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misterios sin resolver: Kaspar Hauser el enigma de Nuremberg




“La ciudad halló su paso silencioso en el atardecer;
pronunció la oscura queja de su boca: soñaba ser un jinete”.
Canción de Kaspar Hauser


Aquel adolescente, salido de ninguna parte y que caminaba tambaleándose por las calles de Nuremberg, Alemania, el lunes de Pentecostés de 1828, se comportaba como si estuviese herido o borracho. Sujetaba un sombrero y un sobre. Se acercó indeciso a un desconocido, un zapatero local, y le mostró una carta dirigida al capitán del Sexto Regimiento de Caballería, estacionado a la sazón en la ciudad, y murmuró varias veces:

—Quiero ser soldado, como lo fue mi padre.



El zapatero acompañó al muchacho, que caminaba con dificultad, hasta el cuartel de policía, donde el chico esperó a que llamasen al Capitán. En el mismo lugar abrieron la carta, y el policía que estaba al mando y el oficial de Caballería leyeron el emotivo y amargo mensaje:

“Les envío un muchacho que está ansioso de servir al Rey en el Ejército. Le dejaron en mi casa el 7 de octubre de 1812, y yo no soy más que un pobre trabajador. Tengo diez hijos propios a los que criar. No le he dejado salir de casa desde 1812. Si no quieren quedarse con él, mátenlo o cuélguenlo de una chimenea”.



La carta no llevaba firma. El policía y el oficial supusieron que aquel muchacho de dieciséis años, que había sido abandonado en su infancia, seguía sin ser querido por nadie. El garabateado mensaje parecía explicar su anormal comportamiento, que fuese incapaz de caminar con naturalidad sobre unos pies tan delicados como los de un niño pequeño y que hablase de una manera infantil, con un vocabulario de sólo unas pocas palabras. Pero en cambio podía escribir su nombre con firme y legible caligrafía: “Kaspar Hauser”.



Su carcelero dijo al diario local: "Kaspar permanece horas sentado sin mover un sólo músculo. No camina y le molesta la luz. En la oscuridad ve como un gato". Y llegaron centenares de curiosos, educadores y científicos. Todos querían ver cómo era ese "buen salvaje" que defecaba en su celda sin importarle la mirada ajena y jugaba con un caballito de madera al que además alimentaba antes de comer él. Otras atracciones consistía en arrimarle una vela, cuya llama Kaspar pretendía tomar, quemándose los dedos, o mostrarle un reloj de péndulo, cuyo movimiento y sonido lo aterraban. No diferenciaba entre un objeto inanimado y otro vivo.

Caballo de Kaspar Hauser



El carcelero de Nuremberg se sintió intrigado por el muchacho y lo encerró en una habitación de su propia residencia, donde podía observarlo a través de una mirilla secreta. Le bastaron unos pocos días de atenta observación para convencerse de que Hauser no era un retrasado mental, ni se había vuelto loco. Con afectuosa paciencia, valiéndose de señas, el carcelero lo enseñó a hablar, admirándose por la rapidez y el afán con que empezaba el muchacho a aprender cosas nuevas.

Adorno del calabozo donde vivió Kaspar Hauser



Al cabo de seis semanas, el burgomaestre de Nuremberg fue llamado a la cárcel para escuchar los primeros y vacilantes detalles de la desdichada vida de Hauser. Lo único que podía recordar era que había estado encerrado en una celda de aproximadamente 1.80 metros de largo por 1.20 de ancho y 1.5 de alto. Los postigos de la ventana estaban siempre cerrados y dormía con su harapienta ropa sobre un jergón de paja. Jamás había visto a un ser humano y, sólo acompañado por un caballito de madera, nunca se sintió feliz o triste, dolorido o cansado. No vio a nadie ni oyó virtualmente nada durante todos los años que pasó allí, viviendo del pan y el agua que encontraba en su celda cuando se despertaba todos los días. Algunas veces, dijo, el agua sabía amarga y se quedaba dormido. Cada vez que ocurría esto, al despertarse advertía que le habían cortado el cabello y las uñas.

Dibujo del adorno del calabozo realizado por Hauser


Después de años de aislamiento, una mano se introdujo en su celda, desde atrás, y le dio una hoja de papel y una pluma. Y todos los días guió aquella mano la suya hasta enseñarle a escribir su nombre y repetir la frase: “Quiero ser soldado, como lo fue mi padre”. Una mañana, abrieron su celda y le sacaron a la calle, donde vio la luz del día y a otras personas por primera vez en su vida. También era la primera vez que llevaba zapatos. En la confusión de aquellas imágenes y sonidos extraños para él, Hauser no recordaba nada, hasta que se había encontrado en Nuremberg con una carta en la mano.


