Uno de los más famosos biógrafos de Jesús, minucioso en su empleo de los textos bíblicos, y en el uso crítico de su vastísima cultura clásica general, fue el francés Ernest Renan (1823-1892). Es bien sabido que su Vida de Jesús (1863) despertó severas objeciones, por su rechazo a considerar los aspectos milagrosos como objeto del historiador. Sin embargo, su rigor científico en punto a las reconstrucciones, no merece mayores reparos en general. Escuchemos su versión de estos sucesos (París, Calmann-Lévy, 1925, pp 420/421, traducción nuestra del francés): “Pilato se creyó obligado a hacer alguna concesión; pero, hesitando aún de derramar la sangre para satisfacer a gente que detestaba, quiso tornar la cosa en comedia. Afectando reírse del título pomposo que le daban a Jesús, le hizo azotar (Mat., 27,26; Marc., 15,45; Juan, 19,1). La flagelación era la preliminar ordinaria del suplicio de la cruz (Josefo, La guerra de los judíos, 2,14,9; 5,11,1; 7,6,4; Tito Livio, 33,36; Quinto Curcio, 7,11,28). Puede ser que Pilato quisiera dejar creer que esta condena ya estaba pronunciada, esperando que bastaría la preliminar. Entonces tuvo lugar, según todas las versiones, una escena repulsiva. Los soldados pusieron sobre la espalda de Jesús un manto rojo, sobre su cabeza una corona formada de ramas espinosas, y un bastón en su mano. Así ataviado lo llevaron a la tribuna, de cara al pueblo. Los soldados desfilaban delante de él, lo abofeteaban cada cual a su turno, y decían, arrodillándose, salud, rey de los judíos (Mat. 27,27 y ss; Marc. 15,46 y ss; Luc. 23,11; Juan 19,2 y ss). Otros escupían sobre él y golpeaban su cabeza con el bastón”. Hasta allí, la versión evangélica. Pero Renan, conocedor de la civilización latina, se apresura a agregar: “Difícilmente se comprende que la gravedad romana se haya prestado a actos tan vergonzosos. Es verdad que Pilato, en calidad de procurador, no tenía más que tropas auxiliares bajo sus órdenes (ver Renier, Inscripciones romanas de Argelia, n° 5, fragmento B. La existencia de esbirros y de verdugos extranjeros en el ejército, sólo se muestra claramente más tarde. Sin embargo, ver Cicerón, Sobre Verro, II, varios pasajes, y las Epístolas al hermano Quinto, I,1,4). Los ciudadanos romanos, como eran los legionarios, no hubiesen descendido a tales indignidades”. O sea que los Evangelios de ninguna manera narran las atroces escenas que Mel Gibson pone al aire. Dos de ellos (Mateo y Marcos) dan a entender que se trató de la mera flagelación de rigor para debilitar al condenado a la cruz. Terrible y cruel, sin dudas, pero nada que ver con el cuadro del filme. Lucas y Juan la presentan como un escarmiento (en el primero de ellos, parecería ni siquiera haberse llevado a cabo finalmente). Pero sin ninguno de los caracteres sádicos y atroces de la película. E incluso respecto de las burlas de la soldadesca, en las que sí coinciden los cuatro textos, Renan se permite sus serias dudas, que yo comparto plenamente. Con tanta mayor razón, todo lleva a pensar que los legionarios cumplieron con la flagelación, porque era su triste deber militar, pero sin odio añadido (que difícilmente lo tuvieran). Tal vez burla, sorna para con ese pueblo tan extraño de profetas y ungidos, un Dios solo e invisible, y sacerdotes celosos, tan diferente de Roma y de Grecia. Pero una cosa son chanzas e insultos, aún duros y violentos, y otra, muy otra, la pintura gibsoniana. Nótese que Renan se hace cargo de la hipótesis, que desde época temprana plantearon los estudiosos, asombrados ante semejantes conductas en legionarios del Principado temprano, de que las tropas de Jerusalén estuvieran compuestas de provinciales, no de romanos ni italianos. Es