Un millón y medio de personas fueron asesinadas por el Imperio Otomano entre 1915 y 1923. La cifra del Genocidio contra los armenios parece ocultar los nombres, rostros y voces de todas esas personas.
Quedan como inmóviles, fijas en un pasado traumático. Sin embargo, las historias de vida de los sobrevivientes del Genocidio Armenio muestran que más allá del poder de destrucción de los Estados, las personas comunes pueden resistir, reconstruir sus vidas y pedir justicia. ¿Cómo pensar en la experiencia de los sobrevivientes, sus acciones y su memoria del Genocidio?
Hace nueve años pude entrevistar-cuando aún era estudiante de Historia en la UBA - a los pocos sobrevivientes del Genocidio Armenio en el geriátrico de la colectividad en el barrio de Palermo. Me había convocado al proyecto de realizar entrevistas un profesor de la UBA, Alejandro Schneider.
Los sobrevivientes eran en su mayoría mujeres. Sus historias narraban como, gracias a la perseverancia, la creatividad y el coraje pudieron mantener su condición humana a pesar del intento de destrucción del Estado turco. Las formas de resistencia eran mínimas, casi una forma de micropolítica. Mantener el idioma, la religión o la identidad. Continuar con el entramado cultural de la colectividad, a pesar de la destrucción de hombres, mujeres, iglesias, monumentos y escuelas armenias, eran las formas de mantener el carácter humano ante los genocidas. Una antigua canción campesina, una plegaria trasmitida de madre a hijo, un proverbio, eran algunas de las formas de resistir. En las entrevistas los sobrevivientes manifestaban su voluntad de contar los acontecimientos, los familiares asesinados, el recuerdo de sus hogares. Los sobrevivientes guardaban los nombres, oficios y lugares donde habían vivido sus familiares. Memoria como forma de resistencia. Memoria como forma de continuidad.
Como consecuencia del Genocidio, los armenios quedaron dispersos por todo el mundo y sus familias muchas veces separadas entre varios países. Sin embargo, eso no les impidió reconstruir sus vidas, continuar con sus costumbres y volver a trabajar a miles de kilómetros de las tierras donde habían crecido y en las que sus ancestros habían vivido durante siglos. La Argentina abrió sus puertas a los refugiados armenios, estando ellos siempre agradecidos por eso. Luego de una generación que guardó las marcas del dolor en el recuerdo privado o en la conmoración religiosa comenzaron lentamente a buscar justicia.
Así, nuestro país declaró en el año 2007 la Ley 26.199 en conmemoración del Genocidio contra el pueblo armenio. Además en el año 2011 se declaró por un juzgado federal una sentencia judicial favorable al Juicio por el Verdad del Genocidio Armenio, impulsada en primer lugar por el escribano Gregorio Hairabedian y sus familiares y acompañado luego por el conjunto de las entidades comunitarias armenias.
La forma en que muchas veces se recuerda o se conmemoraba a los que han sufrido genocidios tiende a convertir a esas mujeres y hombres en una estadística; una serie de números que se suman dentro de la cadena de exterminios del siglo XX. Quizás podríamos ver en los sobrevivientes y el pasado de los que no volvieron del Genocidio parte de la experiencia extrema de seres humanos cuyas acciones y resistencias formaron parte de una historia de persecución y aniquilamiento, pero también de supervivencia y búsqueda de justicia.
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