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La revolución de Octubre (1917-1921) - Part 2

Info1/15/2014
La Revolución de Octubre (1917/1921) - Parte 2

Osvaldo Coggiola

La IIIº Internacional

Simultáneamente, los bolcheviques se esforzaron en poner en pie la Internacional Comunista (llamada también Tercera Internacional), cuya necesidad ya proclamaran a fines de 1914 (desmintiendo a François Furet quien, con poco celo, la identifica como un instrumento de la política externa de la revolución rusa). Desde el inicio, los bolcheviques se esforzaron por establecer o re-establecer relaciones internacionales, con éxito limitado, salvo en Rusia, donde ganan y organizan en “secciones extranjeras” a numerosos prisioneros de guerra (Béla Kun, Josip Broz “Tito”, Renter-Friesland, etc.). En diciembre de 1918 se toma la decisión de convocar una “conferencia socialista internacional” en enero. Esta se reúne finalmente en marzo de 1919 en Moscú (después de algunos pasos intermedios, como la Conferencia de Amsterdam en febrero de ese año): a pesar de su escasa representatividad, es proclamada Iº Congreso de la Internacional Comunista. En el verano de 1920, la IC reúne su IIº Congreso, ya con representantes del SPD Independiente (escisión de izquierda del SPD alemán), de la SFIO francesa, de los “Shop Stewards” (delegados fabriles) de Inglaterra, de la central anarco-sindicalista CNT de España. Es sin duda la simpatía de las masas continentales por la revolución rusa lo que lleva a los dirigentes de organizaciones tan heterogéneas a aceptar las “21 condiciones”, que intentan alinear a los adherentes al bolchevismo, apartando a los dirigentes oportunistas.

Como reconoce Ronald Suny: “Para los comunistas del período de la guerra civil, el internacionalismo era menos servidor del estado soviético que el estado soviético servidor del internacionalismo” (19).

La revolución de Octubre (1917-1921) - Part 2


El poder obrero

El siguiente es el testimonio del contemporáneo John Reed sobre el funcionamiento soviético en el inicio de la revolución: “El Soviet de Diputados Obreros y Soldados de Petrogrado, que estaba en plena actividad cuando me encontraba en Rusia, puede dar un ejemplo del funcionamiento de la organización gubernamental urbana del Estado socialista. Estaba formado por cerca de 1.200 delegados y, en circunstancias normales, tenía una sesión plenaria cada dos semanas. Al mismo tiempo, se nombraba un Comité Ejecutivo Central de 110 miembros elegidos en base a la representación proporcional de los partidos; este Comité Ejecutivo Central invitaba, para participar en sus trabajos, a miembros del Comité Central de todos los partidos, del Comité Central de los sindicatos profesionales, comisiones internas de las empresas y otras organizaciones democráticas. Junto al gran Soviet de la ciudad existían también soviets de barrio, constituidos por delegados de cada barrio en el Soviet de la ciudad y responsables por la administración de los respectivos sectores urbanos” (20).

Los bolcheviques habían ido preparando el ejercicio del poder proletario dentro de las fábricas desde antes de la insurrección. Así, el 17 de octubre de 1917 se inauguró la Tercera Conferencia de Comités de Fábrica de toda Rusia, que agrupaba 167 delegados: 127 bolcheviques y 24 socialistas revolucionarios de izquierda, aliados de los bolcheviques. En las elecciones de setiembre los bolcheviques obtienen el 51% de los votos. En Moscú y en Petrogrado consiguen 424.000 votos contra 455.000 de los restantes partidos.

De acuerdo con Isaac Deutscher: “Mientras se preparaban para la toma del poder, Lenin y sus seguidores buscaron aproximarse a los sindicatos desde un nuevo ángulo y definir su papel en el sistema soviético. La idea económica central que Lenin entonces expuso fue la del “control obrero” de la industria. Esto no significaba todavía la socialización o nacionalización total de la economía. El “control obrero” era concebido como una especie de control dual de la industria por patrones y trabajadores, un condominio en el cual estos últimos deberían adiestrarse para una futura administración exclusiva y en la cual progresivamente irían ampliando la esfera de sus responsabilidades. Lenin no pensaba en ninguna colaboración prolongada entre las clases, y su “control obrero”, por consiguiente, no podía ser comparado, por ejemplo, con los comités conjuntos de producción británicos. El “control obrero”, al contrario, constituía el marco de la lucha entre capitalistas y trabajadores en un período de transición, al término del cual los primeros serían expropiados. En lo concerniente a los sindicatos, se esperaba que éstos desempeñasen su papel en la instauración del “control obrero” (21).

En su libro escrito en 1922/1923, la historiadora soviética Ana Pankratova (después stalinista histérica) se refiere a la primera conferencia de los comités de fábrica como un elemento decisivo de la revolución (lo que no fue apreciado por historiadores como E. H. Carr): “La primera conferencia de los comités de fábrica debiera ocupar un lugar especial en la historia de la revolución proletaria rusa. Determinó todo el desarrollo posterior de la revolución; demostró que el proletariado de Petrogrado y toda la masa trabajadora caminaba con los bolcheviques y que el proletariado estaba dispuesto a defender las consignas de la revolución social en su lucha contra la burguesía hasta la victoria final” (22). La conquista de la clase obrera fue el primer paso de los bolcheviques en dirección al poder.

lenin


La política soviética

Con relación a la justicia, todos los observadores coinciden en reconocer la generosidad (algunos llegan a hablar hasta de “ingenuidad”) de la revolución en la materia. La palabra “culpable” fue cancelada del vocabulario oficial: solamente la sociedad era culpable de los crímenes perpetrados por sus miembros. Incluso se sugirió eliminar del Código Penal las penas de prisión con duración máxima y mínima para determinados delitos. Krylenko quería confiar a las Cortes la imposición de penas, de acuerdo a lo que consideraran apropiado en cada caso.

En la primera redacción del nuevo Código Penal, el gobierno fijó la pena máxima en cinco años de “privación de libertad”. En mayo de 1922, la pena máxima fue elevada a diez años, pero inclusive ese plazo era benigno comparado con el vigente antes de la revolución, que llegaba a veinte años. La educación y la instrucción de los presos fue promovida y fomentada. Se esperaba que la influencia del nuevo sistema soviético contribuyese a reformar rápidamente a criminales y delincuentes.

La cuestión nacional, a su vez, no era sólo un aspecto de política “interna”: ponía en juego la unión de la revolución rusa con la revolución internacional. En palabras de Lenin: “Igualdad completa de derechos para todas las naciones, derecho de las naciones a disponer libremente de sus destinos, fusión de los obreros de todas las naciones: ése es el programa que el marxismo y la experiencia de Rusia y del mundo entero enseñan a los trabajadores”. Para el historiador Eric Hobsbawm, la cuestión nacional fue sólo un elemento que “Lenin, con su habitual ojo penetrante para realidades políticas, transformó en uno de los fundamentos de la política comunista en el mundo colonial” (23). O sea, que el antiimperialismo sería sólo un elemento empírico, aislado e incidental, de una política con otros fines que el de terminar con la opresión nacional.

