Oficialmente, la Guerra Fría terminó el 26 de diciembre de 1991. Ese día, el Soviet Supremo de la URSS reconoció públicamente que la Unión Soviética había dejado de existir, disolviéndose en dieciséis repúblicas independientes. Mijail Gorbachov había dimitido de su cargo un día antes, y a principios de mes casi todas las repúblicas soviéticas habían pactado la formación de la Comunidad de Estados Independientes. Pero la Guerra Fría había tenido muchos episodios calientes, que habían dejado su rastro por todo el mundo. El último frente de la Guerra Fría aún abierto no es otro que Corea.
La imagen de la cabecera de este blog está tomada en la frontera entre las dos Coreas. Esa frontera es posiblemente una de las más difíciles de cruzar del mundo. Defendida en ambos lados por cientos de miles de soldados y una cantidad aún superior de minas, separa dos mundos completamente diferentes, la próspera y dinámica Corea del Sur y la paupérrima, oscura y cerrada Corea del Norte.
La frontera entre las dos Coreas quedó establecida tras el alto el fuego de 1953. La guerra de Corea enfrentó a las fuerzas de la ONU, capitaneadas por Estados Unidos, contra el ejército norcoreano, apoyado masivamente por China. Antes de la guerra, el paralelo 38 hacía de frontera de facto entre ambas Coreas. El armisticio de agosto del 53 supuso el final de los combates, pero, al menos técnicamente, no el fin de la guerra. Técnicamente Corea del Norte y Corea del Sur siguen en guerra, puesto que no han firmado tratado de paz alguno y, de hecho, ninguno de los dos países reconoce al otro.
La frontera entre ambas Coreas discurre a través de la conocida como Zona Desmilitarizada, o DMZ, por sus siglas en inglés. La DMZ tiene cuatro kilómetros de ancho, y 238 de largo. Está establecida a ambos lados de la Línea de Demarcación Militar, o, más claramente, de la línea del frente de guerra en la fecha de la firma del armisticio, en julio de 1953. El estado del frente en esa fecha marca la frontera de facto entre los dos países. La frontera está marcada a intervalos regulares con carteles puestos allí en los años 50, que se conservan entre mal y peor. El acuerdo de alto el fuego entre las dos partes estableció una franja de seguridad de dos kilómetros a ambos lados de la frontera, en la que no pueden establecerse posiciones militares, si bien se permiten patrullas militares, y, más recientemente, visitas turísticas.
Tres pueblos se encuentran dentro de la DMZ, uno a cada lado de la frontera y un tercero dividido entre ambos países, Panmunjeom. En la pequeña villa surcoreana de Daesedong-Dong sólo se puede residir con un permiso del gobierno, que la administra directamente, y únicamente se les concede a aquellos que tengan fuertes vínculos ancestrales con el pueblo. Daesedong se encuentra a cuatrocientos metros de la frontera, y a poco más de kilómetro y medio de Gijeong-Dong, la única localidad norcoreana en la DMZ. El pequeño pueblo norcoreano está habitado únicamente por soldados, y su existencia obecede únicamente a motivos propagandísticos. En la villa surcoreana hay un mástil de 80 metros de alto en el que ondea la bandera de Corea del Sur. Para contrarrestar el efecto, en la localidad del norte, el gobierno de Kim Il Sung instaló el mástil más alto del mundo, de 16o metros de alto, perfectamente visible desde el otro lado de la frontera. Según la orwelliana propaganda norcoreana, la localidad es conocida como la “Aldea de la Paz”. Las crónicas cuentan que un sistema de sonido emite 24 horas diarias de propaganda hacia el sur.
El tercero de los pueblos fronterizos es, como ya se ha mencionado, Panmunjeom. Se encuentra a menos de un kilómetro de los otros dos, y es el lugar donde Estados Unidos y Corea del Norte firmaron las dieciocho copias del alto el fuego de 1953. El edificio donde se firmó aún permanece en pie en la parte norte de la frontera, y ha sido reformado para albergar el Museo de la Paz. A un kilómetro del pueblo se encuentra la Zona de Seguridad Conjunta, o JSA, por sus siglas en inlgés. En ese lugar, fuertemente vigilado, se encuentra el único punto de encuentro entre ambas coreas, la que es democrática y la que proclama serlo. Sobre la misma frontera se encuentra una serie de edificios azules en los que se reunen las autoridades del norte y del sur (por el sur siempre acude Estados Unidos, puesto que el norte no reconoce al gobierno de Seúl). La frontera parte en dos los edificios, y también las mesas de su interior, para que los representantes de ambos países se encuentren en el territorio de su competencia.
