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Anarquía por Errico Malatesta

Info9/13/2013




LA ANARQUÍA Y EL MÉTODO DEL ANARQUISMO
Errico Malatesta


LA ANARQUÍA


ANARQUÍA Y DESORDEN


La palabra anarquía proviene del griego y significa sin gobierno; es decir la vida de un pueblo que se rige sin autoridad constituida, sin gobierno.

Antes que toda una verdadera categoría de pensadores haya llegado a considerar tal organización como posible y como deseable, antes de que fuese adoptada como objetivo por un movimiento que en la actualidad constituye uno de los más importantes factores en las modernas luchas sociales, la palabra anarquía era considerada, por lo general, como sinónima de desorden, de confusión, y aún hoy mismo se toma en este sentido por las masas ignorantes y por los adversarios interesados en ocultar o desfigurar la verdad.

No hemos de detenernos a profundizar en estas digresiones filológicas, por cuanto entendemos que la cuestión, más bien que de filología, reviste un marcado carácter histórico. El sentido vulgar de la palabra no desconoce su significado verdadero, desde el punto de vista etimológico, sino que es un derivado o consecuencia del prejuicio consistente en considerar al gobierno como un órgano indispensable para la vida social, y que, por tanto, una sociedad sin gobierno debe ser presa y víctima del desorden, oscilante entre la omnipotencia de unos y la ciega venganza de otros.

La existencia y persistencia de este prejuicio, así como la influencia ejercida por el mismo en la significación dada por el común sentir a la palabra anarquía, se explican fácilmente.
De igual modo que todos los animales, el hombre se adapta, se habitúa a la condiciones del medio en que vive, y por herencia transmite los hábitos y costumbres adquiridos. Nacido y criado en la esclavitud, heredero de una larga progenie de esclavos, el hombre, cuando ha comenzado a pensar, ha creído que la servidumbre era condición esencial de vida: la libertad le ha parecido un imposible. Así es como el trabajador, constreñido durante siglos a esperar y obtener el trabajo, es decir, el pan -de la voluntad, y a veces del humor de un amo, y acostumbrado a ver continuamente su vida a merced de quien posee tierra y capital, ha concluido por creer que era el dueño, el señor o patrono quien le daba de comer. Ingenuo y sencillo, ha llegado a hacerse la pregunta siguiente: "¿Como me arreglaría yo para poder comer si los señores no existieran?".

Tal sería la situación de un hombre que hubiese tenido las extremidades inferiores trabadas desde el día de su nacimiento, si bien de manera que le consintiesen moverse y andar dificultosamente; en estas condiciones podría llegar a atribuir la facultad de trasladarse de un punto a otro a sus mismas ligaduras, siendo así que estas no habrían de producir otro resultado que el de disminuir y paralizar la energía muscular de sus piernas.

Y si a los efectos naturales de la costumbre se agrega la educación recibida del mismo patrón, del sacerdote, del maestro, etc. -interesados todos en predicar que el gobierno y los amos son necesarios, y hasta indispensables-; si se añaden el juez y el agente de policía, esforzándose en reducir al silencio a todo aquél que de otro modo discurra y trate de difundir y propagar su pensamiento, se comprenderá cómo el cerebro poco cultivado de la masa ha logrado arraigar el prejuicio de la utilidad y de la necesidad del amo y del gobierno.

Figuraos, pues, que el hombre de las piernas trabadas, de quien antes hemos hablado, le expone el médico toda una teoría y le presenta miles de ejemplos hábilmente inventados, a fin de persuadirle de que, si tuviera las piernas libres, le sería imposible caminar y vivir; en este supuesto, el individuo en cuestión se esforzaría en conservar sus grillos o ligaduras, y no vacilaría en considerar como enemigos a quienes desearen desembarazarse de ellos.


Ahora bien, puesto que se ha creído que el gobierno es necesario, puesto que se ha admitido que sin gobierno no puede haber otra cosa sino confusión y desorden, es natural y hasta lógico que el término anarquía, que significa la ausencia o carencia de gobierno, venga a significar igualmente la ausencia de orden.

Y cuenta que el hecho no carece de precedentes en la historia de las palabras. En las épocas y países donde el pueblo ha creído necesario el gobierno de uno solo (monarquía), la palabra república, que significa el gobierno de la mayoría, se ha tomado siempre como sinónima de confusión y de desorden, según puede comprobarse en el lenguaje popular de casi todos los países.

Cambiad la opinión, persuadid al público de que no sólo el gobierno dista de ser necesario, sino que es en extremo peligroso y perjudicial... y entonces la palabra anarquía, justamente por eso, porque significa ausencia de gobierno, significará para todos orden natural, armonía de necesidades e intereses de todos, libertad completa en el sentido de una solidaridad asimismo completa.

Resulta impropio decir que los anarquistas han estado poco acertados al elegir su denominación, ya que este nombre es mal comprendido por la generalidad de las gentes y se presta a falsas interpretaciones. El error no depende del nombre sino de la cosa; y la dificultad que los anarquistas encuentran en su propaganda, no depende del nombre o denominación que se han adjudicado, sino del hecho de que su concepto choca con todos los prejuicios inveterados que conserva el pueblo acerca de la función del gobierno o, como se dice de ordinario, acerca del Estado.




EL ESTADO


Antes de seguir adelante será conveniente que nos expliquemos acerca de esta palabra, la cual, en nuestro concepto, es causa verdadera de muchas confusiones.

Los anarquistas, y entre ellos nosotros, se han servido generalmente de la palabra Estado entendiendo por ella el conjunto de todas las instituciones políticas, legislativas, jurídicas, militares, financieras, etc., por medio de las cuales se arrebata al pueblo la gerencia de sus propios asuntos, la dirección de su propia seguridad, confiándolas a algunos que, por usurpación o por delegación, se hallan investidos del derecho de legislar sobre todo y para todos y de forzar al pueblo a respetarlos, valiéndose del apoyo que les presta el poder de todos.

Según esta interpretación, la palabra Estado quiere decir gobierno o bien la expresión impersonal, abstracta, de aquel estado de cosas que el gobierno personifica. En este caso, las expresiones abolición del Estado, sociedad sin Estado, etc., responden exactamente al concepto que los anarquistas quieren significar de destrucción de todo orden político basado en la autoridad y de constitución de una sociedad de hombres libres e iguales, basada en la armonía de los intereses y en el concurso voluntario de todos al cumplimiento de los deberes y cuidados sociales.

Pero la palabra Estado tiene otros muchos significados, entre los cuales algunos se prestan al equivoco, mucho más cuando se trata con hombres cuya triste posición social no les ha dejado acostumbrarse a las delicadas distinciones del lenguaje científico, o, peor aún, cuando se trata con adversarios de mala fe, que tienen interés en confundirlo todo y en no querer entender nada.

La palabra Estado se usa, por ejemplo. con frecuencia, para indicar una determinada sociedad, cierta colectividad humana reunida en un determinado territorio, formando lo que suele denominarse un cuerpo moral, independientemente de la manera de agruparse y entenderse de sus miembros.
Se usa también, sencillamente, como sinónimo de Sociedad, a causa de cuyo significado creen nuestros adversarios, o, mejor dicho, fingen creer, que los anarquistas queremos abolir toda relación social, todo trabajo colectivo, y reducir al hombre al aislamiento, o sea a una condición peor que la del salvaje.