En la concepción de Lenin, las tendencias objetivas del imperialismo entran en colisión necesariamente con las tendencias subjetivas de la nacionalidad oprimida. Como ya fue observado: “(Para Lenin) donde existe un movimiento popular que ‘siente ser otra nación’, ya está definido el sujeto de la autodeterminación. A diferencia de los autores que van sumando diversos rasgos diferenciados para calificar su especificidad nacional, Lenin enfatiza una descripción amplia de las modalidades de protesta” (24). Para el proletariado, se trataba de conquistar un lugar dirigente en el movimiento nacional antiimperialista, uniéndose así con la lucha socialista mundial de la clase obrera.

Revolucion Rusa


Nacionalidad y Socialismo

Así se comprende el juicio de Trotsky: “Sean cuales fueren los destinos ulteriores de la nación soviética, la política nacional de Lenin ingresó para siempre como materia sólida de la humanidad” (25).

El stalinismo debutó rompiendo con el bolchevismo, en torno justamente de la cuestión nacional (Stalin llegó a criticar al moribundo Lenin, en el Politburó, por “liberalismo nacional”), al favorecer una política chauvinista gran rusa para resolver el conflicto con los comunistas georgianos. Lenin rompió con Stalin, escribiendo que “nada atrasa tanto el desarrollo y la consolidación de la solidaridad de clase como la injusticia en el terreno nacional. Nada ofende tanto el componente de una nacionalidad como el ataque a los sentimientos de igualdad de parte de sus camaradas proletarios, aunque esto lo hagan por negligencia” (26).

Eric Hobsbawm comete un abuso histórico afirmando que el final de la Primera Guerra Mundial fue testigo de la victoria de la “ideología leninista-wilsoniana” de autodeterminación nacional. Equiparar la política de Lenin (la revolución) a los 14 puntos de Woodrow Wilson (presidente de los Estados Unidos) por su semejanza formal no sólo es olvidar el ataque de todas las potencias imperialistas contra la naciente URSS sino también ignorar la utilización, por primera vez en escala mundial, de la política democratizante (la autodeterminación nacional equivale a la democracia en el terreno de las relaciones internacionales) como arma contra la revolución. Fue en torno de los “14 puntos” que se soldó la alianza histórica entre la socialdemocracia europea y los Estados Unidos (Alemania: Plan Dawes + SPD = contrarrevolución democrática), que fue un factor decisivo de contención de la revolución en la Europa de los años ‘20.

En el curso de la guerra civil en Georgia, contra el “democratismo” imperialista, Trotsky precisó la dialéctica de la autodeterminación nacional y la revolución social. “La república soviética, al contrario del imperio zarista que sólo estaba unido por la violencia y por la opresión, proclamó abiertamente el derecho a la autodeterminación de los pueblos y a la libertad para constituirse en Estados nacionales independientes. Comprendiendo la importancia de ese principio para la transición al socialismo, nuestro partido no lo transformó en dogma absoluto, superior a todas las tareas históricas. El desarrollo económico de la humanidad actual tiene un carácter profundamente centralizado. El capitalismo creó las premisas esenciales para la realización de un sistema económico mundial único. El imperialismo no es sino la expresión de rapiña de la necesidad de unidad y dirección para toda la vida económica del planeta (…) El principio de autodeterminación de los pueblos no está por encima de las tendencias unificadoras propias de la economía socialista sino que ocupa en el curso del desarrollo histórico el lugar subordinado que también corresponde a la democracia. Pero el centralismo socialista no puede tomar inmediatamente el lugar del centralismo imperialista. Las naciones oprimidas deben tener la posibilidad de relajar sus miembros anquilosados por el yugo capitalista (…) Pero la impotencia económica de esos compartimentos estancos que son los diversos Estados nacionales se revela en toda su extensión a partir del nacimiento de cada nuevo Estado nacional (…) La revolución social victoriosa dejará a cada grupo nacional la facultad de resolver los problemas de la cultura nacional, pero unificará —en beneficio de los trabajadores y con su acuerdo— las tareas económicas cuya solución racional depende de las condiciones históricas y técnicas naturales, no de la naturaleza de los grupos nacionales (…) La independencia nacional es la etapa histórica, frecuentemente inevitable, en dirección a la dictadura del proletariado, que, en virtud de las leyes de la estrategia revolucionaria, manifiesta, inclusive en la guerra civil, tendencias profundamente centralistas, opuestas al separatismo nacional y coincidentes con las necesidades de la economía socialista racional del futuro” (27).

Qué se puede decir entonces de la tesis de que el actual problema nacional en la ex URSS “no sólo expresa antagonismos seculares sino que además cuestiona el orden establecido por el Ejército Rojo a comienzos de los años ‘20 (…) (El bolchevismo) justificó una defensa de la revolución que violaba principios de liberación nacional y social defendidos por la misma revolución” (28). Estas afirmaciones, que sostienen implícitamente que el stalinismo es la continuación del bolchevismo, en aspectos esenciales, aún escritas en nombre del “marxismo”, revelan un conocimiento histórico superficial y quizás interesado.

partido obrero


Las críticas de Rosa Luxemburgo

En los últimos tiempos se cita con insistencia la crítica a la Revolución de Octubre hecha por Rosa Luxemburgo, considerada como “profética” en relación con el ulterior desarrollo de la URSS.

El filósofo húngaro Gyorg Lukács, vinculado en esa época al PC alemán, afirmó que “Rosa modificó posteriormente sus puntos de vista, alteración constatada por los camaradas Warski y (Clara) Zetkin” (29). Trotsky sostuvo que, después de la revolución de noviembre de 1918 (en Alemania), “Rosa se aproximaba día a día a las ideas de Lenin sobre la dirección consciente y la espontaneidad: fue ciertamente esta circunstancia lo que impidió publicar su trabajo, del cual más tarde se hizo un uso vergonzosamente abusivo contra la política bolchevista”.

El trabajo fue publicado por primera vez en 1922, por Paul Levi, quien “decidió publicar un inédito explosivo, cuyo manuscrito conservara, prudentemente, desde setiembre de 1918″ (30). Levi, discípulo (y amante) de Rosa, fue uno de los principales dirigentes en los primeros años del PC alemán y de la propia Internacional Comunista. En abril de 1921 fue excluido de ambos por romper la disciplina, debido a la publicación de un folleto crítico de la “acción de marzo” (tentativa insurreccional fracasada del PC alemán de marzo de 1921) (31). El motivo de la exclusión no era el contenido de la crítica (cuyos términos fueron retomados por el propio Lenin en su libro El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo) sino por haber sido publicada antes de cualquier debate interno, rompiendo la solidaridad partidaria. Una vez expulsado, Levi se volvió hacia la socialdemocracia. Fue en ese cuadro que publicó el manuscrito de Rosa, como arma política contra el PC alemán. En su voluminosa obra sobre la revolución alemana, Pierre Broué, que consagra un capítulo entero a Paul Levi, no se refiere a este importante episodio, ni deja claros los motivos de la expulsión-ruptura de Levi con el PC alemán (32).