A ambos lados de la frontera se organizan excursiones para visitar la JSA. Una de las primeras condiciones que se imponen para apuntarse es no beber, puesto que cualquier incidente, por nimio que sea, puede provocar un enfrentamiento armado. Otra de las normas a seguir es no salirse jamás de la zona asfaltada. A lo largo de la frontera yacen varios cientos de miles de minas antipersona, por lo que un paseito por el bosque es garantía de no volver entero. Las excursiones desde Seúl (que está a apenas 50 kilómetros de la frontera norcoreana) permiten a los turistas entrar en los edificios divididos. Estos edificios sólo tienen dentro personal de Corea del Sur, por lo que se permite cruzar la raya que los divide y pasar a Corea del Norte, aunque sólo sea unos metros. La salida hacia el régimen comunista está vigilada por soldados surcoreanos.
La JSA fue creada mediante el alto el fuego de 1953 como una zona neutral donde la Comisión Militar del Armisticio (MAC, por sus siglas en inglés), compuesta por representantes de ambos contendientes (Corea del Norte y Estados Unidos) pudieran reunirse. Partida en dos por la frontera de facto entre ambas Coreas, originariamente el movimiento era libre para los soldados y representantes de ambos bandos por toda el área. Pero varios incidentes terminaron con la libertad para moverse por el pequeño enclave, de apenas 800 metros de diámetro.
El primero de estos incidentes tuvo lugar en el Puente sin Retorno. Este puente, de nombre algo siniestro, se encuentra al oeste de la JSA, y cruza sobre el río Sachón, en el medio del cual discurre la Línea de Demarcación Militar, o sea, la frontera entre las dos Coreas. Su nombre le viene de la operación Big Switch, que tuvo lugar en 1953, y que consistió en la repatriación de todos los prisioneros de guerra tras el fin de las hostilidades entre Corea del Norte y China y las Naciones Unidas. A cada prisionero se le preguntó, en ambos lados, si prefería volver con su ejército o si quería desertar. Una vez tomada la decisión, no había vuelta atrás. Más de 13.000 soldados bajo bandera de la ONU, y más de 75.000 norcoreanos y chinos cruzaron ese puente. Cerca de 22.000 soldados chinos rechazaron la repatriación a su país, y, para sorpresa de los mandos de la Coalición, 21 americanos y un británico decidieron permanecer en territorio comunista. En Muere otro día, una de las recientes películas de Bond, James Bond, Pierce Brosnan era intercambiado por el malvado de turno a través del puente.
El incidente mencionado sucedió en agosto de 1976. Conocido como el Incidente del asesinato a hachazos (Axe murder incident), su nombre es suficientemente descriptivo como para hacerse una idea. Todo comenzó cuando los soldados americanos pretendieron podar un álamo que les bloqueaba la visión de un puesto norcoreano desde su lugar de observación (ver mapa más abajo). Hasta allí se acercaron dispuestos a talarlo, pero los soldados de la República Popular intentaron impedírselo, asegurando que el árbol había sido plantado por el mismísimo Kim Il Sung, a la sazón presidente del país, y al que la delirante propaganda norcoreana le atribuye prácticamente todo lo que se hizo en el país hasta su muerte (oficialmente, sigue siendo el jefe de Estado de Corea del Norte, aunque murió en 1994). Los americanos no hicieron demasiado caso, puesto que la poda había sido pactada con los dirigentes norcoreanos, así que el oficial popular llamó a los refuerzos, consistentes en una veintena de soldados que atacaron a hachazos y por la espalda a los soldados de la ONU, hiriendo a once y matando a dos.
El asesinato, además de tensar las relaciones entre el bloque comunista y Estados Unidos, provocó una inmediata reacción por parte del mando de la ONU. Tres días después del crimen una fuerza de más de 800 hombres armados tomó la zona, procediendo directamente a talar el árbol, mientras los soldados norcoreanos observaban desde el otro lado del puente. Si en algún momento pensaron en atacar, los tres helicópteros americanos que aparecieron sobre la zona les hicieron desistir, evitando un incidente de proporciones mucho mayores. Todas las fuerzas de la ONU y de Corea del Sur se pusieron en alerta máxima, por si tocaba empezar la III Guerra Mundial. El tocón del árbol se mantuvo en su sitio deliberadamente durante una década, hasta que fue sustituído por un monumento conmemorativo. El choque fronterizo provocó la prohibición de movimiento fuera de la zona establecida para cada bando, además del desmantelamiento de varios puestos norcoreanos en la parte sur de la JSA.
