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El asesinato de Kennedy y la historia de un libro

Info•2/7/2015
El asesinato de Kennedy y la historia de un libro Este es el titulo, de unos de los capitulos del libro, "Nadie vio Matrix" del autor Walter Graziano, economista Argentino. Tambien les dejo un video, en el que Kennedy ataca a las sociedades secretas y a los medios de comunicacion. Los libros de walter Graziano, posen en su pie de paginas links de donde a sacado parte de la informacion que muestra, es para aprovechar !! link: https://www.youtube.com/watch?v=fM8KLhsd3jI Mucho se ha dicho y escrito acerca de la muerte de John Kennedy. Hay cientos de libros diferentes que hablan acerca de conspiraciones que determinaron su asesinato. Muchos de ellos son excelentes y, sin embargo, esta gran abundancia de material bibliográfico ha jugado a favor de los intereses de quienes lo asesinaron. La causa es sencilla: la abundancia de teorías conspirativas sobre su asesinato sólo ayuda a desacreditar esa tesis, pues son tantos los sospechosos de planearlo (la Mafia, los cubanos anticastristas, el FBI, la CIA, el Servicio Secreto, la KGB, Fidel Castro, etcétera) que termina "reinando" la tesis oficial de la Comisión Warren acerca de la culpabilidad de un único y solitario tirador: Lee Harvey Oswald. Es por ello que solicitamos al lector un poco de paciencia para que pueda entenderse acabadamente qué intereses había detrás de la muerte del presidente de los Estados Unidos. Por ello le sugerimos que siga atentamente las consideraciones que vienen a continuación. Aunque inicialmente puedan parecer datos superfluos, al final de la explicación quedará muy claro por qué ha habido tal abundancia de libros y teorías distintas al respecto. Ocurre que nada mejor que intentar "esconder una aguja en un pajar", como veremos a continuación. John F. Kennedy fue asesinado en Dallas, Texas, el 22 de noviembre de 1963. Al día siguiente, en simultánea con el momento en que el Estado encaraba la investigación oficial del crimen que produciría el dictamen de la "Comisión Warren" —que concluyó que no había habido conspiración alguna y que Lee Harvey Oswald actuó como único tirador—, su hermano Robert R Kennedy le solicitó a un amigo de la familia, Daniel Patrick Moynihan, que investigara privadamente dos cuestiones: en primer lugar si el sindicalista Jimmy Hoffa, enemigo acérrimo de los Kennedy, había tenido que ver con el asesinato; en segundo lugar, si el Servicio Secreto (no la CIA ni el FBI), encargado de la custodia de Kennedy en sus viajes, había sido sobornado para facilitar el asesinato. A los pocos meses, Moynihan le acercó a Kennedy los resultados de su investigación. Las respuestas a esos interrogantes eran dos "no". Sin embargo, Robert no se quedó ni tranquilo ni quieto. Sencillamente no podía creer en la tesis oficial de Oswald como único asesino, y contactó a un ex agente de la inteligencia británica (MI 6) a fin de que encarara una investigación reservada acerca del asesinato. El agente británico fue, a su vez, rápidamente contactado por agentes del servicio secreto francés que ya estaban analizando e investigando diferentes pistas. Aparentemente, los franceses estaban interesados en saber exactamente quién o quiénes habían ordenado el asesinato debido a que en años anteriores el propio presidente francés Charles De Gaulle había sufrido dos atentados. De Gaulle creía que había conexiones entre el crimen de Kennedy y los atentados que había 156 sufrido,2 y habría ordenado una investigación privada del servicio secreto francés. Desde que el ex agente británico elegido por Robert fue contactado por los servicios secretos franceses, la investigación "reservada" se habría llevado en conjunto, y habría durado desde 1964 hasta 1967, cuando Robert Kennedy recibió el informe definitivo. En ese momento decidió lanzar su candidatura presidencial para las elecciones de 1968. También en 1967 el fiscal Jim Garrison inició su investigación de oficio, pues la oficial había sido cerrada por la Comisión Warren. Garrison había juntado cierta información y algunas pistas acerca de una conspiración, pero no podía avanzar todo lo que quería dado que no tenía pruebas