El mayor biógrafo de Rosa Luxemburgo, J. P. Nettl, es mucho más preciso, sin llegar a apuntar razones esencialmente diferentes para la no publicación del manuscrito de Rosa en vida de ésta. De hecho, las líneas esenciales del manuscrito fueron previamente esbozadas en dos artículos que Rosa escribió para la prensa espartaquista, de los cuales sólo el primero fue publicado. Quien convenció a Rosa de no publicar el segundo fue… ¡Paul Levi! En su primer artículo, Rosa atacaba el derecho a la autodeterminación de las nacionalidades oprimidas por el Imperio zarista, concedida por el gobierno bolchevique (con lo que continuaba la polémica que, a ese respecto, la había opuesto a Lenin antes de la Primera Guerra Mundial) y, sobre todo, la paz de Brest-Litovsk, celebrada entre el nuevo gobierno soviético y el Estado Mayor alemán: “La paz de Brest es una capitulación del proletariado revolucionario ruso frente al imperialismo alemán. Lenin y sus amigos no se engañan sobre los hechos, así como no pretenden engañar a los otros: reconocieron la capitulación. Pero se ilusionaron en la esperanza de huir realmente de la guerra mundial a través de una paz separada. No percibieron que la capitulación rusa daría como resultado el fortalecimiento de la política imperialista pangermánica, debilitando las posibilidades de una sublevación revolucionaria en Alemania”. Curiosamente, Rosa no veía en esto la consecuencia de un error bolchevique sino de la situación objetiva: “Esta es la falsa lógica de la situación objetiva: todo partido socialista que llegue al poder en Rusia estará condenado a adoptar una táctica errada en cuanto le falte el auxilio del ejército proletario internacional, del cual forma parte” (33). Como apunta Nettl, Rosa no proponía ninguna alternativa a la política bolchevique, salvo el levantamiento revolucionario alemán. En tanto éste no existiese, el bolchevismo estaría frente a un callejón sin salida.

Bolchevique


Crítica de la Historia

Rosa escribió su crítica de la revolución rusa después de esos artículos y, según Paul Levi, sabiendo que no serían publicados: “Escribo este folleto para usted, y si consigo convencerlo, el trabajo no habrá sido en vano”. El texto es, en primer lugar, una defensa apasionada de la revolución rusa, del bolchevismo, y de la revolución en general, contra la socialdemocracia alemana: “La revolución en Rusia —fruto del desarrollo internacional y de la cuestión agraria— no puede tener solución en los límites de la sociedad burguesa (…) La guerra y la revolución demostraron no la inmadurez de Rusia sino la inmadurez del proletariado alemán para cumplir su misión histórica (…) Contando con la revolución mundial del proletariado, los bolcheviques dieron precisamente la prueba más brillante de su perspicacia política, de su fidelidad a los principios, de la audacia de su política” (34).

La crítica de Rosa al bolchevismo consiste en un rechazo a toda política de compromiso, realizada con vistas a la defensa del nuevo poder proletario, como contraria al libre desarrollo revolucionario de las masas: 1) la cuestión de la paz, ya citada; 2) la política agraria (“la tierra a los campesinos”), “táctica excelente para consolidar el gobierno, pero que crea dificultades insuperables para la ulterior transformación socialista de la agricultura”; 3) la cuestión nacional: el derecho de las naciones a la autodeterminación no sería sino una frase vacía en el cuadro de la sociedad burguesa. En la práctica, Finlandia, Ucrania, Polonia, Lituania y los países bálticos, el Cáucaso, usaron ese derecho para aliarse al imperialismo alemán contra los soviets. ¿Exceso de ‘liberalismo’ bolchevique?

La cuestión del compromiso como componente de toda política revolucionaria madura será desarrollada por Lenin en su libro sobre el “izquierdismo”. De hecho, en la estructura teórica de Rosa no parece haber lugar para las consecuencias del desarrollo desigual del capitalismo en la conciencia de las masas y, por lo tanto, para las consignas de transición, que serán el eje metodológico del programa que los bolcheviques se esforzarán por transmitir a los partidos obreros revolucionarios del mundo entero. El proletariado no es impermeable a las ideas nacionalistas: los bolcheviques hicieron la amarga experiencia de esto con la derrota del Ejército Rojo en Polonia…

La famosa crítica luxemburguista a la política democrática del gobierno soviético se sitúa en la misma línea: Rosa rechaza todo compromiso que, en nombre de las necesidades inmediatas, bloquee el pleno desarrollo de la vida y de la acción política de las masas. Lo que no tiene nada que ver con la defensa de las instituciones de la democracia ‘representativa’ como complemento necesario, o incluso superior, a la democracia soviética. Rosa escribe que “asfixiando la vida política en todo el país, es fatal que la vida en el propio soviet esté cada vez más paralizada. Sin elecciones generales, sin libertad ilimitada de prensa y de reunión, sin lucha libre entre las opiniones, la vida muere en todas las instituciones públicas, se torna una vida aparente, donde la burocracia queda como el único elemento activo”.

Oskar Negt dice que cuando Rosa “afirma que la libertad es siempre la libertad de quien piensa de modo diferente, su aserción no es un retorno al liberalismo sino un elemento, una parte constitutiva vital de una opinión pública proletaria, que no puede limitarse a reproducir y a aclamar decisiones, programas dados, orientaciones de pensamiento establecidas” (35). La supresión de la Constituyente, la ilegalización de los partidos opositores que pregonaran el derrocamiento del gobierno bolchevique —en el cuadro de la guerra civil— no eran puntos programáticos del bolchevismo sino medidas prácticas adoptadas en las condiciones de aislamiento internacional de la revolución en el marco de un país atrasado (con mayoría campesina). Rosa no podía conocer, en momentos que escribía el artículo en la prisión (1918), los escritos de Lenin donde la pluralidad de partidos obreros y campesinos en los soviets era señalada como “la vía más rica” para el pleno desenvolvimiento de la dictadura del proletariado. Y mucho menos las advertencias de Lenin, posteriores a la muerte de Rosa, contra el peligro de la burocratización, así como el debate de 1923 sobre el “nuevo curso”.

Fue Gyorg Lukács quien vio en las críticas de Rosa la expresión de un pensamiento orgánicamente antibolchevique y, en última instancia, ajeno al marxismo en puntos cruciales. Rosa criticó la disolución de la Constituyente no como una defensa de principios de esa institución sino como una demostración de la falta de confianza de los bolcheviques en las masas, capaces, a través de su presión (como aconteciera en las revoluciones francesa e inglesa) de cambiar el rumbo y el contenido de esa Asamblea (“Los soviets, como columna vertebral, pero la Constituyente y el sufragio universal”, era la fórmula de Rosa): “Rosa no destaca que esos cambios de orientación se parecían diabólicamente, en su esencia, con la disolución de la Constituyente. Las organizaciones revolucionarias de los elementos más nítidamente progresistas de la revolución (los consejos de soldados del ejército inglés, las secciones parisienses) desplazaron siempre por la violencia a los elementos retrógrados, transformando esos cuerpos parlamentarios en conformidad con el nivel de la revolución. En la revolución rusa se dio el pasaje de esos refuerzos cuantitativos en cambio cualitativo. Los soviets, organizaciones de los elementos más progresistas de la revolución, no se contentaron con depurar la Constituyente de todos los elementos salvo los bolcheviques y los SR de izquierda, los sustituyeron. Los órganos proletarios (y semiproletarios) de control y de consumación de la revolución burguesa se transformaron en órganos de lucha y gobierno del proletariado victorioso. Eso es lo que Rosa ignora en su crítica de la sustitución de la Constituyente por los soviets: ve la revolución proletaria bajo las formas estructurales de las revoluciones burguesas” (36).

