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Paranormal2/15/2011

primera historia

El lado oscuro de la luz



Avanzaba inexorable la noche, y las puertas de la Catedral fueron cerradas. El lugar quedó en el más absoluto silencio. Los dos últimos feligreses que durante largas horas habían permanecido postrados a la demanda de favores celestiales, traspasaban bajo el inalcanzable frontispicio y se perdían tan de súbito como llegaron. Por último, se escuchó el enorme ruido que provocó una de las tantas bancas de madera que sumaban procesión al altar. Fue un sonido agudo, comparable a la voz de soprano. Alguien habría tropezado con el mueble, camino a la salida posterior. De seguro se trataba del guarda que, antes de marcharse, clausuraba inevitablemente el templo.
En ese momento consulté mi reloj. Eran las diez. Tenía aún que aguardar dos largas horas. ¿Qué haría con todo este tiempo por delante? Esa fue la primera pregunta que hice; después de todo, antes de la medianoche nada sucedería; y por consiguiente, no tenía motivo para seguir oculto. Afortunadamente, hacía unas semanas, el descomunal órgano había sido desmantelado, creo que fue enviado en partes a Europa para ser reparado, y los pequeños compartimentos bueno, pequeños para el cuerpo del órgano y no para las personas, sirvieron de cómodo escondite.
Decidí que lo más sensato era utilizar la linterna, la que conservaba como el más querido recuerdo de mi fallecido padre, y tomar de una mano a Giovanna. Ella no hablaba. Sin duda estaba atemorizada. Desde que le conté cuáles eran mis propósitos y le expliqué el porqué de éstos, se opuso en el acto; sin darme la oportunidad de reflexionarlo siquiera. Me preguntó si yo perdí la razón e incluso me amenazó con terminar nuestra larga relación si no me olvidaba de la idea. Pero ahora que nos encontrábamos al interior del lugar, ya no decía más. Fue muy difícil convencerla, pero al final, después de tanto argumentar, accedió a acompañarme. Quizá en el fondo imaginaba que antes de que algo grave nos sucediera, lograría disuadirme de abandonar aquella arriesgada espera y salir huyendo juntos; pero en realidad, los dos sabíamos que esa posibilidad de evasión era remota. La decisión había sido tomada y ahora, nada ni nadie, evitaría el desenlace.
Pasada la primera media hora, nos aventuramos a salir de nuestro improvisado refugio y deambulamos por una de las tres naves que hacen interminable el recinto; mientras pétreas imágenes de santos y arcángeles nos observaban caminar irreverentes, o quizá no podían notarnos. La verdad es que esto poco interesa. Lo fundamental era que faltaba algo menos de dos horas para el encuentro, y nosotros dos nos hallábamos encerrados deliberadamente en el interior de la Catedral. Distantes, muy distantes de algún salvador, de amigos, familiares o simplemente de la gente.
Pasaron varios minutos, antes de que posáramos nuestros pies sobre los gastados escalones que ascienden al púlpito, aquél cuya columna aplasta la figura tallada del demonio.
El estrépito que provocamos al contacto corporal contra la madera reseca, por el paso del tiempo, inundó todo el lugar. Pero no tenía importancia. Nadie nos escucharía. Nadie hasta la medianoche. En ese momento alguien me cuestionó. Era Giovanna, y lo que me dijo era el inicio de sus súplicas para que abandonáramos mi propósito. De mi parte, no me atreví a mirarla de frente. Sabía muy bien que ella tenía la razón de su lado; no obstante, no accedí a dar marcha atrás, y lo único que atiné a hacer, fue abrazarla y ceñirla contra mi pecho, decirle que la quería, ¡que la amaba con intensidad!, que sabía que no había sido fácil para ella permanecer a mi lado aquella noche. Pero también le confesé que su compañía me era necesaria. Que me daba el valor suficiente y que, sobre todo, me procuraba felicidad. Por un momento pareció comprender. Me regaló una hermosa sonrisa y creí verla apaciguar sus temores.
Subimos hasta lo más alto que la estructura del púlpito nos permitió, y desde aquel lugar contemplamos todo lo que pudo alumbrar la linterna de papá. Era una ubicación inmejorable para esperar y atisbar a la medianoche. Divisábamos casi todo el panorama y, si bien no podríamos hacernos de la ayuda de nuestra luz, a la hora acordada, esto no debía preocuparnos. “Ellos” traerían las suyas...
Transcurrió al menos otra media hora, antes que descendiéramos del púlpito, recorriéramos los rincones más olvidados del templo la entrada al coro, la capilla de las plegarias, las criptas de los clérigos, y volviéramos a subir a nuestra posición anterior, diez minutos antes de la medianoche. Durante los pocos minutos que nos quedaban, todo el lugar siguió en calma, tanta como la de un sepulcro, y ya estaba a punto de llegar la hora. Nos agazapamos detrás del resguardo tallado del púlpito. Giovanna apretó mi mano nerviosa. Escuchamos que desde el exterior el reloj de la torre dio las doce campanadas.
¡Entonces fue cuando aparecieron! Observamos cómo fueron congregándose uno tras otro, hasta formar una procesión de cientos. Todos desplazándose lentamente, sosteniendo sus luces, y el interior de la Catedral pareció volverse de día. No hubo lugar que no fuera invadido por aquella luz intensa.
Por un segundo tuve mis dudas y lo razoné una vez más: Giovanna, expuesta inútilmente; la espera, una idea desquiciada; mis planes, totalmente inejecutables; “ellos”... y me invadió el terror, un terror como nunca antes lo experimenté. Sujeté la mano de Giovanna aún más fuerte de lo que ella lo hacía conmigo, y mientras fue posible, bajamos del púlpito y corrimos despavoridos hacia la puerta posterior del templo. Lo más probable era que estuviera clausurada; pero no teníamos otra posibilidad más que intentar. En esos momentos la linterna de papá se me cayó del bolsillo; Giovanna quiso detenerse y recuperarla; pero yo no se lo permití. Ya no era posible retroceder. Nos vieron. Seguimos huyendo y le grité que no mirara hacia atrás; gracias a Dios no hubo discusiones y nos pareció ver por delante que la salida lateral estaba milagrosamente abierta. Nos dirigimos hacia el pórtico, lo cruzamos y agradecimos al cielo que todo hubiera finalizado; aunque todavía no para “ellos”.

