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Grandes personalidades opinan sobre la civilización

Info7/21/2014
Llamar "mejoramiento" a la doma de un animal es algo que a nosotros nos suena casi como una burla. Quien sepa lo que pasa en los lugares donde se domestica a animales salvajes, dudará mucho que éstos sean "mejorados".
(F. Nietzsche).



El "progreso indefinido" es una idea de origen iluminista, que nació en Próximo Oriente con la misma civilización y se procuró legitimidad teórico-racional durante la ilustración francesa del Siglo XVIII. Se basa en la noción de que el ser humano procede de un pasado enfermo, sucio, ignorante y primitivo, y que poco a poco se dirige hacia un futuro sano, limpio, culto y "avanzado". La arqueología sugiere más bien lo contrario, a saber: que la civilización ha provocado la caída del ser humano del estado de gracia, haciéndole enfermar. La idea de las tradiciones religiosas era similar: existió una "edad de oro" edénica (Satya o Kritta Yuga para los hindúes) en la que el ser humano era más perfecto, y tras la cual advino un trauma que causó la degeneración humana y la aparición de la miseria y la enfermedad, culminando en la edad de hierro (Kali Yuga para los hindúes). A pesar de esto, la espiral industrial en la que estamos sumidos sigue propagando que el crecimiento económico infinito es viable, que la torre de Babel puede ascender indefinidamente, que las cosas van a mejor y, en suma, que el ser humano "ha mejorado".

A lo largo de su historia evolutiva, el hombre ascendió en la pirámide alimentaria desde los arcaicos monos frugívoros, convirtiéndose en un depredador cada vez más eficaz y coronando la cima cuando, tras la revolución carnívora, dejó de ser víctima de otros depredadores. Sin embargo, con el fin de la edad de hielo y el advenimiento de la Revolución Neolítica, el hombre y el planeta cayeron bajo una nueva forma de depredación: la tecnología y el parasitismo de la Tierra; dos nuevos factores que violaron una ecuación holística hasta entonces armoniosa, y que transtornaron para siempre el equilibrio ecológico del planeta y la biodiversidad y calidad genética de la especie.

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El ser humano, o mejor dicho, un tipo humano desarraigado, alienado, mezclado y confuso, creía que la razón de su malestar y de su miedo era que el orden natural estaba mal diseñado. El frío glacial penetra hasta el tuétano, oprime el corazón, desmoraliza al timorato y no permite pensar en nada más. Los elementos y la vegetación azotan y arañan la piel. El suelo maltrata los pies. El sustento diario sólo se gana con atroz sacrificio y derramamiento de sangre. Las mujeres, acaparadas por los mejores cazadores y guerreros, son difíciles de conseguir. Cada minuto de vida es un minuto arrancado a duras penas a la muerte luchando contra el entorno y contra uno mismo. Y para colmo, en cada rincón acechan las fauces de un depredador o las afiladas puntas de sílex de una tribu enemiga que no tiene reparos en devorar alegremente a cuanto desgraciado caiga en sus manos. En cuanto a la tribu propia, es un organismo contundente, despiadado, frío y severo. No es una madre en cuyo blando regazo llorar en busca de consuelo y caridad, sino un padre estricto que impone obediencia, que se regodea con el sacrificio y que no perdona el error. Como mandos militares, los ancianos sabios marginan a los débiles de la vida reproductiva, premian sólo a los buenos cazadores y luchadores, exigen una lealtad y una entrega absolutas y no vacilan en dejar morir a los elementos menos valiosos de la colectividad por el bien del clan. Guste o no, estos son los factores que nos hicieron levantarnos por encima del hombre-simio y que escribieron nuestro genoma como una novela con letras de hielo, piedra, sangre, semen, carne y sudor.