Aun suponiendo que fuese así, cabría agregar que Rosa superó rápidamente esa visión, pues poco tiempo después, polemizando contra el ala izquierdista del PC alemán, partidaria del boicot a las elecciones para la Constituyente alemana, defendió implícitamente la disolución de la Constituyente en la URSS: “¿Se olvidan que antes de la disolución de la Asamblea Nacional (en Rusia) ocurrió algo diferente, la toma del poder por el proletariado revolucionario? ¿Tenemos hoy, por ventura, un gobierno socialista, un gobierno Lenin-Trotsky? Rusia ya tenía antes una larga historia revolucionaria que Alemania no tiene” (37).

Luciano Amodio sostiene que “es verdad que Rosa opone los consejos (soviets) a la Constituyente. Pero ¿hasta qué punto se puede admitir que es ella quien habla, y no el espartaquismo, sus amigos reencontrados en medio de una efervescencia pro-rusa y pro-soviética? (…) Fue a la salida de la prisión, bajo la presión de los hechos, que la llevaron a retractarse en pocas semanas, que ella comenzó a comprender que algo nuevo había aparecido, una especie de nueva lógica y de nueva idea sobre la revolución, nada mejor, centrada sobre el partido y no sobre las masas” (38). Para defender, contemporáneamente, la idea de una Rosa antibolchevique, se apela a argumentos psicológico-sentimentales (los “amigos”) y a la presión de las circunstancias: ¿es posible pensar que una teórica con el rigor de Rosa Luxemburgo, una mujer con tamaña personalidad, una dirigente de tal responsabilidad, pudiera cambiar radicalmente sus puntos de vista como efecto de presiones de ese tipo?

Preferimos quedarnos con la conclusión del más riguroso estudioso de la obra de Rosa: “El ensayo de Rosa sobre la revolución rusa, celebrado hoy como una acusación profética contra los bolcheviques (es más) una exposición de la revolución ideal, redactado —como acontecía frecuentemente con Rosa— bajo la forma de diálogo crítico, en la ocasión con la Revolución de Octubre. Los que buscaron en ella una crítica de los fundamentos de la revolución bolchevique deben buscar en otro lado” (39).

La oposición de Rosa al bolchevismo fue circunstancial. Por el contrario, no parece circunstancial sino estratégica, la conclusión con la que Rosa cerró su ensayo (todo buen autor deja lo más importante para el final): “Lo esencial y duradero en la política de los bolcheviques (…), lo que permanece, su mérito histórico imperecedero, es que, conquistando el poder político y colocando el problema práctico de la realización del socialismo, abrirán el camino al proletariado internacional y harán progresar considerablemente el conflicto entre capital y trabajo en el mundo entero. En Rusia, el problema sólo podía ser planteado, no podía ser resuelto, pues sólo puede ser resuelto a escala internacional. Y, en ese sentido, el futuro pertenece en todas partes al bolchevismo” (40). Rosa no fue, sin duda, bolchevique, pero sólo una mente degeneradamente sectaria la descalificaría como revolucionaria.

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El “partido único”

La guerra civil fue la responsable directa del fin del “pluripartidismo soviético” y del pluripartidismo en general. En noviembre de 1917, la Pravda proclamaba: “…Estábamos de acuerdo y seguimos estando de acuerdo en participar el poder con la minoría de los soviets, con la condición de un compromiso leal y honesto de esa minoría en subordinarse a la mayoría y en realizar el programa aprobado por todo el Segundo Congreso de los Soviets de toda Rusia, lo que consiste en dar pasos paulatinos, pero firmes y constantes, rumbo al socialismo” (41). Y Lenin insistía en la “honestidad” de la coalición con los SR de izquierda.

En un cuadro inestable, de acuerdo con E. H. Carr, “se decidió extender un ramo de olivos a los partidos socialistas excluidos, o aceptarlo cuando fuera hecho por ellos. La exclusión de los mencheviques de los soviets no le impidió al comité central de ese partido reunir una conferencia de cinco días, en Moscú, a fines de octubre de 1918. La eclosión de la guerra civil y la amenaza declarada al régimen los ubicaron en una posición embarazosa, puesto que, a pesar de toda su hostilidad contra los bolcheviques, tenían menos que esperar aún de una restauración. Eligieron una vez más el camino del compromiso. La conferencia aprobó una serie de “tesis y resoluciones” reconociendo la Revolución de Octubre como “históricamente necesaria” y como “un fermento gigantesco que ha puesto el mundo entero en movimiento” y “renunciando a toda cooperación política con las clases hostiles a la democracia”. Este centrismo no resistiría la prueba de los acontecimientos.

La guerra civil transformó, primero, a los bolcheviques en “partido único del Estado”, tras el atentado de los SR de izquierda contra Lenin (aunque Fanny Kaplan, la autora, insistiese en que había actuado por cuenta propia, fue sumariamente ejecutada) y los asesinatos de Uritsky y del popular orador bolchevique Volodarsky: “Los acontecimientos del verano de 1918 dejaron a los bolcheviques sin rivales ni comparsas como partido dominante en el estado, y tenían con la Tcheka un órgano de poder absoluto. Persistía, sin embargo, una fuerte resistencia a usar ese poder sin restricciones. No había llegado aún el momento para la extinción final de los partidos excluidos. El terror era, a esta altura, un instrumento caprichoso y era normal encontrar partidos, contra los cuales habían sido pronunciados los más violentos anatemas y adoptadas las medidas más drásticas, sobreviviendo y gozando de una cierta tolerancia. Uno de los primeros decretos del nuevo régimen autorizó al Sovnarkom a cerrar todos los diarios que llamasen a la “resistencia abierta o desobediencia al Gobierno Obrero y Campesino” y, en principio, la prensa burguesa dejó de existir. No obstante a pesar de este decreto, y a pesar de la proscripción del partido cadete, a fines de 1917, el diario cadete Svoboda Rossi se publicaba aún en Moscú en el verano de 1918. El diario menchevique de Petrogrado, Novyi Luch, fue suprimido en febrero de 1918, por su campaña de oposición al tratado de Brest-Litovsk. Sin embargo, reapareció en abril en Moscú, con el nombre de Vpered y continuó durante algún tiempo su carrera sin interferencias. Se publicaban en Moscú diarios anarquistas hasta mucho tiempo después de la acción de la Tcheka contra los anarquistas, en abril de 1918″ (42). La guerra civil barrería en breve todos estos compromisos de hecho entre el bolchevismo y la oposición.

