Shavit: Israel, sólido y frágil
El pueblo judío ha sido víctima de persecuciones derivadas de varias formas de antisemistismo (especialmente católico) y barbaries como el Holocausto.
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El Estado de Israel es un ejemplo sin precedentes de cómo, en unas cuantas décadas, un pueblo sin tierra se convierte en jugador de primera línea en el mundo contemporáneo. Sin embargo, es, a la vez, frágil por la ausencia de un proyecto de convivencia con el mundo árabe y musulmán, hoy liderado por no pocos déspotas seculares o fanáticos religiosos que gobiernan sobre 1.500 millones de personas.
Las reacciones frente a la muerte de Ariel Sharon ilustran la polarización alrededor del conflicto entre Israel y palestinos y, más allá, entre Israel y lo que aún llaman Occidente, con el mundo musulmán. Manifestaciones de dolor por Sharon, un halcón de los duros, considerado como patriota, por un lado; y de regocijo en campos de refugiados palestinos en el Líbano, por otro, que lo tachan de criminal de guerra por, supuestamente, haber patrocinado hechos como la masacre de palestinos en Sabra y Chatila (1982), muestran una tónica lejana a una cercana solución al conflicto.
Ari Shavit, columnista de Haaretz, publicación israelí de centro izquierda, publicó “Mi tierra prometida, el triunfo y la tragedia de Israel”. Apoyado en centenares de entrevistas y un hondo conocimiento del proceso que condujo a la fundación y consolidación del Estado de Israel, incluyendo las guerras del 67 y el 73, los acuerdos de Camp David, las olas migratorias (como la de centenares de miles de judíos de la antigua Unión Soviética), hasta el eventual escalamiento del conflicto por gracia del enriquecimiento de uranio en Irán, Shavit da cuenta de inmensos orgullos israelíes, así como de dolorosos pasivos fundacionales.
Un enamorado de Israel y sus logros, incluyendo ciencia y tecnología, arte y creatividad, desarrollo empresarial, Shavit considera que todo israelí debe ser consciente del dolor infligido a los palestinos. Un símbolo que utiliza son los hechos de Lod (Lydda) en 1948, población de árabes por siglos, que prosperó al lado del proyecto entre 1922 y 1947, gracias a la tenaz labor de un judío alemán, Siegfried Lehmann, convencido de que su pueblo debía contar con su tierra prometida respetando a Oriente y convirtiéndose en puente con Occidente.
Sin embargo, en el marco de la agresión de parte del nacionalismo árabe al recién fundado Estado en el 48, se impuso la línea dura militar israelí que arrasó con Lod. Fueron asesinados centenares de civiles palestinos indefensos y miles obligados a evacuar en condiciones infrahumanas (Shavit: “El sionismo lleva a cabo la masacre de Lod”).
A pesar de su condición de halcón, Sharon entendió que había que desmontar los asentamientos de Gaza en 2005, medida rechazada por los colonos de extrema derecha y que debe marcar la pauta si es que algún día se espera que palestinos árabes e Israel puedan convivir pacíficamente.
Israel, un país con menos esperanza
Las tesis del general que desconfiaba de los acuerdos de paz y primaba la fuerza han ganado terreno
Desde el 4 de enero de 2006, día en que Ariel Sharon cayó en coma profundo, Israel ha sufrido transformaciones profundas. Buena parte obedecen a la impronta del general que no creía en los acuerdos de paz y que si hoy abriera los ojos, probablemente sonreiría al ver algunos de sus sueños cumplidos.
Israel es hoy un país más radicalizado, pero sobre todo más escéptico, en el que cada vez son menos los israelíes que confían en la paz con los palestinos. Porque las señales que Sharon emitió a lo largo de sus años, de predominio de la fuerza sobre la diplomacia y de soluciones unilaterales frente a la negociación han calado muy hondo. Pese la enésima intentona de Washington de resucitar las negociaciones, casi nadie en Israel cree que vaya a haber una solución negociada. Lo máximo a lo que pueden aspirar, piensan, es a la gestión de un conflicto que consideran inevitable.
Ni siquiera, les hizo creer Sharon, una cesión de territorios a los palestinos sería capaz de propiciar un acuerdo de paz. La retirada de los colonos de Gaza, que Sharon ordenó en 2005 es para infinidad de israelíes la prueba definitiva de que no hay acuerdo posible, de que a pesar de la expulsión de judíos de la Franja palestina, los cohetes palestinos no han dejado de caer.
Para el israelí medio, poco importa que los ataques de Hamás respondan o no a agresiones del Ejército y que los habitantes del Franja hayan sufrido casi un lustro de fluctuante y asfixiante bloqueo por parte de Israel. Tampoco se tiene en cuenta que a la salida de Gaza le ha seguido una imparable expansión de los asentamientos en Cisjordania, que no empezó ni terminó con Sharón, pero que Arik el terrible, sí personificó y protagonizó como ningún otro líder israelí. Sharon fue el estratega que se propuso colonizar de forma permanente Cisjordania. Quiso redefinir y ensanchar las fronteras de Israel, que hoy aparecen más desdibujadas y se adentran más en los territorios palestinos que nunca.
Ese sed de conquista ha sido junto a brutales campañas militares como tantas de las que ordenó y defendió Sharon, las que han hecho trizas la imagen de Israel en el mundo e instalado a sus ciudadanos en una actitud defensiva y de desconfíanza ante la mediación internacional.
Para la derecha colona, la expulsión de Gaza supuso un gran trauma existencial. Nunca pensaron que Sharón, su protector, les fuera a traicionar. Pero así fue. Unos 8.000 fervientes colonos con kipá de ganchillo —-ellos— y pañuelo en la cabeza —ellas— fueron expulsados a la fuerza. Su trauma ha dado paso a una generación de colonos más radical, a un ejército de jóvenes antisistema que ocupan las colinas cisjordanas, atacan a los palestinos y a su propio Ejército y que han aprendido de sus padres que no pueden confiar en los gobernantes; aunque se llamen Ariel Sharon.
Colonos más o menos moderados son hoy en día prácticamente los únicos israelíes que conoce el palestino de a pie. Cercados por el muro de hormigón que Sharon construyó tras la segunda Intifada, los palestinos se han convertido en perfectos desconocidos para sus vecinos israelíes. El desconocimiento muto dificulta la empatía; un sentimiento que junto a la esperanza registra mínimos históricos en el Israel post-Sharon.
http://internacional.elpais.com/internacional/2014/01/13/actualidad/1389630425_903574.html
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