Asimismo se entiende por Estado la administración suprema de un país, el poder central diferente del poder provincial o municipal, y por este otro sentido se supone que los anarquistas queremos una simple descentralización territorial, dejando en tal estado el principio de gobierno, y se confunde así la anarquía con el comunalismo o con el cantonalismo.

Estado significa, en fin, condición, manera de ser, régimen de vida social, etc., y por esto decimos, por ejemplo, que es preciso cambiar el estado económico de la clase obrera, o que el estado anárquico es el único estado social fundado sobre la base de la solidaridad, y otras frases por el estilo que, en nuestros labios, ya que por otra parte decimos que aspiramos a la abolición del Estado, pueden, a primera vista, parecer paradójicas y contradictorias.

Por estas razones opinamos que es conveniente emplear lo menos posible la expresión abolición del Estado, y reemplazarla por esta otra, más clara y más concreta: abolición del gobierno.

Esto es lo que haremos en el curso del presente trabajo.


EL GOBIERNO


Se ha dicho que anarquía significa sociedad sin gobierno.

Más, ¿es posible, es deseable, es conveniente la supresión del gobierno?
Veámoslo.

La tendencia metafísica (una enferme-dad por la cual el hombre, luego de haber separado, por lógico proceso de su ser, sus cualidades, experimenta una alucinación especial que le hace tomar la abstracción resultante por un ser real), la tendencia metafísica, digo, que, a pesar de los golpes de la ciencia positiva, sigue haciendo presa en el cerebro de .a mayoría de nuestros contemporáneos, es lo que determina en muchos la concepción del gobierno como un ente moral con ciertos atributos de razón, de justicia, de equidad, que son independientes de las personas encargadas de la función gubernamental. Para estas gentes. el gobierno, o, de un modo más abstracto, el Estado, es el poder social abstracto; es el representante, abstracto también, de los intereses generales; es la expresión del derecho de todos, considerado como limite del derecho de cada uno.

Esta manera de comprender el gobierno, cualquiera que sea su forma, y salvo siempre el principio de autoridad, es defendida por aquellos a quienes interesa, y sobrevive a los errores de todos los partidos que se suceden en el ejercicio del poder.

Para nosotros, el gobierno es el conjunto de los gobernantes; y gobernantes -rey, presidente, ministros, diputados, etc.- son todos los que poseen la facultad de hacer leyes para regular las relaciones de los hombres entre sí y hacer que se cumplan; de decretar y distribuir los impuestos; de obligarnos al servicio militar; de juzgar y castigar a los contraventores de las leyes; de someter a reglas, registrar y sancionar los contratos privados; de monopolizar ciertas ramas de la producción y ciertos servicios públicos, o, si lo desean, todos los servicios y toda la producción; de declarar la guerra o ultimar la paz con los gobiernos de otras naciones; de otorgar o negar franquicias y otra multitud de cosas por el estilo. Gobernantes son, en resumen, todos aquellos que tienen la facultad, en mayor o menor grado, de valerse de la fuerza social, es decir, de la fuerza física, intelectual y económica de todos para obligar a los demás a hacer lo que a ellos les plazca. Y esta facultad constituye, en concepto nuestro, el principio gubernamental, el principio de autoridad.

Más, ¿cuál es la razón de ser del gobierno? ¿Por qué depositar en varios individuos la libertad y la iniciativa propias? ¿Por qué proporcionarles esa facultad de valerse de la voluntad de cada uno, para que de ella dispongan según les acomode? ¿Están tan excepcionalmente dotados que puedan, con alguna apariencia de razón, reemplazar a la masa y atender todos los intereses de los hombres mejor que pudieran atenderlos ellos mismos? ¿Son infalibles e incorruptibles hasta el extremo de poderles fiar, con alguna prudencia, la suerte de cada uno y la de todos, confiando en su ciencia y en su bondad?

Y aun cuando existen hombres de una bondad y un saber infinitos, y aunque, por una hipótesis que no se ha realizado nunca en la historia, y que a nosotros nos parece de imposible realización, el poder gubernativo fuese encomendado a los más capaces y mejores entre los buenos, ¿añadiría la posesión del gobierno alguna cosa a su potencia benéfica? ¿No la paralizaría y destruiría, más bien, por la necesidad en que están todos los hombres en las esferas del poder de ocuparse de innumerables cosas que no entienden, y sobre todo de emplear la mejor parte de su energía en mantener se en el poder, contentar a los amigos, tener a raya a los descontentos y someter a los rebeldes?

Y no es esto todo: buenos o malos, sabios o ignorantes, ¿qué son los que gobiernan? ¿Qué es lo que los indica para función tan elevada? ¿Se imponen por sí mismos en virtud del derecho de guerra, de conquista o de revolución? En tal caso, ¿quién garantizará al pueblo que se inspirarán en la utilidad general? Pero, si todo es asunto de usurpación, no resta a los vencidos y a los descontentos otra cosa que la apelación a la fuerza para cambiar la marcha del juego.

¿Son los elegidos entre una cierta clase o partido? En este caso, triunfarán sin duda alguna los intereses y las ideas de aquella clase o de aquel partido, y la voluntad y los intereses de los demás serán sacrificados. ¿Son, en fin, elegidos por sufragio universal? El único criterio, entonces, es el número, el cual no es prueba ni de razón, ni de justicia, ni de capacidad. Los elegidos serán siempre los que mejor sepan engañar a la masa, y la minoría, que puede hallarse constituida por la mitad menos uno, quedará, lo mismo que antes, destinada al sacrificio. Y esto sin contar que la experiencia ha demostrado la imposibilidad de hallar un mecanismo electoral por el que los elegidos sean por lo menos representantes verdaderos de la mayoría.


MISIÓN DEL GOBIERNO


Muchas y muy diferentes son las teorías merced a las cuales se ha tratado de explicar y justificar la existencia del gobierno. Pero todas se basan en el prejuicio, fundado o no, de que los hombres tenemos intereses contrarios y que, por consiguiente, se necesita una fuerza externa, superior, para obligar a todos a respetar los intereses de todos, dictando e imponiendo aquellas reglas de conducta que mejor armonicen los intereses en lucha y permitan a cada uno hallar el máximum de satisfacción con el menor sacrificio posible.

Si los intereses, dicen los teólogos del autoritarismo, las tendencias y los deseos de un individuo se hallan en oposición con los de otro individuo o con los de toda la sociedad, ¿quién tendrá derecho y suficiente poder para obligar a! uno a respetar los intereses del otro? ¿Quién podrá impedir al simple ciudadano que viole la voluntad general? La libertad de cada cual, dicen, tiene por límite la voluntad de los demás; pero, ¿quién establecerá este límite y lo hará respetar? Los naturales antagonismos de intereses y pasiones, hicieron nacer la necesidad del gobierno y justificaron la autoridad como fuerza moderadora en la lucha social y determinadora de los derechos y deberes de cada uno.

Esa es la teoría; pero la teoría, para ser justa, debe fundarse en hechos y explicarlos, y no como la economía política, que con demasiada frecuencia ha inventado las teorías para justificar los hechos, es decir, para defender el privilegio y hacerlo aceptar tranquilamente por todas sus víctimas.

