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Harry Potter y la Deuda de Sangre (libro fanfic parte 1)

Info9/5/2013
Harry Potter y la Deuda de Sangre (libro fanfic parte 1)

Hola, como les prometi aqui les traigo el tercer libro fanfic. Si aun no han leido los dos anteriores aqui les dejo los links:
Libro 1:
Libro 2:

libro

Parte 1:

1
Feliz Cumpleaños


El castillo de Nurmengard estaba protegido por hechizos realmente potentes. Se decía que ni el propio Grindewald en sus tiempos pudo romperlos, y pocos se habían atrevido a afirmarlo, pero también creían imposible que Voldemort, Dumbledore o Potter pudieran acabar con la antigua magia defensiva que custodiaba las frías paredes de la prisión.
Los alemanes aseguraban que era más seguro un jardín a cielo abierto de Nurmengard que una de las celdas de Azkaban, por lo que Harry se sintió realmente preocupado cuando leyó en El Profeta del escape de varios reclusos de Alemania.
Estaba sentado en su cómoda oficina del Ministerio, atiborrado de papeles que firmar, leyes que aprobar y otras que derogar, casos aislados que resolver y magos que precisaban de su atención.
—Buenos días, Harry —entró Hermione a la oficina—, ¿día ocupado?
—Así es —respondió él soplando a la taza de café que flotaba cerca de su cabeza—. Hoy es día de Atención al Mago.
—Oh, sí, esos días son un desastre. Por suerte tu departamento no tiene tantas visitas como el mío. Muchos vienen a denunciar problemas de criaturas mágicas, a exigir leyes nuevas, sacrificios… Termino hecha un lío. ¿Has visto a Ron?
—Tú eres su esposa —respondió Harry—, supongo que lo hayas visto esta mañana.
—Ah, sí, lo vi. Pero se fue muy temprano, no sé por qué.
La puerta de la oficina volvió a abrirse.
—Buenos días, ¿cómo están? —era Ron, que traía algo envuelto. Se detuvo junto a Hermione y la besó.
— ¿Lo trajiste? —preguntó ella.
—Aquí está —respondió, señalando el paquete que sostenía.
Harry seguía muy concentrado en el periódico y su café. Ginny le había prometido pasar más tarde a llevarle unos bocadillos. El día había amanecido caluroso.
— ¿Nada que quieras orientarme, Harry? —dijo Ron.
—No, Ron, nada, gracias. Sigue con la investigación que te dije, y estate atento, hubo una fuga masiva de Nurmengard.
Harry levantó la vista para ver la reacción de sus amigos y fue justo la que esperaba. Hermione se quedó sin palabras y Ron dejó la vista perdida, como en shock. No pudieron articular palabra alguna por unos segundos y ante el silencio prolongado, Harry decidió tomar la iniciativa:
—Creo que si el Ministerio de Magia Alemán lo ha revelado es porque es muy grave. Hemos tenido prófugos de Azkaban y hemos podido manejarlo sin que nadie se entere. Debe ser realmente grave.
Harry respiró hondo y recogió unos archivos de la mesa.
—Nos vemos luego.
—Hasta pronto, Harry —dijo Ron, aun sin poder hablar fluidamente.
—Nos avisas cuando Ginny llegue —dijo Hermione y se quedó anudando la corbata de Ron.
El Ministerio a esa hora de la mañana era un hervidero: vociferadores para acá, mensajes para allá, magos de aspecto poco cuidado, con ojeras profundas de tanto trabajar y, de pronto, entre todos, una cara sonriente.
—Potter —era Kingsley— ¿cómo estás? ¿Listo para atender las peticiones?
—Buenos días, Ministro. Sí, eso creo. Nunca podré sentirme cómodo dando consultas a los magos. Soy más…de acción.
—Sí, Harry, lo sé, pero es nuestro trabajo.
Antes de que Kingsley se retirara con su escolta Harry alcanzó a decirle algo más:
— ¿Ya leyó El Profeta?
—Me temo que sí, Harry. Nos vemos luego.