segunda historia

Pánico en la noche

Lo que voy a contar me sucedió en el año 2.006 cuando me trasladé a Madrid a estudiar Medicina en su universidad. Estaba buscando un piso de alquiler barato por la zona céntrica, y cuando ya lo daba por algo imposible encontré la oferta de alquiler de una habitación, en pleno centro. No tenía pensado alquilar solo una habitación, y aunque el casero era un cincuentón desagradable el precio era tan bajo que decidí aceptar hasta que encontrara algo mejor.

Me instalé a los dos días y tras pasar una semana en aquel lugar, decidí que me marcharía lo antes posible. Como sospechaba, el casero era una persona detestable, con la que intentaba hablar solo lo imprescindible, y si podía evitar encontrármelo, mejor. Sin embargo, el no era el principal motivo. Había algo en aquella casa que me inquietaba.

Era una extraña sensación que flotaba en el ambiente, y que me ponía los pelos de punta. En mi habitación, la temperatura siempre era más baja que en el resto de la casa, y por las noches me invadía una sensación de frío que me impedía dormir bien.

Todo crujía en aquel viejo caserón, y durante mis noches de insomnio podía escuchar el más mínimo sonido que hicieran los vecinos, el ruido lejano del ascensor, o el goteo de las cañerías. Me levantaba cansado y con ojeras, y apenas si podía estudiar por las mañanas de lo agotado que quedaba.

