrateniente
o con su patrón. En tales circunstancias, todo el carácter y la personalidad del juez
afectarán a su decisión.
No es que necesariamente el juez haya de ser injusto, ya que no es este extremo el que
trato de demostrar. Sobre lo que quiero llamar tu atención es que en este caso en
concreto el juez no puede ser imparcial, ni lo será. Sus pareceres sobre el obrero, sus opiniones personales sobre los terratenientes o los patrones, y sus puntos de vista
sociales, influenciarán su juicio, a veces inconscientemente.
El veredicto puede ser justo, o puede no serlo, pero en ningún caso se basará en la
evidencia. Se verá afectado y determinado por los sentimientos subjetivos y personales
del juez, y por sus puntos de vista referentes a la clase trabajadora y al capital. Su
actitud será, generalmente, la de su círculo de amigos y conocidos, la de su grupo social,
y sus opiniones sobre la cuestión se corresponderán con los intereses de este grupo. Él
mismo puede ser también un terrateniente o tener acciones de una empresa que explote
al trabajador.
Consciente o inconscientemente, la perspectiva del tribunal tomará el color de las
opiniones y prejuicios del juez, y su veredicto será el resultado de éstos.
Además, la apariencia de los dos litigantes, sus diferentes modos de expresión y
conducta, y especialmente, la destreza con que utilicen la habilidad de sus respectivos asesores, tendrán una considerable infl uencia sobre las impresiones del juez, y en
consecuencia, sobre su decisión.
Por consiguiente, queda aclarado que en tales casos el veredicto dependerá más de la conciencia de clase del juez que del fondo del asunto.
Si les interesa seguir leyendo pueden entrar en esta pagina:
http://www.fondation-besnard.org/IMG/pdf/Abc_del_comunismo_libertario.pdf
e ir directamente al capitulo VIII "Justicia".
Viva la Anarquía!