Atengámonos, pues, a los hechos.

En todo el curso de la historia, lo mismo que en nuestra época, el gobierno o es la dominación brutal, violenta, arbitraria, de unos pocos sobre la masa, o bien es un instrumento pronto para asegurar el dominio y el privilegio de los que, por la fuerza, por astucia o por violencia, se han apoderado de todos los medios de vida, principalmente del suelo, con e! fin de mantener de tal modo al pueblo en la servidumbre y obligarle a trabajar para ellos.

Los hombres son oprimidos de diversas maneras, o directamente, con la fuerza brutal, con la violencia física, o de un modo indirecto, despojándoles de los propios medios de subsistencia y obligándoles así a rendirse a discreción. La primera opresión dio origen al poder, o sea al privilegio político; la segunda hizo nacer el poder o privilegio económico.

También se oprime a los hombres de otro modo: influyendo sobre su inteligencia y su sentimiento, lo que constituye el poder religioso o universitario. Mas como el espíritu no existe sino como resultante de las fuerzas materiales, así la mentira y las corporaciones constituidas para propagarla no tienen razón de ser sino como consecuencia del privilegio político y económico, y son un medio de defenderlo y consolidarlo.

En las sociedades primitivas, poco numerosas y de relaciones poco complicadas, cuando una circunstancia cualquiera impidió que se estableciesen costumbres de solidaridad, o destruyó las que existían, estableciendo el dominio del hombre sobre el hombre, los dos poderes, el político y el económico, se hallaron reunidos en unas mismas manos, que podrían ser las de un solo hombre. Los que vencían por la fuerza, disponían de las personas y de las cosas de los vencidos y les obligaban a servirles, a trabajar para ellos y hacer en todo lo que tenían por conveniente. Eran los vencedores a la vez propietarios, legisladores, jueces y verdugos.

Pero al ensancharse la sociedad, aumentan las necesidades, se complican las relaciones sociales, llega a hacerse imposible la existencia prolongada de un despotismo semejante. Los dominadores, o por seguridad, o por encontrarlo más cómodo, o por imposibilidad de proceder de otra manera, se ven en la necesidad de apoyarse, por una parte, en una clase privilegiada, en cierto número de individuos cointeresados en el dominio, y de dejar, por otra parte, que cada cual provea como le sea posible a su propia existencia, reservándose para sí el supremo dominio, que es el derecho de disfrutar lo más posible y la manera de saciar la vanidad del mando.

Así, al abrigo del poder, por su protección y complicidad, y con frecuencia por su ignorancia y por causas que escapan a sus dominios, se desarrolla la riqueza privada, es decir, la clase de propietarios, la cual, concentrando poco a poco en sus manos todos los medios de producción, la verdadera fuente de la agricultura, industria, comercio, etc., acaba por constituir un poder que, por la superioridad de sus medios y la gran masa de inteligencia que abarca, concluye siempre por someter más o menos abiertamente al poder político, es decir, al gobierno, y convertirlo en su propio guardián.

Este fenómeno se ha repetido en la historia con frecuencia. Una vez que por invasión, u otra cualquiera empresa militar, la violencia física, brutal, ha hecho presa en una sociedad, los vencedores han tendido siempre a concentrar en sus manos el gobierno y la propiedad. Mas siempre también la necesidad experimentada por el gobierno de conseguir la complicidad de una clase potente, las exigencias de la producción, la imposibilidad de ordenarlo y dirigirlo todo, establecieron la propiedad privada, la división de los dos poderes y con ella la dependencia efectiva entre los que tenían en sus manos la fuerza: el gobierno, y los que disponían del origen mismo de la fuerza: la propiedad. El gobierno acaba siempre, fatalmente, por constituirse en guardián del propietario.

Pero este fenómeno nunca se acentúa tanto como en la época moderna. El desarrollo de la producción, la inmensa difusión del comercio, la desmesurada potencia que ha conquistado el dinero y todos los hechos económicos revocados por el descubrimiento de América, la invención de las máquinas, etc., aseguraron tal supremacía a la clase capitalista, que no satisfecha ésta con disponer del apoyo del gobierno, ha querido que éste llegue a salir de su propio seno.

Un gobierno que se derivaba del derecho de conquista -derecho divino, según los reyes y sus secuaces-, por cuanto se sobreponía a la clase capitalista, conservaba siempre un continente altanero y despreciativo ante sus antiguos esclavos, luego de enriquecidos, y hacía alarde de sus inclinaciones a la independencia y a la dominación: semejante gobierno, claro está, era defensor y guardián de los propietarios, pero era de aquellos defensores y guardianes que se dan importancia y se hacen los arrogantes con los que deben escoltar y defender, cuando no los desvalijan y atormentan. La clase capitalista, naturalmente, conspiró para reemplazar tal guardián y defensor, con medios más o menos violentos, por otro salido de sus mismos medios, compuesto por miembros de su clase, siempre bajo su vigilancia y organizado especialmente para defender la clase contra las posibles reivindicaciones de los desheredados.

De aquí el origen del sistema parlamentario moderno.

En la actualidad, el gobierno, compuesto de propietarios y de gentes de su devoción, se halla a merced en todo de los propietarios mismos: hasta tal punto es así, que los más ricos desdeñan con frecuencia formar parte de él. Rothschild no tiene ninguna necesidad de ser diputado ni ministro: le basta tener bajo su dependencia a ministros y diputados.

En muchos países, el proletariado tiene nominalmente una participación mayor o menor en la designación del gobierno. Es una concesión que la burguesía ha hecho, ya para valerse del concurso popular en la lucha contra la realeza y la aristocracia, ya para distraer al pueblo en sus deseos de emancipación, dándole una apariencia de soberanía. Mas, lo previese o no, la burguesía, cuando por primera vez concedió al pueblo el derecho al voto, la verdad es que tal derecho se ha tornado excesivamente irrisorio y bueno solamente para consolidar el poder de la burguesía, dando a la parte más enérgica del proletariado la ilusoria esperanza de ocupar el poder.

Hasta con el sufragio universal, y se puede decir que especialmente por el sufragio universal, el gobierno continúa siendo el siervo y el guardián de la burguesía. Si otra cosa ocurriera, si el gobierno llegase a serle hostil, si la democracia pudiese ser otra cosa que un fuego fatuo para engañar al pueblo, la burguesía, amenazada en sus intereses, se apresuraría a rebelarse y concentraría toda la fuerza y toda la influencia que se deriva de la posesión de la riqueza para reducir al gobierno a las funciones de un simple siervo suyo.

En todos los tiempos y en todos los lugares, cualquiera que sea el nombre que tome el gobierno, cualquiera que sea su origen y su organización, su función esencial es siempre oprimir y explotar a la masa y defender a los opresores y explotadores; y sus órganos principales, característicos, indispensables, son el policía y el recaudador de impuestos, el soldado y el carcelero, a los cuales se une espontáneamente el mercader de mentiras, sacerdote o profesor, pagado y protegido por el gobierno para educar los espíritus y hacerles dóciles al yugo gubernamental.

Indudablemente, a aquellas funciones primitivas y a estos órganos esenciales, se han agregado en el curso de la historia otras funciones y otros órganos, pero de igual índole.