concluyentes contra los eslabones más altos de la cadena que había ordenado el crimen. Fue por eso que en el juicio en el que actuó como fiscal debió limitarse a incriminar sólo a eslabones intermedios del crimen, tal como puede observarse en el film JFK de Oliver Stone. Además, se especula que Garrison fue elegido como fiscal del caso precisamente porque se pensaba que no podía llegar a resolverlo, tal como ocurrió. Pues bien, en ese año Garrison recibió una llamada de la editorial europea Frontiers, que estaba por publicar un libro acerca del crimen. El libro, aseguraba la editorial, resolvía definitivamente el crimen, y Frontiers le ofreció adelantarle el material para que pudiera avanzar en el proceso que llevaba a cabo. Garrison aceptó la propuesta y a las pocas semanas recibió tres cuadernillos con información de lo que más tarde sería L'Amérique Brule (América se quema) escrito por un tal James Hepburn en francés. Cuando terminó de leer el material, encontró que encajaba perfectamente con las pistas que él estaba siguiendo, por lo que decidió enviar a Steve Jaffe, un agente propio, a Ginebra, sede de Frontiers, para que se entrevistase con Hepburn. En Ginebra, Jaffe se sorprendió al advertir que Frontiers sólo tenía una mesa de entrada en lo que en realidad era un estudio jurídico. La firma en realidad tenía sede en Vaduz, Liechtenstein, pero allí tampoco había nada que investigar, dado que Frontiers no había existido antes como editorial. Su único proyecto era L'Amérique Brule y traducirlo al alemán, el italiano y el inglés. El autor, James Hepburn, tampoco existía como tal, sino que se trataba del seudónimo de un francés llamado Henri Lamar. Pero con el tiempo también se descubrió que Henri Lamar era, a su vez, otro pseudónimo. La pista llevaba rápidamente al servicio secreto francés, o sea al mismo que Robert Kennedy y su ex agente del MI 6 habrían contactado. Jaffe se dirigió entonces a París donde se entrevistó con el jefe máximo del SDECE (servicio secreto francés), André Ducret, quien obviamente no podía 2 De Gaulle no se equivocaba, si se estudiara el crimen de Kennedy por el lado de la "ruta del dinero" se encontraría que había vinculaciones entre una oscura corporación, pero a la vez un "sello de goma" — PERMINDEX— que habría participado en la financiación del asesinato de Kennedy y otra corporación, también un "sello de goma": Centro Mondiale Commerciale (paradójicamente en inglés World Trade Center) que estaba detrás de los atentados contra Charles De Gaulle. 157 oficializar la investigación que su propio servicio de inteligencia venía haciendo, lo que hubiera significado un problema diplomático con los Estados Unidos. Jaffe pidió a Ducret una entrevista personal con el general De Gaulle a fin de profundizar acerca de las fuentes de la información que le habían acercado a su jefe. Ante tal pedido, Ducret se retiró de la reunión y volvió al rato con una tarjeta personal de De Gaulle, a la cual el presidente francés había añadido una frase de puño y letra: "Estoy muy impresionado por la confianza que usted depositó en mí". La señal era clara: la información secreta sobre Kennedy había sido llevada a cabo por el SDECE francés, pero no podía ser oficializada. Aun así, el propio De Gaulle la respaldaba. Ello explicaba por qué Frontiers no había existido antes como editorial, por qué el autor del libro escribía bajo seudónimo, y por qué había una buena cantidad de fondos para publicarlo en otros idiomas. Mientras los franceses avanzaban en el vuelco final del informe secreto a un libro de venta masiva a publicarse en cuatro idiomas y Garrison continuaba su trabajo, Robert Kennedy, quien como hemos dicho ya conocía los resultados de la investigación francesa, fue asesinado inmediatamente después de ganar las primarias presidenciales de California, y a días de asegurar por primera vez en una conferencia de prensa que en caso de asumir la presidencia de la nación podría reabrir, e investigar hasta el final, el proceso judicial oficial del asesinato de su hermano John. Lo pudo decir solamente una vez, dado que según la historia oficial otro "loco suelto", Sirhan Sirhan, lo asesinó, aunque todo indica que éste no pudo ser el victimario