Había terminado el recital. Calamaro volvía a casa re empastillado para escribir en #twitter que se había morfado a un tipo una vez en las Bahamas -movida de prensa, ya saben- cuando de pronto el taxi en el que iba pegó un volantazo y se dio la frente contra el asiento del conductor. - ¿Qué pasó? preguntó exaltado, pero nadie le respondió. El taxista estaba con medio cuerpo atravesando el parabrisas roto. Su sangre se mezclaba con la lluvia torrencial de esa noche de verano.

Esa noche Andrés apenas pudo dormir. No se le iba de la cabeza la imagen del gordo tachero con el culo medio afuera del pantalón y el cuerpo medio afuera del auto. Pensó prepararse un trago para dormir. Vodka, una pinta de ginebra y pintura que había olvidado el albañil que reparaba el baño. Todo sea por quedarse tranqui.
Luego de beber la infusión decidió tirarse a una siesta, pero no podía conciliar ningún tipo de sueño. Apenas sus ojos se cerraban veía al taxista muerto recriminándole que por su culpa murió, que por su poco talento musical Dios lo maldijo y lo obligó a chocar. Así estuvo toda la noche, sin poder dormir, cada vez más puesto porque intentaba inducirse el sueño escabiando cada vez más.
No hubo forma.
Y ante la imposibilidad de evitar aquellos arrebatos de inframundo, tomó la mejor y única decisión. Saltar de la ventana, sólo que en vez de caer en la pileta como Charly, terminó empostrado contra el pavimento.
Y todos fueron muy felices.
