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La Odisea - Parte X - El ganado del dios Sol

Info•8/10/2014
Muy contentos de haber efectuado una huida a cualquier precio, los griegos remaron de nuevo hasta que llegaron a vislumbrar Trinacria, la isla del dios del Sol, donde Faetusa y Lampetia vigilaban los rebaños sagrados del dios Sol.

La Odisea - Parte X - El ganado del dios Sol


Los hombres desearon desembarcar allí para descansar, pero Ulises les recordó que Tiresias, el vidente ciego, le había aconsejado que lo evitara, pues si llegaban a matar a uno de los animales sagrados incurrirían en la cólera divina.

Sin embargo, los hombres, fatigados tras el esfuerzo realizado al remar durante muchos días sin descanso, suplicaron tan lastimosamente para que se les permitiera descansar comprometiéndose voluntariamente a contentarse con sus propias provisiones y a no matar a ningún animal, que Ulises cedió aunque de mala gana a sus ruegos, y todos desembarcaron.

Tras haber descansado debidamente, aun estaban retenidos por los vientos desfavorables, y todas sus provisiones se agotaron; los pocos pájaros y peces que lograron capturar no fueron suficientes para calmar su hambre.

Encabezados por Euríloco, algunos de los hombres cogieron y mataron a varios de los animales del ganado del dios Sol, aprovechando una de las ausencias temporales de Ulises . Para asombro y terror general, la carne mugió mientras se asaba sobre el fuego y las pieles vacías se movieron y se arrastraron como si estuvieran vivas. Todos estos sonidos y visiones no lograron, sin embargo, disuadir a los marineros de celebrar su festín, el cual duró siete días, antes de que Ulises pudiera hacerles abandonar las costas de Trinacria.

Mientras tanto, Lampetia corrió hasta su padre para informarle del crimen cometido por los hombres de Ulises . Enfurecido, Apolo se presentó ante la asamblea de dioses y reclamó venganza, amenazando con retirar la luz de su semblante si no era adecuadamente indemnizado. Zeus, para aplacar su enfado, le prometió inmediatamente que todos los culpables perecerían.

"¡Sigue brillando, oh Sol! entre los dioses inmortales
y los hombres mortales, sobre la floreciente tierra.
¡Pronto destruiré, con una blanca bola de rayo,
su galera en medio del oscuro mar".

Homero.


Él cumplió su promesa inmediatamente ahogando a todos excepto a Ulises , el único que no había comido de la carne sagrada, y el cual, tras aferrarse al timón durante nueve agotadores días, a merced de los vientos y las olas, fue arrastrado hasta la isla de Ogigia, donde la bella ninfa marina Calipso le acogió bajo su techo.

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