Admitamos, sin embargo, que no haya habido jamás en un país algo civilizado un gobierno que desempeñase las funciones opresoras y expoliadoras sin aplicarse al propio tiempo a las verdaderamente útiles e indispensables a la vida social. Esto no destruye el hecho de que el gobierno es por naturaleza opresor y expoliador, y que por su origen y su posición, se ve inclinado fatalmente a defender y consolidar la clase dominante; por el contrario, lo afirma y lo agrava.

En realidad, el gobierno toma a su cargo, en más o menos proporción, la protección de la vida de los ciudadanos contra los ataques directos y brutales; reconoce y legaliza cierto número de derechos y deberes primordiales, y usos y costumbres, sin los cuales es imposible vivir en sociedad; organiza y dirige ciertos servicios públicos, como las comunicaciones, la higiene, el reparto de aguas, la bonificación y protección forestal, etc.; funda casas de huérfanos y hospitales, y se complace con frecuencia en mostrarse sólo en apariencia, desde luego, protector del pobre y del débil. Pero basta observar cómo y por qué causa cumple el gobierno esta misión y aumenta sus funciones, para dar en seguida con la prueba experimental, práctica, de que todo lo que hace se inspira siempre en el espíritu de dominación y tiende a defender, ensanchar y perpetuar sus propios privilegios, así como los de la clase que representa y defiende.

Un gobierno no puede durar mucho tiempo sin ocultar su naturaleza bajo un pretexto de general utilidad: no puede hacer respetar la vida de los privilegiados sin aparentar que hace respetar la de todo el mundo: no puede hacer aceptables los privilegios de algunos sin fingirse guardador de los derechos de todos.

"La ley -dice Kropotkin- y todos los que hicieron la ley -el gobierno- utilizaron los sentimientos sociales del hombre para hacer pasar como preceptos morales, que los hombres aceptaban, lo que era útil a la minoría explotadora, contra lo cual se habría aquél rebelado ciertamente en caso contrario".

No puede el gobierno desear que la sociedad se desorganice, porque a él y a la clase dominadora les faltaría entonces el material de explotación; no puede consentir que por sí misma se rija, que se gobierne sin intervención oficial, porque en ese caso el pueblo no tardaría en percatarse de que el gobierno sólo sirve para defender a los propietarios, y se apresuraría a desembarazarse del gobierno y de los propietarios.

En la actualidad, frente a las insistentes y amenazadoras reclamaciones del proletariado, los gobiernos tienden a intervenir en las relaciones de obreros y patronos, con los que procuran desviar el movimiento obrero e impedir, con algunas engañosas reformas, que los pobres se tomen por sí mismos lo que es suyo, esto es, una parte de bienestar igual a la que todos disfrutan.

Es preciso, además, tener en cuenta, por una parte, que los burgueses y propietarios se hallan siempre en guerra unos con otros y tratan de devorarse mutuamente, y por otra parte, que el gobierno, hijo de la burguesía y siervo protector suyo, tiende, como todo protector y todo siervo, a emanciparse y a dominar a su protegido. De aquí que el juego de prestidigitación, el tira y afloja, el acto de echar al pueblo contra los conservadores y a los conservadores contra el pueblo, que es toda la ciencia de los gobiernos, sea lo que engañe a las gentes sencillas y perezosas que esperan que la salvación les venga de lo alto. Con todo esto, la naturaleza del gobierno no cambia. Si se muestra regulador y garantía de los deberes y derechos de cada cual, pervierte el sentimiento de justicia, toda vez que califica de delito y castiga todo lo que ofende o amenaza los privilegios de los gobernantes y de los propietarios, y declara justa, legal, la más feroz explotación de los miserables, el lento y constante asesinato material y moral cometido por los que todo lo poseen en las personas de los que no poseen nada.

Si se convierte en administrador de los servicios públicos, se cuida señaladamente de los intereses de su clase; de los de la clase trabajadora, nada más que lo necesario para que dicha clase consienta en pagar.

Si se mete a enseñar, prohíbe la propaganda de la verdad, y tiende a preparar el cerebro y el corazón de los niños para que lleguen a ser tiranos implacables o dóciles esclavos, según la clase a que pertenezcan. En manos del gobierno, todo se convierte en medio de explotación, todo se traduce en instituciones de policía, útiles únicamente para tener dominado al pueblo.

Y es natural que así sea. Si la vida de los hombres consiste en la lucha entre ellos mismos, habrá, naturalmente, vencidos y vencedores, y el gobierno es el premio de la contienda o un medio para asegurarse los vencedores el resultado de la victoria y perpetuarla, ya se libre el combate en el terreno de la fuerza física e intelectual, ya en el terreno económico. Los que intervinieran en la lucha para vencer y asegurarse mejores rendimientos que los otros y conquistar privilegios y dominios, juntamente con el poder, una vez alcanzada la victoria no harán uso de ella para defender los derechos de los vencidos y fijar límites a sus propias facultades arbitrarías y a las de sus partidarios y amigos.

El gobierno, o, como suele decirse, el Estado justiciero, moderador de la lucha social, administrador desinteresado de los bienes del público, es una mentira, una ilusión, una utopía nunca realizada y jamás realizable.

Si en realidad los intereses de los hombres debieran ser contrarios; si en realidad la lucha entre los hombres fuese ley necesaria de la sociedad humana y la libertad de cada uno tuviese su límite en la libertad de los demás, entonces cada uno trataría de hacer triunfar sus propios intereses sobre los intereses de los demás, cada uno procuraría hacer mayor la libertad propia a expensas de la voluntad de los otros, y existiría el gobierno, no ya porque fuese más o menos útil a la totalidad de los miembros sociales, sino porque los vencedores habrían de asegurarse los frutos de la victoria, sometiendo fuertemente a los vencidos, y librarse de la incomodidad de ocuparse constantemente de la defensa, confiando esta labor a los hombres especialmente adiestrados en el arte de gobernar.

Se vería así la humanidad destinada a perecer o a agitarse eternamente entre la tiranía de los vencedores y la rebelión de los vencidos.
Afortunadamente, el porvenir de la humanidad es más risueño, porque es más dulce la ley que la gobierna.
Esta ley es la solidaridad.



LA SOLIDARIDAD



Tiene el hambre por propiedad fundamental, necesaria, el instinto de la propia conservación, sin el cual ningún ser vivo existiría, y el instinto de la conservación de la especie, sin el cualninguna especie se hubiese podido formar y subsistir. Se ve, pues, naturalmente impulsado a defender la existencia y el bienestar de sí mismo y de su progenie contra todo y contra todos.

Dos maneras hay en la naturaleza, para los seres vivos, de asegurarse la existencia y hacerla cada vez más agradable: es la primera la lucha individual contra los elementos y contra los individuos de la misma especie, o de especie distinta: la segunda es el apoyo mutuo, la cooperación, que puede llamarse también la asociación para la lucha contra todos los factores naturales opuestos a la existencia, desenvolvimiento y bienestar de los asociados.

No trataremos de indagar aquí, ni es necesario para nuestro objeto, ahora, qué parte tienen respectivamente en la evolución del reino orgánico los dos principios: el de la lucha y el de la cooperación. Basta hacer constar que en la humanidad la cooperación -forzosa o voluntaria- ha sido el único medio de progreso, de perfeccionamiento, de seguridad, y que la lucha –resto atávico- ha sido absolutamente incapaz de favorecer el bienestar de los individuos y ha causado, en cambio, el mal de todos, vencidos y vencedores.

