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Experiencias y leyendas. Parte 1

Paranormal9/1/2012

Hola taringuer@s espero que la esten pasando muy bien y que tengan algo que hacer hoy (Viernes) mientras tanto disfruten de las siguientes historias que encontre navegando en la web sin mas que decir.





La bruja y el Diablo

Hola a Kruela y seguidores de esta página web, les publicaré la siguiente leyenda que recopilé de un libro que me ofreció un amigo mío, es algo que pasó en la Sierra de mi país, espero que os guste.

En el caserío de Cujurgunga, distrito de Cachicadan, vivía una mujer muy temida por su fama de bruja. Los vecinos y toda la gente del lugar decían que tenía pacto con el diablo. Don Hipólito, con sus más de 80 años, aseguraba que el acuerdo se celebró en un cerro de la comarca, a las 12 de la noche de un viernes.

Por efectos del pacto, la mujer podría hacer y conseguir todo lo que quisiera, especialmente curar enfermedades, adivinar pérdidas y hacer daño; a cambio de ello, entregaría su alma al diablo el día de su muerte. En prueba del acuerdo, el diablo le sacó a la mujer el dedo mayor de su mano izquierda y él le entregó la punta de su cuerno del mismo lado. Una vez en posesión de su respectiva prenda, se despidieron para no volverse a ver nunca más por el resto de su vida.

La mujer lucía en su cuello el cuerno diabólico a modo de medalla; lo mostraba orgullosa a sus clientes; se vanagloriaba que su mano izquierda tuviera un dedo menos; y alardeaba de su enorme poder. Su fama se extendió por los lugares más alejados, desde donde la gente acudía en busca de solución a sus problemas. Su casa se convirtió en posada permanente que se tornó terrible y peligrosa. Pero, ya anciana; sufrió por primera vez de una extraña enfermedad, a consecuencia de la cual desapareció del pueblo por espacio de 45 días, sin que nadie pudiera dar razón de su paradero. Cuando reapareció, lo hizo totalmente cambiada; ya no quiso trabajar ni ver a nadie. Duró pocos meses y al fin dejó de existir.

Aunque en la sierra se acostumbraba velar a los difuntos durante tres noches, poca gente acompañó al velorio por temor a que algo malo les ocurriera. En efecto, las dos primeras noches no hubo nada anormal; pero faltaba la última…

Cuando el diablo se enteró del fallecimiento de su socia, ensilló su caballo negro con una montura plateada, que relampagueaba con los reflejos de la luna, y emprendió rápido viaje. Calzaba relucientes botas con espuelas de plata; llevaba sombrero negro de filos también plateados; y se cubría el cuerpo con una capa negra de cuello blando, de modo que con el viento y la velocidad se extendía como alas y presentaba el aspecto de un cóndor gigantesco. Además, como la distancia que le separaba de la casa de la bruja muerta era de varios kilómetros, debía darse la próxima prisa, antes de que le ganara el día, dejando a su paso un ruido sordo que retumbaba por todos los confines.

En estos momentos, dos arrieros que se dirigían tranquilamente a su chacra, arriando su burrito, escucharon de pronto el ensordecedor ruido que cada vez se acercaba más. Se detuvieron para atender mejor y quedaron paralizados de terror al observar el relámpago de los ásperos y espuelas de la maligna figura. En menos de un segundo el diablo cogió a uno de los hombrecitos, lo subió al anca del caballo, le dijo: “¡Agárrate fuerte!” y él prosiguió su loca carrera. El pobre arriero sentía la cintura y el cuerpo del jinete infernal fríos y duros, como el hielo y la madera.

A eso de las 3 de la madrugada y a unos doscientos metros de la casa, el diablo le dijo: “Espérame aquí, cuidando mi caballo, no te muevas”. De inmediato se dirigió al cuartito del dueño, convertido en perro. Súbitamente se apagaron las velas y se pudo escuchar el ruido del ataúd al abrirse la tapa. Varios cristianos se inmovilizaron de espanto; otros rezaban, pero realmente nadie pudo ver nada. Solo cuando otra vez se encendieron las luces, el cajón apareció destrozado por el suelo. El cadáver había desaparecido. Todo ocurrió en brevísimos instantes.

El diablo llevó a la muerta de una sola mano; de un salto subió a su caballo. Lo propio hizo con el hombrecito, al que colocó en la anca de la bestia, junto al cadáver; enseguida emprendió veloz carrera por entre cerros y quebradas, rumbo a un lugar desolado. Cuando el día ya clareaba se detuvo y bajó el cadáver al suelo; le pasó la uña por la frente; le partió en dos partes iguales, que se distribuyó con su acompañante, diciéndole: “Toma tu parte; esta es mía”. Rápido volvió a cabalgar y se prendió sin rumbo.

Un poco recuperado del susto, el arriero caminó sin saber por dónde, pues estaba completamente perdido. Después de unos ocho días pudo llegar a su casa. Profundamente conmovido refirió la historia a su familia, y se retiró a descansar. Se le brindó toda clase de cuidados, en medio de rezos y oraciones; pero cuando quiso levantarse sintió fuertes dolores de cabeza: se enfermó muy seriamente y comenzó a enflaquecer, hasta que a los pocos días murió.