real a pesar de estar armado, pues las balas que mataron a Robert no podían provenir de la ubicación en que se hallaba Sirhan Sirhan durante su discurso. El servicio secreto francés se habría puesto en contacto entonces con Ted, el único hermano sobreviviente que actuaba en política, para ver qué línea de acción quería adoptar la familia Kennedy con respecto a la investigación secreta de la muerte de John, sobre todo, tras el asesinato de Robert. Ted habría declinado en el acto cualquier posibilidad de proseguir. A partir de ese momento el servicio secreto francés se encontró absolutamente solo con los resultados de la investigación: la que realizaba Garrison no llegaba lo suficientemente "arriba" ni había acumulado pruebas necesarias para implicar a los personajes más poderosos que habían planeado la muerte del presidente. Los franceses se enfrentaron entonces a la necesidad de concluir su participación en la tarea. No encontraron ninguna editorial norteamericana ni inglesa que deseara publicar el libro en los Estados Unidos o el Reino Unido, a pesar de su éxito en Francia, Alemania e Italia, países en los que podía leerse en tres idiomas. Finalmente se decidió publicarlo en inglés en Bélgica con otro título: Farewell America (Adiós, América) y enviar los ejemplares por barco al Reino Unido y vía Canadá a los Estados Unidos. 158 Sin embargo, el FBI ya estaba al tanto sobre la actividad editorial de los franceses, por lo que les solicitó a las autoridades canadienses que bloquearan la posibilidad de que ingresara a los Estados Unidos. Como no había causa legal para impedir el ingreso de los libros desde Canadá, las autoridades de ese país inventaron de la noche a la mañana un impuesto a los libros publicados en Bélgica e importados a Canadá. El impuesto era retroactivo, por lo que la existencia de Farewell America en los puertos canadienses era ilegal. Los libros fueron confiscados por Canadá en 1969 y permanecieron en un depósito durante quince años, hasta cuando fueron finalmente rematados. La mitad de los libros habrían sido comprados por el propio FBI —a fin de ser incinerados— y la otra mitad por un particular llamado Al Nevis, quien resistió presiones y hasta persecuciones del FBI para que se los vendiera. Como se ve, Farewell America es un libro sumamente particular. Sólo en 2002 fue publicado por primera vez en los Estados Unidos, cuando ya no podía causar el daño irreparable que podría haber ocasionado a la elite globalista y en el seno del gobierno de los Estados Unidos, pues el caso Kennedy está cerrado desde hace varios años, y ya no puede tener casi impacto en la escasa prensa independiente de los Estados Unidos. La propia historia del libro revela, entonces, que su contenido es vital para entender lo que le sucedió a John Kennedy y por qué. Y a la vez su propia historia, como hemos visto, ayuda a entender por qué fue asesinado su hermano Robert, quien habría podido producir un auténtico escándalo de proporciones mundiales si en caso de ser elegido presidente —cosa sumamente probable— reabría la causa judicial acerca de la muerte de John. Ahora estamos en condiciones de entender el valor que posee ese libro, y hasta nos abre las pistas necesarias para entender los factores que condujeron al asesinato de su hermano Robert. Pero, ¿qué dice entonces el libro? Farewell America informa que el candidato predilecto de la elite en las elecciones de 1960 no era Kennedy sino Nixon, que había mostrado un mayor grado de sumisión a los más poderosos empresarios de los Estados Unidos. Sin embargo, la candidatura de Kennedy era tolerada por el hecho de que descendía de una familia patricia y rica que en el pasado había sido socia de la elite. El padre de John, Joe Kennedy, había sido embajador en Gran Bretaña en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, función que revela las importantes relaciones de la familia. Además hasta muy poco tiempo antes de la elección, Nixon lucía como favorito absoluto en las encuestas, por lo que no se consideraba que Kennedy tuviera grandes oportunidades. Sin embargo, Kennedy ganó. Y sus acciones de gobierno a poco tiempo de andar se mostraron claramente contrarias a los deseos de la elite y sus socios del aparato industrial-militar. A inicios de los años sesenta la Guerra Fría pasaba por uno de sus peores momentos, y los "halcones" del Pentágono no deseaban enfriar el enrarecido clima que se había generado con la Unión Soviética, sino ir a fondo. 