¿Plata o plomo?: La violencia que se esconde detrás de la “igualdad social”
El presente artículo fue escrito por David Gallegos Rubio, estudiante de Relaciones Internacionales en la Facultad de Estudios Superiores Aragón / UNAM y miembro de Students for Liberty México.
¿Plata o plomo?” fue una frase utilizada por bandoleros durante la Revolución Mexicana (1910-1921) cuando con pistola en mano, despojaron a las personas de sus cosas, “invitándolos” a que se las entregaran “voluntariamente a fuerzas”, so pena de darles un balazo si se rehusaban.
El término de inclusión social se asemeja mucho a la descripción anterior, siendo un concepto que ha sido abanderado en los últimos años por diferentes políticos, movimientos sociales, activistas, organizaciones internacionales, no gubernamentales y civiles a lo largo y ancho del mundo.
La inclusión social se define, según la Unión Europea como el “Proceso que asegura que aquellos en riesgo de pobreza y exclusión social, tengan las oportunidades y recursos necesarios para participar completamente en la vida económica, social y cultural disfrutando un nivel de vida y bienestar que se considere normal en la sociedad en la que ellos viven”.
En teoría, la inclusión supone una corrección a las ineficiencias institucionales que excluyen a determinados grupos en la sociedad y que les terminan generado desventajas debido a su género, edad, raza, religión, condición económica, social, educativa y/o laboral. Según ésta perspectiva, diversas políticas públicas tienen efectos negativos, ya sea de manera arbitraria (discriminación sistematizada) o no (falta de reconocimiento del impacto diferido sobre algunos o grupos).
América Latina se ha caracterizado por la alta demanda de gobiernos que actúan unilateralmente en contra de los individuos al transferir parte de su riqueza (obtenida a través de impuestos) a los sectores que los políticos consideren más convenientes con el pretexto de ayudar a los más desfavorecidos. Aunque en la práctica e históricamente hemos visto como terminan perpetuando la situación en la que éstas personas viven y es a su vez solapado por la sociedad debido al alto poder de compra que tiene la demagogia para persuadir. Estos políticos asumen como máximas institucionalizadas: la igualdad, la justicia social, la redistribución, nacionalización de los medios de producción y la protección del mercado interno a través de elevados impuestos o aranceles, por nombrar algunas.
La mayoría de las personas asumen que la igualdad es algo bueno, ético. Sin embargo, como diría Murray Rothbard: “la ética debe de corresponder con la naturaleza humana”
. Y es así como a través de la historia hemos visto diferentes intentos de moldear a los hombres de manera que puedan ser iguales, terminando en las tiranías más infames de la humanidad.
“El gran hecho de diferenciación y variabilidad del individuo (desigualdad) es evidente a lo largo de la experiencia humana; por lo tanto, el reconocimiento general de la naturaleza antihumana corresponde a un mundo coercitivo de uniformidad.”
Para lograr la igualdad entre las personas, sería necesario eliminar las diferencias biológicas, psicológicas e intelectuales de modo que sea un mundo uniforme en el que todos compartamos las mismas características.
Este tipo de utopías –o más bien distopías disfrazadas de aspiraciones justas– se difunden a la población y enajenan a millones de personas en mayor o menor grado; .y si bien las mismas no son llevadas a cabo en su totalidad, cada pequeña acción y medida a favor de la igualdad que en el corto plazo parece buena, suele acabar con grandes fallas en el sistema económico, político y social en el largo plazo.
Un mundo en el que todos somos iguales es una macabra ficción donde todas las personas entregan su individualidad, sus diferencias, su creatividad especial a favor de la colectividad.
Para entender mejor el peligro de éste ideal, podemos tomar como ejemplo la historia de Kurt Vonnegut llamada “Harrison Bergeron”:
En el año 2081 todos los hombres eran al fin iguales. No sólo iguales ante Dios y ante la ley, sino iguales en todos los sentidos. Nadie era más listo que ningún otro; nadie era más hermoso que ningún otro; nadie era más fuerte o más rápido que ningún otro. Toda esta igualdad era debida a las enmiendas 211, 212 y 213 de la Constitución, y a la incesante vigilancia de los agentes del Discapacitador General de los Estados Unidos.
El discapacitador (handicapper) en parte, trabaja de la siguiente manera:
Hazel tenía una inteligencia perfectamente promedio, lo que significaba que no podía pensar en nada salvo en cortas ráfagas. Y George, mientras que su inteligencia era muy superior a lo normal, tenía una pequeña radio de discapacidad mental en su oreja. Él estaba obligado por ley a llevarla en todo momento. Se ajustaba a una emisora del gobierno. Cada veinte segundos más o menos, el transmisor enviaba un poco de ruido agudo para impedir a la gente como George un aprovechamiento injusto de sus cerebros.
Cuando uno comienza a leer estas historias, inmediatamente nos percatamos de la desigualdad que nos caracteriza como individuos. Y lo que es más, entendemos que una sociedad igualitaria solamente se puede comprender a través de métodos coercitivos y totalitarios, de otra forma no es posible.
Atkinson, A.B., Cantillon, B., Marlier, E. and Nolan, B. (2002), Social Indicators. The EU and Social Inclusion, Oxford University Press, Oxford – http://economics.ouls.ox.ac.uk/12685/1/WP151.pdf
Rothbard, Murray. 2007. Egalitarism as a Revolt Against Nature, and Other Essays. Paperback. Ludwig von Mises Institute. Auburn, Alabama
Modern Age, Fall 1973, pp. 348–57.
