
Si alguien me pusiera frente a la disyuntiva de elegir una y sola una características del kirchnerismo, elegiría la fuerza. Cómo será de importante ese rasgo que me es suficiente para dejar de lado la soberbia, el atropello, la corrupción, el egocentrismo, la impericia, la ajuridicidad, en fin, todo un abanico de particularidades que también servirían para definir este fenómeno nacido en Santa Cruz y proyectado hace 11 años a la nación.
En efecto, el kirchenrismo profesa una fe ciega en la fuerza, en la capacidad de la coerción para obtener resultados; cree fervientemente que una sociedad puede organizarse bajo el imperio permanente de la fuerza, de las sanciones y de la persecución.
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