CAZADOS
II
II

~5~
Enfermedad
Enfermedad
-¡TATIANA! -Grita Héctor.
Me doy vuelta y le clavo el cuchillo en el ojo a un zombi. Estamos completamente rodeados, y estando a pocas cuadras de la entrada del Refugio. Jessica y Héctor se subieron a una camioneta blanca, mientras que yo estoy luchando por no caerme del Fiesta al que me subí.
Los zombis están desesperados. Cada tanto alguno que otro se logra subir a la trompa del auto, pero se termina resbalando. Héctor y Jessica la están pasando peor. Los zombis, de tantos que hay, mueven la camioneta. Seis cuadras corrimos como locos hasta que Héctor cayó del dolor en una de sus piernas y tuvimos que recurrir a los autos. Además, corremos con desventaja. El Refugio está bajo tierra y es poco probable que vayamos a ser rescatados.
-Miren -les digo, y señalo hacia un edificio.
Un zombi, enterado de lo que estaba sucediendo abajo, empezó a pegarle a un ventanal viejo y roto. Pronto, logró romperlo del todo y se tiró al vacío. Una lluvia de vidrio vino acompañada de un cuerpo moribundo que terminó de vivir al chocar contra el piso. Un par de muertos se dan vuelta y se quedan “mirando” el espectáculo desplegado por uno de los suyos. Aunque son ciegos, el ruido les llamó la atención. No es suficiente distracción para poder escapar.
En eso se me prende la lamparita. Sólo me quedan tres cartuchos para la escopeta, pero a causa del auto en el que me encuentro parada, no puedo intentar disparar sin preocuparme por ser mordida. Le grito a Héctor mi plan y lo comprende enseguida. Veo que se pone en posición y apunta, mientras Jessica intenta disipar cuanto más zombis pueda.
Héctor dispara. La bala penetra en el parabrisas de un auto lejano. La alarma no suena. Mierda. Veo que intenta disparar a otro auto a la misma distancia y tampoco suena. Se da vuelta y me muestra su cara de preocupación.
-Intentá una vez más -le grito. Asiente con la cabeza.
Todo sucede muy rápido. Mientras Héctor se prepara para volver a disparar, Jessica clava un cuchillo en la cabeza de algún zombi. Sin embargo, se queda trabado y no puede soltarlo. Los zombis parecen moverse cada vez más y la camioneta en cualquier momento se caerá. Héctor tiene poco tiempo. Dispara. El auto al que le disparó hace un ruido ensordecedor. Los zombis se mueven en masa y logran derribar la camioneta.
Ahora tenemos dos problemas. Un grupo se mueve hacia el auto, mientras que otro se mueve hacia la camioneta caída. Vamos de mal en peor, pienso. Jessica grita desesperada. Uso los cartuchos que me quedan para ayudarlos, pero es en vano. De repente, una marea de balas arremeten contra el grupo de zombis. Miro hacia la derecha. ¡Son los chicos! Daniel salta de detrás de una camioneta y se acerca a mi. Ayudo clavándole el cuchillo a algunos. Daniel está usando un traje blanco de pies a cabeza.
-¡Salta! -Me grita.
Con menos zombis alrededor, no lo pienso ni un segundo y salto. Caigo algo chueca en sus brazos y los dos salimos corriendo a ayudar a Jessica y a Héctor. Daniel me da una pistola y los dos empezamos a disparar. Pronto llegamos a los otros dos. No obstante, los zombis vuelven a encerrarnos. Escuchamos un ruido fuerte y vemos que Soria se lleva por delante a un par de zombis. Los cuatro saltamos dentro del auto y el hombre, manejado en reversa, nos lleva hasta el refugio. El auto en el que maneja está viejo y algo roto. Hay mucho olor a encierro y eso me marea. Los cinco nos bajamos. Soria golpea la puerta y Macarena nos abre. Ya estamos seguros. Por suerte nadie salió herido.
* * * * *
-Entonces, ¿qué fue lo que encontraron? -Pregunta Soria, mientras se apoya en la pared.
Luego de habernos bañado y hacer todo para recomponernos, nos reunimos en el living para cenar. Como era de esperar, Soria y el resto nos iban a preguntar qué había pasado. Yo iba a tener que dar las explicaciones.
