Encerrada sin salida

La persona “A” tiene un billete de U$S 100. La persona “B” quiere un billete de U$S 100. La persona “A” le pone un precio a su billete y la persona “B” libremente lo acepta. La persona “B” paga por el billete lo que la persona “A” le pidió y la persona “A” le entrega el billete de U$S 100 a la persona “B”.
¿Qué es lo ilegal de esta operación? La mercadería transferida no podría ser más legal: se trata de la moneda corriente de otro país. Es más se trata de la mercadería más requerida por el propio gobierno. ¿Cómo podría ser legal en un caso e ilegal en el otro? No se trata de mercaderías fabricadas en un caso con materiales ilegales y en otro con materiales legales. No. Se trata de la misma mercadería. ¿Entonces?
Lo que ocurre es que el gobierno ha abolido la libertad de los particulares para comerciar esa mercadería. O bien ha monopolizado la capacidad de transar una mercadería ilegal. El único “ilegal-legal” puede ser el gobierno, pero no los particulares.
¿Puede durar un esquema que contraríe a tal grado el más elemental sentido común? Respuesta: no. Como consecuencia de ello el precio de la mercadería que se transa libremente (el llamado dólar blue) no puede hacer otra cosa que crecer. El gobierno con sus limitaciones ha restringido la oferta de dólares y con sus señales ha potenciado la ansiedad por tenerlos, de modo que la combinación de ambos factores no tiene otro camino que no sea el crecimiento del precio.
El gobierno puede seguir con su táctica de bicicleta financiera de vender bonos dolarizados de la Anses para que un conjunto de personas los compren a un precio inferior al blue, los transforme a las 48 hs en billetes, los venda en el mercado paralelo y con esos pesos vuelva a comprar dólares “baratos” a través de la Bolsa, en un círculo vicioso de ganancias tan improductivas como fáciles.
También puede intentar achicar la brecha con el ridículo “dólar único libre” acelerando la devaluación de éste, generando un factor adicional de inflación.
El camino es explosivo. Nada bueno puede salir de este esquema. La liquidación de divisas anticipadas de las cerealeras y demás aprietes no hacen otra cosa que disimular el problema y patearlo para adelante. La burrada de la instauración del cepo ha cobrado una vida propia fuera del control de los funcionarios.
El jefe de gabinete emite conceptos que no solo no puede sostener con un mínimo de conocimiento técnico sino que, para sustentarlo, pretende transmitir la idea de que detrás del dólar existe poco menos que una conspiración internacional contra la Argentina protagonizada por los fondos buitre, los centros financieros internacionales en consonancia con los conglomerados mediáticos locales a su vez están respaldados por un conjunto de golpistas que buscan desestabilizar al gobierno.
Pregunta: ¿no sería más fácil admitir una serie de groseros errores técnicos, tácticos, de manejo administrativo y hasta de un mínimo conocimiento de la idiosincrasia humana?
La velocidad del factor de deterioro desde que Capitanich se hizo cargo de la Jefatura de Gabinete no es sostenible en el tiempo. Extrapolar esa ratio por el tiempo que falta para que la presidente concluya su mandato en diciembre de 2015 no resiste el análisis.
Frente a ese dato el gobierno entiende que, justamente, aquella conspiración alimenta esa velocidad para expulsar al kirchnerismo del gobierno. Pero el cepo, la bicicleta de los bonos, el uso de los activos jubilatorios y la emisión sin control no la maneja la sinarquía internacional sino el propio gobierno. ¿Es el gobierno, entonces el capitán del golpe?
Las paritarias que van a comenzar arrancan en las declaraciones. Lo que se ha conocido hasta ahora tiene un piso del 30%. Pero ese nivel pretende reconstruir una inflación pasada. Mientras, la nueva ya comenzó. En ese rubro, la velocidad del desbarajuste también asusta; ya se habla sin rubor de niveles mensuales del 5% (en alimentos es mucho más que eso). Para un país con la cultura inflacionaria de la Argentina estos valores tienen el valor de una bola de fuego cerca de un balde de nafta. En este aspecto también extrapolar valores a diciembre de 2015 asusta.
El mundo inflacionario de los ’80 no existe más. Solo unas pocas republiquetas subdesarrolladas o en manos de mesiánicos tienen inflación. Es más la inflación como problema económico ha desaparecido del mundo civilizado; es a la economía lo que la viruela o la polio a la medicina.
El nivel de reservas no debería ser un problema si el país tuviera crédito, pero como no lo tiene su caída cotidiana hace las veces del oxígeno que baja el tubo de reserva. Como la única manera de afrontar obligaciones en moneda extranjera es sacándolas de las reservas, a la cifra declarada por el gobierno debería restársele los depósitos en dólares que pertenecen a particulares (salvo que se esté especulando con una confiscación a la fuerza) y los futuros pagos de deuda. Esas operaciones dejarían enseguida el nivel de reservas líquidas en menos de 15 mil millones de dólares.
¿Por qué el gobierno ha entrado en semejante obcecación? Por la ideología. Sé que muchos consideran que esta es una respuesta estúpida, porque hoy en día la ideología ya no podría ser un obstáculo para el sentido común. Me consta que muchos bienpensantes han llegado a decir que no les importaba mucho que Kicillof fuera marxista, cuando el ministro en las sombras se transformó en ministro en blanco.
Pues bien: no hay otra explicación para tanta cosa ridícula que no sea una que pase por la ideología. Esta especie de juvenilia antinorteamericana, anti-libremercado, anti-capitalista, anti-negocios, anti-dólar, anti-’90, anti-mundo, está en la base de todo este desbarajuste. Créase o no, es así.
¿Tiene espacio el gobierno para salir de ella? Parecería que no. La presidente se ha encerrado sola en una habitación sin escape. Tanto habló en contra de las puertas, que ahora que quisiera abrir una para salir de esa prisión, no es que están cerradas: las puertas sencillamente no existen en el mundo creado por el relato oficial.