Una noche me acosté tarde después de haber pasado varias horas estudiando, y como de costumbre, no pude dormir. Me entretuve escuchando el soniquete de un lejano programa de televisión, que algún vecino tenía puesto. En aquel momento creí escuchar una respiración entrecortada, y asustado dejé de respirar de golpe. Esperé un segundo...dos segundos...tres segundos...debía haber sido mi imaginación…y entonces, la escuché de nuevo.

Era muy débil, casi un suspiro, y provenía del hueco de la cama que quedaba a mi izquierda. Me quedé paralizado como una piedra, escuchando aquella respiración entrecortada a menos de diez centímetros de mí. Tenía los ojos cerrados con fuerza, y el corazón latiéndome tan rápido que pensé que iba a darme un infarto. Una ráfaga gélida me recorrió el cuerpo entero, y me puse a temblar de forma incontrolada.

Aquello no podía estar pasándome, no debía ser real y sin embargo estaba ocurriendo. Aunque el pánico me dominaba logré convencerme de que se trataba de una pesadilla causada por el insomnio, y que no había nadie a mi lado. Intenté moverme, pero estaba tan aterrorizando que tuve que hacer un esfuerzo para girar la cabeza poco a poco hacia mi izquierda, y sentí como la corriente gélida me helaba la cara. Aunque el miedo me estaba corroyendo por dentro, conté hasta diez, abrí los ojos de golpe y…

Grité… grité con toda mi alma hasta desgarrarme las cuerdas bocales y hacer que mis alaridos resonaran por todo el bloque. Cuando el casero irrumpió en mi habitación yo aún estaba gritando en estado de shock. No podía quitarme de la cabeza lo que había visto… aquella mujer que me observaba con un gesto de terror indescriptible, y una mirada triste, tan triste…

El casero me hizo callar a guantadas, y logré controlarme un poco. Me extraño mucho que el casero no me pidiera explicaciones por tantos gritos; se limitó a echarme la bronca por armar ruido y se marchó otra vez a su habitación. No estoy muy seguro, pero juraría que lo noté nervioso, quizás demasiado nervioso.

A la mañana siguiente, yo aún seguía impactado por lo ocurrido por la noche, y me encontré al salir de la casa a Dolores, la única vecina del bloque que conocía, que me preguntó que tal me encontraba. Le respondí que bien, y estuvimos hablando un rato acerca del casero. Por lo visto, no le caía bien a nadie del bloque. Tenía fama de ser un maleducado y un violento, y al poco de estar hablando salió el tema de su mujer.

La pobre Carmen, la de palizas que tuvo que aguantar de ese cerdo antes de que dejarnos….Comentó Dolores

¿Como murió?.

La encontraron muerta en la habitación en la que duermes tú ahora. Dijeron que se había suicidado, pero a mi no me engañan. Estoy segura de que la mató su marido, y se las apañó para que pareciera un suicidio.

Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo y subí corriendo a la casa a recoger mis cosas. No pensaba pasar allí ni un solo día más. Cuando ya lo tenía todo listo para irme, revolviendo entre los cajones encontré una vieja foto bastante descolorida. Por la parte posterior de la foto, podía leerse en una letra bastante mala:
Viaje de Carmen a Segovia, enero de 1.987

Se me heló la sangre al verla. Era ella, no cabía duda. La mujer que había visto cuando abrí los ojos, frente a mí, con su terrorífico gesto de terror, y su tristeza abrumadora. Guardé la foto en su cajón y huí de aquel lugar corriendo todo lo rápido que pude. Por temor a que me tomaran por loco no le conté lo que me había sucedido a nadie, y nunca más volví a saber de aquel casero, ni de su difunta mujer.

Tras esta experiencia tuve varias crisis de insomnio, no podía dormir y estuve estar en terapia psicológica algunos meses. Ahora que han pasado casi dos años desde que pasó esto ya lo veo como algo lejano, que parece no haber ocurrido nunca. Sin embargo, en algunas noches frías de invierno aún me parece ver en sueños los ojos muertos de aquella mujer, y escuchar su respiración entrecortada al otro lado de la cama…

tercera historia
El bosque

Noche cerrada...
Ya habían pasado unas horas desde que se había perdido en aquel bosque, su madre le dijo centenares de veces que no tomase el camino del robledal para ir a casa, ella no la hacia caso, conocía ese bosque como la palma de su mano, iba con su padre desde que tenia cuatro años a recoger setas y a observar los pájaros de alegres colores durante horas...