El supuesto calabozo donde Hauser vivió encerrado, descubierto en 1920


La historia del muchacho conmovió al burgomaestre y al pueblo de Nuremberg, y el joven Hauser fue pronto adoptado por el profesor Daumer que emprendió la tarea de educar al adolescente en las costumbres del mundo que le rodeaba. En pocos meses, Hauser se convirtió, de niño vacilante y retrasado, en un joven de brillante inteligencia. Con la excitación producida en su nueva ciudad por sus misteriosos antecedentes, filósofos curiosos y ricos intelectuales aprovecharon todas las ocasiones para invitarle a sus casas. Y la sociedad de Nuremberg no tardó en observar un sorprendente parecido físico de Hauser con los miembros de las familias de los grandes duques de Baden, que eran los que mandaban en la provincia. Abundaron los rumores, sobre todo el de que Hauser era de noble cuna y que su aislamiento infantil había sido cruelmente proyectado para impedir que sucediese en el poder a un príncipe de Baden.



En la época en que nació Hauser, dos príncipes de la familia Baden en línea directa de sucesión habían muerto en circunstancias misteriosas. Los habitantes de Nuremberg estaban convencidos de que Kaspar Hauser era un hijo no deseado por la familia real, un hijo del gran duque Karl y de la gran duquesa Stephanie. Ciertamente, la gran duquesa Stephanie había dado a luz un hijo hacía dieciséis años, pero nunca había visto a la criatura. Los intrigantes médicos de palacio le dijeron que el pequeño había muerto de meningitis poco después de su nacimiento, diagnóstico confirmado por la autopsia. Y cuando el gran duque Karl cayó gravemente enfermo en 1829, no tenía un hijo y heredero que le sucediese. Entonces llevaba Kaspar Hauser un año en Nuremberg, viviendo con el profesor Daumer y adquiriendo fama de joven distinguido e inteligente, de gran habilidad y cultura.



Cuando enfermó el gran duque en octubre de 1829, Hauser estuvo a punto de perder su joven y desdichada vida. Fue atacado y apuñalado por un enmascarado en los sótanos de la casa del profesor Daumer; pero curó de sus heridas. Al año siguiente murió el gran duque y la sucesión real pasó a otra línea de la familia, a los hijos de la condesa de Hochberg. Unos meses más tarde, un excéntrico noble inglés, que muchos dijeron era amigo de la familia Hochberg, se presentó en Nuremberg para solicitar de los tribunales la tutela de Kaspar, que venía desempeñando el profesor Daumer. Philip, cuarto Conde de Stanhope, ganó el pleito a pesar de la oposición local. Y así comenzó, a escondidas del pueblo, otro período de aislamiento para el desdichado Kaspar Hauser. Por orden de Lord Stanhope, fue separado de sus recién encontrados amigos de Nuremberg y alojado en la casa de un hosco pastor protestante en la población de Ansbach, distante más de treinta kilómetros de la gran ciudad. Una vez puesto Kaspar Hauser a buen recaudo, Lord Stanhope perdió todo interés en su pupilo, dejando que continuase su mísera existencia junto al pastor Meyer.



El 11 de diciembre de 1833, Hauser, que tenía a la sazón veintiún años y trabajaba como aprendiz de encuadernador, volvía a su triste alojamiento pasando por el parque cuando lo detuvo un desconocido. El hombre le preguntó su nombre y al decírselo, le asestó varias puñaladas. Hauser, gravemente herido, se dirigió tambaleándose a la casa del pastor Meyer. Pero el pastor no informó a la policía, sino que dijo cruelmente a Hauser que él mismo se había infligido las heridas para llamar la atención. Tres días más tarde, Kaspar Hauser murió entre terribles dolores.




Se dijo que, al enterarse de su muerte, la gran duquesa Stephanie se había desmayado, y que después había dicho, entre sollozos, que creía que aquel joven era realmente el hijo que le habían dicho que había muerto a poco de nacer. Pero ningún amigo del joven ni los tribunales alemanes pudieron demostrar la identidad de aquel muchacho sin historia y sin futuro.

Estatua en memoria de Kaspar Hauser



Nunca pudieron resolver el misterio de quiénes le habían tenido encerrado los primeros dieciséis años de su vida, ni de quiénes fueron los desconocidos asesinos que por fin consiguieron matarle. Hasta 1920 fue encontrado el calabozo donde Hauser vivió.

Obra de teatro basada en la historia de Hauser


Su historia caló profundamente en el imaginario colectivo e inspiró libros, películas, discos, historietas, óperas, obras de teatro, esculturas, pinturas. El muchacho llegado de ninguna parte fue enterrado en el cementerio de Ansbach. En la lápida de su tumba grabaron un sencillo epitafio: “Aquí yace Kaspar Hauser, un enigma”.

La tumba de Hauser en Nuremberg






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