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El anarquismo

La llamada “represión al anarquismo” supone que éste existía como fuerza unificada, lo que no es verdad. Bajo el impacto de Octubre, el anarquismo ruso se fracturó. Durante la sangrienta guerra civil, había desde anarquistas revolucionarios prosoviéticos hasta utópicos inofensivos y terroristas anticomunistas. Paul Avrich, un historiador que simpatizaba con el anarquismo ruso, afirmó: “La campaña de terrorismo siguió por varios meses, alcanzando un clímax en setiembre de 1919, cuando un grupo de “anarquistas clandestinos”, asociados a los socialistas revolucionarios de izquierda, bombardearon la sede del Partido Comunista de Moscú, matando e hiriendo a 67 personas”. Al mismo tiempo, Avrich anota que “había un pequeño ejército de anarquistas que tomaron las armas contra los blancos durante la guerra civil”. En agosto de 1919, Lenin describió a esos “anarquistas soviéticos” como “nuestros mejores camaradas y amigos”, como, por ejemplo, Vladimir Shatov.

El anarquismo ruso concluyó dividido en innumerables grupos y prácticamente se disolvió, incluyendo casos como el de Piotr Archinov, uno de sus principales representantes, historiador del “movimiento makhnovista”, que ingresó en el PC ruso en 1930 (43). No podemos aquí analizar la guerrilla del anarquista Makhno en Ucrania (acusado de practicar pogroms antisemitas), pero se puede indicar que su enfrentamiento con el Ejército Rojo se dio en el cuadro de la lucha por un comando militar único para la guerra civil y contra la intervención extranjera, lo que también aconteció con unidades comandadas por los SR.

La guerra civil y la polarización política fueron transformando el bolchevismo en dueño absoluto no sólo del gobierno sino del propio escenario político, siendo los únicos representados en los soviets (del 70 al 80% en el otoño de 1918, hasta el 99% de los delegados en 1920) (44). La cuestión no es pretender que el bolchevismo “inventase” una “oposición leal” para preservar una fachada “pluripartidaria” (lo que el stalinismo hizo en las “democracias populares” de posguerra, como fachada de una dictadura burocrática). En cuanto a las viejas clases dominantes, la base social de los antiguos partidos burgueses y aristocráticos se había transformado en “vendedores ambulantes, acarreadores, (mozos de) pequeños cafés” (45), cuando no habían optado por el exilio.

Lo que hizo desaparecer en definitiva a los otros partidos socialistas y revolucionarios fue su oposición al poder soviético, basada en la idea de que los trabajadores no podían conquistar y mantener el poder en Rusia. Tres días después de la insurrección de octubre, Plejanov, el “padre del marxismo ruso”, publicaba una Carta abierta a los trabajadores de Petrogrado, donde se leía: “…Muchos de ustedes están felices con estos acontecimientos, gracias a los cuales cayó la coalición del gobierno de A.F. Kerensky y el poder político pasó a las manos del Soviet de Diputados de Obreros y Soldados de Petrogrado. Lo digo abiertamente: estos acontecimientos me entristecen… Nuestra clase trabajadora está aún lejos de poder asegurar en sus manos, para el bien de la nación y de sí misma, la totalidad del poder político. Atribuirle ese poder significa empujarla hacia el camino de una enorme infelicidad histórica, para ella y para toda Rusia” (subrayado del autor).

El bolchevismo fue el único defensor consecuente del poder soviético, el único que propuso una vía concreta para llevar los soviets al poder, contra el resto de la izquierda, como lo demostraron las palabras del dirigente socialista-revolucionario Víctor Tchernov: “El soviet era simplemente un centro de ebullición revolucionaria (…), un sustituto temporario de la organización sindical y política de la clase obrera (…). Un andamio hecho apresuradamente en torno de un edificio en construcción y que se retira una vez que la construcción está concluida (…). El sistema de los soviets concebido como base formal del Estado es una versión rusa del anarco-sindicalismo”. O del dirigente menchevique Bogdanov: “De hecho es natural que, no teniendo nada entre las manos, en el proceso de la Revolución hayamos intentado construir una organización, el soviet de diputados obreros y soldados, formado espontáneamente. Si hubiésemos tenido una organización pujante, tendríamos sin duda sindicatos, partidos, etc. El hecho de que la democracia revolucionaria haya sido obligada a constituir, al calor de la revolución, tales organismos revolucionarios, muestra en forma clara esta ausencia de organización, que llevó a los elementos revolucionarios más decididos de la democracia a comprometerse en la vía de construcción de los soviets”. Capitalistas para los anarquistas, anarquistas para los defensores de una revolución capitalista, los bolcheviques aparecen para los intérpretes de ambas versiones como portadores de una fuerza a-histórica.

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Bolchevismo y revolución

El camino concreto de la revolución fue planeado por los bolcheviques, pero impuesto por los trabajadores, los cuales, frente a la catástrofe rusa de octubre, de acuerdo con un testimonio, “exigen el poder para los soviets” (46). El bolchevismo fue, en definitiva, el ejecutor de la revolución obrera.

Medio año después del “golpe de octubre”, el 9 de junio de 1918, Trotsky resumía así la situación del país: “Entre todas las cuestiones que nos oprimen el corazón, hay una muy simple que pesa más que todas las otras: la del pan cotidiano. Un solo problema domina todas nuestras ansiedades y pensamientos: cómo sobrevivir mañana… Todo es difícil y penoso, el país está en ruinas y no hay pan”.

Fue en esas condiciones que el gobierno soviético se transformó en un gobierno de fuerza: “Los líderes bolcheviques eran conscientes de su posición débil. Por eso, su política inicial se combina oportunamente con la reparación de los sufrimientos más inmediatos de los obreros, soldados y campesinos. El primero de esos elementos fue la requisa de granos. El programa que incentivaba a los campesinos a tomar posesión de la tierra como propietarios individuales, visto por los opositores mencheviques como un gesto cínico y oportunista, recreó el problema de la falta de alimentos que fuera tan agudo durante la guerra, bajo los regímenes zarista y del gobierno provisorio. La desvalorización de la moneda y la falta de manufacturas desanimó a los campesinos a intercambiar sus excedentes; el reclutamiento de 14 millones de hombres vació la fuerza de trabajo de la tierra; y la tendencia de los campesinos a dividir la tierra en minúsculas propiedades familiares reducía la productividad. Por esas razones, los bolcheviques no podían esperar en forma realista que hubiese alimentos suficientes antes de que se restableciese la producción en las ramas no militares de la industria y antes de que se restaurase el intercambio entre ciudad y campo. Cuando falló su tentativa de mover las capas inferiores del campesinado (la bednota) contra los campesinos más ricos, el régimen apeló a la requisa forzosa de granos, como hicieron los gobiernos precedentes” (47). La historia no puso a los bolcheviques delante de un mosaico infinito de opciones…



El terror rojo

En este cuadro, y en el cuadro de la organización armada de la contrarrevolución, surgió el “terror rojo”, que se descargó incluso sobre elementos de la antigua izquierda, cuando se comprometían en actividades prácticas hostiles al poder soviético. El SR Isaac Steinberg, Comisario de Justicia del primer gobierno soviético, sabía de qué hablaba cuando definía el Terror como “un plan legal de intimidación masiva, de presión, de destrucción, dirigido por el Poder. Es el inventario preciso, elaborado y cuidadosamente ponderado, de penas, castigos y amenazas a través de los cuales el gobierno intimida, de los cuales usa y abusa con el fin de obligar al pueblo a seguir su voluntad. Es la pesada protección arrojada desde la cima sobre el conjunto de la población de un país, protección tejida con suspicacia, vigilancia continua y espíritu de venganza”.