El presente artículo fue escrito por David Gallegos Rubio, estudiante de Relaciones Internacionales en la Facultad de Estudios Superiores Aragón / UNAM y miembro de Students for Liberty México.
¿Plata o plomo?” fue una frase utilizada por bandoleros durante la Revolución Mexicana (1910-1921) cuando con pistola en mano, despojaron a las personas de sus cosas, “invitándolos” a que se las entregaran “voluntariamente a fuerzas”, so pena de darles un balazo si se rehusaban.
El término de inclusión social se asemeja mucho a la descripción anterior, siendo un concepto que ha sido abanderado en los últimos años por diferentes políticos, movimientos sociales, activistas, organizaciones internacionales, no gubernamentales y civiles a lo largo y ancho del mundo.
La inclusión social se define, según la Unión Europea como el “Proceso que asegura que aquellos en riesgo de pobreza y exclusión social, tengan las oportunidades y recursos necesarios para participar completamente en la vida económica, social y cultural disfrutando un nivel de vida y bienestar que se considere normal en la sociedad en la que ellos viven”.
En teoría, la inclusión supone una corrección a las ineficiencias institucionales que excluyen a determinados grupos en la sociedad y que les terminan generado desventajas debido a su género, edad, raza, religión, condición económica, social, educativa y/o laboral. Según ésta perspectiva, diversas políticas públicas tienen efectos negativos, ya sea de manera arbitraria (discriminación sistematizada) o no (falta de reconocimiento del impacto diferido sobre algunos o grupos).
América Latina se ha caracterizado por la alta demanda de gobiernos que actúan unilateralmente en contra de los individuos al transferir parte de su riqueza (obtenida a través de impuestos) a los sectores que los políticos consideren más convenientes con el pretexto de ayudar a los más desfavorecidos. Aunque en la práctica e históricamente hemos visto como terminan perpetuando la situación en la que éstas personas viven y es a su vez solapado por la sociedad debido al alto poder de compra que tiene la demagogia para persuadir. Estos políticos asumen como máximas institucionalizadas: la igualdad, la justicia social, la redistribución, nacionalización de los medios de producción y la protección del mercado interno a través de elevados impuestos o aranceles, por nombrar algunas.
La mayoría de las personas asumen que la igualdad es algo bueno, ético. Sin embargo, como diría Murray Rothbard: “la ética debe de corresponder con la naturaleza humana”
. Y es así como a través de la historia hemos visto diferentes intentos de moldear a los hombres de manera que puedan ser iguales, terminando en las tiranías más infames de la humanidad.
“El gran hecho de diferenciación y variabilidad del individuo (desigualdad) es evidente a lo largo de la experiencia humana; por lo tanto, el reconocimiento general de la naturaleza antihumana corresponde a un mundo coercitivo de uniformidad.”
Para lograr la igualdad entre las personas, sería necesario eliminar las diferencias biológicas, psicológicas e intelectuales de modo que sea un mundo uniforme en el que todos compartamos las mismas características.
Este tipo de utopías –o más bien distopías disfrazadas de aspiraciones justas– se difunden a la población y enajenan a millones de personas en mayor o menor grado; .y si bien las mismas no son llevadas a cabo en su totalidad, cada pequeña acción y medida a favor de la igualdad que en el corto plazo parece buena, suele acabar con grandes fallas en el sistema económico, político y social en el largo plazo.
Un mundo en el que todos somos iguales es una macabra ficción donde todas las personas entregan su individualidad, sus diferencias, su creatividad especial a favor de la colectividad.
Para entender mejor el peligro de éste ideal, podemos tomar como ejemplo la historia de Kurt Vonnegut llamada “Harrison Bergeron”:
En el año 2081 todos los hombres eran al fin iguales. No sólo iguales ante Dios y ante la ley, sino iguales en todos los sentidos. Nadie era más listo que ningún otro; nadie era más hermoso que ningún otro; nadie era más fuerte o más rápido que ningún otro. Toda esta igualdad era debida a las enmiendas 211, 212 y 213 de la Constitución, y a la incesante vigilancia de los agentes del Discapacitador General de los Estados Unidos.
El discapacitador (handicapper) en parte, trabaja de la siguiente manera:
Hazel tenía una inteligencia perfectamente promedio, lo que significaba que no podía pensar en nada salvo en cortas ráfagas. Y George, mientras que su inteligencia era muy superior a lo normal, tenía una pequeña radio de discapacidad mental en su oreja. Él estaba obligado por ley a llevarla en todo momento. Se ajustaba a una emisora del gobierno. Cada veinte segundos más o menos, el transmisor enviaba un poco de ruido agudo para impedir a la gente como George un aprovechamiento injusto de sus cerebros.
Cuando uno comienza a leer estas historias, inmediatamente nos percatamos de la desigualdad que nos caracteriza como individuos. Y lo que es más, entendemos que una sociedad igualitaria solamente se puede comprender a través de métodos coercitivos y totalitarios, de otra forma no es posible.
Atkinson, A.B., Cantillon, B., Marlier, E. and Nolan, B. (2002), Social Indicators. The EU and Social Inclusion, Oxford University Press, Oxford – http://economics.ouls.ox.ac.uk/12685/1/WP151.pdf
Rothbard, Murray. 2007. Egalitarism as a Revolt Against Nature, and Other Essays. Paperback. Ludwig von Mises Institute. Auburn, Alabama
Modern Age, Fall 1973, pp. 348–57.