-Era como unas bestias mejoradas -dice Jessica - ¿Cómo se llamaban, Tatiana?
Todas las miradas recaen en mí.
-Infectados... O por lo menos así les digo yo.
-¿Un qué?
-Un Infectado. Es una especie de zombi, pero más inteligente.
El resto se mira entre sí. Es como si les estuviese contando una mentira.
-¿Es un chiste, no? -Pregunta Macarena.
-No.
-¿Y cómo hicieron para escapar? -Soria estaba bastante cargoso.
-Bueno, va a perecer raro pero...
-El revolver de Tatiana tiene es una especie de bala milagrosa -dice Jessica de sopetón.
-¡Jessica! -La reprendo.
Tarde o temprano voy a tener que contarles toda la historia. El porqué de estar tan interesada en León.
-Es verdad -digo al fin -, el revolver que les mostré el primer día que llegué nos salvó la vida a todos. Parece que los asusté.
-¿Y cómo es eso? -Daniel, quien había permanecido callado hasta entonces, habló.
-No sé. Cuando uno quiso atacarme le disparé y calló al piso, muerto.
-¿Y cuándo descubriste que existían los Infectados?
Mi cuerpo luchaba para dejar de hablar. Sin darme cuenta, los ojos se me empaparon. Tengo que dejar de ser tan dura conmigo misma y abrirme a otra gente. Pero no puedo. Daniel me mira con mala cara. Sabe que me pasa algo malo.
-Fue hace algún tiempo en San Padro, es un pueblito que queda...
-¿¡San Pedro!? -Dice Soria extrañado.
Todos lo miramos. Ahora puedo concentrarme en otra cosa.
-Si, ¿qué problema hay?
-Ese lugar es un desierto. No vive nadie ahí desde hace unos cuarenta o treinta y cinco años. Una tormenta hizo que todos tuvieran que evacuarse y desde entonces nadie volvió a pisar el pueblo.
-¿De dónde sabés eso? -Pregunta Macarena.
-Bueno, antes trabajaba en la municipalidad de...
Aprovechando el momento, me escabullí de la habitación y me fui hacia los cuartos. Quería tiempo para mi. Tiempo para pensar y seguir llorando. Me das asco, dice mi subconsciente. Ya llegando a mi habitación, escucho unos pasos. Es Daniel. Parece preocupado.
-Te fuiste así de la nada.
-Quería estar un rato sola.
-¿Estas bien? -y me agarra de los brazos de forma cariñosa.
-No.
Pero en ese momento sentí que una sensación eléctrica me recorría los brazos. Una sensación tan buena como fuerte. Nunca antes me había sentido así, bueno en realidad sí, pero jamás de una forma tan cercana con alguien. Es como si mi cuerpo quisiera todo de Daniel. Lo miro y el me sonríe.
-Desde que llegué o me secuestraron mejor dicho, vos fuiste el único con el que tengo un vínculo especial. No sé cómo llamarle a nuestra relación, pero en estas últimas semanas me di cuenta que solo no se puede sobrevivir. Quiero que sepas que siempre contás conmigo...
Bajo la cabeza. Toma con su mano mi mentón y levanta mi cara. Parece estar relajado. Tiene ese brillo en los ojos. Mi cuerpo se siente raro. En estos casi cinco días jamás me había pasado esto. Es como si quisiera tomar control de la situación. Como si una fiera interior de la que jamás tuve noción que existiera, quisiera salir y arrasar con todo. La temperatura me sube y siento una sensación fea y cálida. Beso a Daniel. No quiero dejarlo ir, no por el momento.
Lo tomo del cuello de la camisa y lo arrastro a la habitación. Quiero dar ese paso importante. Confío totalmente en él y hacer esto significa todo para mí. Cierro la puerta. Suspiro y lo vuelo a mirar. Un millón de cosas suceden al mismo tiempo: un cosquilleo tremendo en el estómago, algo dentro que se retuerce con placer y algo que no sé cómo describirlo.
-¿Estás segura? -Me pregunta.
-Si...
Dejando el mundo de lado, nos entregamos al placer y dejamos que las caricias y besos nos dejen llevar.