La mañana se le pasó a Harry más rápido que cuando usó el Giratiempo con Hermione. Vinieron magos de todas partes a denunciar actividades «oscuras» que siempre resultaban ser bromas o confusiones. Otros, simplemente, iban a pedirle a Harry recomendaciones para que sus hijos entraran en el cuerpo de Aurores del Ministerio.
—Como usted comprenderá —dijo Harry a una señora vestida con un largo vestido rojo y un sombrero con murciélagos disecados— el Jefe de Aurores del Ministerio no puede dar recomendaciones porque es quien se encarga de aceptar a los muchachos bajo su custodia.
La mayoría de los visitantes quedaron satisfechos, pero otra parte de ellos se fue dando un portazo y alegando que hablarían con su superior. Harry terminó agotado, con la cabeza llena de quejas y problemas. Salió de la sala de vistas orales y se dirigió al elevador, donde se encontró a Luna.
—Hola Harry —dijo ella, sosteniéndose la panza. Le había crecido mucho desde la última vez que la viera.
— ¡Luna! ¿Cómo va eso? —dijo Harry alegre, señalando su vientre.
—Muy bien. No sabemos cuándo nacerá. Dicen que el cabello de Wiliguxis es muy útil para el embarazo. Te pones unos cuantos en el pelo y ya está. Por cierto, Ginny te está esperando, te acompaño.
Luna lucía muy hermosa embarazada. Le daba a su aire de despistada un aspecto maduro y a la vez tierno. El Ministerio se había quedado de pronto en silencio, tranquilo. Era como si todos hubieran desaparecido.
Cuando Harry entró a su oficina escuchó un gran grito de «Sorpresa» y Neville, Hermione, Ron, Luna, Lily, Hugo, Rose, Teddy, James y Albus Severus se lanzaron sobre él. Ginny lo besó y le dijo:
—Feliz cumpleaños, cariño.
Estaba viejo. Harry había olvidado que era 31 de julio.
La fiesta fue muy divertida. Hermione conjuró unos pajarillos de colores que alzaron vuelo y se transformaron en confeti brillante, que mientras descendía iba tomando la forma de Harry en distintos momentos de su vida. Ron, por su parte, le entregó el paquete que había estado escondiendo toda la mañana: un plato de oro con dos escobas talladas y un cartel que decía:
«Harry y Ginny-Ron y Hermione»
«Mejores amigos por más de 20 años»
Recordaron viejas glorias con la música de Las Brujas de Macbeth y tomaron mucha cerveza de mantequilla, como si fueran niños todavía. Luna le regaló un collar de nabos de rubí, que había pertenecido a uno de los Lovegood más antiguos —el descubridor de los torposolos— y Neville le dio una planta que cambiaba de color según las estaciones del año.
Cuando estaban recogiendo sus cosas para marcharse, llegó un mensaje de Kingsley:
«Querido Harry:
Feliz cumpleaños. Ginny nos pidió que lo mantuviéramos en secreto. Pasa por mi oficina. Algo grave sucede»
Harry se despidió cortésmente de todos sus compañeros y fue hasta la oficina de Kingsley. El Ministro lo esperaba, como siempre acompañado de su patronus.
—Harry —dijo el Ministro con su voz grave—, lamento molestarte, sé que es tu cumpleaños, pero debes estar informado.
—No se preocupe. Disfruto mucho de mi trabajo.
—Qué bueno. Léete esto.
Kingsley le tendió un papel a Harry, y él lo leyó con atención.
«A: Ministerio de Magia Gran Bretaña e Irlanda del Norte:
Le informamos que pronto estaremos allá. Hace unos meses fueron asesinados por agentes diplomáticos de su Ministerio uno de nuestros representantes en Albania, Dakerov. Nuestra líder, C. G. iniciará las conversaciones con su Jefe del Departamento de Aurores.
Atentamente,
Cuerpo de TotenEssen».
—No entiendo muy bien, Ministro.
—Son los magos que escaparon de Nurmengard, Harry. Los TotenEssen son los magos oscuros alemanes. Y su líder es una mujer.
— ¿Circe? —dijo Harry.
—Habrá que comprobarlo —dijo el Ministro y comenzó a escribir una lechuza a Azkaban.