Que actualmente existan visitas turísticas a la JSA resulta sorprendente, pero indica dos cosas. Uno, que la Guerra Fría no es lo que era, y dos, y supongo que eso es bueno, que si estás dispuesto a pagar por ir a un lugar, alguien estará dispuesto a cobrarte por entrar. Pero el surrealismo de las excursiones a una zona minada tiene más caras dignas de conocerse. Además de la Zona de Seguridad Conjunta, cualquier excursión a la DMZ tiene otra visita obligatoria: los túneles de agresión, como se les llama en Corea del Sur. Estos túneles fueron excavados bajo la zona desmilitarizada por el ejército norcoreano, con la evidente finalidad de atraversarlos para invadir a su vecino del sur. El primero de ellos fue descubierto en 1974 durante una patrulla rutinaria. El túnel, de aproximadamente dos metros de ancho por otros dos de alto, recorría un kilómetro bajo la zona desmilitarizada. Dos años más tarde se descubrió un segundo túnel, de idénticas características. El tercero fue descubierto en 1978, a sólo 44 kilómetros de Seúl, y el cuarto y último descubierto hasta ahora fue encontrado en 1990. Se cice que hay unos veinte, pero que el gobierno de Seúl no ha querido hacerlos públicos para no atemorizar a la población. La versión oficial norcoreana afirma que los túneles no son más que minas de carbón, algo sospechoso teniendo en cuenta que están excavados en granto. Para dar el pego, las paredes de los túneles fueron pintadas de negro.
Varias personas murieron o resultaron heridas tras el descubrimiento del primer túnel. La vigilancia en torno a éstos es enorme, pero se permten las visitas turísticas, sobre todo al tercero de ellos. El tercer túnel recorre 1.700 metros bajo la DMZ, aunque la parte de Corea del Sur lógicamente sólo abarca la mitad. En el centro del túnel una barrera de hormigón con una puerta separa ambos mundos. Guardias surcoreanos vigilan la puerta 24 horas diarias. Es muy probable que al otro lado haya guardias norcoreanos cumpliendo la misma función. Para acceder al túnel hay dispuestas unas escaleras larguísimas (se encuentra a más de 70 metros bajo tierra), y también un pequeño monorrail turístico. Viaje usted a una zona de guerra por unos pocos won, oiga.
En la plataforma superior del monorraíl se encuentra un mirador, con los clásicos telescopios para turistas. Por 500 won (al cambio unos 30 céntimos de euro) uno puede espiar un ratito a Corea del Norte. Eso sí, está prohibido hacer fotos desde el mirador, y hay una línea amarilla que indica a partir de dónde está prohibido usar las cámaras. También está prohibido tomar imágenes del interior del túnel, aunque en la era de los móviles con cámara de cinco megapíxels la prohibición resulta más complicada de imponer.
Una historia de fronteras, de guerra y de odios. En excursión organizada, única manera de llegar hasta allí, he ido a visitar la Zona Desmilitarizada entre las dos Coreas, aún en estado de guerra pese al alto el fuego establecido hace ya 60 años. Y con varios ataques y muertos mediante, desde entonces. Si te gustaría llevarte algún recuerdo de Corea del Norte, pero no estás dispuesto a someterte a las exigencias para entrar en dicho país, ésta es la opción más sencilla.
Los autobuses te dejan dentro de una base militar estadounidense, donde unos soldados muy peliculeros, a la par que simpáticos, darán una introducción histórica sobre aquel tinglado fronterizo. Lo más importante: dan nociones de seguridad sobre cómo proceder para no enfurruñar a los norcoreanos. A continuación te transportan en otros autobuses al recinto levantado a medias con Corea del Norte, donde se celebran las reuniones bilaterales desde el alto el fuego. ¡Es emocionante!