La experiencia, acumulada y transmitida de generación en generación, ha enseñado al hombre que, uniéndose a sus iguales, su conservación está mejor asegurada y su bienestar aumenta. Así, como consecuencia de la misma lucha por la vida, sostenida contra la naturaleza circundante y contra los individuos de la misma especie, se ha desarrollado en el hombre el instinto social, el cual ha transformado completamente las condiciones de su existencia. Gracias a esto mismo ha podido el hombre salir de la animalidad, adquirir gran potencia y elevarse por encima de los otros animales, tanto, que los filósofos espiritualistas han considerado necesario inventar para él un alma inmaterial e inmortal.

Muchas causas han concurrido y contribuido a la formación de este instinto social que, partiendo de la base animal, del instinto de la conservación de la especie, que es el instinto social limitado a la familia natural, ha llegado a su más elevado grado de intensidad y extensión y constituye el fondo mismo de la naturaleza moral del hombre.

Este, aunque descendiente de los tipos inferiores de la animalidad, débil y desarmado para la lucha individual contra las bestias carnívoras, pero con un cerebro capaz de gran desenvolvimiento, un órgano vocal apto para expresar con ayuda de varios sonidos las distintas vibraciones cerebrales, y manos especialmente adecuadas para dar forma a capricho a la materia, debía sentir muy pronto la necesidad y las ventajas de la asociación. Así cabe decir que sólo pudo abandonar la animalidad al hacerse social y adquirir el uso de la palabra, que es a la vez consecuencia y factor poderoso de la sociabilidad.

El número relativamente corto de la especie humana, haciendo menos áspera, menos continua, menos necesaria la lucha por la existencia entre hombre y hombre, aun fuera de la asociación debía favorecer mucho el desarrollo de los sentimientos de simpatía y dejar tiempo para que la utilidad del mutuo apoyo se pudiese conocer y apreciar.

Por último, la capacidad adquirida por el hombre, gracias a su primitiva cualidad aplicada en cooperación con un número más o menos grande de asociados, de modificar el medio ambiente externo y adaptarlo a las propias necesidades; la multiplicación de los deseos al aumentar con los medios de satisfacerlos y convertirlos en necesidades; la partición del trabajo, consecuencia de la explotación metódica de la naturaleza en provecho del hombre, han hecho que la vida social sea el ambiente necesario del individuo, fuera del cual no puede vivir, y que si vive es a costa de caer nuevamente en el estado de animalidad primitiva.

Y al afirmarse la sensibilidad con la multiplicación de las relaciones por la costumbre impresa en la especie, merced a la transmisión hereditaria en millares de siglos, esta necesidad de la vida social, de cambio de pensamientos y de afectos entre hombre y hombre, se ha convertido en una manera de ser necesaria de nuestro organismo, se ha transformado en simpatía, en amistad, en amor, y subsiste independientemente de las ventajas materiales debidas a la asociación, tanto que para satisfacerla, se afrontan mil sufrimientos y hasta la muerte.

En resumidas cuentas, las grandiosas ventajas que la asociación reporta al hombre; el estado de inferioridad física, por completo desproporcionado a su superioridad intelectual, en que se halla frente a los animales dañinos; la posibilidad para él de asociarse a un número cada vez mayor de individuos y en relaciones cada vez más íntimas y complejas, hasta extender la asociación a toda la humanidad y a la vida toda, y principalmente la posibilidad que tiene también de producir, trabajando en cooperación con otros, más de lo que necesita para existir, y los sentimientos de afecto que de todo esto se derivan, han dado a la lucha por la vida un carácter completamente distinto de la lucha general que tiene efecto entre los demás animales.

Por otra parte, se sabe en la actualidad -y las investigaciones de los naturalistas modernos aportan de ello más pruebas cada día- que la cooperación ha tenido y tiene en el desarrollo del mundo orgánico una parte importantísima que no sospechaban los que se proponían justificar el reino de la burguesía por medio de la teoría de Darwin, bastante inútilmente, porque la distancia entre la lucha humana y la lucha animal es enorme y proporcional a la distancia que separa al nombre de las bestias. Estas combaten individualmente, y con más frecuencia en pequeños grupos fijos y transitorios, contra la naturaleza, e incluso contra los demás individuos de su propia especie. Hasta los animales más sociables, como la abeja y la hormiga, son solidarios si se encuentran en un mismo hormiguero o en una misma colmena; pero pelean o permanecen indiferentes con las demás comunidades de su misma especie. La batalla humana, en cambio, tiende siempre a ensanchar la asociación entre los hombres, a solidarizar sus intereses, a desarrollar los sentimientos de amor de cada uno hacia todos los demás, a vencer y a dominar la naturaleza externa con la humanidad y para la humanidad.

Toda contienda encaminada a conquistar beneficios independientemente de los otros hombres y en su perjuicio, contradice la naturaleza sociable del hombre moderno, y tiende a devolverlo a su primitiva animalidad.

La solidaridad, es decir, la armonía de los intereses y de los sentimientos, el concurso de cada uno en el bien de todos, y el de todos en provecho de cada uno, es el único estado en que el hombre puede manifestar su naturaleza y obtener el máximum de desarrollo en el máximum de bienestar. Esta es la meta hacia la cual camina la evolución humana, el principio superior que resuelve todos los actuales antagonismos de otro modo insolubles, y hace que la libertad de cada uno no halle un límite, sino un complemento, y las condiciones necesarias de existencia, en la libertad de los demás.

Dejó dicho Bakunin:
"Ningún individuo puede reconocer su propia humanidad, ni por consiguiente realizarla, sino reconociéndola en los demás y cooperando con ellos a su realización. Ningún hombre puede emanciparse sino emancipando a la vez a cuantos le rodean. Mi libertad es la libertad de todos, porque yo no soy realmente libre, libre no sólo en ideas, sino también en los hechos más que cuando mi libertad y mi derecho hallan su conformación y su sanción en la libertad y el derecho de todos mis iguales.

"Me importa mucho lo que son los demás hombres, pues, por muy independiente que parezca o me crea ser por mi posición social, aunque sea papa, rey o emperador, no soy más que el producto incesante de lo que son los' demás hombres entre sí. Si son ignorantes, miserables y esclavos, mi existencia se determina por su ignorancia, su miseria y su esclavitud. Si yo soy ilustrado e inteligente, su estupidez me limita y me hace ignorante; si soy valeroso e independiente, su esclavitud me esclaviza; si soy rico, su miseria me inspira temor; si soy privilegiado, tiemblo ante su justicia. Quiero ser libre y no puedo, porque en mi derredor todos los hombres no quieren ser también libres, y no queriéndolo, se convierten para mí en instrumento de opresión".

La solidaridad es, pues, la condición en la cual el hombre encuentra el mayor grado de seguridad y de bienestar: y por eso mismo el egoísmo, es decir, la consideración exclusiva del propio interés, empuja al hombre a la solidaridad; mejor dicho: egoísmo y altruismo, consideración de los intereses de los demás, se confunden en un solo sentimiento, como se contunden en uno el interés individual y el interés social.