2
Azkaban


En el instante que Kingsley comenzó a escribir la nota, Harry salió apresurado en busca de la jefa encargada de los Trasladores, Rita Skeeter, ya que en otra ocasión, ella le había otorgado uno. Ahora precisaba uno para poder llegar hasta Azkaban, pero la muy «periodista» no aparecía.
Aturdido todavía por los tragos de la fiesta y la comida que le había preparado Ginny, Harry se tropezó por el camino con Ron:
— ¿Has visto a Skeeter? No la he podido encontrar desde hace 30 minutos…—dijo Harry alterado.
—Esa bruja loca debería estar en su oficina, o tratando de sacar algún chisme de cualquier lado. —dijo Ron entre risas.
Siguieron caminando juntos por los largos pasillos del ministerio hasta que se toparon con Rita.
—Por fin, ¿en dónde te habías metido? —exclamó Harry furioso.
—Estuve ayudando un poco a Cattermole con unas documentaciones. —dijo Skeeter asustada.
—Está bien, no necesito tantas explicaciones —dijo Harry un poco más calmado—. Necesito un traslador directo a Azkaban. Es urgente.
—De acuerdo.
La bruja se dirigió muy a prisa hacia su oficina mientras Harry volvía a la suya para enviar una carta a Hogwarts informando que debía hablar con la directora.
No pasaron ni diez minutos en que un mensaje interdepartamental llegara a su oficina diciendo que ya estaba listo su traslador.
Potter fue directamente a la oficina de Trasladores y se encontró con automóvil de juguete.
— ¿Es este? —preguntó. La bruja solo asintió con la cabeza.
—Gracias —dijo el mago y desapareció.
Lo primero que hizo Harry cuando apareció en Azkaban fue empuñar su varita, solo por precaución, prácticamente era un reflejo en él. Fue de inmediato que las puertas de la prisión se abrieron y por ellas apareció el encargado sumamente furioso.
— ¿Quién anda ahí? —exclamó fuertemente el hombre.
—Harry Potter, jefe del Departamento de Aurores del Ministerio de Magia. Informé sobre mi llegada a Azkaban ¿y así me reciben? —pronunció con rabia al sujeto. De verdad estaba furioso, y lo peor era que Ginny lo regañaría por estar ausente en su propio cumpleaños.
—Lo siento mucho señor Potter, mis superiores no me habían notificado nada sobre su visita. ¿Qué lo trae por aquí?
—He venido a hacerle unas preguntas a un prisionero, por ahora necesito que me guíes con alguien que pueda ayudarme.
—Claro, lo llevaré con el señor Calius, él sabe la ubicación de todos y cada uno de los reclusos.
Harry entró en la prisión con su guía hasta el departamento donde se situaba Calius durante su turno vespertino. Los amplios corredores eran lo más tétrico que había visto, era como si alguien viviera en el Bosque Prohibido. Las paredes estaban repletas de un lodo por la falta de limpieza. Debido a las pocas antorchas que iluminaban el camino, Harry utilizaba el encantamiento Lumus para poder visualizar mejor donde caminaba.
—Aquí es señor Potter.
—Gracias señor… —se quedó esperando que el hombre le dijera su nombre.
—Dígame Ernie, señor.
El hombre dio media vuelta y volvió por sus pasos camino a la entrada de Azkaban.
Harry quedó parado frente a un gran arco por el cual podía verse a un hombre sentado sobre su escritorio tomando café. Pidió permiso para pasar, se presentó ante el extraño que tenia de frente.
— ¿Usted es el señor Calius?
—En efecto, señor Potter. Recibimos su carta hace dos minutos, no nos dio tiempo a que le informemos a Ernie sobre su visita.
—Descuide, no ha sido para tanto.