Hacia ya tres años que su padre había muerto, lo encontraron en el río, cinco kilómetros más allá, con el cuerpo lleno de sanguijuelas, desde entonces, ella había seguido recorriendo el bosque, para escuchar los sonidos de la naturaleza, para relajarse, pensar en sus cosas...

Recordó también que allí tuvo una experiencia sexual con aquel chico, ¿Como se llamaba? Alfred, aquel joven guapo, con aquellos ojos negros que le atraían de forma incontenible, allí la había arrebatado su virginidad y le pareció lo más bello del mundo, luego, tres meses después el chico la dejó y no volvió a saber más de él, pero aquel acto le seguía pareciendo lo más bonito, ella le había entregado con todo su corazón.

¿Pero que era lo que le había pasado? Siempre tomaba aquel atajo para llegar a su casa, si tenia que seguir por la carretera principal tardaba más de dos horas, cortando por el robledal tardaba apenas una...

Trata de recordar Se dijo a si misma ¿Que es lo que ha pasado? Te has quedado embobada, pensando en las cosas del trabajo, luego, te has dado cuenta de que los pájaros no cantaban, y después... ¿Después qué?...

Recordaba que había apretado el paso, cada vez mas nerviosa, un temor le oprimía el corazón, miraba cada momento por encima del hombro y, tras pasar más rato del que podía recordar, se empezó a dar cuenta de que estaba perdida...

Había dado media vuelta intentando desandar el camino, pero no reconocía nada de aquella parte del bosque, pero... ¿Como podía ser? en sus veintiún años de vida, nunca se había perdido, nunca...

Cuando la luna asomó sobre las ramas de los árboles, se había dado completamente por vencida, se resignó a pasar allí la noche, supuso que su madre habría llamado a la policía y que pronto comenzarían la búsqueda, seria mejor para ella quedarse donde estaba que caminar sin rumbo fijo...

Encendió otro cigarrillo y se dio cuenta, apesadumbrada que no le quedaba más tabaco ¡Genial! Pensó Hambrienta, sin tabaco y perdida en este maldito bosque...

Las sombras de los árboles le comenzaron a parecer cosas que la acechaban, le pareció ver como si un demonio la mirara invitándola a acercarse, le vio por un momento la sonrisa en unos labios petrificados, con expresión de pura lujuria, aquellas cuencas vacías la hacían temblar.

Miró hacia otro lado y vio cuerpos degollados, las ramas de los árboles, garras que la querían agarrar para atraerlas a la mas profunda oscuridad, un tormento interminable...

Decidió que le iría bien moverse un poco, estirar las piernas y quitarse aquella idea de la cabeza, intentó pensar en cosas cotidianas, el trabajo, la ducha... ¡Dios que bien le sentaría una ducha! se sonrió, ya podía pedir estar en su casa, que ambas cosas eran inalcanzables para ella...

Vio a su derecha el camino, a apenas cien metros vislumbró las luces de un coche que pasaba por la nacional, el zumbido del motor, le llegó a sus oídos un instante después, suspiró con alivio, si se daba prisa aún podía tomar el autobús de las doce y media y en poco tiempo se encontraría en su casa y podría abrazar a su madre...

Sin saber por qué, se acordó de su padre, hacia unos años, cuando aún era una niña, le había ayudado a pintar el granero, ella le preparaba la pintura mientras él arreglaba las tejas, su memoria viajó un par de meses más adelante y se escuchó reír, mientras oía la voz de su padre alegre que le decía que siguiese así, que lo estaba haciendo muy bien, que no parase, la bicicleta iba más o menos recta mientras la niña, con una inmensa expresión de alegría iba encima de ella...