Pero el hombre no podía, de un salto, pasar de la animalidad a la humanidad, de la lucha brutal entre hombre y hombre a la lucha solidaria de todos los hombres contra la naturaleza exterior.

Guiado por las ventajas que ofrece la asociación y consiguiente distribución de trabajos, el hombre evolucionaba hacia la solidaridad; mas esta evolución encontró un obstáculo que la desvió y la desvió aun de su finalidad; el hombre, cuando menos hasta cierto punto, por las necesidades materiales y primitivas, que eran las únicas que sentía entonces, descubrió que podía realizar las ventajas de la cooperación sometiendo a los demás hombres en lugar de asociarles; y como todavía eran potentes en él los instintos feroces y antisociales heredados de la animalidad originaria, obligó a los más débiles a trabajar para él, prefiriendo la dominación a la asociación.

Tal vez en la mayoría de los casos, por la explotación de los vencidos, empezó el hombre a comprender los beneficios de la asociación, la utilidad que podía recabar de la ayuda de su semejante.

Así, pues, el descubrimiento de la utilidad de la cooperación, que debía llevar al triunfo de la solidaridad en todas las relaciones humanas, nos ha conducido, por el contrario, a la propiedad privada y al gobierno, esto es, a la explotación del trabajo de todos en provecho de unos cuantos privilegiados.

La asociación fue siempre la cooperación, fuera de la cual no hay vida humana posible: pero un sistema de cooperación impuesto y reglamentado por unos pocos en provecho de sus intereses particulares.

De este hecho se deriva la gran contradicción -que ocupa toda la historia del género humanoentre la tendencia a asociarse y fraternizar para la conquista y la adaptación del mundo exterior a las necesidades del hombre para la satisfacción de sus sentimientos de afecto, y la tendencia a dividirse en tantas unidades separadas y hostiles cuantas son las agrupaciones determinadas por las condiciones geográficas y etnográficas; cuantas son las posiciones sociales y económicas; cuantos son los hombres que aciertan a conquistar una ventaja y quieren asegurarla y aumentarla; cuantos son los que esperan la posesión del privilegio; cuantos son los que sufren una injusticia y se revelan y tratan de redimirse.

El principio cada uno para sí, que es la guerra de todos contra todos, ha venido en el curso de la historia a complicar, a desviar, a paralizar la querrá de todos contra la naturaleza en pro del mayor bienestar de la especie humana, que sólo puede tener éxito basándose en el principio: todos para uno, uno para todos.

Muchos y muy grandes son los males que ha sufrido la humanidad por la intrusión de la tendencia dominadora y explotadora en la asociación humana. Mas a pesar de la atroz opresión, a pesar de la miseria, a pesar de los vicios, de los delitos, de la degradación que la miseria y la esclavitud han producido en esclavos y amos, a pesar de los odios acumulados, a pesar de la guerra exterminadora, a pesar del antagonismo de los intereses, artificialmente creados, el instinto social ha sobrevivido y se ha desarrollado.

Siendo siempre la cooperación condición precisa para que el hombre pudiese luchar con éxito contra el mundo exterior, fue asimismo la causa permanente de la aproximación de los sentimientos de simpatía entre todos los hombres. La misma opresión de las masas ha hecho que los oprimidos fraternicen entre sí; y sólo merced a la solidaridad, más o menos consciente, más o menos intensa, que siempre ha existido entre los oprimidos, han podido éstos soportar la opresión, y la humanidad resistir a las causas de muerte que en ella se habían introducido.

En la actualidad, el desarrollo que ha adquirido la producción, el acrecentamiento de aquellas necesidades que no se pueden satisfacer sino mediante el concurso de gran número de hombres de todos los países, los medios de comunicación, la costumbre de viajar, la ciencia, la literatura, el comercio, hasta la guerra, han estrechado y estrechan más cada vez a la especie humana en un solo cuerpo, cuyas partes, solidarias entre sí, sólo pueden hallar su plenitud y libertad de desarrollo en la salud de las otras partes y del todo.

Los habitantes de Nápoles están tan interesados en la limpieza de su población como en el mejoramiento de las condiciones higiénicas de la ciudad del Ganges, de donde el cólera procede. El bienestar, la libertad, el porvenir de un montañés extraviado entre las gargantas de los Apeninos, no sólo dependen del estado de bienestar o de miseria en que se hallen los habitantes de su lugar; no sólo dependen de las condiciones generales del pueblo italiano, sino que dependen también del estado de los trabajadores en América o en Australia, de los descubrimientos que pueda hacer un hombre de ciencia de Sidney, de las condiciones morales y materiales del pueblo chino, de la guerra o de la paz en África, de toda la suma de circunstancias, grandes o pequeñas, que en cualquier lugar del universo se dan en un determinado ser humano.

En las presentes condiciones de la sociedad, la vasta solidaridad que une a todos los hombres es en gran parte inconsciente, porque surge de un modo espontáneo de la rutina de los intereses particulares, mientras los hombres se preocupan poco o nada de los intereses generales, y ésta es la prueba más clara de que la solidaridad es la ley natural de la humanidad, ley que se manifiesta y se impone a pesar de todos los obstáculos, a pesar de todos los antagonismos hijos de la actual constitución social.

Por otra parte, la masa oprimida, que ya no se resigna completamente a la opresión y a la miseria, y que hoy más que nunca se muestra ansiosa de justicia, de libertad, de bienestar, empieza a comprender que no podrá emanciparse sino por medio de la unión de la solidaridad entre los oprimidos, entre los explotados de todo el mundo. Y comprende también que es condición imprescindible de su emancipación la posesión de los medios de producción, del suelo y de los instrumentos de trabajo, y por consiguiente la abolición de la propiedad individual.

Además, la ciencia, la observación de los fenómenos sociales, demuestra que tal abolición sería de grandísima utilidad para los mismos privilegiados con que quisieran tan sólo renunciar a su propósito de dominación y concurrir con todos al trabajo por el bienestar común.

Ahora bien, si un día la masa oprimida se negara a trabajar para los demás, arrancase a los propietarios la tierra y los instrumentos de trabajo, y quisiera utilizar estos instrumentos por su cuenta y en provecho propio, es decir, en beneficio de todos; si no quisiera sufrir por más tiempo la dominación ni de la fuerza brutal ni del privilegio económico; si la fraternidad popular, el sentimiento de solidaridad humana, reforzada por la mancomunidad de los intereses, pusiere fin a la guerra y a la conquista, ¿qué razón de ser tendría el gobierno?

Abolida la propiedad individual, el gobierno, que es su defensor, debería desaparecer. Si por el contrario, sobreviviese, tendería constantemente a reconstituir, bajo una forma cualquiera, una clase privilegiada y opresora.

La abolición del gobierno no significa, no puede significar el rompimiento de los lazos sociales muy al contrario: la cooperación, que actualmente sólo es ventajosa para unos cuantos, sería, abolido el gobierno, libre, ventajosa y voluntaria para todos, y por eso se haría mucho más intensa y eficaz.

El instinto social, el sentimiento de solidaridad se desarrollaría en su más alto grado, y cada hombre haría cuanto pudiese por el bien de los otros hombres, tanto por satisfacer sus sentimientos de afecto cuanto por bien entendido interés propio.