—Bueno, en su carta explicitaba que quiere hacerle unas preguntas a un prisionero —dijo Calius con un tono más serio.
—Sí, necesito ver a Circe, una joven que trajimos hace un tiempo atrás… sin magia para ser exactos.
—La recuerdo bien. Sígame, por favor.
Calius estaba algo encorvado, a pesar de no ser muy viejo. Llevaba un farol para iluminarse y la varita colgada en un cinturón. Siguieron caminando, subiendo escaleras, hasta que llegaron a un corredor silencioso, Harry no podía entender por qué.
— ¿Por qué está todo muy tranquilo aquí?
—Hemos colocado barreras mágicas para bloquear los gritos, encantamiento similar a Muffliato —explicó Calius.
En un momento, el guía giró a la izquierda y siguió adelante hasta frenarse en una extraña puerta de plata. Tenía unos Dementores grabados, además de unas inscripciones antiguas que Harry desconocía.
—Aquí es, última puerta del pasillo seis. Cuando termines, golpee la puerta dos veces.
Harry entró muy lentamente por la puerta de plata. Era un cuarto oscuro con una diminuta ventana por la cual dejaba circular el aire. A lo lejos, en uno de los rincones del fondo de la habitación, estaba sentada una chica. Tenía un aspecto sepulcral, psicótico, era demasiado delgada, estaba pálida con un pergamino. En el momento en que entró Harry, ella se volteó a observarlo.
—Hola Circe, tanto tiempo… —dijo Harry muy despacio. El aspecto era el de una anciana sin arrugas. Las ojeras casi le llegaban a los pómulos y el pelo lo tenía quebradizo.
—Buenas noches señor Potter, bueno, aquí dentro no se sabe distinguir entre el día y la noche. Para mí siempre está todo oscuro.
—Tú te lo has ganado. Nos diste muchos problemas… y creo que estas involucrada en algo que está por venir.
— ¿De qué hablas? —las palabras de Circe llegaban a Harry en un tono demasiado pasivo. Era como si estuviera dormida o algo.
—He estado encerrada aquí desde que me arrebataste mi magia. —dijo la joven subiendo un poco el tono.
—Dime lo que sabes sobre los TotenEssen y Dakerov… —exigió Harry
— ¿Los toten qué? Sea lo que sea lo que esté buscando aquí no lo encontrará. Lo de Dakerov lo debes recordar bien, Potter.
— ¿Dakerov pudo haber estado involucrado en algo más? Recuerda que si cooperas podrías acortar tu tiempo en este horrendo sitio.
—No tengo idea —dijo como para terminar la conversación y se acurruco en el suelo.
—Bueno, cuando tengas ánimo para hablarme sobre lo que te he preguntado házmelo saber. Hasta luego.
Terminó de hablar Harry, se dirigió hacia la puerta y cuando la estaba abriendo se oyó:
«Eso solo es el principio, Potter. Lástima de ti, tus amigos y tus hijos»
Harry se detuvo en el marco de la puerta de plata sosteniendo la perilla mientras Calius lo esperaba afuera. Este le preguntó el motivo de su extraña reacción, pero Harry solo quería regresar al ministerio.
— ¿Que ha sucedido allí?
—Nada en realidad… Hasta yo esperaba un poco más de ella, por un momento pensé que cedería y me diría algo. Lo único que tengo es que algo terrible está por venir. —dijo preocupado.
Por el pasillo se acercó Ernie.
— ¿Se retira señor Potter? Lo acompaño hasta la puerta, he guardado su “lujoso” traslador —dijo el empleado con tono irónico.
—Están todos muy chistosos hoy día —dijo Harry soltando una risa. Se había relajado un poco. Al parecer Circe era inocente.
—Un gusto haberlo conocido personalmente señor Potter. —dijo Calius.
Harry levantó su brazo para saludarlo y continuó su camino hacia el ministerio, sin imaginar que volvería allí desesperado.