Aun escuchaba la alegre risa en su mente, como si fuese una espectadora más...
No, se dio cuenta de que aquella no era su risa, era un sonido que procedía del propio bosque, un poco hacia la izquierda de donde ella se hallaba, miró hacia allí y le pareció ver, a la luz de la luna a una niña, con un vestido blanco inmaculado que corría entre los árboles, con su pelo negro moviéndose al compás de sus saltos...

La miro directamente, y le dedicó una sonrisa, una sonrisa gélida, le pareció un rictus de muerte:

Ven a jugar conmigo... La niña le guiñó un ojo y se quedó esperando para ver su reacción, un escalofrío le recorrió la espalda Ven, te enseñaré el secreto del bosque...

Iba a echarse a correr, en busca de la carretera, pararía a algún coche y le pediría que le llevase a su casa, que le pagaría la gasolina, pero en cuanto buscó el camino, se dio cuenta de que no estaba...

¿Qué demonios es esto? Imposible, no podía creérselo, no quería creerlo, hacia un momento estaba siguiendo el camino, tenia la carretera a apenas sesenta o setenta metros y ahora, ahora no había camino, no veía ninguna luz que le indicase el paso de un coche...
Relájate Se dijo Te habrás desviado unos pasos mientras mirabas a aquella niña... ¡No! no se había movido del camino... ¿Entonces? ¿Qué demonios significaba eso?
Aquellos árboles no estaban hacia veinte segundos y ahora le cerraban el paso

Comenzó a correr siempre buscando la carretera, el aire se volvía cada vez más pesado, más sofocante, le costaba respirarlo, se sentía como si corriese sobre un montón de melaza, se raspaba los tejanos y la blusa rosa con las ramas y las rocas, las piernas le pesaban cada vez más, cada paso era una punzada de dolor que le recorría toda la espina dorsal hasta que al final no pudo más y tuvo que sentarse a descansar, necesitaba tomar aire y pensar en todo lo que le estaba pasando, estaba perdiendo los nervios, y con ellos, la cordura buscó un cigarrillo, se acordó de que el último se lo había fumado hacia ¿Cuanto? una hora... dos... una semana, el tiempo comenzaba a transcurrir de una manera muy extraña, se sentía como si no viese el Sol hacia una vida, necesitaba una señal para no volverse loca...

Escuchó pasos detrás suyo y una voz familiar, pero al mismo tiempo como si hiciese años que no debería salir de aquella garganta le dijo:
Sigue así, lo estas haciendo muy bien hija mía, pronto encontraras lo que necesitas, veras que el bosque te necesita, igual que tu has necesitado al bosque...

Miró en la dirección en la que provenía la voz, y vio a su padre... O lo que había sido su padre en otro tiempo, ahora era un cadáver medio descompuesto, de la mandíbula le colgaban jirones de piel reseca y un limo verde le corría desde donde había estado su ojo derecho, algunas sanguijuelas todavía le colgaban de la garganta y su pecho, descarnado hacia años que había dejado de moverse, tenía el pelo enmarañado, húmedo y con restos de hojas mojadas, tosió y un chorro de agua putrefacta salió desde su boca desencajada en un rictus de dolor.
Ven aquí hija mía, déjame ver lo que te hizo aquel muchacho... disfrutaste como una perra eh, ¡VEN AQUI!

Ella corrió con lagrimas en sus ojos, no le quedaba un rastro de cordura, sólo corría como un becerro perseguido por lobos, la mandíbula desencajada, gritando sin emitir sonido alguno, perseguida por ese cadáver, escuchando el crujir de aquellos tendones resecos, y una risa ahogada por litros de agua estancada en unos pulmones encharcados, oliendo su pestilencia, ya no pensaba en su hogar, ni en ella como ser, sintió la necesidad de rendirse, de dejarse atrapar, de dejar que aquella cosa, su padre, la llevase con él a los infiernos...