Desde entonces, los cristianos de Cujurgunga tiene mucho miedo a los brujos, especialmente a los descendientes de la mala mujer.

Original relato en el que, mas allá de las conjeturas, se exhiben las pruebas concretas del pacto con el diablo, quizás debido a que la persona no es alguien “normal”, sino prácticamente del mal. Tal vez un poco incomprensible resulte la muerte de uno de los arrieros, sin culpa alguna, pero el hecho se explicaría porque las fuerzas maléficas acechan a todos los hombres, sin ninguna diferencia.




La procesión de las ánimas
Dedicada a las personas chismosas

Esta vez les traigo una leyenda que es muy conocida en mi país y dicen que más de uno le ha sucedido........ bueno aquí le va.

Una vez hubo en la Villa una mujer de éstas que averiguaba a vida de todo el mundo y espiaba de noche, protegida por la oscuridad, para saber las andanzas de la gente. A cualquier hora que se pasara, tarde de la noche, por su calle, era casi seguro que ahí, detrás de alguna puerta o escondida en alguna sombra, estaba ella observando. Su fama llegó a ser tan grande, que la llamaban "María Chismosa".

Una noche, como a las doce, estaba ella, como de costumbre, con una puerta “entrejusta”, esperando que algo se moviera o algo pasara por allí, cuando oyó un murmullo como de voces lejanas que luego le parecieron rezos. Miró por la rendija de la puerta y vio que por toda la calle abajo venía un gentío con luces encendidas.

Un nietecito suyo comenzó a llorar en ese momento y para consolarlo fue a su cunita, lo cogió cargado y volvió a la puerta; la abrió un poquito más para ver mejor y pudo apreciar que una gran procesión, venía caminando también por los portales. Notó que todos venían alumbrando; no había una sola persona que no trajera su vela encendida. Ya llegaban frente a su puerta. Iban rezando el rosario. De pronto una de las “alumbrantes” le entregó una vela grande encendida, que ella tomó con la mano izquierda que le quedaba libre. La misteriosa procesión siguió adelante y cuando "María Chismosa" apagó la vela se dio cuenta de que era muy dura y que no era enteramente redonda y tenía protuberancias en los extremos. Trató de prender la vela y no pudo. Comprobó que no tenía mecha y empezó a temblar de miedo. Ensendio luz y “¡Jesús, Ave María Purísima!”, exclamó, “es una canilla de muerto lo que me han dado”. Presa de terror llamó a la vecina y le mostró la tibia macabra; y enseguida se pusieron a rezar.

“Esas fueron las ánimas” convinieron las dos. La vecina le aconsejó que fuera a ver al cura y así lo hizo muy temprano en la mañana. El Cura después de oír la historia de "María Chismosa" le dijo que se había salvado porque tenía el niño en los brazos y le aconsejó entonces que otra noche, cuando volviera a pasar la procesión, le devolviera a un ánima el hueso de muerto, pero que tuviera el niño en los brazos.

Así lo hizo una noche que volvió a pasar, a la misma hora, la procesión macabra. Le entregó la tibia de muerto a la primera ánima que pasó y ésta, volviéndose hacia ella y dejándole ver su cara descarnada, le dijo moviendo en horrorosa mueca los huesos de su boca: “Te has salvado por cargar en tus brazos un niño inocente, María Chismosa. Quédate en tu casa y no averigües más la vida ajena”.




El infernal aparecido

hace poco tiempo viajé a Ascope a investigar más casos de lo sobrenatural y me encontré con la siguiente leyenda que les contaré a continuación, espero que les guste:

En épocas pasadas, la vinculación comercial de los pueblos de la sierra con los de la costa peruana, se hacía mediante vías improvisadas abiertas al tránsito, caminos de herraduras por donde viajaban los arrieros con sus acémilas cargadas de mercancías y demás productos.

En estos caminos, hoy convertidos en afirmadas carreteras y debidamente asfaltadas para facilitar los viajes de vehículos, los antiguos caminantes transitaban días para llegar a la costa; generalmente, el viaje lo realizaban en horas de noche para gozar del frescor del clima o verse favorecidos por la luz de la luna. Se cuenta que a la vera del camino que conduce de Ascope (a 2 horas de la ciudad de Trujillo) a el pueblo de San Benito, se levanta un caprichoso risco de amorfa geometría, bordeado por barrancos y por otros cerros que le circundan, dándole aspecto de tétrica soledad; este lugar se hizo célebre entre los caminantes de pasadas épocas por el encanto que ese montículo encerraba.

Era común oír a los viajeros que contaban como entre las sombras, a la luz de los luceros, veían la enorme figura de un macho cabrío; su forma, su color y demás señales extrahumanas, producían terror, un terror que se hacía más intenso al escuchar el siniestro balido del aparecido, que se extendía por la hondonada del silencio y los cerros repetían el eco, dando una sensación tétrica, sombría y de terror.