3
Sorpresa


Solo de pensar cómo se enojaría Ginny por no estar presente en su propio cumpleaños Harry sentía escalofríos. Aunque seguía conservando su ternura de siempre, los años y las circunstancias la habían hecho fuerte, de un temperamento difícil.
Harry tomó un traslador desde Azkaban y cuando apareció en el Ministerio se sostuvo por un instante de la viga de una pared cercana ya que se sentía algo mareado. Esperaba encontrar a su esposa, pero a esa hora en el Ministerio la única compañía eran los aurores de guardia y una nota:
«Espero que todo esté bien, pero no te salvas de faltar a tu propio cumpleaños Harry Potter.
Con amor, Ginny. »
La letra elegante de Ginny logró arrancarle una sonrisa. ¡Cuánto la amaba, y a sus hijos; por fin tenía una familia, amigos, todo lo que siempre soñó! Hacía muchos años que un día como aquel, de su cumpleaños, su vida había dejado de ser gris. En esa época se preocupaba por vestir la ropa vieja y gigante de Dudley, y vivía junto a los Dursley.
Lo último que supo de ellos fue que tío Vernon había muerto, ya de viejo; que tía Petunia había regresado a su perfecta casa de Privet Drive, y su primo se había casado con Eleonor una joven simpática que conoció en la universidad mientras estudiaba administración y ella derecho. Dudley no tenía hijos varones, solo una hermosa niña, Samanta, quien tendría ya unos diez u once años, los mismos que él tenía cuando todo su mundo cambió, cuando se enteró que no estaba solo, que tenía personas preocupadas porque él estuviese bien.
Fue inevitable pensar en las muchas personas se sacrificaron por él: su padre protegiéndolo; su madre dando la vida para que él viviera; Hagrid, quien siempre estuvo pendiente de cualquier cosa que pudiese necesitar… El corazón de Harry se estremeció al recordar que su padrino murió por protegerlo, que Dobby incumplió la promesa de no salvarle la vida, y una lágrima cayó cuando vino a su mente todo lo que vivió al lado de Dumbledore, lo que aprendió junto a él; Snape, a quien había juzgado tan mal, pero solo quería salvarle la vida, por el amor que aún le tenía a su madre.
«Era un gran hombre» pensó.
Ellos ya no estaban para protegerlo o ayudarlo, ahora él era jefe del departamento de aurores, él ahora tenía la responsabilidad de velar por la seguridad de sus seres queridos, sin importar qué tuviera que sacrificar, así fuera su propia vida como hicieron muchos en el pasado.
«Este cumpleaños me pone nostálgico»
Sin embargo, solo necesitaba unos minutos de soledad para recordar en silencio a todos los que habían hecho posible que cumpliera un año más de vida, pero que no podrían visitarlo. Cuando más absorto estaba en sus pensamientos se abrió la puerta de la oficina y Harry pegó brinco de la silla. Hermione entró, muy alegre. Al parecer el Ministerio no estaba tan desolado como creía.
—Hola Harry. ¿Cómo está todo?
—Bien, todo en orden —no quería preocupar a su amiga suficiente tenía con el malestar que de seguro tendría Ginny.
— ¿Aun crees que soy una niña? —preguntó Hermione frunciendo el ceño en señal de desagrado, por la evidente mentira.
Harry tendría que distraerla con algo, y rápido, no quería la típica cantaleta que le proporcionaba Hermione desde que eran niños, así que pregunto:
— ¿Dónde está Ron?
Como atraído por las palabras de Harry, Ron hizo su entrada a la oficina.
—Hola Harry, hola amor. —con un pequeño beso el pelirrojo saludó a su esposa, y para Harry fue un poco incómodo porque a pesar de los años nunca se acostumbró por completo.
—Tenemos que hablar Harry —dijo Ron con tono de preocupación.