159 Inclusive no se descartaba una guerra. El Caso Cuba, que había sido resuelto pacíficamente entre Kennedy y Kruschev en octubre de 1962, podría haber significado el inicio de una tercera guerra mundial si los misiles rusos no hubieran sido retirados de la isla, dado que a Kennedy no le habría quedado otra salida que bombardear las instalaciones misilísticas cubanas. Pero el hecho de que el conflicto se hubiera resuelto pacíficamente había enojado mucho a algunos de los militares más poderosos del Pentágono, los fabricantes de armas y los cubanos anticastristas residentes en Florida, que obviamente rechazaban el acuerdo por medio del cual mientras Rusia retiraba sus misiles, los Estados Unidos hacían lo mismo con los suyos en Turquía. Pero la actividad antibélica de Kennedy no sólo hacía improbable una guerra abierta con la Unión Soviética o una invasión a Cuba: también hacía imposible pensar en una escalada en la guerra de Vietnam como la que finalmente se produjo bajo su sucesor Lyndon Johnson. Kennedy, que inicialmente se había prestado a un aumento en las actividades norteamericanas en Vietnam, venía planeando un retiro total de las tropas del sudeste asiático para fines de 1964, y lo había hecho saber. Los generales más recalcitrantes del Pentágono y las principales empresas bélicas eran los primeros damnificados por la actitud pacifista del presidente, pero no eran de manera alguna los únicos: la industria petrolera era la otra gran perdedora en la materia dado que una de sus intenciones era explorar la costa vietnamita,3 que en aquellas épocas se consideraba —erróneamente— como un sector del planeta con muy vastas posibilidades petroleras a mediano plazo. Kennedy habría advertido rápidamente que debía enfrentar la oposición de esos sectores a sus planes, pero no se quedó atrás ni se amedrentó: a fin de dificultar la oposición a sus medidas pacifistas emitió un decreto por medio del cual los Estados Unidos se reservaban la posibilidad de incautar recursos naturales de propiedad de empresas norteamericanas en el exterior en caso de guerra. La advertencia a las petroleras era clara: si había guerra podían perder, y mucho. Quizá creyó que así podía fracturar el inmenso bloque empresarial que se le oponía, y a la vez impedir la guerra. Aunque fuertes, aquéllos estaban lejos de ser los únicos gestos hostiles hacia la elite que Kennedy tomaría en su corto mandato de poco menos de 3 años. Emprendió una suerte de cruzada contra el monopolio interno que ejercía la United Steel, principal fabricante estadounidense de acero, cuyos constantes aumentos de precios eran interpretados por Kennedy como operaciones monopólicas que afectaban la salud de la economía y el bolsillo de los norteamericanos. Los empresarios vieron en general con temor esa medida del presidente, quien mediante claras amenazas públicas logró hacer retrotraer los precios del acero. 3 Véase Hitler ganó la guerra, cap. VI. 160 Sin embargo, la principal medida que tomó Kennedy y que habría sellado la suerte tanto de su gobierno como de él mismo, habrían sido dos disposiciones contra los intereses del sector petrolero oligopólico. Concretamente, al momento de su muerte Kennedy proyectaba una rebaja del "oil deployment allowance" —que, como hemos visto, más tarde le daría fuertes "dolores de cabeza" a Richard Nixon— pero por sobre todo fue autor de una ley (la "Kennedy Act", aprobada finalmente el 17 de octubre de 1963, apenas un mes antes de su muerte), por medio de la cual a las corporaciones norteamericanas se les igualaba la tasa de impuestos de las utilidades distribuidas con la de las ganancias reinvertidas en el exterior. Si bien la medida era para todos los sectores económicos, afectaba especialmente los resultados de las petroleras, y sobre todo en lo que competía a sus vastos yacimientos en el exterior, cuyos beneficios estaban exentos del impuesto a las ganancias porque no estaban gravados. Como las petroleras