Las injusticias cometidas por el “terror rojo” no fueron “excesos” (como si los comunistas pudiesen tener una filosofía semejante a la de las dictaduras latinoamericanas) sino un componente, un riesgo calculado, del propio método. No mejora nada decir que “las medidas brutales… no eran socialistas (pero) no dejaban de ser revolucionarias” (48). Ni tampoco afirmar, como hizo el pos-stalinista Jean Ellenstein, que “el stalinismo no proviene necesariamente de la situación de la Rusia soviética posterior a la revolución, pero podía derivar de ella y, de hecho, derivó” (49). Digamos de pasada que el “terror rojo”, cuantitativamente y guardadas las debidas proporciones, fue inferior al terror jacobino durante la Revolución Francesa.

El “terror blanco” de la contrarrevolución era un exceso “en sí”, pues asesinaba sin piedad, manifestando abiertamente su odio de clase contra la revolución obrera, sin ninguna preocupación de legalidad y sin vacilaciones. Ya el terror rojo, y su instrumento, la Tcheka, dirigida por el ex preso político bolchevique Félix Dzerzhinski, situada por encima de las instituciones legales (estatales o partidarias) provocó más de una crisis interna: “La acción de la Tcheka provocaba oposiciones dentro del partido. Algunos cuadros se opusieron en principio a la política continua de terror, que trataba a los sospechosos con medios ‘administrativos’y no judiciales. Otros se opusieron al terror con argumentos humanitarios, pero sus objeciones eran descartadas como sentimentalistas. Muchos temían que la Tcheka, cada vez más independiente y poderosa, acabase constituyéndose en un Estado dentro del Estado. Eran también frecuentes los conflictos entre ella y los soviets locales, que no aceptaban la intromisión de un órgano no constitucional en sus funciones” (50). La Tcheka fue aceptada como un “mal necesario”.

Los bolcheviques asumieron claramente la política de terror. En las palabras de Dzerzhinski: “Representamos nosotros mismos el terror organizado —esto debe dejarse en claro— y este terror es hoy muy necesario en las condiciones en que estamos viviendo, en una época de revolución. Nuestra tarea es combatir a los enemigos del poder soviético, estamos aterrorizando a los enemigos del poder soviético con el objetivo de sofocar crímenes desde el principio (…). Es inútil culparnos de asesinatos anónimos. Nuestra comisión consiste en 18 expertos revolucionarios que representan al Comité Central del Partido y al Comité Ejecutivo Central (de los Soviets). Una ejecución sólo es posible después de la decisión unánime de todos los miembros de la comisión en reunión plenaria. Basta que un único miembro se exprese contrario a la ejecución para que la vida del acusado sea perdonada”. Según John Dziak, esta afirmación era, obviamente, un “claro disparate”…

partido obrero


El precio de la victoria

Los bolcheviques ganaron la guerra civil, imponiendo respeto a la reacción y a la burguesía mundial que, al principio, los trataban de “ignorantes” y “salvajes”.

Las consecuencias de la guerra civil fueron de largo plazo. En el plano político, los bolcheviques se transformaron en dueños absolutos del escenario: “La ofensiva contra los mencheviques y los SR disminuyó después de 1918: puestos entre la restauración blanca y el terror rojo, eligieron lo segundo. El gobierno soviético, cercado completamente, aceptaba toda ayuda. Terminado el terror a finales de 1918, los SR y los mencheviques continuaron viviendo una existencia ficticia, enviando delegados a los soviets de las aldeas hasta las elecciones de 1920. En teoría, era una actividad imposible; en la práctica, se mantenía. En diciembre de 1920 los mencheviques participaron por última vez del Congreso Panruso de los Soviets como representantes de organizaciones soviéticas: ya no serían más tolerados después de eso. Martov ya había abandonado Rusia a comienzos de 1920, provocando la desbandada de la dirección menchevique. Lo que quedó del partido se unió a los bolcheviques o abandonó la política. Con el fin de la guerra civil, los bolcheviques dejaron de tener cualquier oposición organizada” (51). Los bolcheviques se transformaron en “partido único” por la literal dispersión de los partidos restantes.

Crisis de la Internacional

En la Internacional Comunista, las polémicas revelan que los bolcheviques son minoría dentro de la Internacional que ellos mismos fundaron. En 1919, la efímera República de los Consejos de Hungría —que podría haber sido el puente entre la revolución rusa y la revolución en Europa Central y Alemania— cae después de acompañar las vicisitudes de la curiosa política del PC húngaro, cuya incompetencia se revela en el balance hecho por su principal dirigente, Béla Kún, al decir que el proletariado húngaro traicionó a su partido, o sea, el PC…

En 1920 las divergencias en la IC tienen su centro en la participación en las elecciones y en los sindicatos reaccionarios. La tendencia “izquierdista” (con los holandeses Gorter y Pannekoek, apoyados por el KAPD alemán y por buena parte de los jóvenes partidos comunistas) defiende el boicot electoral, la salida de los sindicatos reformistas y la creación de uniones de tipo sindicalista revolucionario. Rechaza toda acción común con los socialdemócratas “al servicio de la burguesía”. Refleja el estado de espíritu que llevó en 1918/1919 a los espartaquistas alemanes a acelerar la evolución de las masas por la intervención de “minorías activas”, los putschs comunistas, el abandono de posiciones sindicales en Inglaterra y en Alemania, el boicot a las elecciones (en Alemania, Austria e Italia).

Lenin, en El izquierdismo, lo define como tendencia pequeño burguesa, que toma sus deseos como realidades y renuncia a la paciente conquista de las masas. Los comunistas deberían aprovechar todas las oportunidades, sindicales y electorales, para extender su influencia, acelerando la experiencia de las masas, por supuesto, pero con relación a los oportunistas. Algunos meses después, defiende la entrada de los comunistas ingleses en el Partido Laborista (Labour Party).

En 1921, la polémica se centra en torno de la “acción de marzo” en Alemania, tentativa putschista del PC alemán, fracasada. En el IIIº Congreso de la Internacional, y en el propio partido bolchevique, Lenin y Trotsky forman un bloque que obtiene una escasa mayoría contra los “nuevos izquierdistas”: Béla Kún, el alemán Thaelmann, el italiano Terracini. El Congreso apoya finalmente a los líderes de Octubre, admitiendo una “estabilización relativa del capitalismo”, que vuelve necesaria la conquista de las masas. En diciembre de ese año, el Comité Ejecutivo de la IC adopta la política del “Frente Unico Obrero”.