—Sí, también tengo que contarte cosas. — la cara de Hermione se puso roja de la ira y dijo casi gritando:
—Ustedes dos no se atrevan a ocultarme algo. Ronald Weasley, dime en este instante que está pasando.
La cara de Ron se tornó pálida como el papel, haciéndolo acercase a Harry.
—Harry Potter, no se te ocurra decirme que no es nada —dijo la señora Weasley dando pasos a donde estaban ellos haciéndolos retroceder hasta que se encontraron con la pared, en ese instante Harry, decidió hablar.
—Creo que algo se avecina, algo oscuro.
—Pienso lo mismo —se apuró a decir Ron— las fugas en Alemania no cesan, pero Hermione no quiero que te involucres en esto, es peligroso, no quiero que te pase lo de la última vez
Todos recordaban el suceso con Circe y no se atrevían a mencionarlo.
—Ronald, la última vez, pensé que habías muerto, eres el que menos debe hablar de eso, así que pónganme al tanto de la situación. —Al decir con suavidad esto los miró a los dos—. Quiero la verdad ahora, no se los estoy pidiendo, se los exijo.
Harry y Ron le comentaron de las fugas, y de su encuentro con Circe, ella puso atención a cada una de sus palabras, y luego intervino Ron
—Creo que deberíamos convocar a una reunión urgente, le enviaré una lechuza a Hannah para que prepare todo, ¿te parece Harry?
—Sí, pero primero iré a Hogwarts, tengo que hablar con McGonagall.
—Yo no poder asistir, esta parte la dejo en sus manos, tengo que hacer un viaje —dijo Hermione
— ¿Un viaje? Amor, no me habías comentado nada…— dijo Ron.
—Sí, son asuntos de la Orden. Neville me pidió unas plantas mágicas sumamente raras, él no se puede desplazar, así que iré yo.
Harry notó algo raro en la respuesta de Hermione, pero decidió darle el beneficio de la duda.
—Esto es más importante —intervino él.
—Lo sé, pero confío en ustedes, confío en que me mantendrán informada. Además solo va hacer unos días.
—Bueno chicos —dijo Harry quitándose las gafas para limpiarlas— creo que mejor me voy a casa, Ginny debe estar furiosa.
—Harry —dijo Hermione mirándole a los ojos—no dejes que el trabajo te haga perder a Ginny. Ella te ama, pero no puedes siempre poner por delante el trabajo.
Harry escuchó el consejo en silencio y asintió.
***
Cuando llegó a casa solo estaba despierta Ginny.
—Los niños se quedaron esperando para darte su regalo.
Harry se sintió culpable. De seguro le habían preparado algo muy bonito y él lo había desperdiciado por estar en el trabajo.
—Lo siento.
—No te disculpes, amor. Te queremos mucho, y entendemos que lo que haces es importante. Solo que a veces nos sentimos un poco desplazados por el Departamento de Aurores.
El rostro de Ginny reflejaba cierta ternura, y Harry la besó.
—Feliz cumpleaños.
—Ustedes son el mejor regalo que tengo —dijo Harry y la abrazó.
—Lo sabemos —respondió ella sonriente—, sin embargo creo que tengo algo para ti que te va a encantar. Cierra los ojos…
Harry cerró los ojos y a los pocos segundos Ginny le ordenó que los abriera. Ella sostenía un sobre.
—Esto llegó hoy en la mañana, después de que fueras al trabajo.
— ¿Una carta?
Harry tomó el pedazo de papel. De seguro era una amenaza de los TotenEssen, el grupo de magos oscuros de Alemania que se habían escapado de Nurmengard. No sintió, sin embargo, presencia mágica alguna en el papel. Era de lo más ordinario que había tocado jamás.
Con sumo cuidado volteó el sobre y, al ver el remitente, cayó sentado en el sofá cercano.
—No te lo esperabas, ¿verdad? —dijo Ginny, sonriendo.
—Es una carta de mi primo Dudley —logró decir Harry, aun asombrado y, con un pase de varita, abrió el sobre.