Del libre concurso de todos, mediante la asociación espontánea de los hombres con arreglo a sus simpatías y necesidades, de abajo arriba, de lo simple a lo compuesto, partiendo de los intereses más inmediatos para llegar luego a los más lejanos y generales, surgiría una organización social que tendría por fin el mayor bienestar y la mayor libertad de todos, reuniría a toda la humanidad en fraternal lazo y se modificaría y mejoraría conforme se modificasen las circunstancias y las enseñanzas de la experiencia.

Esta sociedad de hombres libres, esta sociedad de amigos, es la anarquía.


PELIGRO DE CUALQUIER GOBIERNO



Hasta aquí se ha considerado el gobierno tal como es, tal como ha de ser necesariamente en una sociedad fundada en el privilegio, en la explotación y en el despotismo del hombre por el hombre, en el antagonismo de intereses, en la lucha intersocial, en uña palabra, en la propiedad individual.

Se ha visto que el estado de lucha, lejos de ser una condición necesaria de la vida de la humanidad, es contrario a sus intereses, a los individuos y a la especie humana; se ha visto, asimismo, que la cooperación es la ley del progreso humano; y hemos deducido de todo ello que, aboliendo la propiedad individual y todo predominio del hombre sobre el hombre, el gobierno pierde toda su razón de ser y debe abolirse.

"Pero -se nos podría decir- cambiando el principio en que hoy se basa la organización social, substituida la lucha por la solidaridad, la propiedad individual por la propiedad común, el gobierno cambiaría a su vez de naturaleza, y en lugar de ser protector y representante de los intereses de una clase, sería, porque ya no habría clases, el representante de todos los intereses de toda la sociedad. Tendría la misión de asegurar y regular, en interés de todos, la cooperación social, desempeñar los servicios públicos de general importancia, defender a la sociedad de las posibles tentativas de restablecimiento del privilegio y reprimir los atentados que cualquiera cometiese contra la vida, el bienestar o la libertad de cada uno y de todos.

"En la sociedad hay funciones demasiado necesarias, que requieren mucha constancia y gran regularidad, y no pueden ser abandonadas a la voluntad libre de los individuos sin peligro de que cada cosa tire por su lado, "¿Quién organizaría y quién aseguraría, de no ser un gobierno, los servicios de alimentación, de distribución, de higiene, de comunicación postales y telefónicas, de transporte, etc., etc.?

"¿Quién cuidaría de la instrucción popular?

"¿Quién emprendería los grandes trabajos de exploración, de bonificación, de aspecto científico, que transforman la faz de la tierra y multiplican las fuerzas humanas?
"¿Quién atendería a la conservación y aumento del capital social para transmitirlo, mejorado, a la futura humanidad?

"¿Quién impediría la devastación de los montes, la explotación irracional, y por consiguiente el empobrecimiento del suelo?

"¿Quién tendría la facultad de prevenir y reprimir los delitos, los actos antisociales?

"¿Y qué se haría con los que, faltando a la ley de la solidaridad, no quisiesen trabajar? ¿Y con los que esparciesen la infección en un país, negándose a someterse a las reglas higiénicas prescritas por los hombres de ciencia? ¿Y con los que, locos o cuerdos, intentasen prender fuego a las mieses, violar a las niñas o abusar de los más débiles por su fuerza física superior?

"Destruir la propiedad individual y abolir los gobiernos existentes, sin reconstituir luego un gobierno que organizase la vida colectiva y asegurarse la solidaridad social, no sería abolir los privilegios y dar al mundo la paz y el bienestar; sería romper todo lazo social, volver a la humanidad a la barbarie, al reino del cada uno para si, que es el triunfo de la fuerza brutal primero y del privilegio económico después".

He aquí las objeciones que nos hacen los autoritarios, aun cuando sean socialistas, es decir, aunque quieran la abolición de la propiedad individual y del gobierno de clase que de ella se deriva.

Responderemos a esas objeciones.

No es cierto, en primer lugar, que cambiando las condiciones sociales el gobierno cambie de naturaleza y de funciones. Órgano y función son términos inseparables. Quítese a un órgano su función, y o el órgano muere o la función se reconstituye. Métase a un ejército en un país en el cual no haya motivos ni asomos de guerra, interna o exterior, y ese solo hecho provocará la guerra, si dicho ejército no se disuelve. Una policía donde no haya delitos que descubrir ni delincuentes que aprehender, provocará, inventará delitos y delincuentes, o bien dejará de existir.

Hay hace siglos en Francia una institución, actualmente agregada a la administración forestal -la lobeteria-, cuyos empleados tienen a su cargo la destrucción de los lobos y demás animales dañinos. Nadie se sorprenderá al saber que precisamente a causa de esta institución hay en Francia lobos que en las estaciones rigurosas hacen mil estragos. El público se ocupa poco o nada de tales Hieras, porque los empleados de la administración son los que tienen a su cargo el ocuparse de ellas; y los tales empleados, organizan la caza de los lobos; pero la organizan, naturalmente, con inteligencia, respetando sus madrigueras y dando tiempo a la reproducción, para no exponerse a destruir una especie tan interesante.

Bien es verdad que los campesinos franceses tienen ya muy poca confianza en estos cazadores de lobos, y los consideran más bien como conservadores de tales animales. Y se comprende que así ocurra: ¿qué harían los jefes de la institución si no hubiera lobos en el territorio de la república?

Un gobierno, o lo que es lo mismo, un cierto número de personas encargadas de dictar las leyes y de valerse de la fuerza de todos para hacerlas respetar de cada uno, constituye ya una clase privilegiada y separada del pueblo. Tratará instintivamente como todo cuerpo constituido, de aumentar sus atribuciones, de substraerse a la dirección del pueblo, de imponer sus tendencias y de hacer predominar sus intereses particulares. Colocado en una posición privilegiada, el gobierno se encuentra ya en antagonismo con la masa de cuya fuerza dispone.

Por lo demás, un gobierno cualquiera, hasta queriéndolo, no podría contentar a todos los gobernados y habría de limitarse a contentar sólo a unos cuantos. Tendría, pues, que defenderse de los descontentos y cointeresar, por consiguiente, a una parte del pueblo para que le prestase su apoyo. Y así comenzaría nuevamente la vieja historia de una clase privilegiada, formándose con la complicidad del gobierno y que, si de una vez no se hacía dueño del suelo, acapararía ciertas posiciones de favoritismo, creadas con tal intención, clase que no sería menos opresora ni menos explotadora que la clase capitalista de hoy.

Los gobernantes, acostumbrados al mando, no querrían volver a confundirse con la masa, y si no podían conservar el poder en sus manos, se asegurarían por lo menos la posesión del privilegio para cuando tuviesen que depositar aquél en otros individuos. Recurrirían a los medios que da el poder para que los sucesores fuesen elegidos entre sus amigos, a fin de que éstos les apoyasen y protegiesen a su vez. De este modo el gobierno pasaría de unas manos a otras, siempre las mismas en realidad, y la democracia, que es el supuesto gobierno de todos, acabaría siempre en oligarquía, es decir, en el gobierno de unos pocos, de una clase.