Bolchevique


Partido y dictadura

Para François Furet, la revolución terminó en el invierno de 1920/1921 (fin de la intervención y de la rebelión de Kronstadt, inicio de la NEP). De acuerdo con esto, “aparece la mentira según la cual el terror revolucionario no es más que una respuesta obligada a la violencia contrarrevolucionaria: mentira que tanto sirvió a los defensores y apologistas de la guillotina francesa. En 1921 terminó la intervención extranjera, los viejos adversarios de los bolcheviques partieron hacia el exterior, la revuelta de Kronstadt fue ahogada en sangre, se devolvía a los campesinos la libertad de comprar y vender. En el momento en que la dictadura del terror parecía tornarse menos necesaria, vuelve a reafirmarse con toda su fuerza, en el Xº Congreso del partido en 1921″ (52).

La verdad es que el fin de las fracciones fue vista como una medida de apaciguamiento de las tensiones internas del partido, no como la prohibición del debate político. Ernest Mandel cita un fragmento de La revolución traicionada de Trotsky (“la prohibición de los partidos de oposición llevó a la prohibición de las fracciones, y ésta concluyó en la prohibición a pensar en forma diferente del jefe infalible. El monolitismo policial tuvo como consecuencia la impunidad burocrática…”) que ilustraría su tesis de que (parte de la) dirección bolchevique habría tenido, posteriormente (1936), conciencia de su “error” de 1921. Lamentablemente, la cita está fuera de contexto: inmediatamente antes, Trotsky afirma: “Todo es relativo en este mundo donde sólo es permanente el cambio. La dictadura del partido bolchevique fue uno de los instrumentos más poderosos del progreso histórico. Pero también aquí, como dice el poeta, ‘la razón se transforma en locura y el bien, en tormento’” (53). El carácter temporario y emergente de las medidas, que Trotsky reivindicó, se volvió permanente con la dictadura stalinista.

El “terror rojo”, de acuerdo con Pierre Broué, incluyó “represalias ciegas, tomas y ejecuciones de rehenes, a veces masacres en las prisiones… una violencia que era una respuesta al terror blanco, su correlato. Una orgía de sangre, ciertamente. Pero las víctimas fueron incomparablemente menos numerosas que las de la Guerra Civil”. Hasta marzo de 1920, el número de víctimas fue oficialmente fijado en 8.620 personas; el contemporáneo Morizet calcula un poco más de 10 mil (54). Hubo manifestaciones populares en defensa del “terror rojo”, registradas fotográficamente.

Sin juzgar los poderes independientes de la Tcheka, la política bolchevique parece haber sido más la de canalizar “organizadamente” una tendencia existente en el campo revolucionario —haciendo de ella un instrumento de defensa de la revolución— que la organización de una venganza indiscriminada. Es imposible juzgarla en base a “principios morales eternos”, fuera de su contexto histórico: ¿es posible olvidar que el “terror blanco” del general Wrangel, todavía en 1921 reconocido como el “legítimo gobierno” ruso por la ‘democrática’ Francia (horrorizada por el “salvajismo rojo”), causó más víctimas que el “terror rojo”, apelando no pocas veces a la tortura y al asesinato de niños? Durante la primera guerra mundial y la guerra civil, Rusia perdió 5 millones de almas…

Trostky


Conclusión

Reducir este complejo panorama histórico, como hizo recientemente un ex trotskista (55), a la afirmación de que los bolcheviques montaron desde el comienzo un sistema de explotación del proletariado, es, por lo menos, una afirmación liviana. Un reduccionismo semejante permite las apreciaciones de los partidarios de la “teoría del totalitarismo” (un equivalente europeo de la “teoría de los dos demonios” de los ‘demócratas’latinoamericanos), como Nolte o Fouret, que reducen todo al montaje deliberado de un sistema de terror, que habría sido el único legado duradero de la revolución soviética (de la cual Stalin habría sido, entonces, el continuador consecuente).

Trotsky, Radek, Bujarin, reflejaban la convicción de una generación cuando escribían que, sin la revolución, Rusia se habría transformado en una semicolonia del capitalismo alemán o anglo-francés (o de ambos), después de la Gran Guerra. Desde 1905, sin embargo, estaba claro que la revolución democrática en Rusia sólo podría triunfar como revolución proletaria. En su obra sobre el Ejército Rojo, el comunista alemán Wollenberg deja en claro que “los sentimientos patrióticos fueron el principal motivo que llevó a un buen número de oficiales del viejo ejército a ofrecer sus servicios al gobierno soviético, al cual eran hostiles. Comprendieron que la liberación nacional de Rusia estaba vinculada al poder soviético, y vieron que las ‘asociaciones patrióticas’ que luchaban contra los soviets se transformaban en agencias de potencias imperialistas, que querían apoderarse de los campos de maíz y de las reservas petroleras y minerales del suelo ruso” (56).

Entre la toma del poder, en 1917, y la fecha clave de 1921 (estabilización temporaria de la revolución y del capitalismo mundial, con el inicio de la prosperidad de los “boaring twenties” en los Estados Unidos) la dirección bolchevique se vio enfrentada a problemas políticos y económicos inéditos, de una magnitud que ninguna otra fuerza política había enfrentado en toda la historia. Exigirle retrospectivamente la perfección en la resolución de cada problema, seleccionado al sabor de las preocupaciones políticas de cada autor contemporáneo, sería ponerla en un plano de pureza que no se exige a las direcciones de las revoluciones democráticas de los siglos pasados, ni a ninguna dirección política, cualquiera sea su signo ideológico, del presente siglo.

El balance de los primeros años de la revolución deja en claro no sólo la calidad política excepcional de esa dirección sino también una osadía que no se limitó, en las palabras de Rosa Luxemburgo de 1918, a la toma del poder, haciéndose también extensiva a la defensa de ese poder, entendido como poder revolucionario. Ese poder no se ató a una forma específica, “soviética” (los propios bolcheviques pensaron usar los comités de fábrica como plataforma para la toma del poder, viendo su carácter revolucionario confrontado con el conciliacionismo de los soviets), por lo que la acusación retrospectiva de no haberla mantenido después del vaciamiento de los soviets no encuentra apoyo, como se pretende, en la propia trayectoria del bolchevismo. La osadía bolchevique, en última instancia, fue el ejercicio de la responsabilidad revolucionaria, en la crisis excepcional de 1917, frente a la cual no se quejaron ante la Historia por falta de alternativas (como cretinamente hicieran los socialistas europeos ante la Gran Guerra) sino que las crearon, basándose en las posibilidades ofrecidas por la propia historia. ¿Había sido otra la herencia de Marx?

El elemento decisivo de la revolución fue, en sus diversas fases, el partido. Pero éste no fue concebido al margen de la evolución revolucionaria del propio proletariado, concentrada en su vanguardia (57): en elManifiesto Comunista, Marx, aún sin concebir la dictadura del proletariado como la forma política necesaria para la transición hacia el socialismo, ya concebía que “la organización de los proletarios en partido político” era la condición de su transformación en clase dominante. El propio papel de Lenin dentro del bolchevismo debe ser visto bajo este ángulo. En vida, Lenin no fue el “jefe infalible”, sino el primus inter pares, quedando frecuentemente en minoría en los debates. En los recuerdos de Trotsky, “(Lenin) no era una máquina de calcular que no cometía errores. Cometía menos que otros en la misma situación. Pero cuando los cometía, sus errores eran enormes, a escala del plano colosal de todo su trabajo” (58). El endiosamiento de Lenin, inmediatamente después de su muerte, el famoso “juramento” de Stalin, fue la proclamación del viraje político en dirección a la burocratización.