* * * * *
Nunca antes me sentí igual. Al principio tuve un poco de miedo. Todavía no puedo creer que haya pasado esto. Me acomodo y me recuesto sobre el cálido pecho de Daniel. El olor a perfume impregnado en su piel me gusta. Puedo sentir cómo respira y el sonido de los latidos de su corazón.
-¿En qué pensás? -Me pregunta.
-Estuve soñando -le digo -. Estuve soñando en el día que todo esto terminara. Ya no había zombis y teníamos espacio suficiente para movernos. Aire puro y fresco y tiempo libre para hacer lo que nos placiera. Yo estaba en un campo verde, acostada sobre el húmedo pasto. Me sentía como la Novicia Rebelde pero sin canciones ni nazis.
Daniel se ríe. El vínculo de confianza que se creó entre nosotros dos es más fuerte.
-Es por eso que me gustas -y me da un beso en la cabeza -. ¿Puedo hacerte una pregunta?
Asiento.
-¿Por qué viniste a la ciudad de León? -Tarde o temprano llegaría.
-Por recomendación de un amigo, Pablo. El que me dio el arma, ¿sabés? El me dijo, antes de morirse, que si quería encontrar respuestas tenía que venir a León.
-¿Y? ¿Algún avance?
-Mas o menos. El revolver tiene un símbolo. Cuando le preguntaba a Pablo sobre el dibujo me respondía con una frase en latín, creo. Estuve mucho tiempo con dudas hasta el día de hoy, que encontré ese símbolo en una pared en el edificio donde supuestamente se encontraba el “Sobreviviente Selecto”.
-¿Sabés que significa la frase o el símbolo?
-No, todavía no.
Daniel me abraza fuerte, me da otro beso en la cabeza y pretende levantarse, pero alguien irrumpe en la habitación. Es Macarena. Avergonzada, me levanto y sintiéndome como en una película me tapo con las sábanas, aunque a Macarena mucho no le importa.
-POR FAVOR, VENGAN -su voz suena desesperada -. ALGO LE PASÓ A HÉCTOR.
Nos vestimos lo más rápido posible y salimos corriendo al living, donde los cuatro estaban jugando un juego de mesa. Monopoly, nunca lo entendí el juego. Héctor está tirado sobre el tablero, inmóvil e inconsciente.
-¿Qué pasó? -Pregunta Daniel.
-Estábamos jugando lo más tranquilo y de la nada se cayó.
-¿Tiene pulso?
-Sí
Jessica está algo trastornada. No sé cuál es la relación que tiene con Héctor, pero está muy preocupada. Si sigue así le va a agarrar un ataque de nervios. Soria y Daniel lo trasladan a su cuarto.
-¿Tenemos antibióticos o medicamentos? -Pregunto.
-Muy pocos. Hay más cosas de primero auxilios como gasas y Pervinox. Hay antifebriles y algún que otro jarabe para la tos -contesta Macarena -. Por eso hacemos rondas de recolección en la ciudad, para buscar medicamentos y otras cosas que no tenemos o escasean.
Daniel y Soria charlan en la puerta del cuarto. No saben qué le pasa a Héctor. Por favor no, por favor no, aunque mi subconsciente no quiera, yo sé muy bien que puede ser. Entro al cuarto y me siento al lado de él. Le tomo la pesada y cálida mano y lo miro.
Héctor tiene un rostro cuadrado y pálido. Tiene el pelo muy negro y unas pestañas largas. Sobre el rostro, el cual aún cuanta con su juventud, hay una fina capa de vello. Tiene orejas pequeñas y una nariz recta y acorde con su rostro.
-¿Por qué todo los que se relacionan conmigo terminan muertos o enfermos?
Me acerco y veo que está transpirando como un chivo. Está muy caliente, demasiado. Sintiendo curiosidad, levanto uno de los párpados y veo que el ojo tiene un pequeño derrame a un costado. Inspeccionando más de cerca noto que la parte que debería ser blanca está un poco rosada. Por favor no. Abro el otro ojo y compruebo lo mismo. Ahora recuerdo que en el edificio tenía todo el rostro manchado con saliva de un Infectado.
Salgo del cuarto y llamo a Daniel.
-¿Qué pasa?
-Puede que tengamos un intruso... Puede que Héctor se convierta en un zombi, o mucho peor, en un Infectado.