Capítulo 4
La Carta, El alguacil, La huida


Recibir una carta de Dudley era algo que definitivamente Harry no esperaba. Preocupado por lo que pudiera decir, o por si era una trampa, decidió abrirla con el mayor cuidado posible.
Querido Harry:

Muchas felicidades por tu cumpleaños, espero que a pesar de nuestro pasado no hayas pensado en quemar esta carta usando tus trucos. Intenté que mi madre te saludara, pero sigue dolida por lo de mi padre, que en paz descanse. Hay una razón, además de tu cumpleaños para que escriba esta carta, Samantha ha sido aceptada en esa escuela que ustedes llaman Hogwarts y ya sabes lo que eso quiere decir. Aún no se lo hemos dicho a mi madre, Eleonor cree que sería capaz de quemarla viva y para serte sincero, soy de la misma opinión. La chica se lo ha tomado con bastante calma, aunque creemos que sigue triste por lo de su abuelo. En fin, me gustaría que nos juntáramos, solo dime donde y cuando y ahí estaré.
D.

— ¿Qué ocurre amor? —preguntó Ginny al ver la cara de perplejidad de su esposo.
—Al parecer Samantha, la hija de Dudley, es una hechicera—respondió Harry, tomando un trozo de papel y una pluma.
—Increíble —exclamó Ginny— ¿No se supone que era imposible?
—Realmente por la parte de mi familia sí era difícil, pero esta chica, Eleanor, no sabemos que antecedentes hay en su familia.
«Estaremos en contacto» escribió Harry. Por mucho que quisiera hablar con su primo no tenía tiempo para planear una reunión.
A la mañana siguiente, mientras desayunaba, apareció Lily Luna en la cocina sosteniendo una bludger:
—Hola papi. ¡Mira el huevo de xonda que ha aparecido en el patio esta mañana!
—Mi amor —dijo Ginny mientras movía la varita para terminar unos huevos revueltos— eso es una bludger.
—Eso me dijo Albus —respondió Lily, derrotada—, ¿podrían decirle que tengo la razón? Es que siempre lo sabe todo… Salió a la tía Hermione.
«Salió a Dumbledore» pensó Harry y sonrió, llevándose una taza de té con leche a los labios.
Luego llegó James y tomó una tostada del plato que Ginny ponía con esmero. La madre le propinó un manotazo suave:
—Todavía no se han hecho.
—Hola papá —dijo James. De no ser por lo ordenado que siempre llevaba el cabello, podría pensarse que era el mismísimo Harry Potter que no había envejecido— ¿qué se siente tener 42 años?
En ese instante apareció un Jack Russell plateado en medio de la habitación, el patronus de Ron.
—Necesitamos que vuelvas —fue lo único que dijo el animal con la voz de su amigo.
—Tengo que irme —dijo Harry poniéndose en pie.
—Pero Harry…—comenzó a regañarlo Ginny.
—Hablaremos luego —un beso de despedida a ella y sus hijos y desapareció en los polvos flu de la chimenea. A medida que aparecía entre llamas en el ministerio, recordaba las palabras de Hermione y se sintió arrepentido de haber dejado a Ginny en casa.
Una vez dentro, se enfiló a la oficina de Kingsley, no sin antes saludar a cuanto mago se tropezaba en el camino.
—Harry, gracias por venir tan rápido —dijo Kingsley al verlo entrar a la oficina.
Allí estaba además Ron. Se las arreglaba para siempre llegar antes que él en los casos de emergencia. Seguro Hermione le hacía unos rápidos hechizos de aparición.
—No hay de qué señor Ministro —respondió Harry.
—Tenemos un problema —le dijo Ron—. Usamos un hechizo recientemente implementado en Azkaban, que pude identificar rastros de prisioneros. Había una huella en la carta que los TotenEssen
— ¿De quién es? —preguntó Harry.
—De Circe —respondió Kingsley.
—Vamos entonces a buscarla —exclamó Harry ante la poca iniciativa del grupo.
—No es tan simple —dijo Ron—. Es demasiado obvio, debieron incriminarla.
—Es por eso que iremos a interrogarla —dijo Kingsley acercando una bota vieja.
Al momento en que los tres ponían un dedo, Harry sintió que otra mano rozaba la suya y se posaba sobre el traslador, miró hacia el lado y vio una larga cabellera rojiza.
—Esta vez no te vas a ir sin mí señor Potter —exclamó Ginny al comenzar a girar.
***
Al entrar a la celda de Circe los hermanos Weasley hicieron guardia en la puerta, hablando con Calius y Ernie, mientras Harry y el Ministro hablaban con la prisionera.
— ¿A qué debo su visita? —preguntó Circe desde las sombras. Estaba igual de demacrada que el día anterior. Su voz continuaba denotando oscuridad de quien no quiere seguir viviendo.
—Ahorrémonos las molestias y dinos que sabes de los TotenEssen —exclamó al instante Harry, aún enojado por la presencia de su esposa en el lugar.
— ¡Ahh! Entonces lo saben —dijo Circe— Supongo que vinieron a llevárselo.
—No sé de qué estás hablando— exclamó Kingsley.
—Pues tal vez deberías conocer a la gente que pones a custodiar a los criminales —dijo Circe como si nada– Puedo ayudarlos, sin embargo sin magia no hay mucho que pueda hacer.
— ¿De quién hablas?— preguntó Harry.
—De aquel que sembrará el terror en sus vidas, alguien que solo podrán vencer con mi ayuda —exclamó Circe—. Una vez que él sea derrotado, será más fácil derrotar a La Destructora.
