Este 13 de marzo se cumple el primer aniversario de Francisco, ex Bergoglio, al frente del Vaticano. A un año de su llegada al trono de Pedro, Francisco se muestra conforme con la tarea que ha realizado, aunque admite que “aún falta mucho”. Distendido, por momentos locuaz, afirma que, bajo su mando, la Iglesia Católica ha dado “un vuelco más que importante”. “La gente en la calle me pide que profundice el cambio”, dice. Recibe a Revista Barcelona en su pequeño despacho y, para reforzar la idea de austeridad, ofrece un vaso de jugo Mocoretá de naranja. “Tengo Manaos, si no”, propone, sencillo y cordial. La entrevista (que por cuestiones de espacio, tiempo y ganas no pudo ser publicada en la reciente edición 301 en papel de Revista Barcelona, en cuya portada aparece el propio Francisco como “El Patrón del Bien”) comienza.
-¿Cuáles considera que fueron los hitos de su gestión?
-Mi abrazo con el sin cara, o el descarado, como lo llamamos en broma (sonríe). Fue un punto alto de mi tarea pastoral.
-¿Por qué?
-Hacía mil años que un Papa no abrazaba a un deforme. Bueno, eso se terminó. Ahora voy a abrazar a deformes todos los días, si ello es posible. Hasta pensé en traerme a mi despacho algunos monstruos para ir abrazando y confortando a lo largo del día. Me tomo cinco minutos, me abrazo a un deforme (ríe).
-¿Se le hizo un vicio?
-No, no, nada que ver (sonríe). No tengo vicios (guiña un ojo). Pasa que me gusta confortar al débil, al que sufre. Ese es mi trabajo; para eso me pagan, y muy bien (sonríe).
-¿No piensa abrazar a mongoloides?
-Sí, lo pensé. Lo estamos estudiando. Vamos a ver. Quizá les dé la mano, solamente. O una palmada en la espalda. O un coscorrón afectuoso. Barajamos todas las posibilidades.
- ¿Siente que en este año mejoró la imagen que la gente tiene de la Iglesia?
-Sí, mucho (sonríe). La Iglesia quizá cometió errores y excesos, y ahora los estoy subsanando. Mi idea es transformar a esta institución en la más querida del mundo (sonríe).
-¿Cómo?
-Bueno, abrazar deformes es una medida. Otra: ser simpático y entrañable (sonríe). Cada día me esfuerzo para ser más copado, como dice la gente joven. Con trabajo, con horas de espejo, mejoré mucho mi sonrisa (sonríe).
-¿Cómo piensa contrarrestar el gran crecimiento del evangelismo?
-El evangelismo juega sucio. Pone mucha guitarrita, corito, lucecita, purpurina. ¿Eso place a Dios? No lo creo. Me corto el birrete con un vidrio antes de poner una guitarrita y un bongó en una misa (sonríe). La misa no es un show. No es Pasión de Sábado. O, en todo caso, es pasión, pero no de sábado.
-Para terminar, la pregunta de siempre: ¿qué consejo les daría a los jóvenes que quieren ser Papa (sonríe)?
-Que estudien (sonríe). Que trabajen mucho (sonríe). Que escriban y debatan (no sonríe). Y que crean en Dios: el ateo, el agnóstico no hace carrera en las grandes ligas de la religión. Bueno, nada: si ponen toda su energía y su amor, llegarán a Papa (sonríe). No tengo dudas de ello.