norteamericanas se estaban expandiendo rápidamente en todo el mundo, esto afectaba de manera muy determinante sus intereses. Después de la aprobación de la "Ley Kennedy" el sector petrolero debía pagar el 35% de impuesto a las ganancias por todos sus importantes beneficios en el exterior. Kennedy había considerado, muy correctamente, que las petroleras gozaban de una muy injusta ventaja sobre otros sectores al no pagar impuestos por sus cuantiosas actividades en el exterior, y selló esa "ventanilla abierta", con lo cual también habría sellado su suerte. La elite, según Farewell America, habría formado un comité con la función de planear la muerte del presidente. Éste habría estado formado, entre otros, por el petrolero texano H. Lafayette Hunt y el general "halcón" del Pentágono Edwin Walker, degradado poco tiempo atrás por Kennedy debido a sus expresiones públicas acerca de la necesidad de un enfrentamiento bélico con la Unión Soviética. Sin embargo, según se desprende de la investigación francesa, éstos no habrían sido los autores intelectuales del crimen —cuya autoría no es difícil de imaginar—, sino los encargados de planearlo para que no hubiera fisuras. Había que planificar detenidamente el hecho dado que Kennedy se movía a todos lados con su custodia del Servicio Secreto. Era necesario comprar complicidades, contratar tiradores infalibles, encontrar un candidato para que fuera culpado del hecho, desviar cualquier intrusión molesta de la policía texana y del FBI, manipular la actividad de la prensa, etc. El comité habría hecho todo eso y habría contado con el apoyo y la complicidad del FBI y su poderoso jefe J. Edgar Hoover, la policía texana (según Farewell America muy corrupta y complaciente con los grandes empresarios de la zona), altos cuadros de la CIA (muy enojada con Kennedy desde la expulsión de su jefe, Allen Dulles) y con un auténtico "escuadrón" de personas relacionadas con la Mafia y los cubanos anticastristas, quienes iban a llevar a cabo el crimen a nivel operativo. O sea, se trató de un crimen diseñado en 3 niveles: el operativo, el táctico y el estratégico. Farewell America detalla cómo hasta el itinerario seleccionado para 161 el automóvil presidencial de aquel fatídico 22 de noviembre de 1963 estaba diseñado para que la velocidad del vehículo que conducía a Kennedy no pudiera sobrepasar en algunos sectores los 30 kilómetros por hora y se facilitara el crimen, de cuya complicidad no habría escapado ni siquiera el propio chofer, quien conducía a una velocidad extremadamente baja en algunos sectores del trayecto y no habría acelerado lo suficiente después del primer impacto de bala, lo que facilitó el segundo, mortal. La Mafia se habría prestado muy gustosa a ceder parte de sus cuadros para realizar el asesinato, dado que tanto John como Robert Kennedy habían demostrado ser, desde un primer momento, enemigos encarnizados de la Cosa Nostra al intentar luchar mucho más que sus antecesores contra el crimen organizado. Todo habría sido preparado hasta en sus mínimos detalles. Incluso el automóvil en el que era conducido el presidente —una limusina descubierta—, el vehículo ideal para facilitar un atentado, fue proporcionado por el propio FBI. La conclusión a la que arribó el servicio secreto francés en Farewell America es básicamente la misma a la que luego llegaría Oliver Stone en su film JFK: tres tiradores como mínimo, y probablemente cuatro. Ninguno de ellos habría sido Lee Harvey Oswald, quien engañado, habría sido seleccionado desde meses atrás para representar el papel de asesino. Ése era el aporte de la CIA, ensañada con Kennedy por el freno que éste ponía a la invasión de Cuba y por la expulsión de su jefe más querido, Allen Dulles. Datos posteriores al libro, que apareció en 1968 y recién pudo leerse marginalmente en los Estados Unidos a partir de 1984, revelan que la versión contenida en el mismo es sumamente ajustada a la realidad. Por ejemplo, un testimonio de 1992 —casi veinticinco años después de la publicación— de la amante del ex presidente Lyndon Baines Johnson, Madeleine Brown, quien además fue madre de Steven, un hijo suyo, señaló que la noche anterior al crimen de Kennedy presenció que se habían reunido a