— ¿Sabes quién es? —preguntó Kingsley.
—Rufar —dijo simplemente Circe.
Corrieron a la oficina del alguacil de Azkaban, Silka Rufar. Estaba en su escritorio con por lo menos veinte varitas en las manos las cuales hizo desaparecer inmediatamente.
— ¿Qué tal caballeros? —saludó Rufar nervioso.
En las pocas visitas que había hecho Harry a Azkaban, Rufar siempre se había mostrado amable, pero desde hacía unos meses nunca recibía a los representantes del Ministerio. Se decía que había muerto un familiar suyo muy querido, y por eso estaba encerrado todo el día en la oficina.
Harry, Kingsley, Ginny y Ron sacaron sus varitas por precaución. Igual lo que Circe había dicho podría ser mentira. Sin embargo, al ver que todos sacaban su varita, el jefe de Azkaban hizo lo mismo.
—Vas a caer Potter —gritó Rufar en un ataque de locura— ¡TotenEssen!
Entonces todo fue caos: escucharon las rocas y murallas romperse y rápidamente cayeron al suelo con heridas de diferente gravedad.
Ante la visión de Silka Rufar desapareciendo, Harry y sus amigos quisieron desaparecer, sin embargo al parecer no se les estaba permitido. La isla completa caía en pedazos a las aguas y ese parecía ser su destino también, entonces se dieron cuenta de que los prisioneros desaparecían, lo cual les dio a suponer que las varitas habían parado en sus manos y que conocían algún poderoso hechizo de desaparición.
—Al parecer no iremos a Hogwarts, Harry —exclamó Ron intentando hacer parecer cómica la situación.
En ese momento al menos diez prisioneros aparecieron frente a ellos y los atacaron. Estaban en clara desventaja, sin embargo todos murieron aplastados por una roca que una chica rubia tiró del segundo piso.
— ¿Circe? —exclamó Calius.
—Vengan y escóndanse —gritó Circe enojada. Estaba herida, pero lucía una expre3sión triunfal. Hicieron caso rápidamente a sus instrucciones y treparon junto a ella.
— ¿Alguna idea Potter antes de morir ahogados? —exclamó Circe. Señaló entonces al cielo, por un hoyo gigantesco que había en la pared. Flotaban algunos magos demacrados, y apuntaban con sus varitas al océano.
— ¿Qué hacen? —preguntó Ginny.
—Un hechizo conjunto. Son trece magos. Hacen un aquelarre —respondió Harry.
Circe ahogó una carcajada.
—Parece que vamos a morir —exclamó, risueña.
Rufar apareció de pronto en el hueco de la pared, los miró e hizo una seña a los magos que flotaban tras él.
Todos levantaron las varitas al unísono y e en forma del mar se elevó, adquiriendo la forma de un águila bicéfala.
Harry pensó rápidamente en la única persona o ser viviente qué parecía ser capaz de salvarlos en esa situación.
—¡Kreacher! —gritó Harry al aire. La criatura apareció, lucía aún más viejo que la última vez que Harry lo viera.
—El amo está en problemas —exclamó Kreacher—. Kreacher lo salvará, muy a su pesar.
Entonces un haz de luz morada atravesó el aire hacia Kreacher, pero Circe, ante el asombro de todos los presentes, se interpuso en su camino. En el instante en que Circe tocó el suelo herida, Ginny y Kingsley lanzaron un potente hechizo reductor que hizo caer al atacante: Rufar.
Todos se agarraron a Kreacher y Kingsley agarró a Circe antes de desaparecer. La desaparición oprimió a Harry como nunca antes, se mezclaron los cuerpos en espiral y la oscuridad los rodeó por una sofocante fracción de segundo.
Cuando el aire llenó los pulmones de Harry, supo que había funcionado.
Harry agradeció a Kreacher, e intentó aprovechar la oportunidad para liberarlo.
—Ya lo ha intentado otras veces, pero Kreacher es feliz sirviendo. Aunque sea a malas sangres como usted y sus amiguitos.
Con un «plop», el elfo desapareció.
Se cercioró de que todos estaban bien. Ginny ayudaba a Circe a ponerse en pie, aunque todavía parecía guardarle cierto rencor. Kingsley le curaba la herida a la rubia y Ron la miraba con cara de pocos amigos.
Por el momento, Harry decidió quedarse en silencio analizando la situación. Los TotenEssen habían resultado ser un aquelarre, una formación peligrosa de magos, con un poder casi infinito.
Rufar había reunido a trece magos oscuros y poderosos, por supuesto. Antes de ser jefe de Azkaban, estuvo dirigiendo Nurmengard, así que sabía cuáles eran las fallas de la seguridad en ambas prisiones mágicas. Habló con los magos oscuros sobre el aquelarre y, a pesar de los peligros que entrañaba, aceptaron porque el precio de la libertad nunca será lo suficientemente alto como para negarse a tomarla.
Circe miró a Harry complacida. El aquelarre necesitaba oponentes fuertes y, salvo Kingsley, Harry no conocía ningún mago tan poderoso como la rubia que les había salvado la vida hacía unos minutos.
Sin magia, Circe no era nadie; pero dentro de Harry comenzó a forjarse una idea: devolverle los poderes.

Espero que les haya gustado la primera parte. Les informo que los capitulos que siguen todavia no estan hechos, y a medida que vayan estando, voy a ir publicandolos. NO SE OLVIDEN DE DEJAR PUNTOS PORFA!!!

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