1921 no fue, Furet dixit, el fin de la revolución, pero sí el pasaje hacia una nueva etapa. El balance de la primera etapa deja en claro que el bolchevismo pasó por la prueba más difícil que ningún partido haya tenido que soportar a lo largo de la historia. Cualesquiera fueran los desarrollos de la segunda etapa y fueron los peores imaginables, el balance de la primera se incorporó como un legado definitivo para la historia.

Es verdad que en la primera etapa también se desarrollaron los elementos que posibilitarán, a partir de 1922, la burocratización del Estado soviético y la liquidación del bolchevismo: sólo cabe concluir que todo desarrollo histórico es contradictorio. El bolchevismo no se identifica, sin embargo, con esas contradicciones sino con la lucha por resolverlas revolucionariamente. La contradictoriedad del bolchevismo se sitúa en otro nivel: fuerza histórica, sólo podría superar los obstáculos basada en los materiales de la propia historia. Sin ella, sería como tratar de saltar por encima de la propia cabeza.

Los eventuales errores políticos del bolchevismo en 1917/1921 son tan responsables por el advenimiento del stalinismo como los errores de los jacobinos lo fueron por la restauración de la monarquía: la misma‘responsabilidad’ que los errores de un militante cuando está en prisión, bajo las agresiones policiales. Apuntar, como gran descubrimiento histórico, que en el bolchevismo pre-stalinista existían algunos de los elementos de la posterior dictadura burocrática (comenzando por el propio Stalin) significa repetir, de manera atrasada, unilateral y metafísica, la crítica que el propio bolchevismo (Trotsky, Rakovsky) ya hiciera de la hagiografía “histórica” stalinista. En el bolchevismo de 1918/1921 se encontraban los elementos de su degeneración, así como en el bolchevismo de 1917 existían los elementos de la contrarrevolución burguesa: esto equivale a decir que el bolchevismo, como todo fenómeno histórico y humano, era contradictorio y permeable a su medio político-social. Lo que le cabe al verdadero pensamiento histórico es descubrir, más allá de la contradictoriedad, aquello que Rosa Luxemburgo llamó “lo esencial y duradero, lo que permanece, de la política bolchevique”.

La defensa de la Revolución de Octubre no es una imposición dogmática sino la conclusión honesta de toda investigación histórica desinteresada. La Historia, como disciplina científica, no se puede situar, menos que las otras, en un plano por encima de los conflictos de clase y de ideas de nuestra contemporaneidad, pues ella misma es el terreno de esos conflictos. La condena en bloque de la revolución se hace actualmente en nombre de principios morales ahistóricos e inútiles (lo cual es muy diferente que analizar sus eventuales errores en una perspectiva histórica). Al fin de cuentas, sin los jacobinos, equivocados o no, no habría existido la Comuna de París. Para que llegue el tiempo de las cerezas, es preciso antes sembrarlas.



Notas

1. Cf., por ejemplo, John J. Dziak, Chekisty. A History of the KGB, Lexington, D.C. Heath, 1988.

2. Richard Pipes, Histórica Concisa da Revolução Russa, Rio de Janeiro, Record, 1997.

3. Pese a los esfuerzos en sentido contrario del ideólogo histórico de esta corriente, Ernest Mandel, en la fase final de su vida: Octobre 1917: Coup d’Etat ou Révolution Sociale. La légitimité de la Révolution Russe, Amsterdam, IIRF, 1992.

4. Cabe destacar, entre esos pocos, a Pierre Broué, Histoire de l’Internationale Communiste, 1919-1943, París, Fayard, 1997. Este trabajo pretende dar “un punto final en la marcha de la investigación histórica sobre el comunismo (y) la señal de un nuevo punto de partida” (p. 11).

5. Mikhail Gorbachov, “Outubro como um marco na história contempor"nea”, Sociedades em Transformação, año IV, nº 2, San Pablo, USP-CEPST, octubre de 1997.

6. Folha de São Paulo, 2 de noviembre de 1997.

7. Alexandre Skirda, “A contra-revolução bolchevique de outubro de 1917″, Libertárias nº 1, San Pablo, octubre de 1997.

8. Dietrich Geyer, “Revolución de Octubre”, en C.D. Kernig, Marxismo y Democracia, Historia 8, Madrid, Rioduero, 1975, p. 143.

9. Daniel Guérin, L’Anarchisme, París, Gallimard, 1965, p. 101.

10. Leonard Schapiro, ”Bolcheviques”, en C.D. Kernig, ob. cit., Historia 2, p. 10.

11. Arthur Rosenberg, Historia del bolchevismo, México, Pasado y Presente, 1977, p. 111.

12. Cf. por ejemplo Edward H. Carr, Estudios sobre la revolución, Madrid, Alianza, 1973.

13. Dimitri Volkogonov, Le vrai Lénine, París, Robert Laffont, 1995, p. 218.

14. Marc Ferro, Dos Soviets à Burocracia, Porto Alegre, CECA-CEDAC, 1988, p. 37.

15. Ernest Nolte, La Guerra Civil Europea, 1917-1945, “Nacionalismo y bolchevismo”, México, FCE, 1996.

16. Reproducida por la Folha de São Paulo, 22 de febrero de 1998 (“Marc Ferro, la violencia y la fe”).

17. Edward H. Carr, La Revolução Russa de Lênin a Stalin (1917-1929), Rio de Janeiro, Zahar, 1980, p. 11.

18. Michael Florinsky, Russia: A History and an Interpretation, Nueva York, Collier Macmillan, 1960, v. II, p. 1.474.

19. Ronald G. Suny, “A Revolução de Outubro e o problema das nacionalidades”, Sociedades em Transformação, año IV, nº 2, San Pablo, USP-CEPST, octubre de 1997.

20. John Reed, “Como funcionan os soviets”, Cadernos de Campanha, nº 2, s/d, abril de 1976.

21. Isaac Deutscher, Los sindicatos soviéticos, México, ERA, 1979, p. 35.

22. Ana M. Pankratova, Los consejos de fábrica en la Rusia de 1919, Barcelona, Anagrama, 1976, p. 45.

23. Eric J. Hobsbawm, Nações e Nacionalismo desde 1780, Rio de Janeiro, Paz e Terra, 1990, p. 124.

24. Javier Villanueva, Lenin y las naciones, Madrid, Revolución, 1987, p. 287.

25. Leon Trotsky, Histoire de la Révolution Russe, París, Seuil, 1950, p. 812.

26. V.I. Lenin, “Acerca del problema de las nacionalidades o sobre la autonomización”, Obras Escogidas, Moscú, Progreso, vol. III, 1970, p. 770.

27. Leon Trotsky, Entre l’Impérialisme et la Révolution, Bruselas, La Taupe, 1970, pp. 152-156.

28. E. Traverso y C. Samary, “La cuestión nacional en la
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