una posibilidad, como se ha visto, muy discutible. Pero lo cierto es que Mel Gibson la ha descartado de cuajo, porque pone a los legionarios, con uniforme de tales, hablando entre sí en latín, que no era el idioma de los sirios (que, en el mejor de los casos, hubieran empleado el griego). Es cierto, se dirá, que le inventa al oficial de confianza de Pilato el nombre semita de Abenader, como dando a entender que no es romano. Pero tan alambicada elucubración cae por la base, porque, en todo caso, ese Abenader resulta ser el único militar que se interpone en defensa del Cristo, y hace cesar su ordalía... ¿De dónde sacó Gibson esta escena, de lejos la más espeluznante (y taquillera) de su festival de terror? La respuesta la debo a mi querida amiga (y madrina de bautismo, además), la hermana franciscana seglar Silvia Tosti, que me llamó la atención sobre un libro llamado Jeschua, y subtitulado, nótese por favor, “Pensamientos sobre la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo”. Es decir, que se trata, como su autor lo confiesa sin tapujos, de “pensamientos”, no de un trabajo historiográfico, ni con pretensiones de ajustar reconstrucciones a los hechos tal cual fueron. Se trata de meras disquisiciones (“Bilder und Gedanken”, dice el original alemán, "imágenes y pensamientos". Sólo eso... Su autor es un tal Paul Spülbeck, de quien, debo admitirlo, desconozco más datos. En el buscador Google, el más potente del mundo (hasta yo estoy), con ese nombre sólo aparece un personal trainer, que no debe ser el mismo, calculo. El libro está datado en Buenos Aires, en 1996, pero sin mención de editorial (dice: “IMPRESO COMO MANUSCRITO”). Lleva el “puede imprimirse” de Monseñor Jorge Novak, obispo de Quilmes (Provincia de Buenos Aires), con fecha 31 de diciembre de 1996 (es decir que la edición ha de ser, por lo menos, de 1997). Me da mucha tristeza que un prelado consustanciado con la lucha por los derechos humanos, cristiano cabal, soldado de la confraternidad entre los hombres y los credos, haya otorgado su imprimatur a una obra donde se dicen cosas como ésta: “Recaiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos. Esto debía significar: si el Nazareno es inocente, si se ha de derramar sangre inocente, entonces que Dios exija de nosotros esa sangre como venganza y castigo sobre nosotros y nuestros hijos. El Cielo ha escuchado la maldición del pueblo. La terrible automaldición se cumplió. Cuarenta años tuvo paciencia Dios con este pueblo enceguecido y dio tiempo para la conversión y la reparación. Los apóstoles obraron en nombre de Jesús grandes milagros y signos y con sus prédicas estimularon al pueblo judío a un cambio interior, pero sólo pocos volvieron en sí; sólo unos pocos abrazaron la fe en el Hijo de Dios. La gran masa del pueblo permaneció empedernida. Así llegó el año 70d.C. y un día cayó la orgullosa y magnífica ciudad con el Templo en escombros y cenizas, elevándose el sol rojo de sangre sobre las humeantes ruinas”, y sigue (pp 130 y ss.). Spülbeck relata entonces su versión, notablemente anti-histórica, de la Guerra Judaica (leer un poquito a Flavio Josefo no le hubiera hecho daño, pero él no cita fuentes...). Se lo nota indudablemente feliz, porque su dios (que no me parece ser el mismo mío) se ha vengado a muerte y fuego sobre esos pérfidos hebreos. Y concluye, en un verdadero clímax: “Nunca ha sido pronunciada una maldición tan terrible, y jamás una maldición se ha hecho realidad tan literalmente. Si aquellos que gritaron en aquella mañana junto al Lithóstrotos hubieran podido ver cuarenta años hacia adelante, se les hubiera helado la sangre en sus venas” (p 132).
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