"Evoluciona o muere", decía el mundo en aquella época. Pero esa ley puede resultar muy dura para las víctimas de la voraz maquinaria evolutiva: vivir como carne de cañón de la selección natural no es vida. Por tanto, es necesario cuestionar este horrible estado de cosas, rediseñarlo todo desde cero, reorganizar la obra de Dios ―ya que Él no ha sabido organizarla al gusto del hombre―, huir del sufrimiento y erigir un mesiánico "nuevo orden". Nace la moral del esclavo y una especie de complejo de Edipo. Se debe construir un sistema (la civilización) dentro del Sistema (la Naturaleza), en el que el sustento diario no entrañe tanto esfuerzo y en el que la búsqueda del placer y de la comodidad prime sobre las virtudes alquímicas del ascetismo, el sacrificio y la fuerza de voluntad. La competitividad debe atenuarse y la ferocidad del depredador debe ser suavizada para hacerla encajar en el nuevo molde social pseudo-matriarcal. Para lograr semejante meta, se debe reclutar a personas de procedencias diversas, dispuestas a trabajar por un nuevo bien común ―por la persuasión o por la fuerza―, y abolir su bagaje de tradiciones e identidad ancestrales. Donde antes sólo existían las profesiones de madre, cazador, guerrero, pescador, recolector y chamán, ahora surgirán ocupaciones totalmente nuevas (alfarero, agricultor, pastor, mercader, prostituta, sacerdote, minero, sirviente, esclavo) que jerarquizarán a la sociedad en base a criterios que nada tienen que ver con la calidad de los genes: un hombre débil y cobarde puede ahora ser valioso si se dedica a mover objetos por las rutas comerciales; una mujer promiscua, antaño maldita por la tribu, ahora puede vender su cuerpo. La naciente sociedad debe ser un ente masificado en el que los fuertes tiren del carro, remolcando a los débiles con el sudor de su frente. Los valientes mueren en la guerra mientras los cobardes se multiplican en la retaguardia. No necesitan ya cazar; el pan sustituye a la carne y el vino a la sangre. Sólo existe un dios universal: el de la civilización. Todos los demás dioses son abominaciones. Quienes pertenezcan a esta especie de secta son los elegidos. Quienes no pertenezcan a ella son los paganos, los bárbaros, los profanos, los violentos, una masa humana ciega, salvaje e impura que vive en las tinieblas y que debe ser esclavizada e integrada en el sistema para que los elegidos puedan vivir sin trabajar. El pensamiento lineal, racional y lógico debe crecer monstruosamente hasta anular al pensamiento simbólico e instintivo. La civilización acabará dominando a la Naturaleza, descrifrando todos sus secretos, diseccionándola y finalmente sometiéndola, fagocitándola y domesticándola íntegramente, para que nada escape al control humano y para que el sistema sea predecible, mecánico y matemático.

Esta filosofía debió arraigar muy tempranamente en Próximo Oriente y afectó a numerosos pueblos, entre ellos el judío ―que actualmente es con diferencia el grupo humano que lleva más tiempo viviendo bajo condiciones civilizadas. El Antiguo Testamento está salpicado de testimonios sobre el amanecer de la civilización, recogidos a lo largo de toda la Creciente Fértil, desde la ciudad sumeria de Ur hasta la egipcia de Menfis. En otro escrito hebreo, el Midrash Tanjuma, se nos brinda un ejemplo perfecto de ideología iluminista. Tiene lugar supuestamente antes de la revuelta de Bar Kojba. Turno Rufo, el gobernador romano de Judea, debate con el líder del sanhedrín, Akiva ben Yosef, y le pregunta: "¿La obra de quién es mas bella, la del Santo, alabado sea, o la del hombre, de carne y hueso?" El rabino le responde que la obra del hombre. Perplejo, el romano le replica: "Pero ¡mira el cielo y la tierra! ¿Puede acaso hacer el hombre algo semejante?". Akiva hace traer unos granos de trigo y un pastel: "Esto es obra divina y esto es obra humana", dice. "¿No es mejor el pastel que los granos de trigo?". Este tipo de razonamiento no difiere mucho del que les habría impulsado a Adán y Eva a probar del fruto del árbol de la ciencia... perdiendo para siempre el fruto del árbol de la vida.

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Está muy estudiado por la eugenesia que los entornos sociales civilizados ―al preservar las vidas de personas débiles y estúpidas que en un entorno natural serían incapaces de perpetuar su estirpe, y al lanzar a los fuertes e inteligentes a luchas fratricidas u ocupaciones aberrantes que minan su tasa de fertilidad y dilapidan su sangre― provocan irremisiblemente la degradación del código genético del ser humano. La Naturaleza tiene maneras muy retorcidas de vengarse de quienes le dan la espalda o pretenden dominarla. El registro fósil demuestra que en cuanto el hombre dejó de cazar y abrazó la agricultura, lo pagó con un tremendo descenso de su salud y de su calidad biológica, como vimos en el artículo sobre la Revolución Neolítica. Actualmente, la proliferación cada vez mayor de enfermedades degenerativas, alergias y desórdenes mentales ("la investigación de las enfermedades ha avanzado tanto que cada vez es más difícil encontrar a alguien totalmente sano", decía Huxley) es señal más que evidente de que no hemos dominando a la Naturaleza, sino que nos sigue dominando como siempre, sólo que esta vez nos ataca, porque no la estamos obedeciendo. La enfermedad y la degeneración son las maneras que tiene la Naturaleza de protestar y hacernos ver que no estamos ejercitando nuestras funciones humanas, que ignoramos la sabiduría reproductiva y que estamos respirando, bebiendo y comiendo cosas que no deberíamos. Si la civilización es como una serpiente que se muerde la cola, es porque es el resultado de la calidad genética y depende de ella, pero como una maldición, se vuelve en contra de la misma sustancia que la alimenta, cerrando el círculo de su propia perdición. Este "efecto boomerang" biológico es el verdadero motivo por el que todas las civilizaciones se derrumban tarde o temprano, y suscita una pregunta lógica e inquietante: si la próxima civilización humana será global, ¿qué vendrá después?