De repente se encontró en un claro, la trémula luz de la luna lo iluminaba, sin mas sombras, ella continuó corriendo presa del horror, de pronto, tropezó con una rama que hacia un momento no estaba allí y un estallido de dolor de recorrió las piernas y la muñeca derecha cuando se las rompió...

Sin embargo, aquella agonía le había devuelto algo de su ser, vio un objeto que brillaba pálido más adelante y contempló con horror que era una muñeca de porcelana, una muñeca que tuvo hace tantos años... Una muñeca que siempre le había inspirado miedo, se deshizo de ella cuando ya no aguantaba más contemplar su sombra en su habitación y ahora estaba allí, sonriéndole con esos labios de color carmín pintados con tanta delicadeza, ¿Le había guiñado un ojo? estaba segura de que si.
Se arrastró como pudo tras una roca y se recostó contra ella, no podía aguantar más, se sentía cada vez mas débil y ante sus ojos vio como todo el bosque se cerraba sobre ella, el claro que había atravesado hacia un momento ahora ya no existía, el bosque se cernía encima suyo, listo para apoderarse de ella, vio a la niña transportando su muñeca en brazos y sin embargo cuando la habló fue la horrible voz de su padre y sus ojos, eran las cuencas vacías de aquel demonio que había visto...

Por fin tu necesidad se vera recompensada, el bosque quiere devolverte todo lo que le has dado, tu padre había escuchado la llamada y finalmente acudió, no sin antes haberte hecho sentir a ti esa misma señal, te sentías atraída por el bosque, le diste tu esencia, si hija mía, no se la diste a Alfred, me la diste a mi, se la diste al bosque y ahora el bosque te acogerá en su seno, para que seas siempre nuestra, para que ya no tengas que volver a vivir tu vida monótona, sin tener que preocuparte más por tu trabajo, sin ilusiones ni dolores, sin penas, sin causas, serás un todo con el bosque y lo alimentaras con tu pánico y cuando lo hayas saciado, serás una más entre todos los espíritus que aquí habitamos... ¿Tienes miedo? por supuesto querida... A él no le gusta de otra manera...

Tres días después encontraron el cadáver de la joven desmembrado, parecía que tenia cientos de desgarros en su cuerpo y los ojos habían reventado.

Parece que se los arrancó ella...
El análisis postmortem indica un alto grado de adrenalina, ha muerto de miedo...
No quiero imaginarme sus ultimas horas de vida... Esta noche habrá que volver para retirar el resto de pruebas... El forense encendió su cigarro, le pareció ver a una mujer con tejanos y una blusa rosa internándose en el bosque...

cuarta historia
El espejo

Con un cuchillo entre las manos, me veo reflejado en el espejo de mi habitación, aquella imagen me mira con cara desafiante, señalándome y balbuceando crueles insultos contra mi físico, se pasa el viejo y oxidado cuchillo de mano en mano a una velocidad pasmosa mientras no deja de mirarme, sus ojos emanan rabia, dolor y sobre todo odio hacia mi persona, de repente empieza a llorar y caemos a la vez de rodillas al suelo sin dejar de mirarnos a la cara ni un solo segundo, tengo ganas de huir y de gritar pero mis piernas no me dejaran jamás salir de esa habitación.

La hoja oxidada del cuchillo acaricia suavemente la cara, el cuello, el pecho y las muñecas de aquel loco reflejo, insinuando una y otra vez que me rajaría de arriba abajo, estaba totalmente dispuesto a llevar su plan a cabo y terminar de una vez por todas con mi cuerpo ya condenado a muerte.
Era totalmente consciente que solo tenia que abrir mi mano para que aquella arma blanca amenazadora dejara de mostrarme mi cruel final, caería inofensivamente al suelo que había debajo de mis pies y de una vieja moqueta llena de heces de ratas, mi mente ordenaba la acción a mi mano derecha, pero esta no se inmutaba, aquel reflejo que seguía insultándome y amenazándome tenia total dominio sobre mis actos. Cada vez estaba mas nervioso y mas loco, mi final era inminente.