Es una estrecha franja de terreno entre dos edificios arquitectónicamente elaborados y enfrentados entre sí, cada uno perteneciente a cada bando. Entre ambos, justo en la línea fronteriza que de divisoria imaginaria no tiene nada pues está perfectamente señalizada por balizas y rebordes de cemento, se erigen varios barracones pequeños pintados de azul. En ellos es donde se realizan las reuniones en sí y donde más tensión se respira a lo largo de toda la Zona Desmilitarizada.
Al estar estos edificios azules emplazados justo por donde pasa la frontera, mitad en el norte y mitad en el sur, podemos decir que hemos pasado unos 5 minutos sobre terreno norcoreano. Sin estampa en el pasaporte, pero al fin y al cabo suelo norcoreano. A parte de los turistas y nuestro soldado americano en funciones de guía, dentro había dos soldados surcoreanos en posición de taekwondo, preparados para retener a cualquier turista que intentase la más mínima tontería que pueda ofender al otro bando y comenzar una polémica. Acaso una guerra. Los soldados surcoreanos en el exterior se muestran igualmente amenazantes, puños cerrados, cuerpo en tensión y gafas de sol que impiden ver sus ojos. Como mobiliario solamente hay sillas y mesas, siendo en la central y mayor donde se hallan tres micrófonos que graban las 24 horas del día lo que allí dentro se dice.
Importantes acciones a evitar. No se puede señalar ni hacer gestos hacia los edificios o soldados norcoreanos. Aunque el día de mi visita solamente había uno, que nos atisbaba con sus binoculares al pie de su edificio patrio, a unos 150 metros de nosotros. Sin embargo, el soldado estadounidense nos adviertió de la necesidad de comportarse con marcialidad, pues en ese mismo instante estábamos siendo fotografiados por el otro bando. ¿Para qué? Pues por si alguien realiza cualquier gesto impropio poder utilizarlo como propaganda política. Igualmente existen reglas estrictas de vestimenta, por ser ésta utilizada también como herramienta norcoreana al modo de: “estos pobrecillos calzan chanclas, y visten vaqueros rajados porque no tienen dinero para comprarse unos nuevos”. Aunque lo mismo dice mi abuelo.
Visitamos también un túnel excavado por los vecinos del norte en dirección a suelo surcoreano, con el fin de facilitar una invasión sorpresa por detrás de la línea fronteriza. Éste transcurre a 73 metros bajo tierra, y fue descubierto gracias a un desertor norcoreano. Mide más de un kilómetro de largo, y de altura aproximadamente 1,70 metros por otros dos de anchura. No se si me daban más pavor la masa de turistas chinos que allí se apelmazaban gritando, o la propia claustrofobia del túnel, que no cejaba de supurar agua entre sus paredes de roca puntiaguda. Han sido descubiertos varios túneles a lo largo de la frontera, y no se descarta que haya más sin descubrir.
Anteriormente, nos llevaron hasta una elevación montañosa situada al pie de la frontera, desde donde pudimos observar el pueblo fantasma apodado “Propaganda Village”. Creado dentro de la zona desmilitarizada por Corea del Norte con idea de aparentar lo bien que les va en su país, está de hecho deshabitado. La idea surgió para contrarrestar el efecto propagandístico de Daeseong-dong, pueblo surcoreano que sí está habitado (de hecho, sus habitantes son ricos gracias a las subvenciones aportadas por el gobierno para que no se muden).
En el pueblo norcoreano las casas de tres plantas no tienen ni siquiera suelo entre las mismas, como queda demostrado al ver de noche parpadear las luces de las bombillas al mismo tiempo en todas las plantas. Además, un megáfono suele atronar con proclamas comunistas al vecino pueblo del sur, animándoles a desertar. En otra demostración de megalomanía, en el pueblo colocaron un mástil de 160 metros de altura, superando así los 100 metros del mástil surcoreano. De allí cuelga una de las banderas más grandes del mundo, tan grande que cuando llueve han de descolgar la bandera para evitar que con el aumento de peso al mojarse llegue a partir el mástil.
Agencias de viajes basadas en Seúl te llevarán en el mismo día desde la capital surcoreana hasta la Zona Desmilitarizada, existiendo también la posibilidad de pasarse por los túneles de forma opcional. En mi caso el tour incluía la DMZ, los túneles, el mirador y la última estación de tren antes de Corea del Norte, donde aún se pueden adquirir billetes hacia Pyongyang. Yo lo realicé con la agencia Koridoor por un precio total de 65 euros. Muy recomendable.