Esta aparición era frecuente en las noches oscuras, y cada vez que los viajeros cruzaban el sendero la sombra desaparecía súbitamente en la horrenda y misteriosa peña como si la oscuridad la hubiera llevado a través del viento en el instante en que en la lejanía se escuchaba el canto del gallo, anunciando la presencia del Creador.

Mucho tiempo se repitió esta terrorífica aparición, y la noticia extendida entre los lugareños, creó el terror. Para aliviar el miedo y salvarse de la influencia maligna del aparecido, los moradores realizaban sus viajes calculando pasar por el lugar antes de la hora de su aparición, o esperaban los albores de la madrugada. Solamente a esas horas, se libraban de ver y escuchar ese maléfico ser.

Tan común se hizo ese sobrehumano acontecimiento, que les era familiar escuchar diariamente las misteriosas hazañas del diabólico aparecido.

Para combatir su fatal influencia los lugareños recurrieron a diversos medios, pues según las versiones del común de las gentes se trataba del demonio que, tomando la figura de un macho cabrío, se les presentaba a quienes transitaban por aquel lugar a aquellas horas de la noche.

Un día, dedicado al culto para ofrecer a Dios su ferviente devoción, los habitantes de los pueblos comarcanos peregrinaron al lugar del misterioso encanto, llevaban consigo sus imágenes y hasta el sacerdote del lugar acudió para exorcizar el peñón, refugio de la maligna figura cuya aparición se producía cada noche. Se realizaron actos rituales, sacrificios de todo orden y invocaciones al Supremo Hacedor para que, con su rayo divino, terminara con la siniestra figura y con el terror de los habitantes de los pueblos cercanos a ese lugar.

Estimado lector, cuando vayas hacia San Benito, distrito de la provincia de Contumazá, siguiendo la ruta de Ascope, hallarás a la vera de la carretera, sobre un montículo de piedra, una cruz de madera roída por el tiempo, que colocada por los creyentes de Dios señala que allí, o muy cerca, aparecía la figura del macho cabrío, diabólica imagen que noche tras noche, mediado las doce, destapaba su horripilante efigie y lanzaba su tétrico balido que se extendía por la lejanía del silencio y que el eco repetía en el solitario paraje.

Desde que se colocó la cruz, bandera de la fe cristiana, no volvió a presentarse aquella imagen, y los viajeros, llenos de seguridad, volvieron a su acostumbrada actividad sin el peligro de hallarse con la horrenda figura del diabólico aparecido.




El puente del diablo

El Pont del Diable en realidad no es un puente, si no un acueducto. Llevaba el agua hasta la capital de la Provincia Citerior Hispana Tarraconensis: Iulia Vrbs Triumphalis Tarraco.

Pero si hacemos caso a la leyenda…

Hace mucho tiempo vivía una pareja de ancianos en el bosque. Tenían que cruzar un río de camino de su casa al pueblo. Cada día pasaban por el puente sobre el río con su burro cargado de las cosas que vendían después en el pueblo y volvían otras. Era un puente de madera viejo, pero cada vez que lo atravesaban, los viejos se decían el uno al otro que tenían suerte de contar con aquel paso, pues la corriente del río era muy fuerte y el camino para rodear el río muy largo para un día. Un otoño lluvioso llegó una corriente muy fuerte y se llevó el puente. Los ancianos se encontraron con que no podían pasar.

-Que tremendo desatino- dijo el viejo- hoy no podremos pasar y yo soy viejo para construir un puente con mis manos.

-Que contrariedad- dijo la vieja- pasarán días antes de que se den cuenta de que no vamos al pueblo, y más días aún tardarán en reconstruir el puente-

Se lamentaban los ancianos de su mala suerte cuando apareció un hombre extraño en su lado del río.

-Saludos venerable pareja, os veo muy perturbados- Dijo el hombre.

El anciano inmediatamente explicó el problema que tenían con el desaparecido puente.

- Yo me comprometo a construir un puente en una noche, además no será de madera como el anterior, será de piedra, para que ninguna riada se lo lleve-

Enseguida desconfiaron los ancianos.

-¿Qué hacemos?- preguntó el a ella por lo bajo.

-Está claro que no es posible hacer un puente en una noche, si no es con trucos o con magia. Pregúntale cual es el pago que pide, cuales son las condiciones.

Eso hizo el anciano, a lo que el misterioso hombre contestó que la única condición, el único pago que exigía, era que le fuese concedida el alma del primer ser vivo que atravesase el puente. Quedaba claro que era el mismísimo diablo el que ante ellos estaba. La vieja meditó un poco y luego aceptó.

Al día siguiente cuando los viejos llegaron al río el puente estaba construido. Era de piedra, con doble arcada sobre el río. El diablo había cumplido, construyéndolo en una noche, y esperaba al otro lado para recibir su pago.

-Mujer!, ¿qué vamos a hacer ahora?- Preguntó el marido.

Entonces la mujer cogió la vara y arreó al burro, que pasó delante de ella, el primero por el puente. El diablo, engañado, tuvo que conformarse con llevarse el alma del desdichado animal como pago por su trabajo.





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