¡Y qué oligarquía omnipotente, opresora y absorbente sería la que tuviese a su cargo, a su disposición, todo el capital social, todos los servicios públicos, desde la alimentación hasta la confección de alpargatas, desde las universidades hasta el teatro de opereta!


SUPERFLUIDAD DEL GOBIERNO



Supongamos, no obstante, que el gobierno no constituyese en sí una clase privilegiada y pudiese vivir sin crear a su alrededor una nueva clase de privilegiados, permaneciendo, como se pretende, en su naturaleza de representante, de siervo, si se quiere, de toda la sociedad.

¿Para qué serviría? ¿En qué y de qué manera aumentaría la fuerza, la inteligencia, el espíritu de solidaridad, el cuidado del bienestar de todos y de la humanidad venidera, que en un momento dado existiesen en una sociedad determinada?

Siempre la antigua historia del hombre con las piernas ligadas, condenado a vivir a pesar de las ligaduras y creyendo, no obstante, vivir en virtud de ellas. Estamos acostumbrados a vivir bajo la dirección de un gobierno que acapara toda la fuerza, toda la inteligencia, toda la voluntad que puede dirigir en su provecho. y que dificulta, paraliza y suprime las que le son inútiles u hostiles, y nos figuramos que todo lo que se hace en la sociedad se hace porque así lo quiere el gobierno, y que, por consiguiente, sin gobierno no habría en el cuerpo social ni fuerza, ni inteligencia, ni buena voluntad. Del mismo modo, como ya hemos dicho, el propietario se posesiona de la tierra, la hace cultivar en su provecho particular, dejando al trabajador lo estrictamente necesario para que pueda y quiera seguir trabajando, y éste piensa que no podría vivir sin el patrono, como si éste crease la tierra y las fuerzas de la naturaleza.

¿Qué, por sí, agrega el gobierno a las fuerzas morales y materiales que existen en una sociedad? ¿Será acaso el dios de la Biblia que crea el mundo de la nada?

Así como nada se crea en el mundo que suele llamarse material, nada es creado tampoco en esta más complicada forma del mundo material que es el mundo social. Por eso los gobernantes no pueden disponer más que de las fuerzas existentes en la sociedad, menos las que la acción gubernativa paraliza y destruye, las fuerzas rebeldes y todas las que se pierden entre las ruinas forzosamente grandísimas de un mecanismo tan artificioso. Si de su parte ponen algo, pueden hacerlo como hombres, no como gobernantes. Más todavía. De aquellas fuerzas morales y materiales que quedan a disposición del gobierno, sólo una parte pequeña recibe un destino verdaderamente útil a la sociedad. Las otras se consumen en actividades represivas, para tener a raya a las fuerzas rebeldes, o son substraídas al interés general, para acumularlas en beneficio de unos pocos y en perjuicio de la mayoría de los hombres.

Mucho se ha discurrido acerca de la parte que tiene, en la vida y en el progreso de la sociedad humana respectivamente, la iniciativa social, pero se ha embrollado tanto la cuestión, con el auxilio del artificio del lenguaje metafísico, que son muy pocos los hombres que se han atrevido a tener la osadía de afirmar que todo se rige y marcha en el mundo humano a impulsos de la iniciativa individual.

En realidad, es ésta una verdad de sentido común, que aparece evidente en cuanto se trata de averiguar lo que las palabras significan. El ser real es el hombre, el individuo; la sociedad o colectividad -y el Estado o gobierno que pretende representarla-, si no son abstracciones hueras, no pueden ser más que agregaciones de individuos. Y justamente en el organismo de cada individuo tienen su origen todos los pensamientos y todos los actos humanos, los cuales de individuales se transforman en colectivos cuando son o se hacen comunes a muchos individuos. Por consiguiente, la acción social no es ni la negación ni el complemento de la iniciativa individual, sino pura y sencillamente el resultado de la iniciativa, de los pensamientos y de las acciones de todos los individuos que componen la sociedad resultado que, comparado con otro de naturaleza de la misma índole, es más o menos grande, según que las fuerzas simples concurran al mismo fin, o que sean divergentes y opuestas. Y si, como hacen los autoritarios, en vez de esto se entiende por acción social la acción gubernativa, entonces aquélla no es más que el resultado de Las fuerzas de los individuos que componen el gobierno, o que por su posición pueden influir sobre la conducta del gobierno.

De aquí que la contienda secular entre la libertad y la autoridad, o, en otros términos, entre el socialismo y el Estado de clase, no sea en verdad por si se ha de aumentar la independencia individual a expensas de la limitación de la ingerencia social, o ésta a expensas de aquélla.

Se trata más bien de impedir que algunos individuos puedan tiranizar a otros, de dar a todos los individuos los mismos derechos y los mismos medios de acción y de substituir con la iniciativa de todos la iniciativa de unos pocos, que produce forzosamente la opresión de los demás. Se trata, en suma, por siempre y para siempre, de destruir la tiranía y la explotación del hombre por el hombre, de manera que todos se interesen por el bien común, y de que las fuerzas individuales, en lugar de anularse por la lucha, hallen la posibilidad de un desarrollo completo y se asocien para el mayor provecho de todos.
De lo dicho resulta que la existencia de un gobierno, aun cuando fuese, siguiendo nuestra hipótesis, el gobierno ideal del socialismo autoritario, lejos de ocasionar un aumento de las fuerzas productoras, organizadoras y protectoras de la sociedad, las disminuiría incesantemente, limitando a unos cuantos la iniciativa y dándoles el derecho de hacerlo todo sin poderles dar, naturalmente, la facultad de saberlo todo.

En realidad, si se separa de la legislación y de la obra entera de un gobierno todo lo que tiende a defender a los privilegiados y que representa la voluntad de los privilegiados mismos, ¿qué resta que no sea el resultado de la actividad de todos?

"El Estado -escribe Sismondi- es siempre un poder conservador que pone de manifiesto, regula y organiza las conquistas del progreso -y la historia agrega que las dirige en provecho propio y de la clase privilegiada-, pero no las inicia. Siempre tienen su origen abajo, nacen en el fondo de la sociedad, del pensamiento individual, que cuando se divulga se convierte en opinión, en fuerza de la mayoría; pero ha de encontrar a su paso, y combatirlos en los poderes constituidos, la tradición, la costumbre, el privilegio y el error".

Para comprender cómo una sociedad puede vivir sin gobierno, basta observar un poco a fondo la misma sociedad presente, y se verá que, en realidad, la mayor parte, la más esencial de la vida colectiva, se cumple fuera de la intervención gubernamental; que el gobierno sólo interviene para explotar a la masa, para defender a los privilegiados, y que en lo demás viene a sancionar, bien inútilmente, todo lo que se ha hecho prescindiendo de él, y frecuentemente en su contra y a su pesar.

Los hombres, trabajan, cambian y estudian, viajan, siguen como las entienden las reglas de la moral y de la higiene, se aprovechan de los progresos de la ciencia y del arte, tienen infinitas relaciones entre sí, sin experimentar la necesidad de que nadie les imponga un modo de conducirse.

Por eso todas las cosas en que no interviene el gobierno son las que marchan mejor, las que dan lugar a menos diferencias y se acomodan, por la voluntad de todos, de tal manera que todos las encuentran útiles y agradables.

No es el gobierno más necesario para las grandes empresas y para los servicios públicos, que reclaman el c
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