La civilización ha supuesto el avance arrollador de la materia inerte (tecnología, comercio, consumismo, comodidad), y el retroceso absoluto de la materia viva (salud, cuerpo, código genético, mente, sacrificio), por no hablar de la caída de la espiritualidad. Hasta que los sistemas de poder humanos no adopten una perspectiva biocéntrica en general y antropocéntrica en particular, y mientras lo alto de la pirámide del poder mundial siga ocupado por la élite financiera internacional (los pastores que nos están domesticando, castrando, atontando y envenenando), la especie seguirá degenerándose a sí misma y al planeta. Talar bosques enteros para imprimir millones de ejemplares de la revista "Telva", enfermar a la gente para que tengan que comprar medicamentos a la industria farmacológica, cargarse la maternidad y la natalidad para que las mujeres trabajen a fin de ganar dinero para comprar cosas totalmente inútiles, o arrancar a millones de personas del Tercer Mundo para alimentar la maquinaria de las multinacionales, son cosas que sólo en un sistema económico equivocado y podrido podrían ser beneficiosas ―para unos pocos, y sólo a corto plazo. Mientras los Estados no se rebelen contra la economía de libre mercado y el comercio internacional apátrida, y mientras no intervengan resuelta y decididamente en la reproducción humana para detener la involución de la especie y mejorar su código genético, el ser humano va camino de convertirse en una forma de vida cada vez más ridícula y desarraigada. El mundo moderno necesita desesperadamente una serie de revueltas populares que derriben la economía financiera, global y de consumo, y establezcan una economía multipolar, austera y sencilla, más basada en la autosuficiencia, la autarquía de cada Estado, los bienes locales y aquellos estrictamente necesarios, y en la que el Estado, identificado con el pueblo trabajador, meta en cintura a los mercaderes, parásitos y prestamistas usureros.

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El actual estilo de vida no tiene nada que ver con las necesidades de la especie, sino con las exigencias de un sistema económico con vida propia, y que se encuentra en total contradicción con la naturaleza humana, con sus instintos innatos y con el verdadero papel del hombre libre en el concierto de la vida y del mundo.


La recopilación de pasajes que se presenta no debe entenderse como un alegato contra la civilización ni contra la tecnología, sino contra la civilización mal entendida, contra la tecnología mal empleada, contra la economía usurera, libre-mercantil, parasitaria, consumista y de crecimiento indefinido, y a favor de un tipo radicalmente distinto de civilización, como por ejemplo lo fue en su día Esparta: un Estado, quizás el único de la historia, que con una clarividencia sin precedentes, se dio cuenta de que el oro corrompe y de que la civilización es un producto netamente peligroso al que hay que aproximarse con el látigo en la mano. Durante siglos, Esparta fue capaz de mantener viva la naturaleza y la tradición de sus ciudadanos, pero también pudo defender el entorno geopolítico más vulnerable de Europa contra enemigos infinitamente más avanzados económica y materialmente.

A la hora de seleccionar los autores de estas citas, no se ha discriminado por motivos de raza, religión, sexo, orientación sexual o ideología. Aquí veremos a blancos, negros, judíos, nazis, anarquistas, fascistas, comunistas, franquistas, ateos, cristianos, paganos y homosexuales. La mayoría tienen en común el no compartir el infantil entusiasmo "progresista" y el mirar a la civilización con suspicacia, a la vez que paradójicamente son considerados grandes exponentes de la misma.

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Cronología de nuestra evolución desde la aparición del género Homo hasta la actualidad. La civilización industrial en rojo.



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