puertas cerradas en la casa del petrolero Clint Murchison, en Dallas, el también petrolero Haroldson Lafayette Hunt, J. Edgar Hoover (máximo jefe del FBI), Richard Nixon, Clyde Toison (FBI), John McCloy (ex presidente del Chase Manhattan Bank y hombre de confianza de la ex Standard Oil), y Harvey Bright (empresario petrolero). El vicepresidente Lyndon Johnson llegó tarde a la reunión. Al cabo de la misma, Johnson se despidió de Madeleine Brown diciéndole al oído: "Desde pasado mañana esos malditos Kennedy no me van a volver a avergonzar. No es una amenaza, es una promesa". Lo cierto es que con el texano Lyndon Johnson en el poder, los militares y las empresas de armas lograron que la guerra de Vietnam, lejos de acabar en corto tiempo, se profundizara a límites impensados. Asimismo, las empresas petroleras vieron cómo caía en el archivo la posible reducción de la "oil deployment allowance" planeada por Kennedy. 162 El asesinato habría sido recibido con beneplácito, además, en algunos de los más poderosos despachos de Wall Street, dado que John Kennedy había comenzado a emitir dólares desde el Departamento del Tesoro, rompiendo con la costumbre de que sólo el Banco de la Reserva Federal emitiera moneda. El FED es, y siempre fue, un banco privado propiedad de los más poderosos financistas de Wall Street.4 Tal actitud podía sentar un peligroso precedente para la elite financiera, dado que era un paso para quitarle a los banqueros privados la potestad de la emisión de moneda en los Estados Unidos. Por otra parte, también había despertado alegrías en la NASA, agencia a la cual el presidente había intentado bloquearle en un principio buena parte del presupuesto dado que prefería distribuir el ingreso de otra forma. No hay que olvidar que los principales proveedores de la NASA son las propias empresas de armas que firman multimillonarios contratos con el Pentágono y Kennedy no deseaba llevar adelante costosos proyectos espaciales sino distribuir esos fondos equitativamente. Habría sido el propio Lyndon Johnson, muy relacionado con la NASA, quien habría mediado ante él para lograr que no se bloquearan partidas presupuestarias de la agencia espacial, frente a lo cual Kennedy habría transigido a regañadientes, fomentando la carrera espacial con el fin de que las empresas armamentistas estuvieran atareadas proveyendo insumos a la NASA y ganaran dinero de esa forma, a fin de que no lo presionaran para generar más guerras.5 La prensa oficial norteamericana no sólo hizo oídos sordos ante las evidentes señales de que había habido una muy poderosa conspiración detrás del crimen de Kennedy, sino que incluso miró para otro lado cuando surgían las pruebas, por ejemplo, cuando la propia Madeleine Brown apareció en 1992 en un show televisivo llamado A current affair en el que hizo por primera vez sus explosivas declaraciones luego volcadas en su libro Texas in the morning, silenciado también por la prensa al servicio de la elite. Pero hay un muy jugoso dato adicional, más que sugestivo. El lector debería, al terminar este párrafo, detenerse un rato a meditar sobre el mismo: el fiscal del reabierto caso Kennedy en los años sesenta, Jim Garrison —quien, como hemos dicho, para algunos fue designado como fiscal del caso precisamente porque no se trataba de un investigador demasiado sagaz— escribió un libro con las memorias de sus investigaciones sobre el juicio. El mismo se llama On the Trial of the Assassins ( E n la búsqueda de los asesinos). En él cuenta algunos entretelones de la investigación que sólo pudo llegar hasta escalones bajos, los niveles 4 Ibid., cap. V. 5 Pocos días antes de morir, Kennedy pronunció un discurso en Texas en el que disparó una muy irónica frase, a propósito de su decisión de transformar la carrera armamentista contra los rusos en una inofensiva carrera espacial: "¿Por qué vamos a la Luna? Muy simple: ¡Porque está ahí!", dijo frente a un auditorio que reía y a un Lyndon Johnson que a sus espaldas miraba todo el tiempo para otro lado con gesto de disgusto. 