Dejó por un instante de chillar y el silencio se hizo absoluto, solo se escuchaba mi respiración aterrada y mi corazón bombeando con mas fuerza que nunca el final agónico de su última sonata.
Sin saber muy bien como, conseguí cerrar los ojos y durante varios segundos no vi mas que oscuridad, siempre la temí, pero en ese momento fue todo un alivio, aunque mis ojos sin dejarme disfrutar demasiado de mi apaciguadora oscuridad se abrieron mostrándome el mismísimo infierno.
Una inmensa llanura rocosa de color rojo fuego se abría ante mi, plagada de cientos de cuerpos muertos putrefactos y manchas negras en el cielo, formadas por cuervos hambrientos.

El calor era insoportable, el hedor aun mas, y las vistas eran totalmente grotescas, había cuerpos crucificados del revés, también empalados y desollados, a mis pies trozos de miembros humanos descuartizados que impedían ver el suelo y una autentica clase escolar con mas de treinta niños y dos profesores, todos totalmente uniformados con ropa de principios del siglo veinte, que me miraban fijamente mientras el viento mecía sus cuerpos ahorcados de las ramas de un gigantesco árbol como si de una macabra estampa navideña se tratase. El espejo y su reflejo habían desaparecidos, pero en su lugar me encontraba en un sitio aun peor.

A mi espalda escucho claramente algo devorar ferozmente con ansia, me di la vuelta y allí estaba esa cosa a escasos metros de mi posición, el reflejo de minutos antes, mi reflejo, aunque esta vez era real, de carne y hueso. De pie, con el mismo cuchillo oxidado en su mano derecha y sujetando con la izquierda un trozo de pie humano totalmente podrido e infectado de gusanos, no me quita ni por un instante la mirada de encima a la vez que devora poco a poco su peculiar manjar. Por unos instantes, el miedo me paraliza todo el cuerpo, pero no es momento de permanecer allí quieto viendo como se aproxima mi muerte.

Emprendo una huida veloz que me permita escapar a tiempo de ser asesinado y devorado por mi propio reflejo, pero en su lugar casi ni me inmuto, las piernas me pesan toneladas se mueven con una lentitud pasmosa, el pánico y el terror se hacen dueños de mi, solo consigo desplazarme inútilmente escasos centímetros, escucho sus pasos acercarse a mi, me doy por vencido, su mano me toca el hombro izquierdo, siento su aliento cálido en mi nuca, la punta del cuchillo recorre de arriba, abajo mi columna vertebral se que ese es mi triste final.

Violentamente y sin esperarlo me agarró del pelo tirándome hacia atrás con mucha agresividad, me apretó con fuerza la hoja del cuchillo contra mi garganta y justo cuando se disponía a degollarme mis ojos me despertaron.
Me encontraba en la litera superior de la celda sentado, empapado en sudor, temblando y respirando con mucha dificultad, al principio no supe donde estaba, asta que la tenue luz de la luna menguante de aquella noche mostraba ante mi la silueta de los barrotes de la ventana devolviéndome a la realidad, fue todo una extraña pesadilla.

Bajé de la litera para refrescarme un poco la cara en el sucio y viejo lavabo de la habitación, al aproximarme a mi destino tropeze con algo que había en el suelo haciéndome caer de rodillas, grité en voz baja de dolor, rápidamente me percaté de que el suelo estaba mojado, me puse de pie, agudize la vista para ver que es lo que me había echo tropezar y pude ver en un inmenso charco de sangre, a mi compañero de celda tirado en el suelo, totalmente degollado y con algo parecido a un cuchillo en su mano derecha.
Pensé por un momento que seguía durmiendo, pero no era así, grite como un loco pidiendo ayuda, siendo presa del pánico, mi voz debió de ser escuchada hasta en el último rincón de la prisión y no era porque mi compañero estuviera muerto, sino por que creía que aquel reflejo de mi pesadilla estaba allí e iba a matarme.
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