163 operativos del asesinato —que funcionaban específicamente en Nueva Orleans—, de la complicada maraña que condujo hasta el crimen. En las páginas 30 y 31 de dicho libro dice algo revelador, y lo hace como al pasar: que algunas de las reuniones secretas del equipo operativo se desarrollaban en un galpón que funcionaba a metros de la Oficina de Inteligencia Naval, del Servicio Secreto (dependiente del Departamento del Tesoro), y sobre todo del cuartel general de la CIA en la ciudad de Nueva Orleans. Pero el dato no termina allí, pues los cuarteles generales de la CIA y el FBI en Nueva Orleans funcionaban dentro del Templo Masónico de la ciudad en los años sesenta. Es algo que no debe extrañarnos. Recordemos las palabras que expresó el propio John F. Kennedy en su discurso público sobre sociedades secretas y medios de prensa el 27 de abril de 1961, en el Waldorf Astoria, en el que embistió frontalmente contra las sociedades secretas y contra todo el sistema de prensa norteamericano. Ese discurso fue redactado en forma inmediata tras el fallido intento de la CIA de invadir Cuba. Dicha agencia le había solicitado a Kennedy por teléfono, infructuosa y sospechosamente, una autorización de último momento a través de su jefe Allen Dulles (luego expulsado)6 nada menos que en la madrugada del propio día del desembarco en Bahía Cochinos. Recordemos textualmente a Kennedy en un fragmento de su más importante discurso: La propia palabra "secreto" es repugnante en una sociedad libre y abierta, y nosotros, como pueblo, estamos inherente e históricamente opuestos a las sociedades secretas, los juramentos secretos y los procedimientos secretos. Kennedy declaraba eso, reiteramos, en el mismo discurso en el que criticaba durísimamente al sistema de prensa norteamericano.7 En el mismo —que recomendamos al lector leer o escuchar íntegramente— pronunciado ante la American Newspaper Publisher Association, luego dice con todas las letras: Se nos opone alrededor de todo el mundo una monolítica y despiadada conspiración que se apoya, primariamente, en medios encubiertos para aumentar su esfera de influencia (...) Es un sistema que ha reclutado 6 Véase Hitler ganó la guerra, cap. IV. 7 El discurso entero (20 minutos) puede escucharse en http://www.911 podcasts.com/files/audio/ fjk_secret_society_speech.mp3, una versión abreviada en: http://www.informationliberation.com/?id= 14306, o en http://www. youtube.com/watch?v=LlEqtaWpKEU. Puede leerse entero en http://www. libertyforum.org/showflat.php?Cat=&Board=news_history&Number=294723477&view=collapsed&sb=5& o=21&part= o en http://millercenter.virginia.edu/ scrippsldiglibrary/prezspeeches/kennedy/jfk_1961 _0427.html. 164 vastos recursos humanos y materiales para construir una muy bien atada y altamente eficiente maquinaria que combina operaciones militares, diplomáticas, de inteligencia, económicas, científicas y políticas. Sus preparativos son secretos, no se publican. Sus errores se entierran, no se señalan. Quienes disienten son silenciados, y no reconocidos. Para ello no se repara en gastos. Los rumores no se publican. Ningún secreto se revela. Es la máquina que conduce la Guerra Fría, en resumen, con una disciplina rigurosa que ninguna democracia puede esperar o desear alcanzar...8 No se refería al comunismo, sino a la estructura de la cual la CIA era sólo la punta del iceberg. Respecto de la prensa, se despachó en idéntico sentido, criticándola por partida doble: por desinformar sobre las cuestiones importantes y revelar secretos de Estado cuya difusión iba contra los intereses de los Estados Unidos, pero a favor de la carrera armamentista, y por lo tanto de la elite. Decía Kennedy, ante la atónita mirada de los dueños de medios, editores y periodistas: Sin debate, sin crítica, ninguna administración y ningún país puede sobrevivir. Es por eso que el legislador ateniense Solón decretó que un ciudadano que escapaba de las controversias cometía un crimen. Y es por eso que la prensa fue protegida aquí por la Primera Enmienda a la Constitución. Es el único negocio protegido constitucionalmente. Y no lo está principalmente para divertir y entretener. No lo está para enfatizar lo trivial y lo sentimental. No está protegida para "dar al público simplemente lo que éste quiere", sino para informar, para enardecer, para hacer reflejar, para mostrar nuestros peligros y nuestras oportunidades, para indicar nuestras crisis y nuestras opciones, para liderar, moldear, educar e incluso a veces, para hacer enojar a la opinión pública... 8 El discurso de Kennedy está dirigido a la prensa norteamericana. No menciona una sola vez la palabra "comunismo" por no estar dirigido a los soviéticos sino a sectores internos estadounidenses, enquistados en la CIA, miembros de sociedades secretas, que le hacían el juego a quienes pretendían elevar las tensiones militares y provocar más escaladas armamentistas con los rusos. Kennedy dice en el mismo discurso, en una quizá no demasiado enigmática frase. "Los eventos de las últimas semanas pueden llegara «iluminar» el desafío para algunos..." A buen entendedor, pocas palabras con respecto al significado de "iluminar". Es también en esa misma alocución contra las sociedades secretas y los que "pueden iluminar el desafío" que Kennedy hace clara referencia a que no se trata de aumentar las tensiones con la URSS, cuando afirma "Ahora los vínculos entre las naciones primero formadas por el compás [N. del A.: símbolo masónico] nos han convertido a todos en ciudadanos del mundo [N. del A.: vieja pretensión de las sociedades secretas]. Las esperanzas y temores de uno, son las esperanzas y temores de todos". Obviamente, se trataba de un discurso claramente pacifista, en el que Kennedy criticaba fuertemente al sistema de prensa norteamericano por apoyar abiertamente a los sectores más reaccionarios del Pentágono y de la industria armamentística, y colaborar con sociedades secretas y la CIA para fomentar la peligrosísima carrera armamentista que él deseaba evitar y que las sociedades secretas intentaban fomentar con el apoyo de la prensa en general. Para informarse sobre la participación de George Bush padre en los hechos, consultar Hitler ganó la guerra, cap. IV, o el muy completo The Unauthorized Biography of George Bush, de Webster Tarpley y Anton Chaitkin. 165 El propio presidente de los Estados Unidos —quizás en realidad su último presidente "en serio"— embestía a diestra y siniestra contra nada menos que las sociedades secretas y la prensa, en sus propias narices, reprochándole a las primeras su accionar secreto, antinacional y sectario, y a la segunda el uso de los medios para desinformar y producir el escapismo barato que hoy se suele observar en los medios en su máximo exponente, sobre todo en los audiovisuales de casi todo el mundo. ¿Cómo puede llamar la atención entonces que la prensa norteamericana haya aceptado sin críticas el dictamen de la Comisión Warren acerca del asesinato de Kennedy a manos de "un loco suelto" y por medio de "una bala milagrosa" que efectuó alrededor de 10 perforaciones y rebotes en su limusina descubierta? Vergonzoso, cínico, siniestro y humillante para nuestras inteligencias. ¿Qué mundo tendríamos hoy si Kennedy no hubiera muerto y hubiera sido reelecto en 1964, tal como era previsible? Es difícil saberlo. Tanto John como Robert Kennedy eran verdaderos mutantes respecto de la aristocracia norteamericana. Aunque habían sido educados en el seno de una rica familia de la elite, estaban encarando (Robert era procurador de Justicia de su hermano John, y luchaba seriamente contra la Mafia) medidas realmente revolucionarias. Se estaban enfrentando muy abiertamente con el corazón de la elite. John atacaba los privilegios de la industria petrolera donde más le dolía a ésta, atacaba la carrera armamentista y la posible guerra con la Unión Soviética que algunos de sus propios cuadros internos estimulaban. Además, deseaba retirar a los Estados Unidos de Vietnam. Ya comenzaba a atacar los privilegios de los principales y más conspicuos bancos norteamericanos con la emisión de dólares "por la ventanilla" del Departamento del Tesoro, y no mediante el FED, y atacó en su último y monumental discurso a la flor y nata de la prensa norteamericana cómplice de la elite. John Fitzgerald Kennedy hizo todo sin dudarlo, frontal y, por sobre todo, muy generosamente. Por eso lo mataron, y por eso su asesinato se ejecutó de esa manera, quizás "advirtiendo" mañosamente a cualquier sucesor lo que le podía esperar si no se acogía ciegamente a la agenda de la elite.
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